En vivo. Sí, qué vibre. Así se tiene que escuchar el funk. Sólo sintiendo las vibraciones que emiten el bronce de las trompetas, el golpeteo rítmico del bajo, la fuerza de la guitarra, el jugueteo de neuronas cada vez que suena el órgano, uno puede sentir qué es eso del groove. El funk es uno de esos ritmos que lo produce. Dicen por ahí que es una fuerza rítmica expansiva. Quién sabe que signifique eso. Lo que sí es cierto es que los músicos que hacen que el cuerpo tenga esas sensaciones no sólo están en Estados Unidos. Aquí, en México, hay una movimiento funkero, si le podemos llamar así, que parece ir en acenso. Una de las bandas que ha contribuido al crecimiento de esta música en los últimos 16 años, gracias a su sonido y, sobre todo, su terquedad por tocar ese género es Fiusha Funk Band.

—Fiusha es una banda en vivo. Si tú escuchas el disco te la pasas bien, pero en vivo suena a lo que realmente debe sonar la banda—dice Mou, fundador del grupo—. Nos gusta definirnos como power funk, porque es una mezcla entre funk, jazz y rock. No es funk en su versión James Brown. No es lo que siempre se escucha del funk. Lo combinamos un poco con rock, con jazz, con hip-hop. Tiene un poco de influencias de todos esos géneros.

FIUSHA-8

Encuerados con un modista

Las historia de esta banda comenzó en los 90 cuando a Edo, Uler y Mou les llegó el gusto por el metal. Eran metaleros de hueso colorado. No. Más bien de hueso negro. El merol era más que una verdad para ellos; era lo único que escuchaban. Y con la intención de tocar buen metal le entraron a la escuela de música. Ahí todo cambió: les empezaron a meter el jazz. Eso les abrió un mundo nuevo, tanto que hasta se atrevieron a escuchar pop. Tal vez al dios del merol le dio aberración, pero a estos jóvenes músicos no. Más bien como que se quitaron los prejuicios y empezaron a conocer otras músicas, otros ritmos y otras bandas, como los Screaming Headless Torsos. Su combinación de metal con funk y armonías de jazz les volaba la cabeza. Empezaron entonces a influenciarse con ese ritmo. Conocieron a Earth, Wind & Fire, a Tower of Power, a Maceo Parker. Terminaron por descubrir que lo que más le gustaba era groovear y tocar funk. Se entregaron de lleno al género.

Decidieron crear Fiusha Funk Band por ahí del 99, en uno de los tantos días festivos que tiene diciembre. Hoy, 16 años después, en un país donde aparentemente el funk no es un ritmo con popularidad, han grabado un EP y está ya por salir su tercer disco. Claro, como buena banda independiente primero pasaron por el underground y luego por el dulce y tentador aliento del diablo, que ofrecía riquezas a cambio de abandonar el groove.

—En 16 años ha pasado de todo en esta banda, desde cambios de alineación, hasta que casi nos vamos a vivir a otro lado —continúa Mou quien le pega a la baterista con Fiusha—. Nos salió la oportunidad primero de irnos a Australia, porque nos habían dado la opción de una beca para estudiar allá. Y dijimos “trasladamos todo”. Nos salió la oportunidad a los tres: a Edo (tecladista), a Uler (voz y guitarra) y a mí. Llevábamos poquitito, menos de una año con la banda. No se hizo al final por cuestiones de visa de trabajo, para variar. Ya después pasamos por Sony, pasamos por Universal, pasamos por managers de Televisa, pero todos al final nos querían cambiar desde el nombre hasta cómo nos veíamos. Literalmente, una vez nos tuvieron con un modista, a Uler, el cantante, y a mí, en calzones, tomándonos fotos para hacernos un vestuario. Y nosotros así de “esto no tiene que ver con nada de nada”. De todas esas cosas inconscientemente huimos. Esto no es lo que queremos, no es por donde tenemos que ir. No tienen que cambiarnos el nombre o las canciones o por qué lo hacemos de cierta manera. Si nosotros no nos lo cuestionamos, ¿por qué nos lo va a cuestionar alguien más? Era una resistencia inconsciente, de alguna manera, siempre salirse de esas situaciones sin pensar en que ahorita tal vez seriamos más famosos. Pero no tocaríamos funk. Porque al final cuando quisimos cumplir con esos estándares las rolas dejaron de sonar a funk, dejaron de tener esa agresividad que tiene un poco nuestra música y se volvía pop. Y no nos hacía muy felices ese rollo. Y no es que estemos en contra del pop, sino que no era eso lo que queríamos.

Edo Fiusha FB

El funk en México hoy

Tal vez una de las mejores épocas para las bandas de funk mexicano fueron los años 70. No sólo bandas como Lucifer y Peace and Love le pegaban al sonido groove. También lo hacían el pianista Pedro Plascencia, Perez Prado y hasta Los Socios del Ritmo, que de pronto hacían a un lado las cumbias para groovear. Había funk en el cine, en la películas de Mauricio Garcés, de Capulina, incluso en el programa infantil Burbujas. Pero luego pasó.

—En realidad desapareció la mayoría de la escena en México, de los músicos que hacían música original, porque hubo un boom impresionante del pop en la década de los 80 —cuenta Fermín, bajista de la banda—. Eso ocupó, yo creo, al 90 por ciento de los músicos. Entonces nadie tenía proyectos originales. Obviamente hubo bandas pero eran muy pocas (…). A parte creo que es una onda cultural, porque, por ejemplo, hay un par de discos de Emmanuel, el cantante de pop, que son super funkeros. Hay un disco de Luis Miguel donde viene la canción “Qué nivel de mujer”. Esa canción es de Tower of Power (Attitude dance). Es una de las bandas más emblemáticas de funk en la historia. La gente probablemente esté escuchando funk pero no lo sabe.

