Hace un año, cuando crucé la meta de mi primer maratón, con dolor, lágrimas y frustración por el mal tiempo que hice (cinco horas y media), juré que regresaría por la revancha… y cumplí.

El último día de mayo de este año, hice una carrera enojada, por la mala organización en la entrega de kits y lo difícil que resulta trotar –porque no se puede correr– en un evento que tiene a más de 50 mil corredoras, en dónde todas quieren rebasar pase, lo que pase. Para nada resulta divertido, y sí frustrante. En esa semana en algún momento de mi entrenamiento, como Forrest Gump me detuve y dije: “esto del running se acabó, voy a poner a la venta mi número del maratón”.

Después analicé mis posibilidades y me relajé un poco. Unos días después comencé a trotar sin la presión del tiempo, ni el ritmo. El único objetivo era disfrutar el camino. Mientras corría observaba a las personas que con cara de cansancio regresaban del trabajo y cruzaban Eje Central y veía caminar a algunas parejas; también encontraba a otros corredores que hacían sus entrenamientos por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México sin prisa. No marqué ninguna ruta, simplemente corrí por donde me llevaran mis pasos. Así pasé por la Alameda, y sin darme cuenta ya estaba enfrente del Monumento a la Revolución. Y fue ahí antes de tomar Insurgentes para regresar de nuevo al Zócalo, que encontré de nuevo mi temple y decidí entrenar a conciencia un mes. Si no me sentía bien, dejaba por la paz el maratón de la Ciudad de México 2015.

Primer reto: bajar de peso.

¡Que dificilísimo!, porque me gusta mucho comer. Fue una tortura ir a la panadería por pan integral y sólo acercarme a los anaqueles para oler la mantequilla de los cuernitos, el azúcar con chocolate y vainilla de las conchas y la mermelada y merengue de los pastelitos suculentos —el olor fue mi consuelo para engañar a mi mente y que pensará que me los había comido—. Pero tenía un objetivo.

foto: Erika Peki

foto: Erika Peki

Segundo reto: dejar la cerveza y el vino tinto.

¡Ufff! ¡Peor todavía! Dos de mis bebidas predilectas de toda fiesta. No sólo bastaba con irse temprano de las reuniones, tenía que salir con mis ñoñeces de “sólo agua, por favor, entreno para el maratón”. Y luego, ir a los cócteles e inauguraciones de restaurantes con barra libre ¡Ash! ¡Así no se pinches puede! Sólo tomaba una copa y me hacía mensa toda la noche disque pisteando y aguantándome el antojo del ron y el mezcal.

Tercer reto: levantarse temprano para entrenar entre semana.

Hay algo que me pone de malas y es no dormir mis ocho horas reglamentarias. A las seis de la mañana, cuando hacía frío, dejar la cama era un suplicio, y si a eso le añadimos que el esposo estaba friegue y friegue “¡Ya levántate!”, peor. Todo la sesión de entrenamiento me la pasaba refunfuñando. Y por la tarde, cuando regresaba a casa después de trabajar, bonita me veía cabeceando en el metro, con cara de zombi por la desmañanada.

Sin embargo, el sacrificio tiene sus recompensas. Después de un par de meses y perder alrededor de seis kilos —siempre asesorada por mi médico y acupunturista Luis— vi la mejoría en mis entrenamientos de distancia —terminaba con buen tiempo y mi recuperación era muy rápida—. Sentí los resultados y dije: “¡ah, chinga, esto funciona!”.

Última distancia del entrenamiento. Ese domingo llegué tarde al bosque de Aragón para correr 35 kilómetros. Mientras mi compañeros me llevaban cinco kilómetros o más de ventaja, yo apenas arrancaba. No me quise quedar atrás y corrí a un ritmo más acelerado que el planeado. Eso, una molestia en la rodilla y una baja en la presión arterial por una mala administración de azúcar, que me provocó mareos y dolor de cabeza cuando faltaban dos kilómetros para concluir, me sacaron ese día de la jugada. Otra vez la duda llegó, pero ya había agarrado camino cada fin de semana, realizando religiosamente mis entrenamientos de distancia, y no me iba a rajar.

Inevitable, llegó el 30 de agosto. No me sentí nerviosa, ni angustiada como el año anterior. Esta vez salí de casa muy tranquila, con una estrategia que ya había aplicado dos veces —comenzar a un ritmo más lento los primeros 15 kilómetros, e ir subiendo poco a poco de acuerdo a la manera en que mi cuerpo respondiera— y funcionó. Sonó el disparo de salida y comenzamos a avanzar. Una vez que crucé el tapete de inicio me acaté al plan: no te aceleres, no te enganches, fíjate en tu tabla y el reloj.

Así me la llevé 20 kilómetros, pasé dos veces al baño y logré salir de “la milla”, el camino adoquinado en el bosque de Chapultepec, sin lesión —el año pasado ahí comenzó el dolor en la rodilla, que me jodió los 22 kilómetros restantes—. Entré a la colonia Condesa tranquila, pero a la mitad del recorrido, por el kilómetro 30, ya no le veía fin a la ruta, me sentía cansada, las piernas me dolían, los kilómetros eran más largos, hasta que por fin a lo lejos vi la avenida de los Insurgentes. En ese momento supe que estaba del otro lado. Acabaría. Sólo faltaban 10 kilómetros.

Foto: Luis Alberto Gutiérrez

Foto: Luis Alberto Gutiérrez

Yo sabía que en este maratón habría una guerra entre las Sonias: una que protestaba y decía “ya para qué te levantas temprano, estas muy cansada, mejor dedícale tiempo a otra cosa”, contra la que no se rinde y dice “claro que se puede, ya lo hiciste una vez, tú cuerpo esta diseñado para eso”.

La primera hizo su aparición en los últimos kilómetros y a pesar que las piernas ya no me daban, me acordé del comercial de la cerveza: “Cómo que ya no puede más, si el mexicano siempre sale adelante. Ándele, chínguele y póngase a correr”.

Y así, después de pasar frente a la porra mitotera, compuesta por mis compañeros corredores, por las esposas y esposos, los hijos, los sobrinos que se levantaron desde las seis de la mañana para poner una carpa, preparar bolsas con coquitas, agua de coco y gatorade; y a pesar del clima estaban listos para recibirnos con muchos gritos de apoyo.

Cuando el cuerpo ya no está dispuesto a seguir, basta con llegar al kilómetro 40 para tomar un shot de adrenalina cuando uno escucha esas voces que dicen “échale, vamos, tú puedes”, “ya llegaste”, “son sólo dos kilómetros”. Eso logra conectar un motorcito en nuestras piernas y damos un poquito más, porque si ellos creen en ti, ¿cómo carajos no vamos a terminar?

Cuando entré al estadio de Ciudad Universitaria, sabía que era cuestión de metros para llegar a la meta. Le metí lo más que pude y con buena cara: quería salir bien en la foto. Vi el reloj; cuatro horas con 38 minutos. ¡No lo podía creer, había superado mi tiempo anterior casi una hora! Corrí con todas mis fuerzas y crucé la meta. Lo único que pude expresar fue: “¡A huevo, lo hice! Lo prometido es deuda.

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Este año me gané mi “X”—la forma que tiene la medalla y que integra la palabra “México”— a pulso. Y sí, me supo a gloria. Valió la pena el sacrificio, los berrinches y las derrotas.

Ese día por la tarde tomé una cervecita. Luego de cuatro meses de entrenamiento y 42.195 kilómetros para recoger la medalla, me lo merecía.

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