Jamás he escuchado de un taquero protagonista de un cuento infantil. Quizá haya elementos inapropiados para este público, sin los cuales este personaje no estaría completo. Una daga, por ejemplo, con la cuál rebanan la carne como si fuera unicel. La figura del taquero puede llegar a ser atemorizante. Uno podría pensar que tienen rasgos ó tendencias psicóticas; tan fríos y precisos. Y aunque el personaje literario del taquero denote aires siniestros, también es cálido y servicial. Sin embargo, hay un taquero que es peculiar, misterioso y distinto. Se llama Leopoldo, aunque nadie lo conoce por ese nombre. Todos lo conocen como Polo de “Tacos Polo”. Si le preguntas su apellido hará un chiste inextensible, se reirá solo y se alejará sin decir nada. Ningún cliente que yo conozca sabe cómo se apellida.

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Conocí a Polo hace años, yo iba en la preparatoria. Después de clases era un lugar óptimo para reunirse con los amigos y beber cerveza. Mi primera cerveza la bebí con Polo, mi primer cigarro lo fumé en Tacos Polo. Algunos dirán que éstas acciones suenan macabras, un niño de dieciséis años bebiendo y fumando en una taquería no es algo que suene prudente, pero para mí fue parte de mi crecimiento, parte de mi identidad y mi integridad social. Era el único lugar en donde nos vendían cerveza siendo menores de edad a mí y a mis amigos. Los tacos eran baratos y relativamente grandes. Allí todos éramos una comunidad. Chicos de preparatoria, albañiles, vecinos, maestros, músicos, una diversidad pluricultural plausible y poco común. Conforme crecía, visitaba Tacos Polo menos. Sin embargo, el lugar nunca perdió su atractivo. Hace poco menos de un año, empecé a escuchar los rumores de que Polo ya no era un negocio meramente gastronómico. Escuché que no solamente vendía marihuana, sino que él mismo la plantaba. Todos los clientes frecuentes hemos sabido siempre que Polo fumaba marihuana, pero no sabía que se había vuelto un macro-productor de cannabis.

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Un toldito azul con el logo del Pato Pascual decolorado por el sol se asoma entre el tráfico, peatones y varios puestos de periódico. Todavía ni entraba y ya escuchaba que Zopilote, el mesero, me saludaba. “Mi Pablito, hace mucho no venías por acá, canijo”. El título de “mesero” para Zopilote realmente es una formalidad, no suele ser atento. Si se acerca a una mesa, es para pedir un cigarro ó sentarse a platicar. Nunca he visto que anote órdenes en una libreta, tampoco tiene buena memoria. Polo, el taquero y dueño del local, está de espaldas, no me ve. Tiene una playera blanca bajo su mandil negro. Es fácil identificarlo porque siempre se pone la gorra al revés. Se distrae fácilmente con los clientes de la barra del lado izquierdo y debe preparar tacos campechanos a velocidad de su lado derecho.

La taquería se expande a través de un corredor ventilado junto a la plancha hirviendo. Un refrigerador atiborrado de cervezas y jugos “Pascual” se va vaciando conforme avanza la tarde. El fondo del pasillo está adornado con fotografías de clientes frecuentes y queridos por Polo del lado derecho. Hay una fotografía conmigo abrazando a Polo y muchos de mis amigos aparecen allí también. El pasillo tiene varias mesas de ambos lados, desemboca a una terraza pequeña y soleada. En la terraza, hay un muro con un graffiti que calca a Polo de joven, con su banda de rock en un concierto visual psicodélico conformado por colores y diseños amorfos. Firma “Mr. Skeleton”. Zopilote me trae una cerveza. Aunque no la pedí, es bienvenida.

