—Te quiero. No te vayas, mira, no te vayas, quédate otro rato, te canto otra canción, me sé todas las canciones del mundo. Dame un beso. Anda, dame un beso. Bueno, al menos un abrazo apretado, que nuestros cuerpos se sientan. Porque nos vamos a casar y nuestro hijo va a ser muy fuerte.

El olor a licor de anís me picaba la nariz. Me separé de él de manera cariñosa, pero decidida. Pasaban de las cinco. El cielo empezaba a encapotarse y la amenaza de la lluvia era inminente. Me tomó de la mano hasta el último instante, aun cuando empecé a caminar. Así, nuestras manos se separaron poco a poco. Cualquier espectador hubiese creído que era una pareja que se despedía. En realidad, lo había conocido tan sólo una hora antes.

La historia comenzó pasada la una de la tarde, exactamente en el momento que decidí regresar a casa, quitarme los tacones de 14 centímetros y ponerme zapato bajo. Tenía una cita para comer a las dos de la tarde en la hamburguesería OK DF, con ese nombre es obvio que el negocio queda en la Condesa, en la calle Michoacán 1234, para ser precisos. Me cambié los zapatos porque me dieron ganas de caminar y el trayecto de regreso, Condesa- colonia Guerrero, me pareció irresistible.

Fue una comida agradable. Dejé al susodicho en la puerta de su trabajo, cierta dependencia de gobierno asentada en la calle José Vasconcelos, en la Condesa. Después de despedirme, empecé a caminar. Conozco el nombre de las calles, a fuerza de ir por el rumbo de vez en cuando. Pero tarde me di cuenta de que no domino el recorrido porque siempre había ido acompañada o en taxi. Tomé Nuevo León, luego Sonora, terminé sentada en una banca del Parque México, excepto que no sabía que era el Parque México, hasta que le pregunté a una chica menuda que me quería vender fruta. Después me enteré de que el nombre oficial de aquellos 88 mil metros cuadrados de belleza es Parque General San Martín.

Aproveché el descanso para fumar, se escuchaba una guitarra de fondo y decidí tomar cinco minutos para disfrutar el lugar.

Banca Parque México

Lamenté no tener mi teléfono inteligente en ese momento. Saqué el viejo celular de teclas y mandé un mensaje de ayuda a mi mejor amigo. Él me orientó rápidamente. Me levanté y caminé decidida rumbo a Insurgentes, pero en la esquina de Sonora y México, justo en la salida del parque, un hombre mayor, con guitarra, mochilas y una epifánica sonrisa, se interpuso en mi camino, me tomó de las manos, comenzó a besarlas y dijo:

—¡Te encontré! ¡Te estaba esperando! ¡Eres el amor de mi vida!

Yo tardé en reaccionar —siempre tardo en reaccionar—, estaba tan confundida que no hice el menor intento por quitármelo de encima y su actitud era tan inusitada que me dio mucha gracia. Así que respondí, tratando de seguirle el juego:

—Que bueno que me encontraste porque yo estaba perdida, ¿para allá queda Insurgentes? —dije, quitándole una de las manos capturadas y señalando en la dirección que planeaba tomar.

Él, atrayéndome hacia sí, replicó:

—Pero te acabo de encontrar y ya te quieres ir. ¿Tienes algo que hacer? ¿No quieres ir al cine? Te invito a comer, ¿ya comiste algo?

La urgencia por la compañía era evidente, incluso más que el olor a licor de anís, y eso ya era mucho decir.

—No puedo, tengo que llegar a mi casa —respondí amablemente, intentando recuperar mis manos.

—¿Dónde vives? —preguntó, manteniendo mis manos en su poder y jugando con ellas a balancearlas.

—En la Guerrero —dije triunfal, pensando ingenuamente que la idea de provenir de un barrio con mala fama me libraría de aquél encuentro. En su lugar, él sólo se mostró aún más curioso y divertido:

—¿Y qué haces aquí?

—Es que tuve una cita para comer y me perdí —murmuré, un tanto apenada. No lo hubiera hecho. Eso desató la más particular conversación que haya protagonizado con un desconocido. Él respondió, atrayéndome de nuevo hacia sí y elevando un poco la voz:

—¡No te perdiste, me encontraste, nos encontramos! ¡Era el destino! Tenías que estar aquí en este momento para que nos viéramos, así que no te vayas a tu casa. ¿Quién te espera en tu casa?

