De pronto sentí como los latidos de mi corazón se volvían más fuertes. Los podía escuchar a pesar de los aplausos que propinaba la gente luego de que eran dichos los nombres de las producciones premiadas. Latía de forma tan intensa que todo mi cuerpo vibraba. Llegó entonces a mi pensamiento la idea de que podría sufrir una taquicardia.

Mi mente estaba inquieta, daba vueltas entre qué destacar de una entrevista realizada a Dago, un graffitero que logró meter su arte y el de otros artistas del aerosol al Museo Universitario del Chopo, y cómo iba a pagar la renta de este mes porque, al igual que a los 11 millones de mexicanos que trabajan por su cuenta, como lo indica la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, freelance que les dicen, el poco crecimiento económico del país se nota en el bolsillo. Mi cabeza iba recargada en una de las ventanas del Metrobús y el sol de las dos de la tarde calaba, quemaba más de lo acostumbrado debido al vidrio del transporte, que actuaba como una lupa que intensificaba los rayos.

A la altura del Teatro Blanquita el timbre del teléfono celular me sacó de mis pensamientos. La voz de una chica del otro lado de la línea sonaba amable y sonriente: “Buenas tardes, llamo de la Bienal Internacional de Radio”.

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En esa semana, del 6 al 10 de octubre, se estaba llevando a cabo en la Ciudad de México la décima Bienal Internacional de Radio, un foro que reúne a estudiosos y creadores sonoros de diversas partes del mundo. Entre las actividades más esperadas por los asistentes están los talleres y cursos impartidos por profesionales, muchos de ellos celebridades de la radio cultural a nivel mundial. A mí no me aceptaron en uno sobre documental sonoro; según que no tenía el perfil, aunque me dedico a la radio desde hace 10 años.

“Llamo de la Bienal Internacional de Radio”, seguía diciendo la voz. “Te hablo para informarte que tu programa Crónicas de Asfalto es finalista en el Concurso Internacional de Producciones Radiofónicas”.

¡Cierto! Hace unos meses inscribí el programa de radio a este certamen. ¡Lo había olvidado! La chica al otro lado de la línea me daba indicaciones pues al siguiente día se llevaría a cabo la clausura de la Bienal y como evento principal estaría la premiación. Ella me daba la hora en que tenía que estar, el lugar al que debía llegar, su teléfono celular. Eran muchos datos para mi cerebro en ese instante ocupada por endorfinas. No había espacio para otra cosa que emoción, gusto, el salto de contento.

Voceador

Hace poco más de dos años iniciamos desde la radio Crónicas de Asfalto, como un programa que presenta canciones que hablan sobre la Ciudad de México y su cultura popular -personajes, situaciones cotidianas, calles, monumentos, símbolos y más-, al mismo tiempo que conducimos al escucha por diversos sitios de la urbe para vivir las experiencias que narran las piezas musicales, como subir a un vagón del metro en hora pico o reunirse en una cantina para ver el futbol. De esta forma redescubrimos y contamos de manera entretenida y auténtica el modo de vida de quienes formamos parte de Distrito Federal hoy.

En cuanto vi a Sonia Yáñez, productora y coconductora del programa, le relaté lo sucedido. Nos abrazamos, ella preguntaba qué significaba ser finalista y yo no lo sabía. Después nos enteramos que podíamos tener una mención honorífica o uno de los tres primeros lugares, que recibirían, además del diploma y reconocimiento, un premio en efectivo.

Ya con la cabeza un poco fría y en medio de una comida, que incluyó una sopa de lentejas con tocino y tacos de chicharrón, mencioné que quería ganar. No deseábamos una mención honorífica -ya en este año recibí una en un concurso de crónica convocado por la UNAM-. Sony me miró, se puso un tanto seria y soltó una verdad que todo aficionado al futbol mexicano entenderá: “Si nos dan una mención vamos a parecer el Cruz Azul”. Sí, siempre llega a la final, pero hasta ahí. Nos hay más para ese equipo desde hace 17 años.

