Mi corazón latía deprisa, a pesar de las respiraciones profundas con las que trataba de controlarme. Estaba en la orilla de Roqueta, al lado de más de 500 nadadores, entre hombres y mujeres, quienes como yo esperaban la orden de salida para lanzarse al agua y recorrer un kilómetro hasta la playa de Caleta. Había gritos de entusiasmo y aplausos, mero ruido de fondo para mí, absorta en los latidos del corazón y en la bastedad del mar que amenazaba con engullirme. La chicharra estridente retumbó y cientos de personas empezaron a nadar en grupo hacia la otra orilla, como auténtico cardumen. Yo también lo hice, mi reacción fue prácticamente automática, como si con el ruido una mano invisible me empujara al agua y me obligara a nadar.

Pero el problema no era el mar, ni nadar un kilómetro, era sobrevivir a la lluvia de golpes que llegó con mi incursión al agua: rasguños, patadas, codazos, empujones… cuerpos anónimos se abrían paso desesperadamente, sin remordimiento o pudor. Yo trataba de esquivar la frenética oleada hasta que una mano me sujetó el pie y me arrastró hacia abajo, tomándome por sorpresa. Di un trago abundante al mar y cerré como pude mis orificios nasales, tratando de contener la respiración; vi cuerpos pasando alrededor y por encima de mí; en cuanto pude, salí a la superficie y di una gran bocanada de aire que no me pudo quitar el intenso sabor a sal, ni la sensación de rabia, miedo e impotencia que me recordó lo que sentí por primera vez treinta años atrás, en las playas de Acapulco.

LEE: La ruta de lo extraño y el deporte extremo en Guanajuato

MARATON GUADALUPANO 4

Génesis del miedo

Conocí el mar cuando tenía alrededor de siete años. En mi mente infantil la salida al entonces popular puerto de Acapulco fue casi espontánea y mágica. Me subieron junto con mis primas a la camioneta con la que mi tío transportaba su mercancía al mercado y estuve encerrada ahí algunas horas, hasta que nos dejaron salir en un calle soleada que daba a un lugar con arena y, ¡oh, sorpresa!, un montón de agua, tanta como jamás pensé que podía existir. Decían que era el mar.

La primera vez que lo vi detenidamente sentí miedo y fascinación, el ir y venir de las olas hacían una música que me atraía hacia él… entonces caminaba para agarrar las olas, llegaba a la orilla, me mojaba los pies y corría de vuelta a la seguridad de tierra firme. El mar era hermoso pero muy grande y yo, consciente de mi pequeñez, decidí quedarme en la orilla a jugar.

Me echaba panza abajo y con cada ola que llegaba movía manos y pies, pensando ingenuamente que “nadaba”. Después de todo, cada vez “avanzaba un poco”. Una niña más grande que yo jugaba a lo mismo a mi lado. Cada quien en su pedazo de playa fingía que domesticaba al poderoso titán. Entonces llegó una ola que se me antojó inmensa y nos cubrió a las dos. La fuerza del mar llevó a la niña a mi lado y ella, en un mero acto reflejo para sobrevivir, me tomó como ancla, enterró mi cara en la arena y me hundió por completo para impulsarse y salir. La sensación de ahogo me paralizó, tuvo que venir otra ola para que pudiera salir del trance y arrastrarme hasta la orilla, lejos del mar. Me senté con las piernas estiradas y los hombros gachos a una distancia prudente de la inmensa masa de agua, sentí las lágrimas que se escurrían por mis mejillas y, cuando se acumulaban, las limpiaba con los puños arenosos. Me sentía abrumada, traicionada e inmensamente sola. Por primera vez pensé en la muerte, en mi muerte y, desde entonces, el recuerdo anidó en mi mente infantil, regalándome una especie de certeza: yo moriría ahogada en el mar.

