Miré emocionada el río Sumida por un largo rato. Todavía no eran las ocho de la mañana pero el sol ya estaba pleno sobre el largo cuerpo de agua. El aire cálido y húmedo de la ciudad me hacía sudar a chorros. Los ciclistas pasaban detrás de mí. Yo me aferré a la baranda para no estorbar, pero también para no quitarme. Por fin lo tenía enfrente y la visión me había hecho un nudo en la garganta. Las lágrimas brotaron sin aviso. Al fin estaba ahí. Ese sueño acariciado por años se estaba cumpliendo y lo supe hasta ese momento que el río me dijo con el murmullo de su corriente: bienvenida a Tokyo.

El día anterior había sido una locura. El viaje de México a Japón fue largo y cansado. Mi cuerpo todavía no se ajustaba al horario y todo dentro de mí se sentía irreal, como si estuviera soñando. Ya había visto el templo Sensoji y también los fuegos artificiales a la orilla del río. Ya había fotografiado a jovencitas con yukatas y hablado un poco japonés. Aún así, todo se sentía tan ajeno y brumoso. Como si me hubiera convertido en personaje secundario de algún anime. Fue sólo hasta el momento en el que vi el río que atraviesa Tokio que tuve la certeza de que todo era real.

El día de mi cita con él llegó el sábado 1 de agosto. En realidad, todo se había orquestado por un golpe de suerte. Una amiga japonesa me sugirió seguir cierta página de noticias de Japón en español. Fue gracias a ese medio que supe que existía algo llamado “Yukata de guide tour”. Según entendí, lo organizaba la asociación de turismo de Sumida. Mandé mi solicitud en un auténtico arranque de furor. Ya después vería cómo ajustar mi presupuesto para que me salieran las cuentas. Además, no me había parecido caro: 4 mil 500 yenes (unos 600 pesos mexicanos) por renta de esa prenda muy parecida al kimono llamada yukata y visita al Salón de Sumo o Kokugikan, ver la ceremonia del té y un paseo en barco por el río Sumida (con todo y colación).

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Ese sábado decidí llegar con un par de horas de anticipación. La puntualidad japonesa es mundialmente conocida y no quería arriesgarme en la primera actividad programada como turista. Cuando llegué, los organizadores ya estaban preparando todo, incluso me dijeron que podía pasar a probarme la yukata de una vez. Me pareció una exageración de mi parte apresurar las cosas, así que decidí esperar.

Di una vuelta por el templo Ekoin que fue el punto de reunión. Al parecer, se trataba de un cementerio de mascotas o, al menos, eso fue lo que entendí. Después caminé directo al río Sumida, ahí estaba, con esa elocuencia sencilla y fascinante.

Regresé al punto de reunión justo a tiempo para que me pusieran la yukata. Mi poco japonés y su poco inglés fueron suficientes para darnos a entender. Entregué mi reservación impresa y pagué los 4 mil 500 yenes requeridos. Me dieron mi gafete, una bolsa que contenía una más pero de plástico y un abanico. Me pidieron que pasara a elegir mi yukata. La variedad era un poco agobiante, así que me decidí pronto por una con sakuras (flores de cerezo). Después elegí el tocado del cabello a juego, que era un regalo de los organizadores. Me negué a usar getas, elcalzado tradicional japonés, supuse que mi natural torpeza me impediría mantenerme en pie.

Con yukata en mano, un par de mujeres me empezaron a vestir. Todavía no sé la técnica para ello. Es algo que requiere paciencia y conocimiento. Me pusieron el tocado y me señalaron el lugar en el que debía dejar mis cosas. Ahí entendí que la bolsa de plástico era para poner mis pertenencias en resguardo, ya que para el paseo sólo podía llevar mis cosas de valor y la bolsa de regalo. Aparté cartera, celular y pasaporte, y dejé el resto. Salí a esperar que estuviera completo el grupo 2, al que yo pertenecía, para comenzar la caminata.

El grupo estaba compuesto en su mayoría por güeros angloparlantes, familias sudamericanas y japoneses. Yo, por primera vez desde mi llegada a tierras del lejano oriente, me empecé a sacar fotos. Era mi estreno usando una yukata y no quise desperdiciar semejante oportunidad.

Con torpeza me acerqué a un joven fotógrafo del staff y le pedí el favor. Metomó un par de fotos y me pidió que las revisara para que le dijera si estaban bien. Al parecer así lo indica la regla de cortesía japonesa. Eso sólo me dio más pena. Las vi y afirmé con la cabeza y agradecí.