Jugar la carta del destino en estos casos me parece sumamente trillado, pero era la primera vez que la veía bien aplicada, al menos con genuino entusiasmo, como si lo creyera de verdad. Quise tirar otra indirecta, a ver si el hombre la captaba, así que dije:

—Mis cuatro gatos.

Ningún hombre en sus cinco sentidos seguiría hablando con una mujer que tiene cuatro gatos y vive en la Guerrero, pero él, definitivamente, no estaba en sus cinco sentidos.

Me ha tocado ver los destrozos que provoca la dependencia al alcohol. Me recordó que más de 13 por ciento de la población de nuestro país presenta síndrome de dependencia a esta sustancia.

—¿Tienes cuatro gatos? ¿No quieres adoptarme? Yo no soy un gato, soy un león —replicó, al tiempo que rugía y hacía con la mano el gesto universal de araño. Yo negué con la cabeza, fingiendo gravedad y respondiendo muy seria:

—No creo que le guste a mis gatos, son muy territoriales.

—Eso sí, seguro llega un león y no les va a gustar —dijo, tratando de recomponer el tema—. Pero no te puedes ir así nada más, te voy a violar.

La amenaza que en otro momento y con otra persona me hubiese puesto agresiva, me dio más bien algo de pena. Era tanta la urgencia de aquel hombre por una pizca de compañía que me enterneció un poco. Además, no lucía precisamente peligroso o malhechor. Por eso, respondí con fingido tono contrariado, llevándome la mano a la boca.

—¿Aquí, enfrente de todos?

—No, no, sería de muy mala educación —dijo al tiempo que ponía las palmas a la vista, haciendo ese movimiento de quien, hallándose culpable, quiere deslindarse de los hechos—. Bueno, al menos dame un beso —y me tomó de la cintura otra vez. La situación ya era bastante cómica e incómoda al mismo tiempo, así que solté una carcajada, tratando de drenar esa sensación y agregué:

—No, no te voy a dar un beso —haciendo la cabeza hacia atrás y empujándolo con los brazos, para liberarme de él. Parece que la respuesta surtió efecto porque al instante me soltó e hizo una pequeña reverencia.

—Tienes razón, hay que ir despacio. Por eso mejor vamos al cine. Si no quieres hoy, otro día, pero vamos. ¿Cómo te llamas?

—Katya, ¿y tú?

—Luisaaaaalberto —respondió en evidente tono de ebriedad—. ¿Cuál es tu teléfono, Katya?, tengo que llamarte para ir al cine el fin de semana.

Di sin titubear mi número de teléfono, en primer lugar porque es el “oficial” que tiene todo el mundo y, en segundo lugar, porque estaba ebrio y ni siquiera sacó un papel para apuntar, me pareció lógico que olvidaría toda la información pronto.

—5551395325.

Él entrecerró los ojos, inclinó la cabeza hacia la derecha, como si en el ejercicio se estuviera gravando el número, y repitió lentamente:

—¿51395325?

—Sí, 51395325 —respondí jovial, pensando que el raro encuentro pronto llegaría a su fin. Él me dijo en forma de advertencia, levantando el índice de la derecha:

—¡Cuidado! Yo tengo memoria fotográfica. Recuerdo todo. Me voy a acordar de tu teléfono y te voy a hablar para ir al cine. Pero sí vas a aceptar, ¿verdad? —asentí con la cabeza—. Podemos ver una película de terror y burlarnos de todos ellos que no saben qué hacen con la vida y que están perdidos. Nosotros no estamos perdidos, nosotros ya nos encontramos. Yo soy cantante, ¿sabes? Te voy a regalar una canción. ¿Me dejas regalarte una canción?

Me encogí de hombros. Para mí fue evidente que, de menos, era músico, por la guitarra y la cantidad de cosas que iba cargando. No vi la hora, pero no me parecía tan tarde. En realidad no tenía nada pendiente o urgente por hacer, y los gatos, bueno, los gatos saben arreglárselas sin mí. Estaba intrigada por el tipo de canción que tocaría y, ¿a quién engaño?, porque para ser un ebrio en la calle, era bastante simpático. Me tomó de la mano y dejé que me internara en el Parque México. Buscamos una banca. Señaló la más próxima, ocupada por un par de adolescentes que se besuqueaban.

—¿Corremos a esos pelados?

—No, ¿para qué? Mejor vamos a buscar una banca vacía. Alguna debe haber —y esta vez lo jalé yo para que continuara el camino. Él se dejó llevar, mientras decía en un tono reflexivo:

—Eso sí, mira a esa gente que no sabe nada. Tú sí sabes, ¿verdad? Nos encontramos por algo, porque era el plan de Dios.

