Las conmemoraciones decembrinas son las ocasiones por excelencia para regalar. En esta época aumenta considerablemente la disponibilidad de dinero y con ello su circulación. Es momento, pues, de darse el lujo de obsequiar un “regalito”: al hijo, al hermano, al primo, al amigo, al papá, a la mamá, al jefe y, en general, a quien permanente o momentáneamente consideramos entrañable.

Es común que en algunas familias y centros de trabajo se organicen intercambios con en objetivo de que en Navidad o Fin de Año, familiares y compañeros se entreguen mutuamente obsequios. También es cierto que en otros espacios no hay una organización formal para intercambiar regalos, así como tampoco existe un día específico para hacerlo.

Pero ¿qué significa el acto de regalar? Significa un gusto propio donde el hecho de dar genera por sí mismo satisfacción, significa una muestra de afecto hacia la otra persona o tiene que ver más bien con sentirse comprometido. También viene al caso preguntarnos ¿qué tan voluntario es el acto de regalar? y ¿qué códigos no escritos intervienen a la hora de hacer un regalo? Después de todo regalar algo no es nada sencillo e implica una serie de consideraciones adicionales al simple hecho de comprar y entregar algo a alguien.

Intercambios fotos Mircea Turcan

Fotos Mircea Turcan flickr.com

Pensemos por un instante en el intercambio de dones o regalos, como los que se dan con frecuencia en esta época, fundamentalmente como acciones que generan y mantienen relaciones sociales. Es decir, el hecho de dar un regalo es significativo en tanto funciona para crear o reafirma vínculos entre las personas involucradas.

Por ejemplo, por muchos años en mi casa la costumbre fue hacer un intercambio entre quienes asistirían a la cena de Navidad. Nada del otro mundo: semanas antes se hacía un sorteo cerrado para conocer a quién le teníamos que regalar. La única causa por la que se anulaba el sorteo era si el papelito correspondía al nombre propio, porque se decía que el chiste era regalar a otra persona y no a uno mismo. Aunque yo siempre dudé de esa premisa, su objetivo se cumplía: el hacer regalos confería a los participantes una relación especial de confianza, solidaridad y ayuda mutua.

En cualquier momento, pero en especial en esta temporada que acaba de pasar, en la entrega de un regalo, implícitamente, también se puede solicitar una relación de amistad; de igual forma, el aceptar un regalo generalmente conlleva la disposición de devolver un regalo en otro momento, de lo contrario uno se ve mal si no regresa el gesto.

Christmas presents

Foto Emily Price flickr.com

Sin embargo, el intercambio de regalos puede ser también el lenguaje de la competencia y la rivalidad. Cuántas escenas seguramente se repitieron en las oficinas en los días pasados en donde los empleados gastaron sumas considerables de su aguinaldo comprando algo que fuera del agrado del jefe, en una especie de competencia con sus compañeros para ver quién sorprendía y quedaba mejor parado ante el dador del trabajo, por aquello de quedar en buena estima para lo que se pudiera ofrecer más adelante.

Tenemos pues que las cosas regaladas condensan relaciones sociales. En este sentido el intercambio sólo es la expresión material de solidaridades sociales más amplias. Una buena botella, una corbata, una pluma, una chamarra, un libro, un reloj, unos simples chocolates, también están cargados de valores sociales de amistad, respeto, admiración y compañerismo, entre otros.

Lo que se regala tiene un estrecho vínculo con su destinatario. El regalo no es impersonal ni objetivo; al contrario, es personalizado y subjetivo, en el sentido de que en el hecho de regalar se toman en cuenta factores como el gusto, el refinamiento, el conocimiento de la personalidad del sujeto al que se le regalará, la posición económica, las relaciones de subordinación o no con la otra persona, así como un fuerte deseo de que el regalo cumpla con las expectativas de a quien se le regala.

Intercambios fotos Fernando Valençan

Foto Fernando Valençan flickr.com

Regresando al ejemplo de los intercambios en mi familia, otro chiste de ese evento era no revelar el nombre de la persona a quien se le iba a regalar, pero en la práctica, con la confesión de un integrante, preguntas inusuales sobre tallas y gustos y una que otra deducción, días antes de la cena todos sabían quién le regalaría a quién, e incluso de qué clase de regalo se trataba.

En este sentido, lo significativo es personalizar el regalo, entre más adecuado y concordante con los gustos del destinatario, más estima y aprecio recibe el bien donado. Se trata de objetos que conectan a personas, y aunque a la distancia, el regalo siembre conservará parte de la esencia de quien lo dio, aunque sea sólo en el recuerdo.

También habrá quien sostenga que las acciones de un intercambio de regalos están orientadas hacia el propósito de maximizar la utilidad y el beneficio en una relación interpersonal. Se antoja extremadamente difícil que alguien rechace un regalo que en principio parezca de buena intención; es más, negarse a aceptar un presente en un ambiente de armonía y festividad, por ejemplo en Navidad, puede ser interpretado como un agravio a la persona que da el obsequio y una muestra de rechazo categórico a la misma relación.

Por otra parte, también se puede decir que los intercambios de regalos son en apariencia voluntarios, pero en realidad pueden tener la característica de la obligación de devolver. Es decir, se puede jugar con un cálculo de hacer un presente, con el objetivo de solicitar un favor posterior a la persona a la que se le regaló, con la casi certeza de que tal favor de alguna manera tendrá que ser atendido. Se puede decir que la devolución es una cuestión de culpabilidad.

Sin duda, de alguna manera, hay una parte de nuestra persona en el regalo que damos. Es por ello que los intercambio son tan intensos que no necesariamente terminan en el momento en que se realizan; acaso esperarán para la siguiente temporada navideña.

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