LEE: Muy jóvenes para saber, muy jóvenes para morir

Mis siguientes excursiones al mar no se pueden calificar de exitosas. Procuraba quedarme en la seguridad de la orilla y evitaba tanto como podía ir más allá de donde mis pies sentían la suavidad de la arena. Un par de ocasiones desafié la regla y la naturaleza me recordó de muy mala manera que no se debe provocar al océano.

MARATON GUADALUPANO 6

Incursión al temor

Aprender a nadar estaba en mi lista de pendientes, esa que se deja añejar con desidia. Al volver de Japón me sentía distinta, como si la vida me diera otra oportunidad. Era una versión renovada y después de subir al Fuji y de caminar por varios días para llegar a Chalma pensé que era momento de saldar mis temas pendientes. Así las cosas, entré, al fin, a clases de natación en el Deportivo Guelatao.

LEE: Siguiendo el recuerdo de Chalmita

Fortuna me llevó de un instructor a otro hasta llegar con Alfredo López, entrenador del equipo representativo del deportivo; con él aprendí a sobrellevar la frustración, a respirar, a nadar distintos estilos. El gran reto fue el primer día en la fosa de clavados, cuatro metros de profundidad que removían mi mayor temor: morir ahogada. Esa sensación de no tener tierra firme bajo mis pies me sobrepasó y entonces, por primera vez desde que empecé a tomar clases, las lágrimas me ganaron y salieron sin siquiera pedir permiso. Agradecí en mi fuero interno estar rodeada de agua porque así nadie notó mi debilidad. Poco a poco empecé a soltarme, a tener confianza y a nadar ahí sin ahogarme. Sentí como si un nudo interno muy apretado se empezara a aflojar.

A finales de julio acompañé al equipo del deportivo a la cuarta edición del Gran Reto de Aguas Abiertas en Zirahuén, Michoacán. Ser testigo de esa justa deportiva me inspiró, así que hablé con el entrenador para expresarle mi deseo de participar, eventualmente, en alguna similar. Al volver del viaje, empezó mi preparación con miras a la edición 58 del Tradicional Maratón Acapulco “Virgen de Guadalupe, reina de los mares”, mejor conocido entre los nadadores como “maratón guadalupano”. El reto era simple: nadar de corrido un kilómetro, hazaña que no lograba ni en alberca. Entre el miedo y la poca preparación, las dudas me asaltaban.

En octubre, el entrenador nos inscribió al Campeonato Mexicano Abierto de Natación Master. “Necesitan practicar”, dijo sin permitir réplicas. Sobra decir que mi actuación fue francamente decepcionante. A partir de entonces, se terminaron las consideraciones de “principiantes” y me integré de lleno al entrenamiento con el resto del equipo. Marqué el día 3 de diciembre en el calendario y después de cada entrenamiento tachaba el día, acercándome más a lo que era mi mayor temor: nadar en el mar.

MARATON GUADALUPANO 9

Sin marcha atrás

El viernes 2 de diciembre llegamos al puerto de Acapulco. El entrenador citó en la playa del hotel a las 4:30 de la tarde para el entrenamiento final. Cuando estuvimos juntos, recibimos instrucciones y nos lazamos al mar. Era la primera vez que conscientemente nadaba más allá de donde podía pararme; tener a mis compañeros cerca me daba confianza pero era difícil mirar mar adentro sin sentir vértigo. Al regresar a tierra firme, una incipiente migraña amenazó con hacerse presente; a pesar de eso, tuve que regresar al mar para una segunda y más prolongada vuelta. Volví a la playa en condiciones desastrosas y pensé que todo aquello era una locura, mi instinto de sobrevivencia me gritaba que no debía intentarlo.

De acuerdo con el programa, el marcaje de mi categoría empezaba a las 9:30 de la mañana del sábado 3 de diciembre, y la salida estaba programada para las 11:00. Ángel, mi pareja y acompañante en aquella locura, y yo salimos justo a las 9:30 del hotel. En la recepción nos encontramos a Álvaro, un compañero de categoría y equipo, así que nos fuimos juntos a Caleta, donde era la cita para todos los nadadores.

