Llegamos cuando el sol concedía sus últimos suspiros de luz. Lo que relucía a primera vista era el color amarillo del cempasúchil trazado en un camino que nos conducía a la entrada de un altar con la insignia “Bienvenido Samuel”.

Samuel Bermúdez falleció el año pasado, de cáncer. La noche del primero de noviembre de este año, la comunidad purépecha del pueblo de Santa Fe de la Laguna, en Michoacán, lo nombró el muerto del año. Cuando se da este nombramiento, los miembros de la comunidad adornan la casa y realizan una ofrenda que evoca a los cuatro elementos: agua, fuego, aire y tierra, representados en la fruta, el pan, las flores, el agua que los reconfortará a su llegada a la Tierra y las velas que le alumbrarán el camino. Su hijo José Antonio cree firmemente, y conforme a la tradición, que el espíritu de su padre a la media noche del primero de noviembre regresa a convivir con sus familiares, amigos, vecinos.

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Y en efecto, en ese sitio se respiraba un ambiente de festividad, el olor del atole de pinole se impregnaba en el lugar, las mujeres corrían a recibirte con uchepos calientitos, esa especie de tamal de elote dulce que al mezclarlo con el atole se transformaba en una especie de abrazo de bienvenida. La viuda, doña Gloria, estaba al pendiente de los detalles, recibía todas las muestras de solidaridad materializadas en velas, flores y fruta, para esperar el momento de la llegada de don Samuel.

En la zona lacustre del lago de Pátzcuaro más de 30 comunidades celebran a sus seres queridos con ofrendas, banquetes y la velación en el panteón hasta el medio día del dos de noviembre. Santa Fe de la Laguna fue la primera parada de un recorrido donde la ilusión de sentir la presencia de los que ya nos están en este plano se hizo presente. Ciertamente aquí la concepción de la muerte es distinta.

Faltaban 20 minutos para que el reloj marcará la tan esperada hora cuando entramos al panteón de Tzintzuntzan, uno de los cementerios más concurridos, por las prominentes flores de cempasúchil en todas sus formas que lucen como alfombra en el lugar, además que esta alumbrado por las velas y el olor a fruta . Ahí conocí a Ciro, lleva siete años haciendo el mismo ritual. Su hija Yunuén perdió la vida a los 14 años. Cuenta Ciro que ella disfrutaba de los viajes en lancha, pero no sabia nadar. Un mal día salió sola y en el lugar mas hondo del lago de Patzcuaro se ahogó. Para él esta fecha es muy importante, ademas de ser una tradición purépecha. Ciro no la ve físicamente, pero la percibe, su único objetivo para esta celebración de muertos es vivir esa ilusión de encontrarse con ella por una noche. La recuerda con mucho cariño, con mucho respeto, mucha admiración, porque para él era una niña fuera de lo normal, tenia muchas aspiraciones, pensaba como una persona adulta a pesar de su corta edad.

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La tumba de Yunuen lucia impecable; Ciro llegó a muy temprana hora para que ningún detalle quedará fuera de sus planes, pues esperar la llegada de su hija no es cosa menor. En un altar de cempasúchil estaba su foto. La ofrenda tenía galletas, fruta y mas de 30 velas para alumbrarle el camino. El cementerio lucía como una alfombra de luz, en un ambiente de armonía y melancolía. Era curioso ver llegar a familias enteras listos para el ritual, hacían una fogata, venían preparados con café y atole, una buena cobija y un catre para pasar el frío y no dormir en el suelo.

Era la hora de irnos, era la hora en que teníamos que llenar nuestros ojos de estas imágenes y abordar una camioneta que nos llevaría a otro lugar, a un muelle pequeño donde un navío nos transportaría a la isla de La Pacanda. Tomamos la embarcación pasada la una de la mañana, sólo el reflejo de la luna en el agua era nuestra guia, estábamos cruzando el lago de Pátzcuaro. Fue un trayecto relativamente corto, pero el frío se sentía en todo el cuerpo.

Arribamos a La Pacanda, un pueblo apacible en el que, para llegar al campo santo, se debe subir una cuesta empedrada. A nuestro paso la gente ofrecía el ya tan conocido y cotizado café con “piquete” –el piquete era charanda de varios sabores. Destacaba el de cereza. Nunca pensé que ya en la cima, en esta fiesta de las animas, lo necesitaría. Sí, el frío era casi el invitado de honor–.

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Al llegar al cementerio municipal, se encontraba reunida ahí toda la comunidad purépecha de La Pacanda, en trajes mas sencillos, con una devoción sorprendente. Al caminar entre las tumbas iluminadas, las mujeres con rebozo hacían sus rezos y miraban al horizonte. Una de ellas reprendió a su hijo: “Aquí no se viene a dormir”.

El olor a leña y su humo nos hicieron regresar con los ojos ardorosos. Bajamos la cuesta y tomamos la embarcación, en ese trayecto venía caminando un nutrido grupo de extranjeros, que al parecer estaban encantados con la visión que en Michoacán se tiene de la muerte. Uno de ellos le comentaba a su compañera de viaje que le sorprendía la forma en que mujeres y hombres velan a sus muertos y tienen la firme convicción que sus difuntos regresan a la tierra.

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El recorrido terminó un poco antes de las cuatro de la mañana, con un sabor de haber sentido y compartido esta celebración como los habitantes de esta región michoacana, de percibir la melancolía y la dulce ilusión de un reencuentro con quienes se adelantaron en el camino y que por una noche en el año regresan.

La ilusión bien vale la pena.

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