Tsutomu-san tomó aire y clavó con fuerza el tenedor gigante en la tierra, emitiendo un sonido agudo, similar al silbido. Sacó de un jalón un manojo de camotes grandes y morados que dejó en el piso. Mi tarea era simple: cortar los tubérculo y ponerlos con cuidado en una caja de plástico verde. Aunque el trabajo pesado era el suyo, terminó antes que yo y me ayudó. Cuando llenamos la mitad de dos cajas, consideró que era suficiente. Era momento de cosechar pimiento, berenjena y jengibre. Al terminar, regresamos al almacén. Tan sólo había pasado una hora desde el comienzo de mi jornada de ese día en la granja orgánica de la familia Masaki y ya habíamos cosechado parte de las entregas del día.

Me gustaba ver trabajar a Tsutomu-san, parecía que sus 1.82 metros de estatura se llevaban bien con los 65 kilos de peso y, aunque estaba muy lejos del piso, se movía con agilidad felina al momento de cosechar o plantar. A veces, cuando plantábamos, también se unía Sanae-san, su esposa de grácil y espigada figura quien — en un santiamén y caminando en cuclillas como si fuera la cosa más sencilla del planeta— insertaba los cubos de tierra en los que habían germinado las semillas de col. La dupla se sincronizaba de manera perfecta. No en vano llevaban 12 años juntos, haciendo lo mismo una y otra vez.

Conocí a la familia Masaki porque me dio albergue por dos semanas en su casa ubicada en Shinshiro, una ciudad de la prefectura de Aichi, Japón. Quería ir al país del sol naciente pero buscaba una experiencia mucho más cercana a la vida cotidiana de la que ofrece el turismo convencional, así que decidí hacer trabajo voluntario en granjas ecológicas.

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Elegí a la familia Masaki de entre cientos de posibilidades por una corazonada. Era una pareja treintañera, con dos hijos y un gato, en un pueblo tranquilo. Para mí fue suficiente.

Nos pusimos de acuerdo para que Tsutomu-san me recogiera en la estación de Nodajo. Al llegar, le hablé por teléfono. Me respondió una voz amable con muy buen inglés. Poco tiempo después llegó, me saludó, me ayudó a subir el equipaje al coche y me llevó su casa.

Sanae-san me mostró la que sería mi habitación y dejó que me instalara. Tenían una hoja con reglas, horarios y tareas para los voluntarios, y una libreta con una veintena de mensajes cursis de los huépedes anteriores, quienes provenían de distintas partes del mundo como Israel, Canadá, Francia y Estados Unidos. El tono amoroso de los escritos me llamó la atención, en ese momento pensé que era mera exageración de agradecimiento por compromiso. Dos semanas después, cuando escribí ahí, supe que cada palabra de cariño era auténtica y que dejar a la familia Masaki estrujaba un poquito el corazón.

Eran poco más de las cuatro de la tarde, Tsutomu-san se había regresado de inmediato a trabajar. Sanae-san también tenía que salir. Me pidió que me quedara con los niños, Yōta-chan, un varón de cinco años, y Momiji-chan, la niña de ocho. Más que fungir de niñera, ellos me cuidaron a mí. Momiji me enseñó a hacer pulseras y anillos con ligas, y Yōta, grullas de papel. Luego los dos, de la nada, empezaron a hacer acrobacias, Yōta-chan incluso escaló una pared. Me quedé asombrada. ¿Así serían todos los niños japoneses?

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Tsutomu y Sanae regresaron y me agradecieron que cuidara de los pequeños. Después nos dispusimos a cenar. Fue la primera de lo que sería una entretenida convivencia cotidiana. Ellos me preguntaban cosas de México, yo respondía y les mostraba imágenes en línea. Y, lo mejor de todo, teníamos para acompañar la cena con chile que sí picaba.

