La hermana de Nancy le pidió que abriera su perfil en Facebook para que le enseñara a usarlo. Ella no tenía interés en esa red social, así que lo hizo con desgano. Cuando el formulario le pidió su apellido, tecleó al azar. Así surgió Nancy Jehagi. Nunca pensó que se convertiría en personaje público y que sus seguidores, amantes de los tatuajes, la buscarían así.

Lecciones dolorosas tatuadas de por vida

NANCI Tatoo 1 Nancy Hernández Gutiérrez es la hija menor de una familia tradicional. En su adolescencia le dio por creerse dark y decidió hacerse un tatuaje a escondidas. Buscó el diseño en internet, el elegido fue una luna con un hada que nada tenía de original. Por si fuera poco, su ignorancia sobre los tatuajes era mayúscula. Pensaba que todos tatuaban igual y que la diferencia de precio sólo se debía al lugar en el que estaba el estudio. Ni siquiera tenía idea de que los tatuadores también hacen diseños. Pero nada de eso la desanimó. Estaba decidida a tatuarse y lo hizo. Su novio de ese momento se ofreció a pagar el tatuaje. ¿Acaso algo podía salir mal?

En ese momento no tenía conciencia de que su diseño, además de que no era original, era muy feo. Nadie le dijo que la tinta migraba con el tiempo, ni que un tamaño tan pequeño tiende a emplastarse. Sólo se dio cuenta después, cuando su hada perdió el rostro y en su lugar sólo había una mancha; la mano no parecía mano y la luna se deformó. Era un poco tarde para enmendar el error. La chica de 17 años ya tenía un pésimo tatuaje y sólo la salvaba el hecho de que no estaba en un lugar visible.

Uno pensaría que tras semejante chasco la joven aprendería del error y se tomaría más en serio la selección de tatuador y diseño, ¿no? Pues no. A los 18 años le hicieron su segundo tatuaje. En esa ocasión fue con un “amigo”, de esos que tatúan y no sólo hacen un mal trabajo, sino que además te animan para que te sigas haciendo trabajos con ellos. Le tenía confianza, tanta que le pidió que le hicieran algo en la mitad de la espalda. ¿Qué? Lo que fuera, lo que él quisiera. Le dejó la elección, era su amigo y, como tatuador, sabría mejor que ella lo que le quedaría bien.

El resultado fue un diseño mal copiado y desproporcionado de una peineta, con una ejecución lamentable. Ella no lo vio así. Después de que le hicieron la línea, llegó emocionada a su casa, se miró al espejo y pensó: “¡Wow, la mitad de la espalda! Está bien chingón. Con que me dejen la línea, ya con eso es suficiente, yo lo amo. ¡Me encanta estar tatuada!”.

Nancy 18

Tiempo después se enteró que el diseño no era original, que además era una pésima copia y se lamentó porque ella en realidad quería unas flores. Tal vez dejaría de tatuarse o, por lo menos, cambiaría de tatuador, ¿no? Pues no. Siguió con su amigo y esta vez ella decidió que quería una flor de loto en el brazo.

¿Resultado? La flor de loto no parecía flor de loto, sino una maraña de colores. Como ella la veía extraña, le pidió que la arreglara. Él insistió en que no se preocupara, que su tatuaje estaba chido. En una de las visitas que le hizo para pedirle que arreglara la flor, le llevó el diseño de un tatuaje japonés. En realidad sólo quería enseñárselo porque le había gustado mucho. En su lugar, el amigo le sugirió hacerle el brazo con ese diseño:

—Si te quieres tatuar todo el brazo, puedo hacerte este estilo. Se puede combinar con lo de arriba.

—¡¿De verdad se puede combinar con lo de arriba?! —respondió emocionada—, ¡qué chido!

Como ingenua protagonista de un cuento de hadas, Nancy fue engañada una vez más. Su idea de “combinar con lo de arriba” fue separar los tatuajes con una línea que intentaba ser recta, pero fallaba la dirección por completo y lo que pretendían ser olas japonesas terminaron como tenedores.

—A lo mejor tú ahorita no lo ves chido y no lo puedes distinguir bien porque está todo enmarañado, pero vas a ver que va a quedar bien chingón —respondía el amigo ante los reclamos.

Nancy 16

A los 20 años fue a su segunda sesión del brazo. En ese entonces, ya conocía a Luis Jade, su actual pareja, también tatuador. Luis habló al estudió y le pidió a un amigo en común:

—¡Por favor! ¡Dile que no se tatúe! Que no manche.

Las palabras de Luis no fueron escuchadas. En ese momento Nancy era tatuada, otra vez, por el mismo sujeto que le había echado a perder la piel tres veces. El resultado, una vez más, fue un fiasco. Ante semejante desastre cutáneo, quedaban pocas opciones. El láser no era una de ellas porque estaba fuera de su presupuesto. Ella quería hacerse el brazo negro. El amigo se negaba:

—Yo te lo puedo arreglar antes de que tomes la decisión, porque una vez que te lo hagas negro, ya no hay retorno.