Al siguiente día, el viernes 10 de octubre, después de una reunión de trabajo me fui al Teatro de las Artes del CENART, el Centro Nacional de las Artes, allá en Churubusco y Tlalpan. Sonia ya me esperaba. Teníamos que estar unas horas antes de la premiación para recibir indicaciones dentro del foro: por aquí tienen que subir, de este lado se paran cuando los mencionen, salen del escenario por acá, de este otro lado esperan que los llamen y demás detalles propios de una ceremonia de ese tipo. Pero todavía no sabíamos si habíamos ganado.

Hewlett-Packard

Los minutos pasaron y en la plática los participantes reflejaban nerviosismo. Algunos se frotaban las manos, otros respiraban de forma profunda, muy en actitud Zen, para calmarse y otros decían sentir esa sensación oscilante en el estómago, provocada cuando las glándulas suprarrenales liberan hormonas, como la adrenalina y el cortisol, y la tensión muscular en el estómago produce cierta sensibilidad. Son las “mariposas en la panza”, pues.

Si bien yo me sentía un poco inquieto, no era tanto como para decir que estaba nervioso. Lo que sí es que estaba convencido que Crónicas de Asfalto debía ganar. Giselle Massard, directora de Uninorte, radio de la Universidad del Norte en Barranquilla, Colombia, sólo reía y no dejaba de decir que ganaríamos, mientras que Candis Carrasco, productora de radio y profesora en el Centro Universitario La Cienega de la Universidad de Guadalajara, en Ocotán, Jalisco, me decía de forma sarcástica que era un “modesto”.

Crónicas de Asfalto no ha tenido financiamiento de ninguna institución privada o publica, como Conaculta o la Secretaría de Cultura del Distrito Federal, a pesar de ser un programa con gran audiencia en Código CDMX, la estación web de ésta ultima dependencia. El presupuesto para este proyecto viene de mi trabajo como reportero y cronista en diferentes publicaciones.

A las cinco de la tarde el Teatro ya estaba lleno. Al frente estaba la élite de la radio cultural en América Latina. Reconocí a Fernando Chamizo, director de Radio UNAM; José Ignacio López Vigil, creador del proyecto Radialistas Apasionados, dedicados a la radio comunitaria desde Ecuador; Antonio Tenorio, director de Radio Educación; Hilda Saray Gómez González, coordinadora de la Bienal; Jesús Sánchez Maldonado, reconocido productor de radio, director de cine documental y demás chambas que le salgan; y mi querida Marta Romo, eminencia en la radio infantil, reconocida por la UNESCO y “mamá radiofónica” de todos los que hemos tomado alguno de sus cursos o talleres.

Con Marta Romo

Comenzó la premiación y, ahora sí, los nervios se asomaron. No sólo competíamos con programas de México, también los había de Argentina, España, Brasil, Ecuador, Francia, Alemania, Estados Unidos, Holanda, Portugal y el Reino Unido. En total 980 producciones. Enorme número. Ya ser finalista en estas condiciones es un gran logro. Pero nosotros íbamos por todo. Así ha sido siempre. Las manos estaban juntas, como cuando uno hace una plegaria, y mis piernas no dejaban de moverse.

Pasaron las categoría de radiodrama, reportaje de investigación, revista radiofónica, mesa de análisis, radioarte y programa para niñas y niños. Llegó el momento de premiar los programas comunitario e indigenistas. En efecto, Crónicas de Asfalto no es programa comunitario ni indígena, pero tampoco es reportaje, radiodrama o revista. No había una rama para la crónica urbana. Así que decidimos enviar a concurso una emisión que cupiera en cualquiera de las clasificaciones de la Bienal.

“A continuación la categoría programa comunitario y/o indigenista”, dijo el locutor Manuel Chávez, de Radio Educación, que esta vez la hacía de maestro de ceremonia. “La primera mención honorífica es para…”.