Al día siguiente me levanté y vi a Yōta jugando junto a una rata inmensa. Él estaba tan tranquilo que supuse que era un juguete de Nyanta, el gato, me encogí de hombros y me acerqué a ver el juguete tan realista, entonces noté que era una rata de verdad. Se la señalé a Yōta que sólo la miró y sonrió. Al poco tiempo, llegó Tsutomu y Yōta le señaló al animal. Tsutomu la sacó, como quien tira un pañuelo sucio. Cuando le dijeron, Sanae me preguntó si estaba bien por el tema de la rata. En realidad la escena me había parecido muy graciosa.

Ese día estaba lloviendo. Teníamos aviso de tifón y la lluvia no daba tregua así que trabajamos en el almacén. Tsutomu me puso a limpiar papas. El trabajo ee simple y repetitivo: ves una papa, le quitas los brotes, la pones en una caja grande. Como no requería mucho esfuerzo, pude platicar con él.

Tiene 40 años y es originario de la ciudad de Toyota, que también está en la prefectura de Aichi. Su papá es un salaryman, que es algo así como ser Godínez en México (un oficinista en cualquier lugar del mundo). Su mamá es ama de casa, y él… él es un japonés rebelde. Los japoneses tienen la idea de la excelencia muy metida en la cabeza y tienen que estudiar mucho, pero Tsutomu vio que después de estudiar mucho lo que sucede es que entras a una empresa a trabajar y él no se veía con traje, encerrado en una oficina, obedeciendo sin cuestionar las ordenes de sus superiores. Así que no estudió lo suficiente y dejó la universidad.

Tratando de encontrar una respuesta a la pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿qué haré de mi vida?, se metió a un monasterio budista para hacer meditación. Ahí, una de sus actividades principales era cocinar. En la cocina se dio cuenta de que lo que comemos es muy importante así que decidió dedicarse a la agricultura. Salió del monasterio un año después de su ingreso con la idea clara de lo que sería su vida. El problema era que él no sabía nada de agricultura, ni tenía una tierra para trabajar. La vida se resuelve un paso a la vez y él la resolvió: entró a un centro de capacitación para campesinos, en donde conoció a su esposa, cuatro años menor, Sanae, y empezó a buscar tierra para cultivar. No encontró en Toyota y siguió buscando en otros lugares hasta que llegó a Shinshiro donde halló una porción que le permitiría establecerse y hacer realidad su sueño de convertirse en granjero. Japón es muy distinto a México, allá si quieres trabajar en el campo, necesitas encontrar un lugar y ya, ocuparlo no te cuesta porque es tierra de alguien más que no lo está trabajando, así que digamos que te presta el lugar para que tú produzcas.

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Con la tierra, la preparación y la mujer de su vida, lo único que hacía falta era poner manos a la obra. Decidió que no se dedicaría al cultivo comercial de arroz porque era muy difícil, tanto en cuidados como en comercialización, en su lugar, prefirió una variedad de verduras que van desde la calabaza japonesa (kabocha), la col, los pimientos y los taros, hasta la papa, el camote, los cacahuates y una veintena más entre legumbres y vegetales.

El primer año las cuentas salieron en números rojos. Él no se desanimó, siguió cultivando su sueño. En el segundo quedó “tablas”, eso ya era un alivio. Fue hasta el tercer año que empezó a ver ganancias, pequeñas, pero ganancias al fin. Ahora tiene una cartera fija de clientes con pedidos diarios. No gana mucho, pero eso ha sido suficiente para comprar la casa que habitan hoy en día y para mantener a su familia de manera decorosa.

También supe que en su juventud había vivido un año en Inglaterra y estudiando inglés, eso solucionaba el misterio de su indudable habilidad bilingüe. Después me preguntó sobre mi país, específicamente sobre los 43 estudiantes normalistas desaparecidos. A mí se me hizo un nudo en la garganta y no supe qué decir. Al ver mi reacción, cambió de tema y me contó que en Japón también hay grupos étnicos originarios, son los Ainu y se encuentran en el norte, en Hokkaido, que tienen su propio idioma y que son muy peludos (estos es así porque a determinada edad los hombres dejan de afeitarse, así que los viejos tienen barbas y bigotes muy largos). Me pareció un detalle cultura muy interesante que yo ignoraba por completo.