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Un grupo de ancianos nos deleitaban con una pieza de danza japonesa. Un camarógrafo con instrumento al hombro y un reportero entrevistaban a algunos güeros, algo muy común, al menos en Tokyo. Finalmente nuestro guía nos llamó, primero en japonés, luego en inglés, para empezar el recorrido.

Caminamos un par de cuadras hasta el estadio de sumo. Iba al lado de una adorable chica vietnamita que hablaba muy bien inglés. Empezamos a platicar. Llegamos al estadio y dijeron que al día siguiente había un campeonato, así que sólo pasaríamos para conocerlo y no distraer a los atletas. Un par de chicas japonesas, sin yukata, se me acercaron. Me hicieron la pregunta básica: “¿de dónde eres?”. Como siempre, respondí en japonés, pero pronto se dieron cuenta de lo poco que manejoel idioma. Los guías llamaron y empezó el recorrido.

Atravesamos un recibidor muy largo. A ambos lados había mesas con jóvenes distraídos, platicando en grupos pequeños. Nos miraron intrigados. Dimos un par de vueltas en los angostos pasillos. Vi unos pequeños pizarrones en los que había algunos mensajes escritos. Después me enteraría de que eran mensajes de niños luchadores de sumo. Entramos al estadio. Lo estaban preparando: tres tipos barrían la arena en círculos una y otra vez. Me recordó mucho a una arena de lucha libre: las gradas dispuestas en forma ascendente, la estructura de metal y allá arriba la imagen de algunos luchadores de sumo.

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A nivel de piso estaban las mesas de los jurados que ya se encontraban ahí. En las gradas había algunas personas desperdigadas y rodeadas de maletas deportivas. Cerca del pasillo por el que salimos estaba una mesa con muchos trofeos, al parecer, eran las preseas del torneo que se estaba desarrollando. El paso por la arena fue realmente breve.

Después nos condujeron al lugar en el que estarían los competidores, era una estancia larga con mesas bajas. Enfrente de ellas había carteles con diversos nombres. En la entrada. un gran poste el cual, dijeron, era para práctica de los competidores.

Luego entramos una especie de sala de estar en la que había un gran cuadro con kanjis y una porción de tronco con algo escrito en él. Como buenos turistas, ignoramos la explicación del guía y nos dedicamos a sacarnos fotos. La chica vietnamita me pidió que le sacara una y como muestra de agradecimiento, ella hizo lo mismo por mí. El guía nos pidió que dejáramos las fotografías para el final. Necesitábamos salir de ahí, debido al torneo en ciernes.

Llegamos a un jardín. Era diferente a todos los que había visto hasta ese momento. Para empezar, tenía bardas . Entramos por una puerta angosta que nos condujo a un paisaje de ensueño japonés. Cruzamos un puente rojo. Todo estaba iluminado con farolas de papel (chouchin) y en algunos lugares especiales había unas de piedra (tourou). El centro del jardín era una especie de pequeño lago en el que había varias plataformas. En una de ellas había unos músicos, de esos que tocan piezas muy “orientales”, sentados en el piso. En las demás plataformas había grupos que, al igual que nosotros, iban a presenciar la ceremonia del té.

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Anduvimos por un camino de piedras hasta un rincón del jardín en el que ya nos estaban esperando para la ceremonia. Me senté hasta el frente, junto a Trang, la chica vietnamita. Nos repartieron un dulce tricolor, según yo, de frijoles dulces, sakura y té verde. Antes de eso, nos pidieron que dobláramos en cuatro un papel que nos iban a dar y que lo guardáramos. Después de comer el “pastel tricolor” supe por qué. Con el papel doblado en cuatro se hizo una especie de cucurucho en el que nos depositaron unos dulces muy pequeños en forma de bolas con piquitos, los cuáles teníamos que comer antes tomar el té.

Una mujer mayor fue la encargada de hacer el té. Un hombre maduro y grande se sentó detrás de ella, como viendo que todo se ejecutara bien. Con parsimonia, la mujer colocó los objetos en el piso: algo parecido a un batidor, una cuchara para servir el agua y el contenedor del té con una palita pequeña. Tomó un tazón, vació un poco de agua caliente y lo agitó con el instrumento que tenía enfrente. Cuando al agua le salieron burbujas por el movimiento, dejó el tazón y el agitador, entonces procedió a agregar el té verde o matcha. Revolvió otra vez, ahora con más vigor. Al terminar, se lo entregó al hombre detrás de ella. Luego los tazones con matcha empezaron a circular. Recibí el mío. Lo probé detenidamente.