Ni Pinocho fue engañado de forma tan atroz y tantas veces por ”el Honrado Juan”. En su última oportunidad para reparar el daño que le había hecho, decidió tatuarle unas espirales. Pero la piel de Nancy reclamó. Le surgieron así grandes cicatrices queloides, que todavía se ven, como recordatorio perenne de todo lo que no se debe hacer al tatuarse.

No había marcha atrás. Se terminó la amistad, junto con los intentos fatuos de arreglar el desastre. La decisión estaba tomada: se haría el brazo negro. Pero ante tanto daño, la única forma era hacerlo con puros puntitos. Es así como su extremidad se volvió un claro ejemplo de puntillismo, la técnica que ahora usa para tatuar a otros, sin repetir aquellos errores que ella lleva en su piel.

Nancy 06

Tuvieron que pasar diez años y varios intentos fallidos, para que Nancy al fin aprendiera la lección. El año pasado le hicieron un tatuaje en la pierna, pero esta ocasión se lo hizo con alguien a quien admira como tatuador y cuyo trabajo conoce desde hace mucho tiempo; ahorró lo suficiente para no escatimar ni un peso en el pago; el diseño es exclusivo y ella está más que feliz con el resultado. Después de todo, ya no es una adolescente.

Puntillismo en negro y rojo, la redención

En su adolescencia, mientras se hacía malos tatuajes, Nancy decidió estudiar Letras Hispánicas, pero lo dejó para ingresar a la carrera de Psicología Educativa —la cual no terminó—. A la par, empezó a perforar en un estudio. Ese trabajo fue su puerta de entrada a un ambiente que la recibió con los brazos abiertos. Le gustaba estar ahí, sin formalismo de oficina, ni autoridades odiosas.

Así conoció al tatuador Luis Jade, con quien ya tiene casi ocho años de relación. Tal vez hubiera seguido perforando, de no ser porque Luis le sugirió que empezara a tatuar.

—¿Por qué no aprendes a tatuar? Creo que pasas tanto tiempo aquí que te puede convenir más aprender a tatuar que perforar.

Y es que perforar ya no era tan redituable. La joyería china, sumamente barata, le quitaba mucha clientela. Pero de eso a empezar a tatuar, hay un gran trecho. No sólo eran las malas experiencias que había tenido con el tatuaje, sino su falta de seguridad. Sin embargo, Luis confiaba en ella, confiaba por los dos. Pensó que si él, un buen tatuador, creía que podía hacerlo, entonces tal vez sí podía.

Decidió intentarlo, pero con calma, a su ritmo. Pasó casi un año en casa, practicando con naranjas y muñecos. Particularmente con los muñecos aprendió a hacer las líneas derechas y a medir la profundidad. Después pasó a la piel humana. El primer tatuaje que hizo fueron unas manchas de leopardo. En su afán por rellenarlo bien, lastimó al voluntario. Años después vio el tatuaje cicatrizado y reconoció aquellas marcas, pero al dueño del tatuaje no sólo no le importó, sino que le gustaba mucho. Él sabía que estaba practicando. Esa primera vez, estaba tan concentrada que perdió la noción del tiempo. Todavía le pasa.

nancy 12

Cuando menos se dio cuenta, ya estaba tatuando a sus amigos y a los amigos de sus amigos. Fue entonces cuando “Kiwi”, perforador y amigo suyo, la contactó para que entrara a Orion Tattoo, uno de los más recomendables estudios de tatuaje del Distrito Federal, de acuerdo con algunas reseñas. Trabajar al lado de Paola María, quien tiene aproximadamente 15 años de experiencia, no sólo fue una enorme oportunidad, sino que le dejó buenas enseñanzas que pone en practica en su actividad cotidiana.

En ese entonces, no tenía dinero y lo poco que le llegaba era para juntar y comprarse su equipo. Vivía en el Ajusco y de ahí a Iztacalco, que era donde se encontraba el estudio —ahora está a unas cuadras del metro Zapata—, no sólo quedaba muy retirado, sino que gastaba todos los días en transporte. Entonces “Kiwi” le dijo:

—Mira, para que no te quede tan lejos, vente a mi casa y de aquí nos vamos los dos.

Ese detalle es algo que Nancy nunca olvidará y que siempre le agradecerá a su amigo.

Entrar a Orion fue un parteaguas. Adquirió más experiencia y más publicidad. Así, empezó a trabajar por citas en otros estudios y su perfil de Facebook empezó a llenarse de seguidores.

Para ese momento, ya tenía muy claro el deseo que había notado entre algunos tatuadores: que los tatuajes que hacían, se distinguieran de los demás. Como ella no dibuja y no tiene estudios en arte o diseño gráfico, pensó que lo mejor era hacer sólo trabajos de línea y manchas, pero con la práctica se dio cuenta de que hacer puntitos era lo suyo. Aún así, necesitaba otro elemento que le ayudaran a definir “su firma” y encontró que el puntillismo se llevaba muy bien con los colores negro y rojo, por eso, lo único que hace es puntillismo mezclado con manchas tipo esténcil, en rojo y negro, todo lo demás que se les pueda ocurrir, no lo hace.