Esa tarde fue sencilla, me quedé en casa con Sanae, quien me pidió que le enseñara a hacer salsa mexicana. La hice y quedó encantada, aunque se sintió mal por ponerme a picar tantos chiles (eran poco más de dos puños de chiles verdes que piqué finamente. Sanae los pone en un frasco con salsa de soya y sirven como acompañamiento a la comida, son picosísimos pero deliciosos), así que me pidió que el resto de la tarde jugara con los niños. Yōta y Momiji me trataban como a su hermana mayor; jugar con ellos nunca fue trabajo para mí.

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Esa noche, dormir fue complicado. El tifón estaba sobre Shinshiro y la lluvia caía tan fuerte que parecía que me estaban zapateando en la cabeza. Lo lamenté un poco, eso significaba que trabajaría adentro del almacén y a mí me gusta hacerlo en el campo.

Desayunamos y nos fuimos a la bodega Tsutomu, Yōta y yo. Cuando Tsutomu-san abrió la puerta de atrás un aironazo entró de pronto con tanta fuerza que levantó las cortinas de metal que estaban cerradas. Me sentí mal porque no pude hacer nada más que detenerlas y cuidar que Yōta no se atravesará cuando quería ayudar para que no se lastimara por accidente. Fue la primera y única vez que vi a Tsutomu un poco nervioso. Se le ocurrió poner los coches por fuera, pegados a las cortinas para detenerlas. De momento y mientras pasaba la tormenta, era lo único que se podía hacer.

Cuando pasó la crisis, nos pusimos a armar cajas de entrega. En la granja de la familia Masaki se surten los pedidos al día para que los productos sean más frescos y estén recién cosechados. Sanae y Momiji se unieron pronto. Afuera, el tifón seguía cayendo con fuerza. Por fortuna, para el turno de la tarde ya había un sol esplendoroso y cielo despejado, y las cortinas habían sido reparadas por un especialista.

Esa tarde fue divertida. Como el tifón había pasado, Tsunomu me llevó por primera vez a cosechar y a desyerbar. Cosechamos taro y camote. Me llenaba de emoción ver cómo nacían cosas que disfruto mucho comer. Luego fuimos a lavarlos y regresamos al almacén a dejarlos. Después nos tocó desyerbar y nos acompañó Yota, que a pesar de su corta edad es todo un experto en eso.

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En la noche, durante la cena, hablamos de tacos. Sanae tenía la duda de qué es un taco, así que le expliqué la diferencia entre tortilla y taco, confusión recurrente entre los japoneses, y le mostré muchos tipos. Ella estaba muy contenta.

Después del tifón el día amaneció soleado y fresco. En la mañana fui con Tsutomu a cosechar cacahuetes, y me explicó que son unas plantas muy raras porque primero salen sobre el suelo y luego se meten en la tierra. Tuve que dejar muchos porque eran muy pequeños para ser cosechados y eso me dio un poco de pena. Nunca pensé que se necesitaba tanto trabajo para comer un puñado de ellos. Luego fuimos a cosechar pimientos y berenjenas. Regresamos a la bodega y empezamos a empacar. Ese día hablamos de religión. Tsutomu me dijo que lo japoneses practican sintoísmo y budismo y no les genera conflicto. También, que casi no leen los libros sagrados porque son muy difíciles de entender pero igual practican la meditación y el zen; que hay muchas sectas de budismo, y que cualquiera puede quedarse a en los templos, como él, que es gratis pero debes hacer trabajos en el monasterio y cuando te vas das dinero como agradecimiento.

El resto del día se me fue entre descansos para el té, empacar y jugar con los niños. Pronto llegó el viernes y Tsutomu se fue a vender al mercado orgánico. Yo me quedé con Sanae. Al ver su entusiasmo por la comida mexicana, le propuse que hiciéramos algo de mi país para la cena del 15 de septiembre. Ella aceptó encantada y me pidió que hiciera sopa de lentejas, un platillo que le había mostrado la noche anterior.