Bienal 2

De pronto sentí como los latidos de mi corazón se volvían más fuertes. Los podía escuchar a pesar de los aplausos que propinaba la gente a las producciones que merecieron el reconocimiento honorífico. Latía de forma tan intensa que todo mi cuerpo vibraba. Llegó entonces a mi pensamiento la idea de que podría sufrir una taquicardia. Sony me tomó la mano, necesitaba apoyarse de alguien. Yo también.

Escuchamos el nombre de las siguientes dos producciones con mención honorífica. Una corriente se paseo por todo mi cuerpo, pasó por la espina dorsal de arriba hacia abajo y de nuevo de subida para instalarse en mis sienes, que latían con la misma fuerza y al ritmo que mi corazón marcaba, mientras mi estómago cosquilleaba. Nunca había sentido algo así. Tal vez esa sensación tenían nuestros antepasados al ver de frente algún mamut enojado o un dientes de sable. Pero yo no iba a huir. Teníamos uno de los primeros lugares. No sabíamos cuál era y eso aumentó la tensión.

El tercer lugar fue para la producción mexicana “Luna del Rocío”. Yo abrí los ojos. Sentí que mi respiración se agitaba. Me coloqué al borde de mi asiento. Manuel Chavez habló de nuevo:

“El segundo lugar” -hizo una pausa de tres segundos que yo sentí como de media hora- “también de México: Crónicas de Asfalto”. Se oyeron gritos de nuestros amigos de Guadalajara y Colombia. Me puse de pie, Sony y yo nos abrazamos y nos dirigimos al escenario. Veía el auditorio lleno, no podía controlar los músculos de mi rostro. La sonrisa se instaló y nada la podía quitar. Nada. Lancé un beso a mis amigas que gritaban y levantaban los brazos y después escuché un “bravo, Memo”, de Marta Romo, a quien también ofrecí una muestra de amor y agradecimiento desde mis labios. Una representante del Sistema Nacional de Radio y Televisión de Costa Rica me entregó un enorme cheque que me hizo sentir como concursante de Dancing with the Stars.

Premio

Luego caminamos hacia atrás del escenario. Ahí prácticamente no había luz, sólo la que rebotaba de la gran pantalla que veía de frente el público del Teatro de las Artes. Pero ese pequeño haz de luz me permitía leer el reconocimiento. Por un momento me perdí en las letras que forman el nombre “Crónicas de Asfalto” y mi mente viajó al 14 de mayo de 2012, cuando salimos al aire por primera vez; viajó a las diferentes colonias de la Ciudad de México donde mucha gente nos ha compartido sus historias para que nosotros las mostremos; viajó a unos meses atrás cuando pensábamos dejar el programa por un tiempo por la falta de presupuesto; viajo al día en que a punta de pistola nos quitaron el equipo en la colonia Gabriel Hernández. Luego me vi caminando por la calles recolectando el ruido de la tortillería en la colonia Obrera, el del transito en el Periférico y San Jerónimo, el grito de la vendedora de tepache en el Centro Histórico. Vi que todo ha valido la pena. Nuestro trabajo recibe un reconocimiento internacional.

Cuando desperté de ese trance me di cuenta que mis mejillas estaban mojadas. Había llorado mientras recorría en mi mente el camino andado en estos dos años. Se dice que poco antes de morir hicieron un análisis bioquímico a la sangre de la Madre Teresa de Calcuta y encontraron que era una persona altamente dopamínica, lo que se traduce en sentirse pleno y feliz. Tal vez mi cuerpo en ese momento también tenia una alta dosis de dopamina porque, en verdad, estaba muy contento.

segundo lugar

Luego de la ceremonia hubo un pequeño coctel. Era increíble la gente que se acercaba a felicitarnos. Nos asediaban, nos pedían fotos, chocaban las copas de vino con las nuestras, me presentaban a otros productores de radio, querían saber cómo trabajamos. Me sentía celebridad.

Esa noche luego de una cena con Marta Romo y Luis Fernando Paredes, un productor de radio infantil indígena que gano también un segundo lugar por la serie “Lindo Pescadito, vampiros y llorona”, me fui a dormir con una sonrisa amplia. Y hasta ahora nada me la ha podido quitar.

 

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