—¡Córrele, córrele… ahí vienen esos güeyes que se ven bien raro! ¡Traen algo en la mano! ¡No mames… lo va a aventar! —Y entonces se escucha un petardo.

Sin palabras, con mirada profunda y agresiva, con una sudadera que tiene gorro y les tapa la cabeza, un paliacate que se ponen en la nariz para no respirar el gas pimienta, con botas que llegan a confundir porque son idénticas a la de los militares. Así es la vestimenta de los Anarquistas, que han sido protagonistas de  las últimas marchas en la Ciudad de México.

Se han cumplido dos meses desde la desaparición de  los 48 de Ayotzinapa y a raíz de este hecho, la sociedad mexicana ya no es igual. Con los estudiantes se fue la capacidad de tolerar malos manejos del gobierno, la apatía, y llegó la sed de protesta y la exigencia de justicia. Hemos sido testigos de marchas multitudinarias donde los estudiantes, oficinistas, amas de casa, padres y madres de familia, personas de la tercera edad, hasta mascotas, se han levantado y alzado la voz porque nuestro México está herido.

Pero con estas protestas también ha llegado el “enemigo”, así, entre comillas porque ¿hasta qué punto los “anarcos” son los villanos de la historia? ¿quién los manda? ¿por qué luchan? Esta fue la experiencia de la marcha del 20 de noviembre.

Foto Apro

Foto Apro

Calzada Ignacio Zaragoza. México.

El cielo estaba revuelto, el sol era engañoso y la gente caminaba como normalmente lo hace —tratando de alcanzar el camión, saliendo del metro, comprando cosas en los puestos ambulantes— y al parecer la vida era como la de cualquier otro día. Se había escuchado horas antes que encapuchados bloquearon la subida a Oceanía —estación del metro muy cercana al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México—. Pero había incertidumbre. En punto de las dos de la tarde esos encapuchados que habían huido del Metro Oceanía llegaron a la Ignacio Zaragoza y comenzaron los madrazos.

—¡Córrele traen piedras! Dijo una señora de unos 50 años aproximadamente, la cual corrió despavorida hacia la estación de Metro Gómez Farías. Como en película de acción, un ejército de granaderos comenzó a avanzar por carriles centrales y laterales para tratar de frenar la agresión.

Con cascos y escudos, que se ven claramente desgastados por el tiempo, es como el grupo de policías trató de frenar la agresión. Las piedras caían y el pánico se respiraba en el ambiente. A la par de los peatones, los reporteros tratábamos de escondernos de la lluvia de rocas, pero la nota es la nota y se tenía que aguantar vara.

Entre la confusión comenzaron a sonar los cohetones y las molotov a todo lo que daba, pero justo en ese momento de confusión en el que la gran mayoría de los reporteros y camarógrafos trataban de tener las mejores tomas para enlazarlas “en vivo” algo llamó mi atención.

¿Estos no son los anarquistas de siempre? ¿o si? Los hemos visto en varias protestas y muchos de ellos se caracterizan por parecer más punketos —con botas de varias hebillas, pelos pintados de colores y peinados en picos, algunos de ellos con los ojos delineados—.

Foto Eneas de Troya

Foto Eneas de Troya Flickr

Uno de ellos —de los que no estaban en el frente de batalla— traía un radio y mientras los petardos sonaban y las piedras caían, él sin más ni más se quedaba hablando con otra persona. Mientras lo veía se percató de mi mirada, pero poco le importó. En instantes después la agresión terminó.

—¡Órale putos… córranle! —Y así el grupo de encapuchados dio la vuelta sobre Circuito Interior. Los que estábamos en el lugar pensamos de inmediato: Esa fue una orden.

La figura de un anarquista va más allá de ser un simple agresor. La definición nos dice que es una filosofía política que propone una sociedad de libertades individuales, sin autoridad ni poder público, basada en la ayuda mutua y la cooperación voluntaria. Con este principio como base, lo que acababa de pasar era muy distinto.

En nuestro país existen varios grupos de “anarcos” la gran mayoría de ellos organizados. Los miembros en el día a día tienen trabajos, estudian y son parte de familias normales de la Ciudad de México. Al revisar sus redes sociales nos encontramos con enlaces de noticias relevantes, fotografías y memes en repudio al gobierno e incluso textos y pensamientos —principalmente de figuras como el Ché Guevara— en contra de las instituciones.

Foto David Cabrera Flickr

Foto David Cabrera Flickr

Los encapuchados corrieron sin rumbo y se internaron en las calles de la colonia Aviación y justo en ese momento, entre un verificentro y agencias de autos quedaron atrapados. Al frente, y para protegerlos, un grupo de chicos con banderas rojas con un cruz blanca los defendian.

—¡Las armas y los dejamos seguir su camino! —dijo un granadero.

—¿Quién lo garantiza? —exclamó un encapuchado con voz fuerte.

Se vivían momentos de tensión porque no se sabía si lanzarían nuevamente los petardos. Alrededor estaban poco más de 50 reporteros tratando de tener las mejores imágenes y al fondo un numeroso grupo de vecinos que no creían lo que estaban viendo.

—¡Mmmm.. qué le hacen, si son ellos mismos! Esos güeyes ya se ven maduritos —menciona un peatón.

Y es en ese momento cuando pregunto:

—Señor, ¿por qué no cree en ellos?

—Simplemente véalos, son los infiltrados. En la mañana vi una foto en donde los bajaban del camión de soldados, pero, ademas, ya se ven muy maduritos y todos con el pelo bien cortadito. A mi no me engañan.

Lo interesante de este comentario no es que haya sido emitido por una sola persona, sino que un gran número de peatones curiosos pensaban lo mismo.

El enfrentamiento se disolvió, los “anarcos” entregaron las armas y como consecuencia se llevaron a cuatro encapuchados detenidos a un lugar con rumbo desconocido.

Horas más tarde,  después de una movilización pacífica e histórica, llegó nuevamente la tensión. Tras las caminatas provenientes de varios puntos de la ciudad, la emotividad terminó súbitamente. En esta ocasión ya no eran simples piedras las que se lanzaban; era el tratar de infundir miedo en los pocos manifestantes que quedaban en el Zócalo.

Foto Zeroincondott Flickr 1

Foto Zeroincondott

Los encapuchados de nuevo, con paliacates en la cara y un “expertice” exacto para lanzar artefactos y contraatacar a los efectivos policiacos. El campo de batalla era idóneo. Miles de ojos en el mundo estaban puestos en ese lugar para demostrar que no todo era pacífico. La gente empezó a correr como pudo y con miedo.

“Ellos no marcharon con nosotros”.
“Váyanse de aquí”.
“Medios de comunicación, que está no sea la noticia”.

Eran algunos gritos de los pocos que se atrevieron a ver el enfrentamiento. Todos sacaban sus teléfonos y trataban de grabar.

Padres y madres de familia protegiendo a sus hijos y frente a Palacio Nacional una marioneta en forma de la figura presidencial enmarcaban el caos que había con el enfrentamiento de los supuestos “anarquistas” y la policía federal.

—Tómenlos bien esos ni siquiera marcharon con nosotros… A ellos los trajeron en camionetas. Yo lo vi —gritó una chica acompañada se su novio.

Tras los ataques y los “daños” surge una reflexión. Hoy el mexicano ya no está dormido y está dispuesto a defenderse, incluso de aquellos que quieren romper el orden y la paz de los discursos ciudadanos.

¿Eran infiltrados? ¿con esto se desvirtúa el principio del anarquismo? ¿ustedes qué creen?

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