Nancy 25

El diario ir y venir entre el Ajusco e Iztacalco la empezó a desgastar mucho, incluso con la ayuda de “Kiwi”. Entonces decidió que lo mejor era tatuar en casa. Sabía de las ventajas y las desventajas de su decisión. Por un lado, siempre hay cierto riesgo en dejar entrar a un desconocido a un lugar privado como el hogar. Pero lo prefería, no sólo porque se ahorraba el dinero y el estrés del traslado diario, sino porque en casa se puede acondicionar el espacio a las necesidades propias, el ambiente en más relajado y los clientes pueden sentirse más cómodos con la privacidad que brinda un espacio cerrado al público.

Desde hace un año vive con Luis, su pareja. Juntos montaron su estudio en casa y aunque a veces tienen inconvenientes, como aquella vez que una vecina le reclamó porque “los iba a contagiar de SIDA a todos”, su vida como tatuadora es mejor.

Trabaja de miércoles a domingo. Incluso cuando no está tatuando o diseñando, está pensando en tatuajes. Su último proyecto, tatuar texturas en porciones generosas de piel, la entusiasma mucho, a pesar de las críticas que ha llegado a recibir. Ya empezó con un par de proyectos de esta naturaleza y tiene uno más en ciernes. Además, tiene citas programadas con sus clientes hasta el mes de abril, entre semana, y en mayo los fines de semana. Nancy realmente disfruta su trabajo.

Quizá sólo hace puntillismo mezclado con manchas tipo esténcil en rojo y negro y a algunos les puede parecer loco o necio, pero ella es feliz así. Es de ese tipo de personas que sólo hace lo que quiere con quien quiere y por lo demás, que el mundo gire.

— Yo no estoy obligada a trabajar con nadie. No tengo miedo de decir que no, porque no voy a tatuar a alguien que no quiero por compromiso. Qué tal que ni me quede chido el tatuaje y yo soy la que queda mal. Prefiero decir que no. De hecho, no atiendo a alguien que no me caiga chido. Si no me cae bien, no lo atiendo, porque el día de la cita ya sé que va a ser alguien conflictivo, súper pesado, sin química; que no me voy a acomodar con él y no vale la pena hacerle pasar un mal rato y yo pasar un mal rato, si todo puede ser tan sencillo. Quizá él está buscando a otra persona y yo a otro cliente.

¿El tatuaje es malo o no? Reconciliación familiar

Nancy 17Como muchos tatuados, sus preferencias fueron duramente cuestionadas en casa. No importa que en septiembre del año pasado se haya presentado en el Pleno de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal una reforma contra la discriminación a personas con modificaciones corporales, los prejuicios son los prejuicios y el caso de los padres de Nancy no fue excepción.

Fruto de una familia conservadora, el tema tuvo sus bemoles. El primer tatuaje que le vieron fue la terrible hada en la luna. Se lo vieron por accidente. Su madre, la que más rechazaba las modificaciones corporales, intentó ignorarlo, como si al fingir que no lo veía, mágicamente desaparecería. Pero ante las perforaciones, a toda luces visibles, no pudo hacerse de la vista gorda. Para la mujer de edad fue un golpe terrible ver que aquello que siempre le habían dicho que estaba mal, lo tenía ahí enfrente, con su hija. Sin más, la corrió de la casa.

Su padre intercedió por ella y así se mantuvo en el seno familiar unos años más. La preocupación principal del tradicional matrimonio era que asumían que su hija estaba en un ambiente degradante y lleno de vicios.

Cuando empezó a tatuar, su padre, contrariado le dijo:

—¡Pero, hija! ¿Qué va a pasar si un día estás tatuando y llega la policía?

—Pero ¿por qué va a llegar la policía, papá? —replicó rápidamente Nancy.

Los padres tuvieron que aprender, a través de su hija, que actualmente los tatuajes se hacen en establecimientos y que están regulados por el reglamento de control sanitario de productos y servicios, en el que ya se incluye un apartado referente a los tatuajes, las micropigmentaciones y perforaciones. Que no hay nada ilegal en ello y que eso no implica que esté sumida en una vorágine de vicios y perdición.

Al trabajar un tiempo en la casa familiar, pudieron constatar en qué consiste lo que ella hace y descubrieron una vertiente del tatuaje que nunca se hubieran imaginado, el genio, la belleza y la parte artística que trae consigo un tatuaje de calidad.

Con el tiempo, su mamá ha logrado hacer las pases con todo eso. En la actualidad lo acepta porque se tomó su tiempo para conocer a su hija y para darse cuenta de que no era una mala persona; que sólo le gustaban los tatuajes y las perforaciones, y que simplemente disfruta adornando su cuerpo.

Comments

comments