COndesa-Parque-Mexico-2

No quise contrariar ni refutar, así que me limité a decir:

—Mira, ahí hay una banca vacía, vamos —y lo jalé en dirección de la banca en cuestión. En el camino se nos atravesó una anciana de baja estatura, piel morena, vestida de azul rey, con una pañoleta café deslavado en la cabeza, tan delgada y tan arrugada, que parecía la representación de la fragilidad. Recordé aquél artículo que había leído hace algunos días sobre las personas en situación de calle, me pareció terrible que hubiera más de 350 adultos mayores vagando por ahí. La situación de los ancianos es atroz. Cuando trabajan, uno de cada dos reciben menos de dos y hasta tres salarios mínimos promedio mensual, incluso casi 19 por ciento de todos los que trabajan ni siquiera reciben ingreso por ello. En esas circunstancias, no es tan extraño ver ancianos en la calle pidiendo limosna. Este caso no era la excepción.

La mujer empezó a musitar cosas. Yo no entendí una palabra, pero era obvio que pedía alguna moneda, extendiendo la mano. Luis Alberto dejó sus cosas en la banca, al tiempo que prestaba atención a lo que decía la señora y asentía con la cabeza, como si le entendiera. La tomó de los hombros, como quien lleva a un amigo de años, y dijo:

—¿Qué tal señora, cómo está usted? —la señora susurró un poco más y yo seguí sin entender una palabra. Luis Alberto, sin dejarla de tomar de los hombros, extendió la otra mano hacia mí y agregó:

—Sí, mire, le presento a Katya, ella es mi amiga y la quiero mucho.

Entonces la señora al fin dijo algo que entendí:

—Es bueno que se lleven bien, como dicen por ahí.

Luis Alberto soltó a la señora y comenzó a hurgar en las bolsas de su pantalón, encontró una moneda y se la dio en la mano, dándole golpecitos en la espalda, mientras le decía:

—Sí, y usted debe cuidarse mucho. Bueno, todos tenemos que cuidarnos mucho, pero usted más porque tiene más años. Tenga.

La señora respondió con una ligera inclinación de cabeza y un casi inaudible: “Gracias, que Dios los bendiga”.

—Gracias, gracias. Dios la bendiga a usted —respondió Luis Alberto satisfecho. Volteó hacia mí, abrió los brazos en señal triunfante, diciendo:

—¿Ves? Es el plan de Dios encontrarnos aquí a esta hora, porque encontrarnos así de frente no fue casualidad —entonces tomó su guitarra, se sentó frente a mí y continuó—. Lo que pasa es que nosotros tenemos defectos y virtudes y yo veo los tuyos, como los gatos, pero no me importa, y tú ves los míos. Mira, tengo zapatos nuevos —dijo mostrándome orgulloso el calzado, meciendo los pies como niño en un columpio. En efecto, eran unos botines color miel nuevos, de punta cuadrada, de esos que se cierran de lado y lucen muy cómodos—, seguro los tuyos son más bonitos —escondí los pies, no eran tan bonitos. Estaban sucios y viejos—. Tú eres bonita y eres fuerte, pero también tienes defectos, los veo. Veo tu vida en tus ojos, ¡qué ojos tan bonitos y brillantes tienes! Puedo verte desnuda ahí. ¿Quieres verme desnudo? Mira, mira mis ojos —se acercó a pocos centímetros de mi cara y los abrió tanto como pudo, mantuvo el gesto pocos segundo y después soltó una estruendosa carcajada—. ¿Verdad que soy muy gracioso? Soy muy fuerte, como Sansón, al que Dios le dijo: no te juntes con esa filistea que te va a cortar el cabello, y mira lo que pasó, derribó columnas y sólo dejó dos, pero llegaron los filisteos y Dalila le cortó el cabello. Pero tú no me vas a cortar el cabello, ¿verdad?

Uno nunca debe decir “Será mejor que aprendas a vivir sobre la línea divisoria” y poner triste a una mujer, eso no está bien.

