I

Aquella madrugada olía a tierra mojada. Sin embargo, las mujeres que hacían fila a la entrada del centro de salud de la colonia Portales casi no lo percibían. En especial una chica de suéter azul, novata en el uso del muy anunciado Seguro Popular, que un día antes había detectado una bolita en uno de sus senos.

Antes de ella estaban formadas, desde las seis de la mañana, 15 madres con sus hijos para solicitar el certificado médico que exigen las primarias y secundarias. “Aquí es así”, dice a la joven una señora envuelta en un reboso verde. “Hay que llegar temprano para ser de las primeras y salir pronto. Y pronto es a las 10 de la mañana”.

La chica sonrió y pensó que tal vez no debió quedarse recostada cinco minutos más en su cama caliente. En eso estaba cuando un triciclo de carga hizo que el ambiente se llenara del humeante aroma del café soluble de 10 pesos y el olor de margarina y azúcar del pan dulce del expendio del barrio, guardado en cajas de la pastelería “Ideal”. De inmediato algunas mujeres de la fila se dirigieron hacia el hombre, que a todas llamaba “madre”.

Las siete, hora de que entreguen las fichas para pasar a consulta. Pero no es así. Con sorpresa la muchacha ve que en realidad es la hora en que llega el personal del centro de salud. Primero se saludan: que muy buenos días, que dormí chueco, que cómo quedó la novela; luego a la calle por un tamalito verde, el bolillo, el atole y la gelatina para desayunar.

Por fin, a las 7:30 se abre la ventanilla de recepción y la señorita detrás del mostrador entrega a la larga fila, que comprende casi 50 personas, los turnos para pasar a consulta, a realizar un análisis u otro servicio. Y si por casualidad alguno de los pacientes no sabe la respuesta a preguntas como “a qué consultorio viene” recibe un regaño. La muchacha de suéter azul no se salvó. Preguntó un par de veces hacia dónde estaba la zona de medicina general. No tenia cabeza para atender instrucciones a la primera; la bolita en el seno ocupaba su pensamiento.

Foto-RYAN-MCGUIRE-WEB

Foto Ryan McGuire

Luego de hora y media, entre el mal humor de las enfermeras y los gritos de niños de primaria y adolescentes de secundaria que requerían un certificado de salud, la chica pasó al módulo tres, donde la recibió un hombre de unos 60 años, cabello lacio, relamido y cano, bigote blanco, lentes con fondo de botella y una bata blanca. Le recordó a un personaje que vio varias veces en televisión cuando era niña: el doctor Chapatín, sí, el personaje creado por Chespirito.

El médico pidió que se sentara. Enseguida preguntó los antecedentes de salud:

 

–¿Diabetes en la familia?

–No, doctor.

–¿Eres hipertensa?, ¿haces ejercicio?

Y luego de cada respuesta el galeno hundía la cara en la máquina de escribir eléctrica de color blanco percudido, que repetía la conversación con su taca-taca-taca provocado por los pequeños golpes al papel.

–Y ¿a qué vienes?

–Me detecté una bolita en el seno izquierdo.

El médico mira a la muchacha, hace un par de preguntas más y la manda a otro módulo.

–Vas al primer piso, a exploración, para que te hagan un chequeo. Luego regresas conmigo.

La chica subió al lugar indicado. Una enfermera custodiaba la puerta, sentada en un escritorio. Igual que las demás estaba malhumorada por el escándalo provocado por los niños. Esos chiquillos y sus mentados certificados.

Foto-Gisela-Giardino-WEB

Foto Gisela Giardino

–Señorita, me manda el doctor del módulo tres. Vengo a que me hagan una exploración. Me detecté una bolita en el seno.

–Ahorita sólo estamos sacando los certificados médicos para primarias y secundarias. Le daré cita para dentro de un mes –contesta la enfermera con fastidio.