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El domingo, mi día de descanso, fuimos todos juntos a Kitijosan, una montaña cercana de 382 metros de altura. Aunque era muy poco comparado con mi experiencia en el Fuji, el tramo final me costó un poco de trabajo. Justo antes de alcanzar la cima, Momiji me esperó y me gritaba “gambatte” para darme ánimos. Llegamos juntas a la punta. Después de tomarnos varias fotos, Sanae sacó los bentô que había preparado y almorzamos viendo el paisaje. Tsutomu me empezó a hacer muchas preguntas sobre mi ascenso al Fuji. Tengo la impresión de que lo quiere intentar.

El lunes amaneció soleado así que fue día de sembrar y era mi primera vez en eso. Sembrar es pesado, no tanto como desyerbar campos de arroz, pero no es fácil. Hay que estar agachado y después de un rato empieza a doler la espalda y las piernas, eso sin contar que meter el cubo de tierra con la pequeña planta necesita maña. Sanae nos ayudó y lo agradecí. Verlos trabajar juntos era un placer, eran el yin y el yan. Tsutomu en las alturas dejando los cubos en el suelo y Sanae a ras del piso, avanzando en cuclillas, metiendo las plantas en la tierra. Yo… yo sólo temía por la vida de las pequeñas plantas que intentaba sembrar.

Al día siguiente nos tocó plantar y cosechar de nuevo. Me seguía sorprendiendo la fortaleza física de Tsutomu, a pesar de ser tan delgado. Cuando le hice la observación sólo río un poco y respondió que era su rutina de todos los días así que él no le veía nada de especial.

Por la tarde, Sanae y yo cocinamos. El menú era sopa de lenteja, rajas con crema, guacamole y “japodillas”, es decir, quesadillas en versión japonesa cuya principal diferencia era que las hicimos sólo con harina de trigo, ya que no tenían de maíz. Antes de empezar, Sanae me pidió que fuera al almacén por los ingredientes que hacían falta. Fui y le pedí a Tsutomu una papa y pimientos. Me dio la papa pero me dijo que los pimientos tenía que irlos a cosechar. No tardé mucho. Escogí a mi gusto y sin prisa. Nunca había comido unas rajas tan frescas.

Al final, Momiji se unió a las labores de la cocina y, orgullosa, hizo un par de japodillas y revolvió el guacamole. A Tsutomu le gustó mucho la sopa y me agradeció que cocinara para ellos. Sanae me pidió que le dejara las recetas por escrito y en español, así ella podría practicar el idioma, el cual aprendió cuando era estudiante.

En la tarde del día siguiente, la lluvia hizo su aparición así que Tsutomu y yo nos fuimos al invernadero a acomodar semilleros. La tarea es simple y aburrida, por lo que empecé a platicar con él. Le pregunté por qué sólo escuchaba música en inglés, generalmente los Beatles. Me dijo que no pensaba en eso, que eran los discos que había comprado en su adolescencia y desde entonces no había comprado más, así que como eran los que tenía, pues eran los que escuchaba.

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Al estar ahí los dos haciendo lo mismo por una hora le pregunté si no se aburría. Me dijo que sí, que a veces se aburre, que cada año, cada estación hace las mismas cosas, con pequeñas variaciones climáticas y circunstanciales. Que después de un mes de comer los mismos vegetales de la temporada sólo quiere que sea la siguiente para cambiar, y cuando cambia, se cansa al mes y espera la siguiente, y así sucesivamente. A pesar de eso, está satisfecho con su decisión de dedicarse al campo. Le gusta ser él quien decide las cosas que planta y que vende y no que alguien más le diga qué hacer.

Entonces le pregunté por qué había optado por poner una granja orgánica y me dispuse a escuchar un discurso “progre”. La respuesta estuvo muy lejos de lo que pensé:

—Porque es menos estrés.

Supongo que vio mi cara de confusión y quiso aclarar las cosas. Me explicó que cuando empezó no sabía de químicos, así que prefirió no arriesgarse. Ahora sabe un poco pero prefiere ser productor orgánico porque si trabaja con químicos tendría que usar trajes especiales y cuidarse mucho, y los niños no podrían jugar libremente en el campo. Tener tantos cuidados para trabajar le genera mucho estrés y no le gusta. Siendo orgánico, todo es más sano, nadie se estresa ni está en peligro, y es mejor para él, para Sanae, para los niños, los vecinos y sus clientes. Claro, de vez en cuando tiene problemas de plaga pero eso tampoco le preocupa porque tiene una amplia diversidad de productos y si se le echa a perder uno, tiene otros tantos para recuperarse.

