Correr un maratón es una actividad que favorece el encuentro con uno mismo, no importa que se corra solo, en pareja o al lado de 35 mil personas, como el Maratón Internacional de la Ciudad de México, apenas el fin de semana pasado. Correr propicia horas de soledad, un promedio de tres a seis, para reflexionar sobre la vida. Por la mente pasa la discusión que se tuvo con la novia la noche anterior, y que no pudo concluir en sexo de reconciliación porque había que guardar energía para recorrer un poco más de 42 kilómetros; pasan los pendientes laborales, como dónde conseguir otro trabajo para completar el ingreso pues viene un hijo en camino; pasan las cientos de frases leídas en un libro para motivarse. Incluso llega, como por arte de magia, la solución para que la receta de pasta con pollo y especias quede mejor que ninguna. Y entre un pensamiento y otro la mente deposita la imagen propia, con los brazos extendidos cruzando la meta.

De pronto, sin darse cuenta, uno ya no piensa en nada. La mente queda en blanco y entonces sucede el encuentro con el otro yo, ese al que no se engaña porque nos muestra desnudos y expone lo mejor y lo peor de nosotros mismos.

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Foto: Leonor Sosa

Así, entre pensamientos que rebotaban en mi cabeza y pequeños momentos de meditación, llegué al kilómetro quince acompañado de mi entrenador, Azul. Me alcanzó tres kilómetros atrás y tomó el papel de pacer, ese corredor que ayuda a otros a mantener cierta velocidad y ritmo para que logren su objetivo.

Meses antes, por diferencias, Azul renunció al equipo que dirigió unos años junto a otro entrenador: Rojo. No fue raro que un nutrido número de los integrantes, en cuanto se enteraron que comenzaría un nuevo proyecto, lo siguieran. Les gustaba más su forma de trabajo que la de su ex socio. Luego de formar el equipo se prepararon para correr el maratón.

Mientras corrimos, platicamos de todo un poco hasta que llegó el momento en que nos acompañamos en silencio, cada quien con sus pensamientos. Fue entonces que pasó un corredor a nuestro lado. Era un pupilo de Rojo.

—¿Cómo vas, Doc? —preguntón Azul saliendo de su trance.
—Bien. Voy bien —dijo el corredor que pasó más rápido que nosotros.
—¡Échale, tú dale! —animó el entrenador.

De pronto una voz rompió la armonía. Era un grito que pedía atención, cómo los niños cuando hacen berrinche.

—¡Cuidado con la cartera, Doc, no te la vayan a robar! —era Rojo, que desde un costado de la ruta, también participaba en la carrera.

Los atletas salieron de su concentración. Muchos voltearon de un lado a otro ¿A quién iba dirigida la afrenta? Azul no contestó. Era obvio que el insulto traía su nombre. Así que aceleró el paso. Quería alcanzar al sujeto que acababa de insinuar en un alarido que era un ladrón. No, más bien quería rebasarlo para que todos vieran que era mejor corredor y entrenador. Unos metros adelante Azul recobró el juicio, bajó la velocidad y volvió a su oficio de pacer. No tenía que hacer nada. Los corredores que ahora forman su equipo llegaron sin invitación, se unieron por convicción propia. Entendió que Rojo en su encuentro consigo mismo halló dolor, ira y amargura por ese hecho. Por eso mostró su alma desnuda y marchita en ese grito.

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Foto: Celia Madrid

En el kilómetro 21 aceleré el paso, así me lo marcaba el plan trazado antes de la carrera. Azul me dijo que siguiera porque él traía una molestia en un tendón. Me adelanté. Necesitaba digerir lo que había pasado momentos antes. Entendí por qué está tan jodido el deporte en México y por qué los atletas mexicanos en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro tuvieron tan malos resultados. Si un corredor recreativo, como Rojo, la cabeza de un equipo que no tiene nada que perder o ganar, comete una actitud antideportiva con toda normalidad, qué se puede esperar de la conducta de los políticos encargados del deporte o los directivos de las distintas federaciones.

Al poco tiempo mire hacía atrás. Azul corría con una expresión seria, ensimismada. Su mente estaba muy lejos de su cuerpo. Es probable que pensara en lo difícil que es terminar una relación con una persona. Los buenos momentos, los que hicieron que se mantuvieran juntos por años desaparecieron. Así son los divorcios. Queda sólo la desilusión, el desencanto de los últimos meses, las palabras y acciones hirientes. Azul encontró pena en su alma. No podía hacer otra cosa más que seguir corriendo, tal como sucede en la vida.

Foto portada: Celia Madrid

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