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Cuando tomé asiento y saqué mi libreta, casi inmediatamente, el sujeto junto a mí me preguntó “Güey ¿sabes qué es eso?” señalando una figura azulada en el graffiti de Mr. Skeleton en la pared. Parecía una especie de biznaga. “Es un peyote.” se respondió a sí mismo. Él se llama José, todos le dicen “Jay-Jay”. Lo había visto antes en Tacos Polo, pero nunca me había hablado. Quizás me habló en esta ocasión porque estábamos solos. O sólo quería un cigarro. Jay-Jay es el hombre perdido de su generación, no estudia ni trabaja, vive con sus padres. “Jay-Jay” es alto, encorvado tiene cabello chino rubio que cuelga por sus orejas cubierto en su mayoría por una gorra de colores fríos. Tenía una playera blanca que cambiaba de color con el sol. Todos los que han conocido a “Jay-Jay” saben que consume LSD con frecuencia. “Estoy en ajos, perdón ¿Cómo te llamas?”. Le dije mi nombre y garabateé en mi libreta para aparentar estar ocupado. No quería perder el tiempo sentado escuchando a Jay-Jay hablar de sus “viajes”. A raíz de mi indiferencia social, sacó su celular y se embruteció en silencio.

Mientras tanto, yo estaba tratando de pensar la manera de explicarle a Polo que quería ver su supuesto plantío de marihuana sin que él malentendiera. Me imaginé que después de tantos años de amistad y cariño casi fraternal, no tendría inconveniente en al menos platicarme un poco al respecto. Se escuchaba el radio a un alto volumen desde la terraza, sonaban los Rolling Stones. Caminé a la barra, nervioso. Polo me volteó a ver y de inmediato su rostro se tornó alegre. Su sonrisa chimuela venía acompañada con sus brazos extendidos para que le diera un abrazo, así que le di la vuelta a la cara para abrazarlo propiamente y en toda formalidad. En mi espalda sentía manos ásperas y su fuerza desmesurada. El olor a aceite quemado, chicharrón y pimiento asado invadían la atmósfera. Le pedí dos tacos campechanos, la especialidad de la casa.

Mientras esperaba en la barra, Polo me platicaba que su mamá se había enfermado y que su hermana, Pilar, empezó a tomar el mando del local los domingos y algunas tardes porque él tenía que cuidar de su madre. No mostró sensibilidad alguna en platicar ese tipo de cosas, tiene un temple de acero, un temple de taquero. Cuando me dio mis tacos, le pedí si al final de su turno podíamos platicar en privado. Accedió contento. Generalmente cuando hablamos solos, discutimos arte, literatura, familia, anécdotas divertidas, inclusive amor y desamor, pero jamás habíamos discutido el negocio de sustancias psicoactivas.

Me senté en la terraza a esperar a que dieran las cinco de la tarde, cuando Polo se desocupa y su hermana toma el mando de la taquería. Hacía frío en la terraza porque da hacia una zona verde de Las Torres, los aironazos pueden ser atribuidos a la combinación de la velocidad de los automóviles que viajan en la Supervía Poniente y la inmensidad de árboles que rodean la vista de la terraza, que está totalmente abierta. Dieron las cinco de la tarde. Polo, muy puntual, salió con dos vodkas con pepino. “Para ti, carnalito.” me dijo. Lo acepté con gracia y saqué mi libreta. Prácticamente todo lo que hace Polo es un ritual riguroso y fino, dentro de lo que cabe. Platicamos casualmente unos minutos, acerca de su mamá, de mi hermana —a quien también le tiene mucho cariño— y de música.

Por fin, respiré hondo y le pregunté si los rumores acerca de la marihuana eran ciertos. Su rostro se tornó serio de repente, no me despegó la vista. “¿Por qué? ¿Quieres?” rió. Le expliqué que sólo tenía curiosidad. No parecía muy convencido, se echó hacia atrás, recargándose en el respaldo de la silla blanca de plástico, entrecerró los ojos, sospechoso. Lo último que quería hacer era faltarle el respeto ó confundirlo, trataba de moverme lento, hablar con clama y no parecer muy nervioso, como cuando uno se encuentra frente a frente con un animal salvaje, siempre está en la incertidumbre cómo reaccionará. Le expliqué que no quería comprar, que solamente quería conocer este supuesto Edén de grifos. Respiró profundo, pensándolo. Accedió, pero no antes de alegar que no comprendía por qué querría solamente “conocer”.

En el pasillo de Tacos Polo hay unas escaleras de caracol que descienden a la casa de Polo, al baño del local y a su jardín, pero no un jardín de cebolla y cilantro. Me guió por el jardín hacia la parte de atrás de la casa. Había varias flores que ornamentaban el sendero de piedras por el que caminábamos; geranios, gardenias, algunas bugambilias y asalias en botón. Al dar una vuelta a la izquierda, los Rolling Stones se escuchaban cada vez menos. Polo señaló a un invernadero chiquito, blanco y me hizo una señal de que pasara adentro. Desabrochó el zipper que cerraba las mantas de plástico. Entré.

