Miré sonriente el paisaje campirano japonés que me regalaba el trayecto de regreso a casa. En mi cabeza seguían los momentos mágicos del día, como si de una película se tratara. Un conjunto de casualidades que parecían más bien regalos del destino. Cada uno ocurrió por estar en el lugar justo y en el momento adecuado. Ese día, me sentí especial.

Sucedió en Nara, Japón. Yo trabajaba en algo así como un hostal agrícola, en el pequeño y antiguo poblado de Asuka, y decidí aprovechar mi día libre yendo a la capital de la prefectura en la que me encontraba. Después de todo, elegí ese lugar justo porque me quedaba cerca del Buda gigante y los ciervos, que era todo lo que me importaba de ahí. Claro, sabía todo lo demás: que había sido capital del país en el periodo que llevaba su nombre (710-784), que fue justo en ese periodo cuando construyeron muchos de los templos por los que hoy en día es famosa, que después Kioto la desbancó como capital y que en 1998 el conjunto de monumentos históricos de la antigua Nara fue declarado Patrimonio de la Humanidad. Todo eso me tenía sin cuidado. Yo tenía que ir sólo para acariciar ciervos y ser testigo de la colosal estatua, que hacía que el gran Buda de Kamakura, al sur de Tokio —una estatua en bronce de 13.41 metros se viera como un niño—. Los animales suelen ser mi perdición y mis excursiones a la Pesadilla en la isla japonesa de los conejos y a la de los gatos lo comprueban.

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Buda

Salí del hostal agrícola antes de las ocho. La estación de Asuka está a pocos minutos caminando.Fui directo a la máquina expendedora de boletos. No quise arriesgarme a comprar en ventanilla porque luego me ensartaban boletos de los caros, aunque yo pedía económicos. Deposité seiscientos yenes y la máquina me devolvió veinte y mi boleto. Ahorrar era importante. Sólo me quedaban dos mil ochocientos yenes para esa parte del viaje —poco más de quinientos pesos mexicanos—.

Vi la tabla de horarios y estaciones. Mi primer trasbordo era en Kashiharajingumae. Dos estaciones después, abordé el tren que me llevaría a Yamatosaidaiji. Era un tren local, así que hizo el doble del tiempo planeado.No me importó. Me gustaba escuchar los anuncios del chofer para ver si identificaba lo que decían. Algunas veces, escribía mentalmente el nombre de la estación siguiente; en las más afortunadas, hasta le atinaba. Poco después de las nueve llegamos al fin a Yamatosaidaiji e hice el último trasbordo. Ya estaba muy cerca de Nara. Dos estaciones después, pisaba por primera vez la tierra de los ciervos.

Justo en la salida vi una oficina de atención al turista. Quería un mapa para guiarme en la búsqueda del gran Buda y los ciervos. Cualquier otra cosa sería ganancia. No había hecho grandes planes para no frustrarme si no visitaba todo. Tenía un poco de temor porque después de Nikko había perdido el gusto por los templos. Todos me parecían desabridos.

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Venado

 

Así las cosas. Pregunté por el mapa y el recorrido para ver al Gran Buda y los ciervos. La anciana que me atendió, me preguntó de donde era. Le respondí que de México. Ella me dio un mapa en español. Quería besarla. ¡Era mi primer mapa en mi idioma! En Asuka ni siquiera tenían en inglés. Me dijo como llegar al gran Buda y qué atractivos había por el rumbo. Sobre los ciervos, me miró con condescendencia y marcó con rojo dónde había más.

A penas salí y caminé un poco. Entendí su mirada. En Nara no es complicado ver ciervos. Rondan por toda la zona de templos. Me sentí la más rubia del universo. Era mejor preguntar cómo hago para que los ciervos no se coman mi mapa o para sacarme una selfie con ellos.

Desde que puse un pie fuera de la estación, vi flechas de dirección con nombres en romanji y kilómetros aproximados para llegar a las atracciones. Además ¡tenían mapas! Hermosos mapas como los de Tokio, que cada tanto te dicen dónde estás y cómo llegar a los lugares. Adiós a los dramas existenciales por falta de orientación. Buscaba el templo Todaiji, Pero vi el letrero de desviación al Kofukuji, que estaba cerca. Me ganó la curiosidad y fui para allá.

Caminé hasta ver a lo lejos una pagoda de cinco pisos. Era grande y alta. Me emocionó. Otra vez regresaba la alegría y el encanto al ver esas maravillas antiguas. No tenía los colores chillones que vi en Nikko, y ni falta que le hacían. Era una construcción altísima en madera, con tonos sobrios que iban del beige al negro. Justo eso la hacía lucir más imponente.

