Hace tres años una de las secretarias de la oficina de Alejandro le sugirió formar un equipo de “tocho bandera” femenil. La mujer tenía muchas ganas de entrarle a esta vertiente del futbol americano en el que no hay hombreras, cascos o cualquier otra protección porque casi no existe contacto físico: los bloqueos y empujones no están permitidos ni tampoco las tacleadas. En su lugar hay que quitarle al adversario una de las dos cintas o banderas que llevan colgando de la cintura. Por eso el nombre correcto de este deporte es flag football. Pero es inevitable el choque entre la receptora y la jugadora que intenta interceptar, entre las compañeras que son burladas por una hábil corredora, o la lesión por una mala caída.

Alejandro no estaba convencido, pero al final su gusto por el americano lo llevó a decidirse. Lo primero que hizo fue darse a la tarea de encontrar a más jugadoras, así que invitó a sus amigas, luego a las novias y conocidas de sus amigos, hasta que formó a su primer equipo. A muchas les enseño desde cómo lanzar el balón hasta cómo chacharlos. Otras ya sabían eso y un poco más, así que pronto tuvieron un nivel tal que hasta le ganaban al equipo varonil que estaba formando este coach. Durante unos meses fueron un tormento para esos jóvenes que parecían pesados tanques que perdían siempre en altura, troncos sin habilidad para driblar y tortugas ante la velocidad de las seis jugadoras que recorrían la cancha de 26 por 64 metros, casi un cuarto de lo que mide un campo de futbol americano. De hecho, la velocidad es una de las características y principales diferencias con el americano. Entonces estas muchachas adquirieron su nombre: las Panteras.

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Alejandra, por ejemplo fue de las primeras en llegar, no sabía nada sobre este juego pero tenía condición física porque jugaba soquer. Priscila, otra Pantera, desde los 14 comenzó a jugar, aunque al principio sólo corría y corría porque su equipo estaba conformado por veteranas de 30 años que no le pasaban el balón.

Hoy ambas le deben al tocho bandera hasta la relación amorosa, porque ahí conocieron a sus respectivos novios. Y es que ésta es otra característica del jugo: el ambiente familiar. En las gradas o los contornos de las canchas se ve a las esposas echando porra, a los hijos recogiendo el balón o a los padres “coucheando”.

Pero antes de ellas, otras chicas, en 1996, iniciaron la historia del tocho bandera en México. Estudiantes de cuatro facultades de la Universidad Autónoma de Nuevo León fueron las primeras en practicar este juego. Al poco tiempo ya habían formado la Liga Nacional de Tocho Bandera.

Sin embargo el tocho no es exclusivo de chicas. Hay equipos integrados por ex jugadores de futbol americano universitario, de niños, mixtos, sin límite de edad.

Ésta es una probada del torneo ráfaga de la Liga Imperial de Tochito en el Deportivo del Sindicato Mexicano de Electricistas, al sur de la Ciudad de México.

Fotos: Sonia Yáñez

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