Yo pensé que, además, seguro sus clientes lo buscaban justo por ser productor orgánico pero él no tiene claridad sobre eso. Me dijo que cuando empezó, surtía a amigos y conocidos. Ellos lo recomendaron con los suyos quienes, a su vez, hicieron lo mismo. El efecto en cascada logró que ahora tenga una cartera de cliente suficiente como para tener entregas diarias. Pero no sabe si ellos le compran porque es productor orgánico o porque les gustan sus productos.

—Donde sí son muy estrictos con el tema es en el mercado al que voy los viernes —dice, sin quitar la vista de los semilleros, acomodándolos uno tras otro, hasta formar una pequeña columna perfectamente alineada y con todos los receptáculos en su lugar–—. Ahí me preguntan hasta qué tipo de abono uso, porque si es de origen animal, no compran los productos.

El jueves Tsutomu empezó a trabajar desde las cuatro y media de la mañana. Él, Sanae y yo terminamos el turno de ese día casi a las seis de la tarde. Necesitábamos empacar todo lo que se llevaría Tsutomu al día siguiente al “mercadito progre”. Ese viernes, durante el desayuno, Tsutomu me preguntó si quería acompañarlo. Emocionada, respondí que sí.

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Salimos de la casa a las 7:40. El clima era malo y aunque teníamos que estar allá a las 8:30, llegamos un poco más tarde. No diré que él era un jardín zen en ese momento, pero tampoco estaba agobiado, como suelen ponerse los japoneses promedio cuando no están a tiempo (estar a tiempo en Japón es estar cinco minutos antes de la hora señalada, llegar a la hora dicha ya es llegar tarde). Todavía se dio el lujo de parar para sacar a una pequeña rana que se había colado al interior del auto y que amenazaba con suicidarse, saltando por la ventana abierta que daba a la carretera.

Llegamos al estacionamiento de un súper, ya había cuatro pequeños puestos montados. Tsutomu eligió su lugar y se estacionó. Entre los dos, empezamos a bajar las cajas con los productos que habíamos empacado el día anterior. Todavía no bajábamos todo y una docena de mujeres ya se habían abalanzado sobre los productos. En menos de cinco minutos vaciaron una caja y se había vendido un cuarto del total de la mercancía.

Yo sí me estresé ante la escena que parecía sacada de una venta de rebajas. Tsutomu, en cambio, terminó de bajar las cajas, dejó que las señoras se pelearan las cosas y preparó su cajita de monedas para dar el cambio. Cuando las mujeres estuvieron satisfechas con los productos que habían elegido, hicieron una fila en la que Tsutomu les empezó a cobrar. En 20 minutos ya se había vendido la mitad de la mercancía.

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Cuando el entusiasmo por el puesto de la familia Masaki pasó, pude darme una vuelta por el lugar. Ya eran las 9 de la mañana y sólo había siete puestos en total. Al lado izquierdo, una mujer en sus 40 años vendía galletas de arroz, harina, arroz rojo y negro. Del otro lado, una pareja de ancianos que pasaban de los 60, distintos tipos de calabaza, ajos y pimientos. El puesto más alejado en ese lado era atendido por una mujer de esas que no podrías adivinar la edad, aunque quisieras; un viejito canoso, barrigón y calvo le hacía compañía cuando no estaba caminando de un lado para otro o viendo qué vendían los demás. Ellos llevaban pan, papas, galletas, mermeladas, calabazas y cebollas pequeñas. Justo enfrente de nosotros estaba un joven veinteañero que, sonriendo muy amablemente a cuanta mujer pasara por el lugar, vendía té. A su lado, una mujer delgada con overol ofrecía berenjenas, limones, flores y mermeladas. Junto a la mujer que vendía arroz, se estacionó un hombre moreno de poco más de cuarenta años, con cara de preocupación. Sólo tenía una caja de camotes en el piso, un par más en la camioneta y una balanza.