Estaba en ‘shock’. El interior tenía un techo pequeño y la atmósfera de colores era amarillenta aunque no hubiera sol. En la mera tierra, ni siquiera en macetas había una docena de plantas de cannabis, unas más chaparras que otras, pero casi todas medían un poco más de un metro. Nunca había visto una. De primera instancia, parecen helechos, sus ramas se abren en flor, y varias capas de éstas se sobreponen entre sí. En el centro de cada una hay un tallo alto que se va encorvando hasta formar un espiral perfecto similar a un tentáculo retraído de un pulpo ó un calamar. Solo que las ventosas de éste olían muy fuerte. Pedí a Polo si podía tocar un tallo, me dijo que sí, recargado en la pared con los brazos cruzados, sonriendo. La hoja es áspera, pero seca, las ventosas del espiral, por el otro lado, son peludos y dejan una especie de polen anaranjado en los dedos.

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La carpa del invernadero se abrió de par en par súbitamente, volteé. Era Jay-Jay. “Ora’ sí, mi Polito.” Polo se carcajeó y le explicó que nos había espantado. Me saludó por segunda vez. Polo se fue al fondo de la carpa a una esquina y sacó una hoz oxidada. Me tocó el hombro para que me acercara a una de las plantas. Con la hoz, empezó a cortar las ventosas y las colocaba con cuidado en una bolsita ziploc. Mientras hacía esto me explicaba que las ventosas eran la flor del cannabis, que es lo que se fuma. Me explicó que todas las plantas que tenía eran variaciones diferentes de marihuana, unas eran más potentes que otras ó causaban un efecto distinto al fumarlas. “¿Y las flores que ya cortaste ya las puedes fumar?”, le pregunté. “No, hombre, se tienen que secar por varios días para que se puedan fumar. El Jay las compra así para hacerse galletitas y joterías con el aceite”. Le pregunté a Jay-Jay, quien no dejaba de esbozar una sonrisa casi maligna, cómo lograba hacer eso. Me dijo que es lo mismo que cocinar panqués ó galletas, sólo que la marihuana la remoja en el aceite caliente ó en la mantequilla, esto hace que destile un químico que se llama “THC” y por medio de la combustión del horno causa los efectos psicoactivos de la marihuana. Polo explicó también, mientras sostenía una hoja de tres encorvaduras, característico símbolo de la marihuana, que no se puede consumir por la vía oral, que tiene que haber un proceso de combustión para que la hierba suelte el dichoso “THC” que absorbe el cuerpo y es lo que detona los efectos de la marihuana. Polo y Jay-Jay intercambiaron las flores y dinero. También un abrazo.

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Le pregunté a Polo que si la vendía y por cuánto tiempo llevaba haciendo esto. No respondió, completamente comprensible. No quise hacer más preguntas. Se estaba haciendo tarde. Le agradecí a Polo por la comida y el vodka, le pagué ahí mismo, en el pequeño invernadero. Antes de recibir el dinero, se volteó con una bolsa de súper en la mano que tenía una considerable cantidad de marihuana adentro. No supe cómo decirle que no, deduje que podría deshacerme de ella llegando a mi casa. “Disfrútala, Pablito, ya sabes que aquí eres siempre bienvenido y querido. Saludos a tu hermanita”.

Salimos del jardín, ya estaba oscuro afuera. El contraste del olor del invernadero y el exterior era impresionante. Adentro de la carpa, olía muy concentrado a lo que yo sólo podría describir como perfume de anciana echado a perder, el olor a marihuana era muy potente, ineludible. En cambio, afuera, un olor a bosque y longaniza me daban la bienvenida a la realidad. Nos despedimos con un abrazo. Zopilote me quería cobrar otra vez, le expliqué que Polo ya me había cobrado y me pidió que volviera pronto. Mientras caminaba a la parada de camiones pensaba sobre un potencial cuento de niños; un taquero jovial, apasionado de la botánica ilícita, aficionado del rock y compadre de sus clientes. No se vendería ningún ejemplar porque ser taquero, ser Polo, no es juego de niños.

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