En la recámara de Isabel hay un autorretrato en el que se ven perfectamente los rasgos de la joven. Sus labios son delgados y tiene cejas tupidas. La piel es blanca con un ligero tono achocolatado, el cabello chino y a los hombros le da un aire vivaz. Dos lunares simétricos, uno en cada mejilla, a la misma altura y del mismo tamaño y color.

La verdadera Sofía, la de carne y hueso, sólo tiene un lunar en la mejilla izquierda. Sofía pintó así el cuadro porque no soportaba ser asimétrica, quería tener la misma mancha de un lado que del otro.

“Me gusta que todo sea simétrico. Cuando veo que las cosas no son así, me desespero y una vocecita dentro de mí me dice que tengo que acomodarlas para que luzcan con simetría”

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Sofía es una joven de 18 años con Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). Hace dos años dejó de ir a la escuela porque dos de sus compañeras eran gemelas y trató de cortarle el cabello a una para que lo tuviera del mismo tamaño que la otra. Desde entonces, Isabel se queda en su casa, en ocasiones sale con amigos o familiares pero la escuela ha quedado suspendida por un tiempo.

Entramos a una cafetería y ordenamos café y dos pasteles de chocolate. Sofía le dice al chico que por favor divida su bebida en dos vasos iguales y con la misma cantidad en cada uno, no importa si tiene que pagar doble. Él se queda pasmado, me voltea a ver y yo sonrío como si la solicitud de mi compañera fuera la cosa más normal y típica del mundo pero también estoy sorprendida. A la hora de recoger nuestra orden cada uno de sus vasos tiene el nombre de “Sofía 1” y “Sofía 2”.

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Nos sentamos y ella parte su pastel redondo justo por la mitad, coloca las partes a un centímetro de distancia y pone un vaso a la izquierda y otro a la derecha. Ahí es donde entiendo todo, visualmente intenta que todo este proporcionado y que nada quede asimétrico. Yo me siento avergonzada porque cuando ella apenas comienza a saborear su pastel yo ya voy a la mitad del mío. Cruzamos las miradas, se da cuenta de mi pena porque se suelta a reír y me dice que me quede tranquila, ahí la rara es ella.

Tocar madera 32 veces

Sofía descubrió que era diferente a los demás cuando tenia 8 años. Su mamá decía “toco madera” cuando en la casa se pronunciaba algo que nadie quería que pasara y Sofía comenzó a frecuentar la frase. Se preocupaba cuando sus papás salían de casa y la dejaban junto con su hermano a cargo de la nana.

“Imaginaba que mis papás podían tener un accidente y que no regresarían más. Me desesperaba mucho y comenzaba a dar golpecitos con mi mano en la mesa de la sala, era la única de madera. Lo hacía dos veces y luego cuatro, después seis y ocho, llegaba a dar 32 golpecitos hasta sentirme satisfecha. Yo sabía que si no daba esos golpes sería la culpable de que mis papás se accidentaran”.

Generalmente el TOC o Trastorno Obsesivo Compulsivo se compone de dos partes. En la primera el paciente tiene obsesiones como pensamientos perturbadores, imágenes o impulsos que se meten en la mente de la persona aunque esta no lo quiera y aun cuando el paciente piense que son ideas sin sentido las imágenes se repiten una y otra vez. Esto conduce frecuentemente a tener compulsiones que son la segunda parte del trastorno. Las compulsiones son impulsos irresistibles que el paciente tiene; se comporta de una determinada manera una y otra vez.

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La situación se comenzó a complicar poco a poco, Sofía tenia que hacer las cosas cuatro veces e incluso más hasta que sentía que quedaban bien. Siempre que se lava los dientes tiene que contar cuatro cepilladas de un lado y cuatro cepilladas del otro, esto lo repite 4 veces para sentir que queda completamente limpia.

El trastorno se manifiesta de forma diferente en cada persona. Algunos sienten una tremenda obsesión por acumular cosas en su casa; cajas, libros, revistas o cualquier cosas que encuentren y crean que les puede servir en el futuro. Otros no pueden salir de su casa sin revisar que las luces se queden apagadas y las llaves de gas o agua bien cerradas. Cuando salen son martirizados por sus pensamientos porque no recuerdan si cerraron la puerta y piensan que alguien puede entrar. Para no quedarse con la duda, llevan a cabo un ritual en el que revisan la cerradura para ver si no se encuentra forzada y después, minuciosamente, palpan cada mueble y objeto para percatarse de que nadie los haya movido ni un milímetro. Otros más, tienen obsesión con los números pares o impares, sus acciones tienen que estar regidas por estos números. Esto, traducido a los actos rituales que llevan a cabo, significa que si tocan algo, tienen que hacerlo de nueva cuenta pero ahora dos, cuatro, diez y hasta 32 o 64 veces.