Tras la referencia ligeramente alterada de Sansón, tomó un trago a la anforita que guardaba en el bolsillo derecho de su chamarra café de piel, lo cerró y lo guardó de nuevo. El olor a anís se extendió en nuestro lugar. Traté de recordar la historia de Sansón: los israelitas estaban en manos de los filisteos. El nacimiento de Sansón fue anunciado por un ángel que predijo que él los liberaría de los filisteos. Sansón fue nazareo y sólo tomó en serio una de las estipulaciones que requería el voto: dejarse el cabello largo. El primer amor de Sansón no fue la conocida Dalila, sino una mujer filistea de Timna, con la que se casó, pero en su fiesta de bodas se suscitó una serie de eventos que terminó con Sansón matando a muchos filisteos. Después lo quisieron capturar y mató a muchos más con una quijada de burro, tras lo cual Dios lo nombró juez. Sansón, además de ser extraordinariamente fuerte, era lo que se podría conocer como “ojo alegre”, así que no es de extrañar que una mujer fuera su perdición. Esta vez sí se trató de Dalila, a quien los príncipes de los filisteos sobornaron para que les dijera su punto débil. Ella le preguntó varias veces que de dónde venía su fuerza y cómo se le podía atar para castigarlo y Sansón le mintió cada vez. Al final, le dijo la verdad. Ella lo hizo dormir sobre sus rodillas, mientras que un hombre le rasuró el cabello. Así fue como pudieron capturarlo y le sacaron los ojos. Pero le creció el cabello y recuperó su fuerza. Los príncipes de los filisteos se reunieron en el templo para ofrecer un sacrificio a su dios Dagón y mandaron traer a Sansón para que les divirtiera. El edificio estaba lleno. Lo pusieron de pie entre las columnas y él las empujó, derribando el templo y matando a todos los filisteos presentes y a él mismo, al grito de “¡Muera yo con los filisteos!”. Okey, Luis Alberto tenía problemas temporales con la historia de Sansón, pero no cambiaba la idea. Como él estaba esperando mi respuesta, dije lo obvio: que nunca le cortaría el cabello. Tras lo cual él respondió.

—No, no, tú no harías eso porque somos almas gemelas y nos estuvimos buscando todo este tiempo, esperando muchos años, ¿cuántos años tienes?

Siempre respondo lo mismo con esa pregunta:

—Muchos.

Pero él insistió:

—Anda, dime, a mí no me importan esas cosas.

Supuse que tenía razón, así que dije sin más:

—Tengo 35 años.

—Yo tengo 47 y tengo como cuatro o cinco años que no toco a una mujer, no sexualmente, no desnudos. De vez en cuando a alguna amiga la agarro así de: ay, perdón, te toqué tu pezón. Pero nada más. Me estoy guardando para alguien especial. Tú eres ese alguien especial, pero hay que ir despacio, por eso vamos a ir al cine, ¿verdad?

No entendí de dónde había salido su referencia a la abstinencia sexual, pero ya que estaba en eso, quise saber un poco más de él. Mi apuesta era que se encontraba entre las 28.6 millones de personas consideradas en el empleo informal, así que dije:

—Sí, vamos a ir. Pero dime, ¿entonces eres cantante?

—Sí, soy cantante, pero he sido cosas peores.

—¿Como qué?

—¡Lavaplatos!

La respuesta me dio risa y me intrigó aún más. No tenía pinta de lavaplatos.

—¿En dónde?

—En un restaurante que está por aquí, se llama el Moshi Moshi.

Supuse que se refería al que está en la calle de Michoacán, ahí en la Condesa. Se trata de un restaurante japonés, cuya novedad es que el sushi es giratorio, es decir, hay una banda que pasa por las mesas, uno toma lo que se le antoja y al final te cobran por la cantidad y colores de platos que hay en la mesa. Aunque no tenía pinta de lavaplatos, decidí creerle y seguir con la investigación.

—Ah, muy bien. ¿Y tú dónde vives? ¿Eres de aquí?

—Sí, soy de aquí, del D.F. Nací en Santa María la Ribera —respondió melancólico y no quiso decir más, así que insistí:

—¿Pero dónde vives?

Él desvió la atención, entonando el fragmento de una canción desconocida para mí. Era evidente que no quería hablar de él. Respeté el punto.

—Bueno, te voy a regalar una canción, dime ¿qué canción quieres? —dijo para distraerme. En realidad, a mí me daba igual, no tenía nada particular en mente así que respondí:

—Sorpréndeme.

Se quedó pensando un poco, como recorriendo mentalmente su repertorio.
—Es que hay muchas. Yo me sé todas las canciones del mundo, menos en chino, porque se me complica el idioma, igual que el hindú, bueno, todas las lenguas del hindú.

—El japonés también es complicado —agregué.