Después de husmear entre los puestos, conté a los compradores: no más de cincuenta personas. La mayoría abrumadora eran mujeres.

Tsutomu tenía el puesto más grande y más variado. Aunque ya pasaban de las 9, llegaron más vendedores. Al final de la jornada fueron 13 en total, la mayoría de ellos ofrecían verduras, legumbres y frutas. Todas frescas y orgánicas.

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Entre la mujer que vendía arroz y el señor con cara de preocupado, una joven morena con overol de mezclilla colocó una mesa que sirvió para instalar su venta de galletas veganas. Cuando me vio, le dio mucho gusto. Me preguntó de dónde era y si era vegan. Por primera vez en toda mi vida, me sentí un poco apenada al responder que no lo era. A pesar de que soy una terrible come animalitos, platicamos el resto de la jornada. Así supe que se llama Aki, que, obviamente, es vegan y que además de vender galletas, vende ropa tipo hindú. La mayor parte del tiempo se nos fue en tratar de hacernos entender y en enseñarle cómo se dice “yo me llamo” en español. Después se acercó una mujer de poco más de cincuenta años que sabía un poco de español y de inglés, al parecer, había vivido un tiempo en Colombia.

Tsutomu empezó a recoger las cajas restantes a las 10:20, así que me despedí de Aki, no sin antes comprarle unas galletas y recibir unas más de regalo. A las 10:30, de los 13 puestos ya quedaba poco.
Si bien, era temprano, todavía teníamos que ir a entregar las cajas de ese día, así que aproveché los recorridos para platicar un poco más con Tsutomu. Me contó que él va al “mercado progre” desde hace 12 años, que inicialmente se ponían en un jardín particular pero luego empezaron a tener problemas de espacio así que se mudaron al estacionamiento de otro supermercado, pero no tenía techo y eso les afectaba en días con lluvia así que negociaron con el súper en el que se encuentran actualmente. También me dijo que a principios de verano lleva muchísimo más productos, prácticamente la camioneta va a tope.

Entre las entregas, le pregunté si alguna vez mientras estaba en el monasterio budista pensó en convertirse en monje. Respondió que sí con la cabeza y con una sonrisa relajada. Yo volví a poner cara de confusión, entonces él, con su tono tranquilo y paternal, me explicó:

—En algún momento pensé que alcanzar la iluminación era lo más importante pero después entendí que la iluminación sólo me beneficia a mí, en cambio, producir alimentos saludables beneficia a muchas personas.

Me quedé callada. Ese hombre no hacía más que darme lecciones de vida. Nos llegó la hora del almuerzo. Él se estacionó cerca de un parque y bajó los bentō que preparó Sanae. Nos sentamos en una banca cercana. Le pregunté si cada viernes almorzaba ahí y respondió que sí:

—No quiero comer en el estacionamiento de una tienda de conveniencia. Cuando como, quiero hacerlo en un lugar tranquilo y aquí está muy bien, me gustan los árboles.

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Después de almorzar, terminamos de repartir las cajas y nos fuimos a casa. Al día siguiente fue la despedida. En el desayuno me sorprendió ver a Momiji con uniforme porque era sábado, me dijeron que ese día tenía una presentación de deportes en su escuela. Lamenté no acompañarla. Me despedí de ella y fui a terminar de preparar mis cosas. Sanae y Yōta fueron a verme a la habitación y me dieron unos regalos y un bentō para llevar. Me sentí muy emocionada con el detalle. Antes de partir conocí a los papás de Tsutomu, que son muy amables. Fue duro despedirme de Sanae y de Yōta sin llorar.

Tsutomu me llevó a la estación y me dio muchos consejos para el viaje, parecía un padre preocupado. Me dejó en la estación de Nodajo, donde me recogió, me mostró en qué dirección debía tomarlo y me agradeció la ayuda de esos días.

—Regresa cuando quieras —remató con su sonrisa tranquila.

Sonreí, me despedí y continué mi viaje. Otra vez tuve que respirar hondo para no llorar.

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