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Después de la ceremonia nos llevaron a otro espacio del jardín. Ahí había un par de mesas con recuerdos del río Sumida y publicaciones gratuitas, así como un par de hombres haciendo figuras de origami. Más allá, había dos pequeñas piletas rectangulares y azules. En una había muchos peces y en la otra, pelotas. Eran el tipo de juegos de feria que, como todo lo demás, sólo había visto en el anime.

El tiempo libre se terminó; debíamos seguir con el tour. Esta vez tocaba el paseo por el río Sumida. Caminé emocionada hasta el siguiente punto. Antes de subir al bote, nos repartieron unas cajas rosas y una botella de té, lo cual sería nuestro refrigerio a bordo del barco. Nos pidieron que abordáramos. Entramos. Trang y yo elegimos unos asientos en medio.

La nave arrancó. Los organizadores dieron unas palabras. Agradecían la asistencia y presentaron el número musical que amenizó el viaje: nn trío de mujeres que tocaban música oriental.

Abrí la caja rosa para ver el contenido. Lucía hermoso. Los japoneses suelen esmerarse mucho en la presentación. Aunque por un momento temí que no me gustara. Se trataba de rollos de arroz y mariscos hervidos. El temor era infundado, todo estaba delicioso, incluso esos pequeñísimos pescados brillantes que dejé al final.

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El panorama era un verdadero agasajo visual. Recorrimos el río hasta su desembocadura en la bahía de Tokyo. Vimos el Rainbow Bridge, que conecta al puerto con la isla de Odaiba. Entonces la nave dio vuelta en U y tomó el camino de regreso.

Trang y yo vimos al atardecer desde la parte trasera, los colores del firmamento anocheciendo se mezclaban con el panorama citadino. Yo sonreí. Bajé entusiasmada de la nave. Estaba feliz. La tarde había sido perfecta. No sospechaba que la parte más divertida estaba por llegar.

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El programa cerraba con baile Bon Odori. Yo no sabía bien de qué se trataba eso, pero seguí a la multitud. Llegamos cerca del templo Ekoin. Había un par de torres armadas, cubiertas por unas telas de franjas rojo y blanco en donde había unas personas tocando tambores tradicionales japoneses. Todo estaba lleno de música y de faloras. Un círculo de mujeres bailaban dando vueltas. Algunos de los presentes se sumaron formando un círculo externo.

Nos recibieron con un sombrero que tenía unas flores rojas. Trang me pidió que le detuviera sus cosas para que pudiera unirse a la danza. Vi cómo se perdía entre la multitud con entusiasmo infantil.

Las mujeres que guiaban en el baile llevaban un traje de pantalón rojo y una especie de kimono pequeño de vivos blancos con azul. Alrededor estaban todos los demás, niños, mujeres, ancianos, jóvenes… tratando de seguir los pasos.

Pronto detecté a un joven risueño que no sólo sabía bien los pasos, también cantaba las canciones y la energética ejecución daba gusto. Sonreía y se contoneaba al compás de la música con teatral elegancia. Daban ganas de seguirlo.

Yo intentaba aprenderme mentalmente los pasos, pero era complicado. El ritmo y el movimiento no tienen nada que ver con el 1-2-3 latino.
Un fotógrafo me miró con insistencia e intentó sacarme un par de fotos a hurtadillas. Yo sonreí divertida y, resignada, posé para la cámara. Cuando él notó que, pese a sus esfuerzos, no había pasado inadvertido se acercó y me hizo una pequeña entrevista.

Para mi sorpresa hablaba un español bastante aceptable, a decir suyo, era porque vivió y estudió en Guadalajara. Por primera vez en mucho tiempo conversé con alguien en mi idioma. En realidad las preguntas sobre mí fueron pocas y básicas: ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes? ¿De dónde vienes?

Después reviré la entrevista. No estoy acostumbrada a ser la entrevistada. Así supe que se llamaba Kentaro y que era fotoreportero por destajo para Associated Press. Al parecer, además de haber vivido y estudiado en Guadalajara, su esposa era española, si mal no recuerdo. Todavía no sabía dónde o si iban a salir publicadas esas fotos, pero igual me dio su tarjeta.