Llegamos cerca de las 10:00, Álvaro y Ángel todavía se dieron el lujo de tomar tiempo adicional para liquidar algunos pendientes. Yo los esperé en una tienda, con el estómago hecho un nudo. Cuando al fin nos reunimos de nuevo, fuimos a buscar a las personas que hacían el marcaje. Nos tomamos nuestro tiempo, como si hubiera algo de sobra. Una vez marcados pensamos en buscar al entrenador o a alguien del equipo para encargarles nuestras cosas. Fue entonces cuando Ángel vio una manta en la que se anunciaban las salidas de los competidores por categorías desde la isla de Roqueta, la nuestra estaba señalada a las 10:45, ¡quince minutos antes de lo contemplado!

Corrimos hacia la línea de embarque y preguntamos a los nadadores su categoría, todos eran más jóvenes. Era un hecho: las personas de nuestra edad ya estaban en la playa de salida —en este maratón, las categorías se rigen por la edad al primer día de competencia; yo tengo 37 años así que estaba en la categoría “master C”, que es de 35 a 39 años— y nosotros no podíamos ni dejar las cosas en el guardaequipaje.

MARATON GUADALUPANO 3

Adelantamos a todos en la fila; la angustia, los nervios y la edad eran evidentes. Al llegar al control de la entrada, se confirmó la sospecha: “Uy, su barco ya salió desde hace rato, a ver si alcanzan lugar en el siguiente”.

Álvaro todavía tenía que cambiarse el traje de baño. Encargamos las mochilas con María, una vendedora del lugar. Corrimos hacia el principio de la fila. Ahí nos encontramos con dos compañeras más del deportivo: Tatiana y Nancy, quienes también iban justas de tiempo. Nancy me miró los pies y preguntó: “¿qué haces con chanclas?”.

Sentí un rayo que me partió, era cierto, nos llevaban a una isla, no iba a regresar, debía dejar todo, salvo el equipo. Regresé con María y le encargué mis chanclas. Cuando volví a la línea, mis compañeras estaban abordando el siguiente barco. Miré a la mujer que daba el pase con desesperación, me hizo el ademán de pasar y seguí a mis compañeras. “Hasta aquí”, dijo, y el estómago se me invirtió: Ángel, mi compañero de vida y de alberca, se quedaba en la orilla y yo sólo quería llorar. ¿Qué iba a hacer sin él? ¿Si me ahogaba? ¿Si me daba un ataque de pánico? ¿Si me perdía?

A partir de ahí, todo se puso brumoso. La prisa me desconcentró y se sumó a los nervios, la preocupación, el estrés y, por sobre todas las cosas, el miedo que se hacía presente con esa sensación de estómago anudado y de pecho aprisionado por un yunque de mil kilos, convirtiendo al simple hecho de respirar en toda una proeza.

A pesar de todo, en cuanto dieron la salida, salté al agua como si estuviera en condiciones de hacerlo pero entonces en lugar de enfrentarme al mar, empecé a recibir golpes. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué en lugar de concentrarme en las brazadas, tenía que esquivar miembros iracundos que me azuzaban sin parar? Una mano invisible me hundió en las aguas marinas y fue como si un mazo me pegara en la nuca: no era yo ahí, era la niña de siete años sintiendo que me ahogaba en la playa.

LEE: Los locos que corren un maratón

MARATON GUADALUPANO 2

Debí recomponerme pronto. Recuperar la experiencia de 30 años más de vida y, sobre todo, cuatro meses de intenso entrenamiento. Me quedé flotando, esperando a que pasaran los competidores más aguerridos y, en cuando encontré un lugar, me colé detrás de ellos. Me hice parte del cardumen, se trataba de nadar o morir, de seguir el montón de piernas que se movían rítmicamente enfrente de mí.

