Es cerca de mediodía. Después de una serpenteante ruta por la que transitamos casi dos horas, por fin llegamos al sitio. Apenas uno estaciona el automóvil y ya está flanqueadopor vendedores que ofrecen diversas cosas: para el espíritu, la corona de flores que debe portar todo visitante primerizo; para el cuerpo, fruta picada o nieve. Estamos en Chalma.

Este poblado enclavado en el municipio de Malinalco, en el Estado de México, es lugar de veneración y peregrinación desde tiempos prehispánicos. En este paraje está el árbol viejo de cuyas raíces brota un manantial de aguas que, dicen los creyentes, son purificadoras y milagrosas. Algunos la beben, otros se refrescan la cara, la cabeza y el cuello, y algunos más, no importando la edad, de plano se zambullen en las fosas convirtiéndolas en una especie de balneario público.

Los motivos de la visita son diversos, desde los que por primera vez vienen a conocer “Chalmita” hasta los que, literal, religiosamente, año con año, acuden a su cita con la fe para renovar sus votos, para pedir un milagrito o para pagar una manda. Yo personalmente voy buscando el reencuentro con ese Chalma que, dicen, alguna vez conocí cuando era niño.

Devoción es la clave del ambiente y uno no puede menos que asombrarse ante el misticismo de aquél lugar. Se trata de una comunión estética y espiritual entre las personas y el agua; es tiempo propicio para un goce del líquido con emoción infantil, como si se tuviera la certeza de sus poderes de sanación. Es conmovedor ver a la gente que tiene algún padecimiento sanándose las heridas del cuerpo y del corazón con este líquido que representa la vida misma. El nombre del juego es la fe.

Chalma 4 tetrabrain Flickr

Foto: Tetrabrain Flickr

Del manantial, el siguiente punto de la ruta es el santuario católico, entre los dos median unos cinco kilómetros. En auto se recorren en 15 minutos; a pie en una hora y media aproximadamente. Voy pendiente de alguna imagen, algún olor o alguna situación que me confirme que yo ya estuve ahí, que detone con claridad el recuerdo de aquella visita de cuando niño.

Camino abajo divisamos las cúpulas y las torres del convento agustino que está enclavados en el fondo de una barranca. Para llegar a la casa del Señor de Chalma, el Cristo negro milagroso, hay que caminar por una calle en pendiente que nace desde el borde de la carretera y desemboca en el atrio de la iglesia. El telón de fondo del convento son las faldas de los cerros en cuyas laderas se aprecian innumerables cruces adornadas y enfloradas que, dicen, representan a los peregrinos a quienes no les alcanzó el aliento para llegar al convento.

Camino al santuario católico, de repente uno se encuentra en una especie de callejón que prácticamente se convierte en túnel debido a los toldos de los comercios que ofrecen a los visitantes desde artículos religiosos, pasando por dulces tradicionales, como palanquetas y muéganos, hasta tierra santa para comer y cualquier cantidad de ropa, juguetes y electrónicos propios de una tienda departamental. Justo en este túnel, el miércoles de ceniza de 1991 fallecieron 42 peregrinos por asfixia y aplastamiento luego de una estampida humana provocada por una falsa alarma de robo. Y es que hasta la fecha los puestos le han comido varios metros al callejón y la circulación de personas se dificulta, amen de que la pendiente es considerable. Pero con todo, estamos ahí.

Foto: Paola García Flickr

Foto: Paola García Flickr

Por fin llegamos al atrio de la iglesia, del lado derecho hay una enorme pila de cantera con el agua que recibe a los visitantes. Justo arriba de la pila se encuentra el andador de las habitaciones del convento agustino, ahora destinadas para ser ocupadas por los peregrinos. Del lado izquierdo de la monumental construcción desciende un río, y una pequeña cascada ofrece un sonido agradable y constante. También éste es espacio para refrescarse y sumergirse en las aguas curativas; es una atmósfera acuática lúdica.

La puerta central de la iglesia está flanqueada por dos bastones en donde los visitantes deben colocar las coronas de flores al salir. Adentro, con un poco de suerte se puede encontrar asiento disponible en las enormes bancas de madera; de lo contrario se escucha la misa y se le pide a la imagen milagrosa desde los corredores laterales. El pasillo central es ocupado por los peregrinos que cargan o llevan a cuestas sus imágenes para acercarse al altar lo más posible y tener un encuentro más personal con el Señor Milagroso.

A todo el mundo le llama la atención una enorme cruz de madera tallada que cargan en hombros entre unas diez personas, peregrinos provenientes de Milpa Alta. Tienen que hacer grandes maniobras para llegar hasta el altar aunque sea para presentar la cruz por algunos segundos. De regreso, por el pasillo central, incluso los que están sentados a la orilla de las bancas tienen que agacharse para no ser golpeados por el imponente madero.

Santuario Nuestro Señor de Chalma (Chalma) Estado de México

Después de salir de la iglesia, subimos una escalinata que se encuentra en el costado izquierdo de la nave principal. Ahora poca gente la visita, pero se trata de la “Cueva de la aparición” justamente donde los indígenas encontraron la morada de Tezcatlipoca en su representación de Tepeyolotl o Corazón del Monte. En lugar de esta deidad pagana se colocó por algún tiempo al Cristo negro que actualmente luce en el altar central.

En la entrada de la cueva hay una leyenda que advierte que en antaño en ese lugar habitaba el demonio. Adentro, en un ambiente extremadamente frío y húmedo, sólo queda un altar vacío, pero algunos tallados y pintas en las rocas, así como restos de ofrendas y flores, sugieren lo que pudo haber sido un culto importante a algunas deidades del panteón prehispánico, ahora ocultas por la tradición de la religiosidad popular católica.

De regreso a la iglesia, casi al momento de abandonar el atrio, una imagen llama poderosamente mi atención: un niño tomándose una foto en los tradicionales caballos artificiales ensillados y adornados con sarapes de colores. En ese instante una sensación familiar me invade, esa intuición de haber ya vivido algo. Ahora la foto es para mi hija, que algún día seguirá su recuerdo en “Chalmita”.

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