–Pero el médico me dijo…

–Dígale al doctor que digo yo que no hay exploraciones hasta dentro de un mes –interrumpe la enfermera con el tono de voz de los que sólo conocen el insignificante poder de un escritorio:

–¡En un mes! –dice asombrado el Doctor Chapatín al escuchar la queja de la muchacha–. Hija, te recomiendo ir con un médico particular. Esa bolita no puede esperar.

La mujer se va del centro de salud con la impotencia encerrada en el puño izquierdo. Lo controla, pero desea que se le escape en forma de golpe contra la primera enfermera que se cruce en su camino.

II

El hombre luce tranquilo. Lee una revista y toma agua. No quiere adelantarse a nada. Sin embargo su esposa ya lleva más de 20 minutos en el cuarto de rayos X del laboratorio con nombre de tianguis cultural.

De repente la experta en la toma de placas y radiografías sale de la habitación y le indica que pase. Ya dentro el hombre observa a su esposa, acostada sobre una cama de esas con las que trabajan los médicos, forrada de vinil azul y con un hueco en el extremo donde van los pies. Aunque usa una bata desechable, alcanza a ver sus pechos blancos – en otras circunstancias ya estaría sobre ellos, los hubiera besado, los hubiera sobado suavemente, los hubiera llenado de uno, dos, tres, incontables besos; hubiera paseado su lengua por ese par de pezones; le hubiera hecho el amor a su mujer–. Pero esta vez él no toca esos senos, sino un pequeño rodillo al que le colocan gel para que resbale sobre la piel.

El ginecólogo particular indicó a la mujer que se realizara un ultrasonido en el seno donde ella se detectó una bolita.

–Puede ser grasa, una reacción hormonal que indica que está embarazada o un tumor. Hay que descartar.

El hombre ha visto, sentido y besado esos senos muchas veces, pero nunca los había mirado como en esta ocasión: por dentro. En una pantalla observa las imágenes que manda el pequeño rodillo que los recorre. Allí hay una mancha que tiene la forma de un sol, pero en blanco y negro. Se observan muchas líneas que se desprenden de un centro definido. Pero el hombre no alcanza a ver las diferencias.

–¿Cómo detectan que hay algo extraño? –se pregunta–. Todo se ve igual, distorsionado.

Foto Erik Söderström

Foto Erik Söderström

Su concentración se pierde cuando la mujer que realiza el ultrasonido comenta que no le gusta nada lo que ve. Ahora llega un poco de preocupación cuando le habla a la jefa del laboratorio para que observe eso que el hombre no puede distinguir en la imagen. “Es que parece fibroso”, dice una; “yo lo veo muy pequeño” dice la otra. Y la discusión se extiende por 10 minutos. En ese tiempo la cabeza del hombre repasa una lista de nombres que le pueden proporcionar ayuda:

– ¿Y si me acerco a FUCAM? Finalmente es el Instituto de Enfermedades de la Mama. Aunque el Seguro Popular también atiende este mal. Pero, ¿si van a empezar a darnos largas? Y la lana ¿cómo chingados le vamos a hacer para pagar el tratamiento? ¿De dónde voy a sacar dinero, si gano una madre escribiendo? Le puedo pedir a mi cuate el Perrito. O hago una fiesta para recaudar fondos y vendo mi colección de discos. Sí, a huevo. Y le digo al Chango, que trabaja en la Fundación Livestrong, que me diga a dónde la llevo para que tome terapia psicológica. Y yo también.

Cuando salen del laboratorio, hombre y mujer van de la mano pero cada uno lleva en la mente duda e incertidumbre. Entonces se rompe el silencio cuando ella deja escapar una falsa preocupación.

–¿Y qué vamos a hacer si estamos embarazados?

–¿Pues cómo que qué? Nada. Eso sería lo mejor que podría pasarnos.

Al siguiente día el ginecólogo da su diagnóstico: es una bolita de grasa. Nada de qué preocuparse.

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