Pagoda-5-pisos

Regresé al camino original, acariciando a cuanto ciervo se cruzaba por mi camino. Vi a la gente que compraba paquetes de galletas para ciervos a 150 yenes; cuando los ofrecían, salían huyendo atemorizados por los animales que acudían hambrientos por el regalo. “¡Qué tontos!”, pensé entre risas.

Más adelante pasé el portón Nandaimon, una estructura tan grande que uno se sentía liliputiense al cruzar por ahí —mide veinte metros—. Una parte estaba en trabajos de conservación pero el lado visible tenía una de esas figuras de guardianes de templos, tan grande y mal encarado que da miedo. Lo miré con calma, imaginaba que me agarraba entre sus manotas y me rompía, como un crayón. Satisfecha con la imagen mental, seguí el camino rumbo al Buda.

Una vez que pagué mi entrada y caminé hacia el templo, me quedé maravillada. No tenía que ir tan lejos. Desde el pasillo, el templo —reconstruido en 1692 a dos tercios de su tamaño original— se veía imponente. Llegué a la puerta.Me detuve para contemplarlo desde lejos, incluso a esa distancia, esa montaña de madera de cincuenta y seis metros de altura por cincuenta de ancho se veía enorme. Quería agradecer a los kami —entidades adoradas en el sintoísmo— la oportunidad de estar ahí. Por primera vez en mi estancia en Japón, compré un incienso. Lo prendí con devoción, cerré los ojos y agradecí en silencio. Al volver la vista a mi lado derecho, encontré un grupo de monjes budistas tomando fotos con cámaras profesionales y tabletas.“¿Dónde quedó el desapego?”, pensé y sonreí.

Pagoda-2-pisos

Seguí caminando. Recorrí el pasillo sin perder de vista el inmenso templo. Pasé al lavatorio a hacer lo propio —antes de llegar a los templos, hay una pileta techada con cucharones redondos que sirven para lavarse. El ritual implica mojarse las manos y hacer un “buche de agua” que se escupe—. Los monjes budistas siguieron de corrido, sin lavarse. ¡El escándalo! Avancé hasta el templo y entré. Escuché un sonido extraño, como un murmullo melódico. La luz brillante del exterior me lastimaba y no podía ver al Buda gigante, pero sí vi que los monjes estaban trepados junto a la gran imagen y cantaban sus invocaciones. ¡Qué preciado momento! Ir al templo del Buda y presenciar una ceremonia. Me sentí afortunada.

Cuando terminaron me acerqué para apreciar al Buda Vairocana. Los monjes se quedaron arriba para sacarse fotos, sobre algo como la terraza o base del la estatua, que no estaba abierta para los demás. Luego vi el Buda de al lado, que no es tan grande, pero tiene un tamaño generoso. En el recorrido vi una réplica de la mano del Buda que estaba a nivel de piso. Era como una cama matrimonial; cabría acostada, sin problemas. Miré más esculturas y un tronco ancho de techo a piso con un hoyo en la base por el que pasaba la gente. Se dice que el orificio es del mismo tamaño que los de la nariz del gran Buda y que quien pasa por ahí será bendecido con la iluminación. Di la vuelta completa al templo, al otro costado había otra representación de Buda, de tamaño menor al central. Tiempo después supe que mide 16 metros y que, cuando lo construyeron, el país casi se queda en bancarrota porque acaparó la mayoría de la producción de bronce. Entonces tuve un sueño: visitar la mayor cantidad de Budas gigantes en el mundo.

Buda-monjes

Satisfecha, salí del lugar. Al lado de la salida había una misteriosa figura de madera. La gente se arremolinaba a su alrededor.Me acerqué. En la placa leí que si le sobas la parte del cuerpo que te duele y luego pones esa mano en tu parte adolorida, te curas. Yo lo intenté con la rodilla. No sé si fue por eso, pero no me ha dolido mucho desde entonces.

Seguí caminando y salí de ahí hasta llegar de nuevo al lago. Al lado había un torii (鳥居) el arco tradicional de los santuarios sintoístas y me adentré en él. Estaba en lo alto. Debía subir muchas escaleras para llegar. Vi que una anciana luchaba para bajarlas. Recordé que cuando subí el Fuji aprendí una palabra que tiene un amplio significado, dependiendo de la circunstancia, que motiva a quien se le dice para perseverar, mantener la constancia y el tesón, esforzarse mucho, empeñarse con pasión en algo hasta conseguirlo. Algo así como decirle “¡ánimo! ¡No te rindas!”. Le dije “¡ganbatte!” (頑張って). Ella y a las mujeres que la acompañaban rieron.