—Sí, tienes razón. Por eso cuando trabajaba en el Moshi Moshi me fui. Le dije a Yoko “pinche Yoko”, y me fui. Es que la culpa es de Lennon. Yo no soy Lennon, yo soy McCartney. También soy un león. Me quise tomar esta semana de vacaciones porque me rompo mucho el lomo. Estoy muy fuerte, mira, tócame —y me acercó el bíceps para que lo tocará, yo lo hice tímidamente—, pero tócame en serio, pégame si quieres, para que veas lo fuerte que soy —entonces apreté fuerte y, en efecto, era un bíceps durísimo—. Soy fuerte como Sansón, podría matar a un león abriéndolo de la quijada. Tú también eres fuerte. Por eso nos encontramos. Por eso te hablé a ti y no a cualquiera otra de las personas que están aquí. Mira cómo pasan, sin saber nada de la vida. Nosotros sí sabemos de la vida, porque somos grandes, porque envejecemos, porque las cosas pasan delante de nosotros.

Entonces entonó una canción muy linda que nunca había escuchado, es muy bucólica, habla del campo, de la vida, de seguir el camino.

Foto Zack F. Bergman

—Bravo, qué linda canción, ¿de quién es?

Por primera vez le vi confundido. Entornó los ojos, miró hacia arriba y empezó a mover los dedos de la mano derecha, como si estuviera pasando discos de vinilo.

—De un italiano, pero no me acuerdo del nombre. A ver, es un italiano, del mediterráneo, se debe llamar, mmm, déjame ver, ¿Massimo? ¿Domenico? ¿Salvatore?

Me dio pena verlo en semejante aprieto por una pregunta que me había parecido tan inocua. Quise sacarlo del atolladero y bromear sobre su memoria “fotográfica” riendo y preguntando:

—A ver ¿cómo me llamo?

—Katya.

—Muy bien —dije en tono de maestra de preescolar, que está por poner una estrellita en la frente del alumno que respondió acertadamente. Sin embargo, él frunció el entrecejo, inclinó la cabeza, me miró fijo y preguntó:

—Pero Katya qué, ¿cuál es tu apellido?

—Katya Albiter, mucho gusto.

—Mucho gusto Katya Albiter. Tu apellido es muy raro, ¿de dónde es?

Si me dieran un peso cada vez que me preguntan eso… Así que no tuve más remedio que retomar la historia de siempre, la de aquél tío chiflado y obsesionado por el origen del apellido.

—Los que han hecho la genealogía no se ponen de acuerdo, parece que es del norte de África y llegó a España por la invasión, de ahí llegó a México, aunque no hay nada confirmado.

En realidad, no tengo idea de qué tan cierta sea esa historia, pero siempre me saca de apuros. Esta vez no fue la excepción, él lució satisfecho, incluso pude ver que sonrío un poco más y se le iluminaron los ojos

—Mira, qué curioso, los dos venimos de Marruecos.

Bueno, sí Marruecos está en el norte de África, pero yo nunca dije que venía de Marruecos, es la primera persona que hace semejante asociación de ideas, creo que la mayoría ni siquiera saben qué países están en esa zona.

—¿Vienes de Marruecos? —dije intrigada.

—También tengo ascendencia australiana, pero te voy a cantar otra canción, a ver qué te parece. Si quieres alguna en especial, dime, ya sabes que me sé todas las canciones del mundo.

Una vez más aplicó eso de cantar una canción para cambiar el tema. Yo lo dejé hacer. Pero en cuanto escuché los primeros acordes y él cantó la primera línea, sentí que algo se desmoronaba dentro de mí.

“Más vale que no tengas que elegir entre el olvido y la memoria, entre la nieve y el sudor…”

Pocas personas saben que el autor de este tema es un punto débil. Menos personas saben el drama personal que vivo actualmente y que me tiene en un estado anímico vulnerable. Intenté cantar con él, a pesar del nudo en la garganta. No lo logré, me quedé callada, tratando de recomponerme y tres lágrimas se me escaparon. Respiré hondo y pude cantar con él las últimas líneas:

“Y sal de ahí a defender el pan y la alegría. Y sal de ahí para que sepan…”.

Supongo que le pareció un momento adecuado para intentar besarme, pero no funcionó. Lo rechacé tajantemente. Él me tomó de la barbilla y quitó con su mano izquierda el rastro de lágrimas. Luego tomó de nuevo su anforita y dio otro trago.