“La marea está cargada hacia la derecha, así que naden hacia la izquierda para compensar”, dijeron por el altavoz antes de salir. Nadé hacia la izquierda, como lo hicieron los nadadores que estaban enfrente de mí. Levanté la vista y vi a la derecha una boya. Para mí, había pasado tanto tiempo desde la salida hasta ese instante que estaba segura de que era la segunda boya, “ánimo, ya estás a la mitad”, me dije.

Rectifiqué el camino porque ya estaba demasiado cargada a la izquierda. La mayoría de los nadadores que me habían masacrado al principio ya estaban muy lejos. El mar empezó a tomar otra cara, con menos gente era más fácil maniobrar. Encontré una pareja que nadaba literalmente uno al lado del otro y nadé detrás de ellos, recordando aquél consejo de varios compañeros, quienes me habían advertido que nadar detrás de alguien me ayudarían con la corriente.

Cuando por fin me sentí cómoda y en ruta, tuve un nuevo problema: el agua salada me había provocado flemas y no tenía idea de cómo sacarlas. En cada bocanada de aire sentía más la molestia y regresó a mí la sensación de ahogo y desesperación. Eso me rompió el ritmo. Nadaba respirando cada dos brazadas y el esfuerzo me desgastaba y me desesperaba todavía más. El cuello empezó a protestar no sólo por la frecuencia de las respiraciones sino que, encima, eran del mismo lado: a la derecha.

Mientras trataba inútilmente de deshacerme de las flemas y de ajustar mi ritmo de respiración, sentí una punzada en la sien, claro, porque las cosas siempre se pueden poner peor. Evadí el aviso de migraña, diciéndome a mí misma que estaba por llegar a la tercera boya. Entonces miré hacia enfrente y mis entrañas se helaron. Apenas estaba por llegar a la segunda boya. Mi cuerpo ya era un guiñapo y no había llegado ni siquiera a los 500 metros.

MARATON GUADALUPANO 8

A mí lado todavía pasaban nadadores así que eso me daba esperanza, al menos no estaba sola y tenía a quien seguir para orientarme y evitar las corrientes. Miré de nuevo la boya y ahora estaba más pequeña y bastante más a la izquierda de lo que la recordaba. Claro, la corriente seguía hacia la derecha y yo, nadando en la misma dirección, había sobrecompensado el rumbo y ahora me encontraba exactamente del otro lado.

Pensé en Ángel, a esas alturas, él ya debía de haber salido y, con suerte, podría encontrarlo a la mitad de trayecto para acompañarnos y quejarme amargamente de que no podía respirar. El pensamiento en lugar de tranquilizarme me puso más nerviosa, ¿cómo estaba él? ¿Habría llegado a tiempo? ¿Y si ya no podía participar por llegar tarde? ¿Se desperdiciarían los 500 pesos que pagó por inscripción?

Mi mente es implacable cuando se trata de alterarme y lo logró. En esos momentos no veía ni competidores, ni boyas, ni nada más que mar. Otra vez sentí el vuelco en el estómago y la sensación de ahogo, a ello se le sumaron el cansancio del cuello y el temor de cumplir con mi certeza infantil. No quería morir ahí ni ese día, así que decidí cambiar todo en mi cabeza, convencerme a mí misma de que estaba nadando en la alberca, como tantas veces, y que en cualquier momento que me apeteciera podía levantarme y salir de ahí, sin mayor problema.

Al retomar la calma, volví a mi ritmo, empecé a respirar cada tres brazadas. Sonreí al recordar la insistencia del entrenador en respirar tanto del lado derecho como del izquierdo, definitivamente me estaba siendo útil en esos momentos. Intenté ver algo en las aguas verdosas del mar acapulqueño, pero a los pocos metros la oscuridad devoraba todo y sólo alcanzaba a distinguir algunos fragmentos de basura. “Vaya, está más limpio de lo que pensé”, me dije. En ese momento, ya estaba relajada. Nadaba por inercia y pude, al fin, empezar a cantar. Vi a lo lejos la cuarta boya y, todavía más allá, la playa llena de gente. Por fin, todo estaba bien.