No quiero matarlos

Después del café Sofía me invita a su casa. Vive con sus padres y un hermano menor. En su cuarto, hay un librero empotrado a la pared que abarca un buen espacio, encima se ve el autorretrato de la chica con dos lunares.

La joven es fanática de los libros, tiene una colección con contenidos de la A a la Z. No estoy exagerando, sus libros están acomodados alfabéticamente, desde Alicia en el país de las maravillas hasta un manual titulado Zombis: manual de supervivencia.

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Sofía desarrolló una obsesión muy peculiar. Le gusta que sus libros estén acomodados porque en la infancia pensaba que si no les daba un buen trato uno de los autores se enfermaría o incluso moriría. La vocecita del TOC le decía que si los amaba debía cuidarlos, así que comenzó acomodándolos por color y después por tamaño, pero lo que mejor le ha resultado es colocarlos alfabéticamente.

De vez en cuando la vocecita se aparece y le dice a Sofía que los libros no están suficientemente acomodados o en buen estado. Ella resuelve el problema reorganizándolos hasta que siente que los autores están a salvo. Estos reacomodos son al menos 12 veces por semana.

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Ella sabe que muchos de los autores de sus libros ya murieron pero aun así hace el reacomodo.

“Siento que si no lo hago, uno de su familiares puede morir, ya sabes, su descendencia”.

El TOC hizo que en uno de las tantas reorganizaciones Sofía metiera cada libro en una bolsa ziploc para protegerlos del polvo. Actualmente, si quiere tomar uno, debe colocarse guantes.

Después de pasearme por los más de 400 libros que tiene, volteo y la veo tirada en el suelo pintando con gises sobre una hoja de papel Fabriano. Me desconcierta porque es la primera vez que la veo ensimismada, no le importa dejar los gises desordenados. El dibujo fluye, es una combinación de líneas y círculos como los de Kandinsky. Me doy cuenta de que dibujar la relaja y hace que el TOC se le olvide. Me siento lentamente y minutos después me voltea a ver, se disculpa y sonríe.

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“Esto es lo único que me hace una persona normal, así que cuando lo hago trato de aprovechar los minutos o a veces un par de horas antes de que el TOC regrese y ya no me deje estar sola”.
La cruda realidad.

Para tratar este trastorno, Sofía va al psicólogo una vez a la semana. La técnica que la ayuda se llama Exposición y prevención de respuesta. De esta forma, Sofía es orillada a exponerse a las situaciones donde se siente ansiosa. Después, elabora respuestas muy diferentes a las que tendría con el TOC y trata de aplicarlas cuando sus ansias la invaden.

Sofía sabe que el trastorno que tiene jamás desaparecerá pero que con ayuda de la terapia puede lograr hacerlo pasar inadvertido.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) 3 millones 68 mil personas del total de la población mexicana luchan contra esta enfermedad. Esto equivale a llenar 30 veces el Estadio Azteca. Desafortunadamente muchos de los que padecen la enfermedad no saben que la tienen y creen que es una manía pasajera.

Sofía cree que es necesario que la gente se informe sobre la enfermedad a pesar de no padecerla porque de esta forma podrán entender el comportamiento de los que sí tienen TOC. Ella ha sufrido discriminación y exclusión incluso por parte de sus amigos. Poco a poco han dejado de hablarle. Recuerda que los últimos meses en la escuela era apodada “la psycho”.

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“Hasta mis mejores amigo me comenzaron a llamar así. Creían que estaba loca y jamás se preocuparon por informarse sobre mi enfermedad. Los maestros también se alejaban. Me pedían que me sentara separada de todos mis compañeros”.

Muchas veces se ha sentido discriminada o con pena porque las personas suelen excluirla de las actividades a pesar de conocerla. Su familia ha sido un gran apoyo pero en ocasiones le gustaría seguir siendo tratada de una forma normal por los demás.

Tras la visita a casa de Sofía, me toca despedirme. Ella me sonríe y me da un abrazo muy fuerte, se despega e inmediatamente me vuelve a abrazar, así cuatro veces. Bajamos las escaleras y cuando abre la puerta suelta un suspiro largo.

“Gracias por darme una oportunidad, hace mucho no me sentía normal”.
“Gracias a ti, por dejarme ver cómo es la Sofía con un solo lunar”.

Salgo y ella azota levemente la puerta, la vuelve a abrir y ya no volteo porque sé que lo próximo que escucharé serán tres portazos más que la mantendrán segura y en calma.

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