—¿Qué te pasa? —interrogó apenado— ¿Te puse triste con la canción? Uno nunca debe decir “Será mejor que aprendas a vivir sobre la línea divisoria” y poner triste a una mujer, eso no está bien. Tú también diste mucho, ¿verdad? A veces uno da mucho, en la vida, en el trabajo y no encuentra recompensa. Por eso nosotros nos vemos desnudos, vemos nuestros defectos y nuestras virtudes y somos fuertes…

Una joven que no pasaba del metro sesenta, con blusa morada, pantalón de mezclilla, tez morena y ojos grandes interrumpió la conversación. Llevaba una bolsa de plástico en la manos, llena de paletas, y comía una de piña con chile. Nos dijo con una sonrisa:

—Hola, buenas tardes, ¿cómo se la están pasando?

Luis Alberto respondió con tono afable:

—Bien, muy bien, le estoy cantando a esta bella dama en el parque, es apropiado ¿no te parece?

—Sí, está muy bien —dijo por cortesía y pronto pasó a los asuntos comerciales que le habían llevado ante nosotros—. Miren, estoy vendiendo paletas. ¿Quieren una?

—¿Cuánto cuestan tus paletas? —preguntó Luis, que ya estaba hurgando en la bolsa derecha de su pantalón de mezclilla azul deslavado.

—Quince pesos —y corrigió enseguida—, bueno, cinco pesos —luego agregó para aclarar el cambio repentino de precio— es que la policía me agarró y me quitó el dinero, pero tengo que sacar la ganancia del día.

—¿Entonces quince pesos o cinco pesos? —dijo Luis, que seguía buscando monedas en el pantalón.

—Cinco pesos —repitió la joven, que ya estaba mostrando las posibles opciones: paleta de leche o paleta de piña con chile.

—Muy bien, danos una, yo te doy la mitad y ella te da la mitad, ¿te parece bien? —Me sentí comprometida, así que saqué una moneda de cinco pesos de mi monedero negro de gato.

—Sí, ¿de qué la quieren? Hay de leche o de piña.

Luis volteó la vista hacia mí y preguntó:

—¿De qué la quieres?

—De piña está bien —dije, tomándola de las muestras y entregando a la joven la moneda de cinco pesos, pues Luis sólo había encontrado tres.

—Muchas gracias. ¿No quieren más? —preguntó esperanzada.

—Sí, yo quiero más, regálame una sonrisa —dijo Luis, que al fin había logrado reunir cinco monedas de a peso. La joven río y se fue, mientras que Luis me entregó las monedas, yo hice ademán de rechazarlas y él insistió. Entonces siguió diciendo:

—¿Ves? Qué lindo es cuando la gente sonríe, le va mejor —y soltó una estruendosa carcajada—. La gente es muy graciosa, nos ven raro, ni que fuéramos judíos… Pero sí somos judíos, ¡qué pendejo! Es más, mira, te voy a regalar algo muy especial. Me lo trajeron de Israel. Pero tienes que pulirlo bien para que se le quite toda la mugre. Es la bendición de Abraham.

medalla 02

Como se puso a buscar de nuevo en la bolsa derecha del pantalón, no notó mi cara de confusión. Yo no soy judía. Lo miré detenidamente. Nuestro tono de piel era el mismo: de ese blanco que con el sol se hace rojizo, pero tiene más bien apariencia pálida. Los ojos café claro, no podemos posar colores exuberantes, ni nada por el estilo. La nariz, ¡ay!, esa nariz que tanto me costó superar, de corte aguileño, le llaman. Él tenía bastantes más canas que yo y una barba de tres días que me parecía linda. Pero no entendí cómo de esas características en común él sacaba una conclusión tan precipitada, al menos de mí. Recordé que mucho de lo que hacía y decía no tenía sentido, así que trate de no quebrarme más la cabeza. Pero ya que lo estaba viendo descaradamente, aprecié su camisa a cuadros vino, verde y azul, el pantalón un poco roto y la gorra beige, con un triángulo invertido, al parecer, el logo de un lugar de hamburguesas. Sus manos eran callosas, pero nada en él me indicaba que era un vagabundo, al menos no como los que abundan por mi casa. Olía mucho a anís, pero no había más olores desagradables. Estaba limpio. Evidentemente no era rico, pero no se veía mal.

