En México los festejos de Navidad terminan el dos de febrero y no el seis de enero como muchos piensan. Es el día de la Candelaria, y los que sacaron el muñequito al cortar la rosca de reyes tienen que presentar en una iglesia la imagen del niño Dios y velas que le acompañan para que sean bendecidos, como dicta la tradición. Es una especie de padrinazgo que culmina con la clásica tamaliza.

Y como en toda fiesta de presentación, hay que llevar al niño bien arreglado, con ropón blanco, si es la primera vez que se viste, o con indumentaria de gala, hecha con telas brillantes y doradas, a partir del segundo año. Y así como se visitan las tiendas de diseñador para encontrar el atuendo que se usará en la graduación o la boda de la mejor amiga, el niño Dios también tiene su lugar para vestir y quedar guapetón. Es la calle de Talavera, en el barrio de la Merced, en la zona menos turística, pero más auténtica del Centro Histórico de la Ciudad de México; aunque en la época alta, es decir, desde la primera semana de enero hasta el dos de febrero, en las calles de Roldán, Manzanares y Jesús María también se instalan los vendedores de accesorios, bebés de yeso que representan al niño Dios, así como sastres y modistos especializados en estos ropajes. Hasta las cultoras de belleza y artistas de la uña postiza, el planchado de ceja y la depilación con hilo dejan unas semanas la plaza Alonso García Bravo, su plaza de la belleza en plena banqueta, para que el niño tenga mucha ropa de dónde escoger.

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Cuando uno se interna en ese tianguis entra al mundo de la moda del “santo niño”. Allí están los bebés, con sus ropas muy elegantes, sentados en sus sillas que parecen flotar por estar sujetas de una malla que cuelga del puesto ambulante. Y aunque el maniquí es el mismo, la diferencia radica en lo que traen puesto. De un lado está el Niño de las Palomas, vestido de blanco, impecable, con un ave en cada mano y otra en la cabeza. A la izquierda su compañero porta una túnica azul, manto rojo, bastón y un sombrero de palma: es el Santo Niño de Atocha.

Los modelos son observados por la señoras, la “madrinas” que van con sus niños de yeso en brazos. Los cubren con una cobija y los cargan de la mima forma que si fueran sus hijos en los primeros meses de vida. También van chicas por primera vez a vestir a un niño. Se nota que son novatas porque traen la estatuilla mal envuelta en la frazada, acomodada debajo del brazo. Ni qué decir de los “padrinos”; ellos no envuelven la figura, sólo la sujetan bien para que no se les resbale. Si algo le llegara a pasar a la pequeña escultura no la cuentan con la esposa o quien les haya encomendado la noble misión de vestir al Baby Jesús inanimado. Preferible que uno de sus hijos se haga un raspón mientras esté a su cuidado a que el pequeño maniquí sufra una fisura. De verdad no se la acaba.

Pero la gente quiere que el niño se asemeje a uno, y al igual que a los hijos, en esa figura de sulfato de calcio hemihidrato se reflejan deseos reprimidos, necesidades y frustraciones. Allí está con su uniforme blanco y su maletín negro, sentado de tal forma que parece cruzar la pierna, el Niño Doctor, todo un profesional. Al lado está un colega, cubierto con pantalón y bata azul desechables: es el Niño Cirujano, inconfundible, porque usa cubrebocas, cubrecabeza y estetoscopio. Junto a ellos hay una figura ataviada con el uniforme de la selección mexicana de futbol. No le falta nada. Lleva bien puestos los tacos, las medias y el balón, a veces bajo el pie, a veces bajo el brazo.

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Adelante una señora sabe que esta también es una fiesta, por eso escoge para su niño el traje de chinelo, —el personaje de carnaval mexicano que aparece danzando en toda fiesta de pueblo—, en color verde, su sombrero alto con algunas plumas y la Virgen de Guadalupe al frente de su ropaje rodeada de lentejuela. Sólo le falta la máscara, pero se trata de destacar al niño, no de ocultarlo. También está el vestuario del Niño Pa, directamente de Xochimilco, con un traje de gala que recuerda al de los danzantes aztecas: su corona emplumada, su maxtla o taparrabos, la tilma o capa que también le cubre parte del pecho, y su escudo o chimali, todo en brillante lentejuela dorada, plateada, azul, rojo, verde… Por colores no se para.

Entre todos esos modelos destaca uno por su vestimenta sencilla. Es un niño que usa overol de mezclilla azul, camisa a cuadros, pequeñas botas negras y una gorra. Parece un antiguo ferrocarrilero, pero en realidad se trata del Niño Migrante. “A él hay que rezarle para que lo lleve con bien”, dice una madre cuyo hijo es probable que esté cruzando en esos momentos la frontera norte como ilegal.

Este año la nueva colección de ropajes del niño Dios está muy adecuada a la situación que viven mucha familias en el país, pues incluye el vestuario para “la fe, esperanza y trabajo”, el de “la prosperidad”, el de “la abundancia” y el de “la suerte”.

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Y de eso, del diseño de vestuario para esta figura religiosa, sabe muy bien don Saúl Uribe. Cuando tenía 23 años la cosquilla le ganó y se casó; las necesidades económicas en el hogar eran muchas, además tenía que buscar algo que le diera liquidez financiera para realizar sus planes y seguir estudiando arquitectura en el Politécnico. Así que, con su esposa, colocó un puesto ambulante en la colonia Ramos Millán, con 15 vestidos y ahí comenzó todo.