—Hace unos años era completamente desconocido —platica Mou—. Habíamos como unas cuatro o cinco bandas con estandarte del funk: los Músicos de José, los Three Mother FunkersPila Seca en San Miguel de Allende, nosotros. Eramos como las cuatro bandas que seguíamos ahí de tercos haciendo el género. Pero de unos años para acá cada vez hay más —mucho más, apoya Fermín—. No específicamente en el funk pero sí en el grove, en el rollo de que tiene bases funkeras combinado con jazz. Creo que cada vez está quedando más claro que el funk no es jazz y que no es rock.

—Yo creo que ahora viene de vuelta una corriente tremendamente grande de eso. —Fermín se acomoda las rastas larga que amarró como un chongo. Contrasta con la cabeza prácticamente calva de Mou—. Ya no sólo son Fiusha, Tío Gus, etcétera, las bandas que están sonando. Ya hay muchísimas más: Buen Climalos Funketílico. Ya hay muchas bandas. Desde mi perspectiva está creciendo mucho.

Para Mou este auge tiene que ver con las bondades de la tecnología digital, pues ya es más fácil grabar en casa un disco con muy buena calidad.

—Tuvo mucho que ver que regresara la industria a manos de los músicos. Los proyectos originales se murieron en los 80 porque grabar un disco te salía en un ojo de la cara. Si te agarraba una disquera y te grababa un disco estabas endeudado por el resto de tu vida. Muchas bandas se perdieron en ese rollo porque era imposible producir tu propio material. Debías tener mucho dinero, muchos conectes o mucha suerte. Y con el boom de la tecnología digital y que puedes grabar en tu casa y que todo mundo se empezó a clavar en hacerlo mucho mejor, la industria como que regresó a las manos de los músicos y empezaron a surgir otra vez bandas originales. Porque se puede, porque crearon su propio mercado y ya no necesitan del motor ese de la industria tan lleno de vicios.

          LEE: El tianguis de los músicos, un paseo entre música y microbuses

Foto: Sonia Yáñez

Foto: Sonia Yáñez

Crisis del funk

—Esa es otra de las cosas que está sucediendo con el funk —Mou habla pero parece que la reflexión la hace para sí mismo—. Las bandas legendarias siguen tocando, desde los 60, pero ya están rucos y hartos de tocar lo mismo. Inclusiva el director del Festival Internacional de Jazz de Montreal, (André) Ménard, nos dijo que ya estaba harto de ver a bandas, The Family Stone, Bootsy Collins, quien se te ocurra, que los contratan y ya los ven tocando con hueva, las mismas rolas desde 1970. No han sacado nuevos discos, no han renovado su repertorio. Y ellos son los que están en la cima del género. Y hay bandas bien cabronas, como Lettuce, como Galactic, bandas nuevas, de jóvenes, que se están comiendo el pastel porque ellos si traen el empuje de hacer un show en vivo, que todo mundo dice “qué acaba de pasar”. Es la idea de lo que estamos haciendo nosotros, junto con toda la gente que viene haciendo groove. En 2014 fuimos a Nueva York, estuvimos 10 días y tocamos ocho. Fue gradual, desde un toquín donde sólo estaba un mesero y el ingeniero, hasta un toquín de halloween en Harlem, en plena tierra de negros y el funk. Y la gente bailando. Nos respondió muy bien. Nos dimos cuenta que había bandas de músicos impresionantes pero tocando covers. Y nosotros traíamos propuesta original y eso fue lo que gustó.

FIUSHA-10

Los fans underground

Entre la plática y el café Mou reflexiona un poco. Los años en el funk le han dado algunas lecciones.

—Es complicado mantener a una banda junta. Es una inversión de tiempo, dinero, esfuerzo. Te lo puedo decir ahora que tenemos 16 años. Y cada integrante que entra a la banda sabe lo complicado que es. En Fiusha hemos sido tremendamente afortunados porque quien entra se compromete por lo que escucha y por lo que siente cuando está tocando, no tanto por que le ofrecemos fama y dinero y demás cosas —baterista y bajista sueltan una carcajada—. Al final es un compromiso de puro amor y eso es lo que queremos que suene. Es una banda llena de amor a lo que hacemos. Y eso es lo que conecta con la gente.

Esa conexión es la que ha llevado a Mou a encontrarse personas en los lugares que menos esperan.

—Es de las cosas más chistosas que me han pasado en mi vida. Fui a Mérida, a una playa cercana que se llama Progreso y conocí a un guía que es maya. Es guía federal. Y resultó que era bailarín, B-boy —como se conocían originalmente a los bailarines de break dance—. Entonces cuando estábamos platicando le dije, es que yo tengo una banda, se llama Fiusha. “No manches, ¿Fiusha?”, y me sacó el disco, ya medio gastadón. “Es que nosotros lo bailamos”. Y resultó que teníamos ahí como a 50 fans que bailaban nuestra música y nosotros ni enterados. Hay un movimiento de B-boys undergorund, de bracke dancers, que escuchan Fiusha.

          LEE: Plumas en el tiempo. Danzantes en la Ciudad de México

Una sonrisa se dibuja en Mou. Sí, las grandes recompensas de un músico no llegan en dinero, sino, a veces, en forma de baile en una playa lejana.

Comments

comments