Tras un rato de buscar, sacó una medalla ovalada. De un lado tiene dos triángulos equiláteros, uno derecho y el otro invertido, formando una estrella de seis picos. Y al centro tiene unas letras que resaltan en un fondo de color rojo. Por el otro lado, tiene grabadas un montón de letras en hebreo. Me extendió la medalla y repitió:

—Es la bendición de Abraham. Está en hebreo antiguo. Mira, es muy importante, me la regalaron, pero te la doy, porque Dios nos juntó por algo, es parte del plan divino. Nosotros somos especiales. Por eso vamos a ir al cine a ver una película de terror, para burlarnos del diablo, que la tiene muy difícil con nosotros, porque nosotros somos buenos y de la maldad él se encarga y no puede contra eso.

—¿Qué te parece? —dijo como si le hablara a un diablo imaginario que estaba a nuestra derecha, parado en la grava— Tú no puedes contra nosotros porque somos buenos, porque somos fuertes y seguimos el plan de Dios. Tú ahí quédate burlando y haciendo tus cosas. No nos puedes hacer nada —y sacudió las manos con desdén.

Como si nada de eso hubiera pasado, se volteó a verme y preguntó:

—¿Qué canción quieres ahora?

Me encogí de hombros y él decidió nuevamente.

—Está bien, te voy a cantar una de McCartney, porque ya te dije que soy McCartney, no Lennon. Pero mejor, antes de cantarte esa que es muy bonita y muy adecuada para ti, vamos a cantar una para ella, que ya no está y ya se fue, y qué bueno, ¿te parece?

Entonces entonó “La última canción”, esa que dice:

“Esta es la última canción que canto para ti, me cansé de vivir sin sentido de pensar sólo en ti…”.

No sé porqué me la sé, pero me la sé y la canté con él, sólo que esta vez él se veía dolido, incluso un poco enojado. Estaba tan acostumbrada a su risa que el cambio de humor fue muy evidente. Cuando terminó, le pregunté:

—¿Y ella quién es?

—Era, ya no es —respondió lacónico.

—¿Cuánto tiempo estuviste con ella? —insistí.

—Seis años. Y ahora tengo cinco años sin conocer mujer.

Ignoré la referencia a su celibato y fui por más. De eso sí quería hablar.

—¿Qué te hizo?

—Poca cosa: abortó. Eso es un asesinato, no está bien. Ya estaba concebido, era una vida y ella lo mató, es una asesina —dijo subiendo el tono, visiblemente indignado—. Por eso nuestro hijo va a ser muy fuerte, porque tú y yo somos muy fuertes, ¿verdad? —el tono regresó a ser el mismo de antes, ese entusiasmo un poco desesperado—. Pero primero tenemos que casarnos, porque así no está bien. Tenemos que recibir la bendición del Señor. Por eso hay que ir despacio y hay que ir primero al cine. Veo en ti esa fortaleza, yo también soy muy fuerte, viví en la cima de la montaña con el Señor. ¿Sabes lo fuerte que será nuestro hijo? Impresionante. Así que ya espero que nos casemos, porque me he guardado todos estos años, y quiero que me digas “sí, sí, échamelos adentro, se siente calientito”. Y tengamos a nuestro hijo, con la bendición de Dios. Dicen que no puedo, que estoy atado a esto —señalando la botella de anís que nuevamente tenía entre sus manos—, pero eso no es cierto, yo lo controlo, yo puedo dejarlo, pero es cuando yo quiera, no cuando me lo ordenen —y dio un trago generoso a la botella—.

Me dio un poco de tristeza. Me ha tocado ver los destrozos que provoca la dependencia al alcohol en personas muy queridas para mí. Estar ahí, junto él, me recordó eso, me recordó que más de 13 por ciento de la población de nuestro país presenta síndrome de dependencia al alcohol, y 12.5 por ciento son hombres entre 18 y 65 años. Pero él no reparó en mi tristeza, en cambio dijo:

—Mejor te canto tu canción.

Entonces, para mi sorpresa, comenzó a entonar “Love”, de John Lennon. La cantó con tanto sentimiento. Tenía una mueca de resignación afligida, esa con la boca formando por completo una U invertida, que no es puchero, sino tristeza profunda. Se mecía al compás de la música y, hacia el final, hizo un movimiento con la mano izquierda, ese que usan los guitarristas cuando rematan una canción que les ha emocionado. No tuve corazón para decirle que ese tema no es de McCartney, así que lo dejé hablar.