—En 1975, cuando empezamos, esto era muy pobre referente a las vestimentas. Unicamente había blanco, que es el Niño de las Palomas; un roponcito como de bautizo; el de San Judas Tadeo, que siempre ha estado presente; el Sagrado Corazón y el Santo Niño de Atocha. Hoy tenemos cerca de 80, 90 modelos.

Sin embargo, para don Saúl esto no significa que se trate de una pasarela; es sólo que la misma gente va sugiriendo modelos de acuerdo a sus creencias o lugares de origen. Le ha pasado que personas que vivieron, por ejemplo, en Tepeaca, Puebla, donde veneran al Niño Doctor de los Enfermos, o en Morelia, Michoacán, donde son devotos del Niño de la Salud, le solicitan que vista a su figura como la de aquella población. Así es como poco a poco han ido agregando vestuarios.

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Su oficio como “modisto de niños Dios” lo condujo a adquirir un inmueble en la calle de Talvera, que hoy es taller y bodega. Cuando don Saúl lo compró, esta calle era el refugio de los chinelos —ladrones que aplican la llave china a sus víctimas: sujetan el cuello fuertemente con un brazo hasta que logran desmayarlos—, pero luego de hablar con el líder de la banda quedaron en paz.

Años después le llegó a la Merced las virtudes del rescate del Centro Histórico de la Ciudad de México. Entonces don Saúl aprovechó el momento para promover que la calle de Talavera se convirtiera en una especia de pasaje para todos los artesanos metidos en la tarea de vestir a las pequeñas esculturas que representan a Jesús casi recién nacido. Así, en 2011, tras colocar adoquín nuevo y montar algunas estatuas que representan a la Virgen de Guadalupe, al Santo Niño de Atocha y al papa Juan Pablo II, entre otras, hechas de cantera, Marcelo Ebrard, entonces jefe de gobierno del Distrito Federal, inauguró el “Corredor del niño dios”.

Pero ahí no sólo se encuentran los diseñadores de modas. No. También están los que venden las estatuillas —contrario a lo que dice el cuento popular, que los bebés vienen en una canasta cargada por una cigüeña desde París, estos muñecos llegan en una caja de cartón, cubiertos en bolsas de plástico y rodeados de periódico para que no se maltraten durante su viaje, desde los estados de México, Puebla o Tlaxcala—. Los bebés están acostados, encueraditos, sólo cubiertos por su frío pañal de yeso. Los hay de todos los tamaños, desde los que miden unos 10 centímetros hasta los que alcanzan casi el metro de altura. Además están disponibles en tres colores de raza: blancos, con cabello castaño; morenos para hacerlos perecer bien mexicanos, aunque con ojo azul, eso sí; y negros, para no discriminar.

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En otra sección están los vendedores de accesorios. Allí tienen las sillas de madera con la clásica cruz, pero también otras más pegadas a nuestro tiempo, tanto que parecen salidas de un comedor setentero: tubulares, con acabados cromados, asiento de vinil rojo y plástico cristal para que no se ensucien. Hay también huaraches, bastones, alas de plumas reales pintadas en color blanco, coronas que desprenden rayos de luz de aluminio dorado, batas y hasta calzones, porque, como a uno, al niño también le da frío —aclara una compradora—. No pueden faltar las canastas y moisés —sino ¿dónde se acuesta el bebé?, dice la misma señora— y la indispensable cera de Campeche para que su consistencia pegajosa ayude a sujetar los adornos que completan el ajuar.

Tampoco faltan los restauradores con sus manos blanquizcas por el yeso. Es curioso ver que la mayoría de las personas dedicadas a este oficio son mujeres. Tal vez sus manos son más precisas al momento de aplicar una capa de la mezcla de yeso, cal y agua para pegarle un bracito al niño; o tienen el pulso tan firme que pueden hacerle de un solo trazo cejas perfectamente delineadas. Lo cierto es que ellas están al frente de estos puestos, siempre entretenidas con un pincel en una mano y un niño en proceso de restauración en otro, rodeadas de brazos mutilados, cabezas cercenadas, cuerpos decapitados, todos con la promesa que de ahí saldrán bien repuestos para el día de su presentación en la iglesia de la colonia o en el templo de San Jerónimo, en el barrio, también bravo de la Candelaria de los patos —atrás del mercado de la Merced—, porque así lo prometieron un año antes.

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Luego de vestir al Niño Dios, el padrino o la madrina dejan Talavera y sus alrededores con cara de satisfacción. Tal vez vinieron desde Topilejo, en el extremos sur de la ciudad, o de Ecatepec, Tlalnepantla o Naucalpan, tan al norte que ya no es Distrito Federal. No importa la excursión; pudieron comparar en el mercado más cercano a sus casas, pero no es lo mismo. Acá hay modelos para aventar, hasta para vender. Aunque, a veces, dos o más personas se llegan a pelear por una misma indumentaria, tal como pasa en las tiendas departamentales durante la época de descuentos.

Para la fiesta de la Candelaria, el Niño Dios es totalmente Talavera.

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