LEE: Un guerrero sin límites

MARATON GUADALUPANO 7

Fue justo en ese momento que sentí un golpe en las piernas. Volví la mirada hacia atrás y encontré a un tipo de talla grande empeñadísimo en cerrarme el paso. A esas alturas ya estaba muy consciente de que estaba cargada a la derecha y que debía reajustar el rumbo y nadar hacia la izquierda para alcanzar la playa de manera más eficiente. Pero al tipo no le importaba. Cual carrito chocón, me pegó de lado un par de veces más hasta que logró pasarme por enfrente.

A lo lejos se escuchaba la premiación, era obvio que no seríamos los primeros ni los segundos, y que ahí no se estaba jugando nada más que llegar, que era ya casi un hecho, y, si acaso, los tiempos personales. ¿Por qué, entonces, el tipo había insistido tanto en atravesarse y en golpearme mientras lo hacía? ¿Qué estaba tratando de hacer o demostrar? ¿Acaso no veía para dónde nadaba?

El miedo, el cansancio y la sensación de ahogo fueron suplantados por una rabia creciente que me impulso a nadar rápido, “ahora le gano a ese hijo de la…”. Tras algunas brazadas, lo alcancé y pronto lo empecé a rebasar pero el esfuerzo me estaba agotando. Todavía tenía la garganta llena de flemas y me empezó a faltar el aire. Miré hacia la playa y noté que estaba demasiado cerca. Quise detener el tiempo y regresar a la segunda boya para poder disfrutar el trayecto, para tener ese encuentro con el mar que tanto anhelaba. En su lugar, estaba peleando mentalmente con un cretino.

Recordé que yo no era así, ni estaba ahí para eso. Mi única competencia era en mi interior y no estaba interesada en tiempos o en demostrar algo a alguien. Regresé a mi ritmo, ese que me permitía cantar “lo menea chabocho”, pero ya era demasiado tarde. Mis pies ya estaban haciendo contacto con la arena.

Lo-menea-chabocho ok

A los 27 minutos y 44 segundos, pasé mi chip por los tapetes de llegada a la meta, era la 125 de mi categoría, de un total de 264 nadadoras. Mi tiempo estaba ligeramente por debajo del promedio y había nadado cien metros a una velocidad de 2 minutos y 46 segundos. Quedé en el lugar 3536 de un total de 5844 competidores, nada mal para una novata con miedo al mar. Eso sí, mi tiempo todavía está muy lejos de los 13 minutos con 25 segundos, el mejor de mi categoría, o los 11 minutos con 58 segundo, el mejor tiempo en el evento, y eso que no participan nadadores profesionales porque no hay premio en efectivo. No quiero ni pensar en cuánto harían ellos. Pero todo e so lo supe después, mucho después, tras recibir una medalla por primera vez en la vida, de tomar bolsitas con agua y pedazos de naranja para hidratarme, de encontrar a mis compañeros en el puesto de María, de tomarnos fotos con el equipo, de recibir abrazos y felicitaciones.

Al día siguiente fue la competencia de cinco kilómetros. Obviamente, yo no estoy lista para semejante prueba así que en su lugar decidí caminar con Ángel al lado de la playa. Los hoteles de la costera hacen sus “albercas marinas imaginarias”, separando un cachito de mar con boyas. Llegamos hasta una que me pareció suficientemente atractiva de largo como para nadar sin preocuparme ni detenerme. Le dejé mis cosas a Ángel y me adentré al mar, sin titubeos, sin nervios, sin miedo, sólo estaba ahí, entrando al mar. Nadé hasta las boyas y luego a todo lo largo.

Por primera vez en la vida disfruté el agua cubriendo mi cuerpo y la certeza de que no había arena que me detuviera si me quería poner de pie. Fui de un lado a otro, reí, canté, disfruté y entendí, entendí que el problema no era el mar.

Comments

comments