—Es un buen contrato, ¿no te parece? Total, ahora todo lo hacen por contrato, al menos que sea uno de amor, porque el amor es lo que mueve al mundo, es lo que nos hace seguir vivos y respirar y seguir. El amor es lo más importante y lo más sublime. Y ahora todos nos vamos a morir de ébola y no de SIDA —dijo y se carcajeó—. Pero yo no, yo soy Hellboy, yo bajo y subo y soy más fuerte. A mí no me hace nada. ¡A mí no me haces nada! —volvió a dirigirse al diablo imaginario—. Yo soy Hellboy. Y dicen que no puedo controlarlo —señalando de nuevo la anforita—, pero eso no es cierto. Dios me dio este elixir. No tomo otra cosa que no sea esto —dijo, aferrándose a la botella—, y dicen que la diabetes y que hace daño y no sé qué, pero a mí no me hace nada, yo estoy bien porque soy Hellboy. Ahora te voy a cantar una canción de uno que soy su representante —antes de hacerlo, tomó otro trago, cerró la botella y la regresó a la chamarra—.

La última canción empezaba así:

“I found her diary underneath a tree and started reading about me”.

Nunca la había escuchado. Así que pregunté por ella.

—¡Qué linda! ¿De quién es?

—De David Gates, es un australiano que se fue a vivir a Canadá y ahí se murió —afirmó convencido.

—¿Cómo se llama?, repuse.

—“Diary”, encontré tu diario debajo de un árbol y aquí hay muchos arboles, ¿verdad?

La respuesta fue interrumpida por un sonido molesto que no paraba. Era un teléfono y no era el mío, así que sólo quedaba la opción obvia de que era el suyo. El timbre me sacudió, eliminó la bruma onírica y me devolvió a la realidad. Ahí estaba yo, en el Parque México, con un ebrio desconocido que afirmaba ser el amor de mi vida y que confundía las canciones de John con las de Paul.

—Te hablan por teléfono —dije y aproveché la distracción para pararme y despedirme.

—No, no me hablan. No, en serio, no me hablan, es una alarma, mira —con manos temblorosas sacó un teléfono de la misma bolsa de la que salía el anís. Era uno de esos de muchos botones y apagó la alarma. Me di cuenta que ya pasaban de las cinco y que el cielo estaba nublado.

—Bueno, ya me voy. Tengo que regresar a mi casa.

—Te hablo y vamos a ir al cine —respondió, mientras me tomaba las manos. Una vez más, probé su memoria:

—¿Cuál es mi número?

Cerró los ojos, pensó un poco y dijo despacio:

—Cincuenta y uno, treinta y nueve, cincuenta y tres… —la pausa se extendió. “Lo olvidó”, pensé, pronto me sacó del error— Twenty five.

—¿Y cómo me llamo?

—Katya Albiter. Y te quiero. No te vayas, mira, no te vayas, quédate otro rato, te canto otra canción, me sé todas las canciones del mundo. Dame un beso. Anda, dame un beso. Bueno, al menos un abrazo apretado, que nuestros cuerpos se sientan. Porque nos vamos a casar y nuestro hijo va a ser muy fuerte…

Caminé de prisa y salí del Parque México. Dos cuadras después ya estaba en Insurgentes. Caminé todo Insurgentes hasta la glorieta que nos anuncia la llegada a Zona Rosa. Avancé por Génova y caminé todo derecho por Reforma. La lluvia no me perdonó la demora. Llegué empapada a casa. Me cambié y empecé a buscar información sobre el medallón y la última canción.

El significado del medallón me lo dieron en la Sinagoga Histórica Justo Sierra 71, la especialista Mónica Unikel me explicó que en la parte frontal está la estrella o el escudo de David, y que en su interior dice “Jai”, que se traduce como “vida”, de ahí que el nombre de Jaime signifique “vida”. Además, su equivalente numérico es el 18, que es para la prosperidad, por eso hay personas que dan como regalo significativo 18 monedas o 18 pesos. En la parte posterior tiene escrita la bendición del camino o “tfilat ha derej”, en la que se pide que Dios bendiga el camino y proteja a quien la reza.

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Con respecto a la canción, encontré que es de un grupo que se llama Bread, famoso en la década de 1970. En efecto, David Gates era el cantante principal del grupo, pero no era australiano, ni vivió en Canadá. Es de Tulsa, Oklahoma, y no está muerto.

No sé si Luis Alberto mintió a propósito o sólo le gustaba inventar historias; no sé ni siquiera si su nombre real es Luis Alberto. Sólo sé que me regaló una medalla, me cantó unas canciones y nunca me llamó.

Si algún día van al Parque México y ven a un hombre entrado en los 40, con una guitarra, unas mochilas y unos botines color miel casi nuevos recuerden que más allá del alcohol y la sonrisa, hay un hombre profundamente solo y necesitado de cariño.

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