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Torii

Arriba vi tanto como pude. Me pareció que era un templo agradable y no más. Recién pasaban de las once y ya había visto todo lo que quería. Revisé el mapa y vi que sólo me faltaba un templo grande más. Me encaminé hacia allá, andando en sentido contrario a la ola de turistas, que a esas alturas ya era numerosa.

Llegué a lo que supuse era la entrada para el templo. Tomé por el camino pequeño que continuaba hacia un lado y me condujo a otro templo con varios torii. Ahí las ema —(鳥居) tablones de madera en los que se escriben plegarias o deseos a los kami— tenían la forma de corazón. Después, me adentré al santuario principal. Era naranja con blanco. Similar a muchos otros que ya había visto; pero los templos y santuarios, aunque en esencia parecen lo mismo, tienen sus detalles que los hacen diferentes. Éste tenía una especie de ágora que en ese momento era ocupada por un grupo de cuerdas. Tocaban una melodía a la que puse atención hasta después de enterarme que cobraban la entrada. Decidí no pagar.

Me abrí paso entre la gente que estaba viendo al grupo. Cuando por fin conseguí un buen lugar, la pieza término. Me quedé para ver si tocaban otra. Sí lo hicieron. Desde los primeros acordes sentí un nudo en la garganta, una emoción que me explotaba en el pecho y empecé a llorar; era el Canon en re mayor de Pachelbel. Ahí estaba yo, en el país de mis sueños, escuchando una pieza que me encanta, en un viaje que me había devuelto la vida. Era como si Japón me abrazara y me dijera: “yo también te amo, todo va a estar bien”. Agradecí de nueva cuenta a los kami por el regalo. Salí feliz, había sido una bella visita al santuario.

Volví hasta la calle principal en busca de la pagoda de cinco pisos que había visto por la mañana, esperando que está vez el sol no me pegara de frente y poder hacer una fotografía. Caminé por un cruce peatonal subterráneo. Bajando las escaleras, vi a una pareja en bicicleta con sus hijos. Yo me detuve a sacar una foto de las escaleras. La mujer tomó la rampa que estaba a mi lado y subió jalando la bicicleta, con su bebé en el asiento trasero. Justo cuando nos cruzamos, el peso la venció y la bicicleta empezó a irse hacia abajo y de lado, poniendo en riesgo al niño. Yo dejé el celular y me apresuré a ayudar. Entre las dos logramos reacomodar la bicicleta con el niño a salvo. Una vez más, estaba en el momento justo, en el lugar adecuado.

Puertas

Seguí mi camino hacia el templo Kofukuji. Toda la mañana había intentado tomarme una foto con algún ciervo, sin éxito. Como no les daba galletas, se iban sin prestarme un poco de atención. Frustrada, fui a la pagoda de cinco pisos y por fin pude tomar una foto.

Ya rondaban las tres de la tarde y moría de hambre, así que compré un almuerzo en un konbini —las tiendas de conveniencia en Japón—. Regresé a la zona de ciervos en busca de una banca para almorzar. No había. Lo más cercano a eso fue un asiento para esperar el transporte público. Me senté y empecé a comer. Pasó un grupo de niños a mi lado, me vieron, se murmuraron cosas y uno dijo tímidamente: “Hello”. Yo respondí y entonces todos fueron a mi lado. Al parecer, tenían como tarea ir a practicar inglés con extranjeros. Me dio risa. Pobres, elegirme a mí entre todas las posibilidades. Yo acepté encantada para ayudarles con su tarea, siempre y cuando ellos me ayudaran a repasar mi pésimo japonés. Con el ejercicio, todos ganamos. Fue una conversación curiosa, nuestro mal inglés se combinaba con mi mal japonés y, a pesar de todo, logramos entendernos. Al final, me pidieron que escribiera un mensaje a cada uno. Lo intenté en inglés y en japonés, aunque estaba muerta de risa. Estaba segura de que no me entenderían en ningún idioma. Antes de despedirse, cada uno me regaló una grulla de papel que todavía conservo.

Cuando se fueron, terminé de almorzar y emprendí el camino de regreso a casa. En la mano llevaba las grullas de colores que me habían regalado los niños. Nara me había dado agradables sorpresas en tan sólo una mañana. Es parte de la magia de Japón.

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