Trang interrumpió la entrevista para insistir que se me sumara al baile. Tomó las bolsas que estaba deteniendo y prácticamente me empujó al círculo. Ya estaba ahí, nadie me conocía, nunca he tenido gran sentido de la vergüenza, así que sin más lo intenté. Ciertamente era aún más intimidante el hecho de tener un fotógrafo registrando todos mis movimientos. Cuando al fin tuvo las tomas suficientes, se fue y yo pude concentrarme en el baile. Nunca supe si esas fotos se publicaron. Él nunca sabrá que hablé de él en esta crónica. Estamos a mano.

Los ritmos lentos se me complicaban mucho más que los rápidos. En realidad, creo que nunca los entendí del todo. Los rápidos, por el contrario, me parecieron fascinantes. Era como bailar “No rompas más mi pobre corazón” en círculo y en versión oriental.

Trang es de pies ligeros, sonrisa encantadora y alma confiada. Encargó nuestras cosas en la mesa de los organizadores y se regresó a bailar. Así pasamos una hora, dando vueltas, tratando de llevar el ritmo japonés, muchas veces sin lograrlo, pero siempre divertidas.

En algún punto me cansé y me paré a un lado. Una de las organizadoras me vio y me regresó al círculo para que siguiera bailando, era como si fuéramos amigas entrañables de la infancia. Sin poner demasiada resistencia, regresé al círculo. Esta vez la fortuna me puso detrás del joven que bailaba con tan singular estilo. La pieza era justo la que más me gustaba. Me dejé llevar sonriendo.

La velada casi llegaba a su fin. Una organizadora me indicó que debía cambiarme la yukata en el templo. Fui por mi bolsa y la de Trang. Ella se quedó bailando otro poco. Yo decidí adelantarme. Pedí instrucciones a uno de los guías que se ofreció a acompañarme. Justo en el camino empezaron los fuegos artificiales.

Recordé la decepción del fin de semana anterior en Asakusa, donde la fiesta de “las flores de fuego” mostró tímidos fuegos artificiales. En realidad aquí el espectáculo era mínimo en tamaño, pero lo disfruté mucho más. Juntos, el miembro del staff y yo, vimos cómo se prendía cada fila de fuegos artificiales y, luego, cómo reventaban en el cielo. Con señas, me explicó el orden en el que se prendían. Así supe cuando llegó el turno de las últimas luces de la noche.

Una vez que terminó, ambos caminamos de prisa rumbo al templo, en donde estaban mis cosas y debía cambiarme. Al llegar, una de las encargadas me ofreció venderme la yukata. Pregunté por el costo. La respuesta me dejó de una pieza. Estaba casi segura de haber escuchado mal. Tal vez mi poco conocimiento de japonés me estaba jugando una mala pasada. Después de intentarlo en japonés y en inglés, recurrió al uso de la calculadora para señalarme el precio: mil 500 yenes. Eso es algo así como 200 pesos mexicanos. Ya había visto varias yukatas en esa semana pero las más baratas estaban en el orden de 5 mil yenes. Me pareció que era una oferta que no se podía rechazar, así que ni siquiera pensé en el sobre peso para el resto del viaje, simplemente la pagué y me fui a cambiar.

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Adentro, las mujeres que me habían vestido, me quitaron la yukata y la arreglaron para entregármela. A estas alturas lamento no haber prestado atención porque doblar una yukata realmente tiene su chiste.
Fui por mis cosas y me despedí de Trang, a quien vería el siguiente fin de semana ya que me había invitado a ir con ella y sus amigos al Fuji-san, el Monte Fuji. Yo, una vez más, sin dudarlo, acepté.
Antes de irme, platiqué un poco con Fujimori-san, un amable miembro de la oficina de turismo de “Visit Sumida”, los organizadores. Me dijo que muchos de los miembros del staff eran voluntarios. También me dijo que éste era el quinto año que se realizaba el paseo y que sólo se hacía una vez al año, aunque el resto del tiempo, tienen otro tipo de actividades para promover el turismo en la zona.

Una de las cosas que más me habían sorprendido de la tarde eran la eficiencia y la atención tan agradable del staff. Todos te trataban tan bien que te hacían sentir importante. Como agradecimiento a Fujimori-san y compañía le di unos cacahuates japoneses, de esos que tenemos en México. Les extrañó mucho que les dijéramos cacahuates japoneses a algo que ellos ni siquiera conocían, pero al final les gustaron mucho.

Me despedí y me fui caminando a la estación pletórica de contento. El río Sumida me había presentado Tokyo, me había dado la tarde más linda de mis viajes en solitario y me había presentado a una amiga maravillosa que, a su vez, me llevaría a la cima del Fuji-san. Creo que son razones suficiente para llevarlo en el corazón.

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