“Soy mexicana, soy VIH y soy mujer”. Con esta frase Silvia tomó la palabra en aquella conferencia relacionada al Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH), ante un grupo de 30 personas quienes tenían un concepto claro de la forma de contagio, la evolución y los avances científicos relacionados con esta enfermedad que en los años 80 significó el fin de la humanidad, pero no conocían el rostro de quien duerme, come y vive con el tan temible SIDA.

Enfundada en un traje negro, con los ojos brillantes y voz firme, así comenzó su historia:

“Cuando me dicen que era SIDA yo no podía creerlo, porque realmente pensaba que eso estaba lejos, en otros países, y que aquí en México nunca iba a llegar”.

En 1992, Silvia fue diagnosticada con el Síndrome de la Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA). La información le llegó en cascada: primero enfrentó la noticia de la enfermedad de su esposo, internado en una clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social; después de hacerle las pruebas pertinentes, los médicos le informaron que ella también estaba infectada. No sabía siquiera que el VIH se contagiaba por vía sexual.

La noticia la dejó paralizada. No podía creer que además de recibir humillaciones, malos tratos y gritos, aquel hombre a quien algún día le profesó su amor eterno, era el mismo al que desconocía, pues no sólo la contagió con el virus sino le confesó su bisexualidad.

Silvia SIDA

Silvia se sentía como una pluma en el aire, con un diagnóstico fatalista a cuestas, tres hijos menores de edad a quienes debía mantener, una familia que le dio la espalda y a la fecha la reciben en la puerta por ser una paciente con SIDA; un marido al que cuidar y una sociedad que golpeaba su ánimo con el estigma y la discriminación.

Poco a poco fue informándose sobre este virus, que ya se había convertido a partir de ese momento en su nuevo inquilino y compañero de viaje, su condición y su nueva vida. Durante el trayecto como paciente con SIDA, sólo se instalaron los virus de la gripa, que con mayor furor visitaron su organismo. En aquella época los medicamentos antirretrovirales no llegaban a este país y su pronóstico simplemente era fatal.

Su fuerza interior la condujo a un pequeño grupo de apoyo que le inyectó la vitalidad de luchar por lo más importante: su vida.

En ese momento Silvia nació de nuevo, fue como si le hubieran pasado la película de su vida en un instante, y fue entonces que decidió asumir su condición, su valor y sus derechos.

En poco tiempo pasó de no tener ni voz ni voto en un matrimonio fallido, a participar en plantones para exigir el derecho al tratamiento adecuado para su enfermedad y la de sus compañeros.

Se divorció, pero como ella dice, fue más por compasión. Cuidaría a su ex marido hasta sus últimos días pero ya no con la devoción a aquel hombre del que se enamoró; lo vería sólo como un compañero más de supervivencia.

Ya para inicio del Siglo XXI, Silvia era otra mujer, entera, segura, con tratamiento antirretroviral, con un estado de salud envidiable y, lo más importante, contaba con el apoyo, la solidaridad y la admiración de sus tres hijos que, como ella misma dice, son su motor de vida: una psicóloga, un estudiante de economía y un adolescente que está por entrar a la universidad.

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Para Silvia, como para las casi 180 mil historias que viven con el VIH en este país, lejos del estigma, la discriminación y los inquisidores señalamientos, los sueños y las ilusiones son tan auténticos como los de cualquiera, pero con un solo precepto: Nunca darse por vencido.

Ahora Silvia sonríe con la frente en alto, con la mirada radiante y con una sola consigna:

“El VIH no mata, mata la ignorancia. Y esa pasión por la vida la voy a seguir teniendo hasta donde Dios me preste vida”.

Ha encontrado el amor en un hombre que no es ni portador de VIH ni paciente de SIDA, y a quien quiere entregarle su corazón, al ofrecerse la oportunidad de “dejarse querer” y disfrutar la vida. Ya llevan tres años de relación y todo indica que hasta habrá matrimonio:

“Ahora levanto la voz. Antes me decían que no tenía derecho por ser mujer, pero he sabido salir adelante”,

y la sonrisa se queda instalada en su rostro.

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