—El pene es pene, testículos son testículos, vulva es vulva, vagina es vagina, clítoris es clítoris, ano es ano y ya. No son palabras tan bonitas y cursis como “colita”, “cosita”, “pilín”, “pajarito”, pero un niño tampoco necesita que todo el tiempo se le esté hablando como si estuviera tonto.

La voz de Ka es fuerte y clara. Años de locución le han dado una tesitura característica. Se contrapone a su figura menuda y bajita. Pero basta con que eleve un poco la voz, ría estruendosamente o haga ese sonido característico suyo: el “ah” ronco y áspero que aligera los comentarios que podrían incomodar a los demás por su contenido sexual, para que se convierta en el centro de atención.

Hablar de penes y vaginas a las seis de la tarde en la churrería El Moro debe ser poco frecuente porque los comensales de las mesas cercanas nos miran de reojo y, fingiendo estar inmersos en sus pensamientos, paran la oreja para no perder detalle de lo que dice Ka, y luego cuchichean entre ellos.

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Ella sigue hablando de vulvas y anos con la misma soltura y naturalidad con la que las madres hablan de las últimas gracias de sus hijos. Después de todo, estudiar la Maestría en Sexología Educativa, Sensibilización y Manejo de Grupos, en el Instituto Mexicano de Sexología, le ha dado las herramientas necesarias para abordar el tema sin prejuicios ni tapujos, con el fin de orientar a los demás.

Sabe que en internet, especialmente en redes sociales, el tema del sexo es uno de los más socorridos; sin embargo, el hecho de que haya tanta información, no quiere decir que sea cierta. Incluso puede confundir a las personas, resultando contraproducente. Por eso, una vez que terminó la maestría, se dio a la tarea de abrir sendos perfiles en Twitter y Facebook, para proporcionar material de calidad a sus seguidores. Así surgió Sexo con Ka.

A la par de Sexo con Ka, abrió en Facebook un grupo llamado Manual de sexualidad para madres y padres:

Te tiene que valer el mundo para decir: éste es mi cuerpo y si traigo este traje de baño es porque me gusta cómo se me ve, que si me veo más chichona, más nalgona, más el paquete, lo que sea.

—Porque “a esta edad” —dice en tono de gravedad, haciendo énfasis con las manos, riéndose un poco de ella misma, pues aunque sólo tiene 35 años, la mayoría de sus amigos y familiares coetáneos ya tienen hijos.

El grupo reúne a más de un centenar de miembros que se intercambian información confiable en torno a la sexualidad infantil, después de todo, para los padres es complicado reaccionar y educar a los hijos en estos temas. Ka lo sabe y lo reconoce, la información de la sexualidad de nuestra generación fue más de corte orgánico y biológico. En la escuela hablaban de aparatos reproductores, de enfermedades de transmisión sexual y de métodos de anticoncepción, sin faltar algún video espantoso del aborto y un libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Esa fue nuestra “educación sexual”,  acompañada de pornografía a hurtadillas y descubrimientos prácticamente fortuitos.

Esta generación, ahora en su papel de padres, busca información y talleres para saber cómo hablarles de sexualidad a sus hijos, tratando de cambiar los patrones que aprendieron de sus progenitores. Esa advertencia velada de nunca hablar del tema, de responder con cigüeñas y abejitas cuando se pregunta “¿de dónde vienen los niños?”, y de generar culpabilidad ante la exploración del propio cuerpo con la típica frase “¡déjese ahí, niño cochino!”.

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Tus hijos también “juegan al doctor”.

Conforme transcurren los temas, se eleva la atención a la mesa, que se dispersa comiendo churros y tomando un buen chocolate espeso. Llueven las preguntas. Ka contesta relajada.

¿Cuándo es conveniente empezar a recibir información de la sexualidad? Para Ka, desde que nacemos porque desde que ese momento somos sexuados y en el camino vamos descubriendo todo lo que eso implica. De ahí la importancia de dar talleres de sexualidad en preescolar. ¿Para qué?, preguntarán algunos. Para evitar algún abuso sexual, responde ella.

—Hay que enseñarle a los niños de preescolar a cuidar su cuerpo. Su cuerpo nadie lo toca, más que mamá o papá, y eso con reservas; si el niño no quiere, pues no. Es su privacidad, es suyo y nadie traspasa eso. Se les enseña lo público y lo privado para que no se toquen los genitales en presencia de los demás.

Sexo con Ka 9 Aquí Ka hace una pausa y una aclaración que dejaría frío a más de uno:

—En realidad un niño no se masturba porque no tiene esa concepción erótica. Muchos papás o muchos maestros no lo saben y piensan ¡ah, se está masturbando! —grita, señalando. Los que la escuchan, voltean a ver al ser invisible que se masturba en medio de una churrería—. El niño de tres años, o sea, come on —la muletilla en inglés hace énfasis en lo absurdo que puede ser todo el escenario, en la interpretación cargada de morbo de un adulto con respecto a algo natural—. Un niño ni siquiera tiene esa concepción, más bien se está autoexplorando y así como le gusta un churro, como el que estamos comiendo, porque tiene dulce —dice y muestra el fálico trozo de pan, cubierto de finos granos de azúcar—, pues le va a gustar tocarse porque va a sentir rico, porque es una zona erógena y sentimos rico desde temprana edad.

La advertencia hace patente que no sólo los niños de preescolar necesitan urgente educación sexual y continúa:

—Por eso se les dice: sí te puedes tocar, pero en un lugar en el que te sientas cómodo, en donde nadie te vea, porque a lo mejor a otras personas les puede molestar.

El punto genera más dudas: ¿qué decirles, cómo, hasta dónde? Tal vez eran las mismas dudas de las personas que rodeaban la mesa y que, por educación, callan.

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—Los niños no son tan complejos, no necesitan demasiada información y no tienen la mente tan trastornada ni llena de mierda como un adulto, afortunadamente. Cuando un niño llega y te pregunta, tan fácil como decir “pues los bebés nacen por dos formas: o por la vagina de mamá o le cortan la panza a mamá para que salga”. No hay más. Ya que te pregunten cómo se hacen, es más rebuscado. Un niño no te pregunta eso, más bien pregunta “¿de dónde vienen los bebés?”. Aquí hay que recordar que con ellos todo es más lúdico, incluso le puedes hacer dibujos o contarles alguna historia para que lo comprendan y, como no tienen esa concepción erótica, no hay que darles más información, o información innecesaria que ni siquiera van a entender. Se puede decir que el pene entra en la vagina y al juntarse el huevito de mamá con el huevito de papá se crea un nuevo ser y ya.

El “y ya” de Ka se antoja fácil, cuando no hay un niño mirándote fijamente de por medio. Porque antes de eso, el adulto debe dejar todos los prejuicios y restaurar su relación con la sexualidad. Quizá por eso aún se le tiene temor a las palabras de índole sexual y se buscan opciones que “suavicen” lo que por años se negó.

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—Es un proceso de reaprender, descubrirte, pensar por ti mismo y decir: a huevo, mi vulva es vulva, y la neta la palabra es muy bonita; pene es pene, está chido, ¡ah! —la expresión ronca envuelve la mesa y dibuja sonrisas, no sólo se refiere a la propiedad de decirle a las cosas por su nombre, sino al gozo que provocan—. Está más chido que pilín o pajarito. En un taller que di, una niña me encantó porque le enseñamos el dibujo del clítoris y ella dijo que se parecía al camaroncín que viene en las sopas instantáneas. Y yo así de “mi vida, pues claro, si le quieres decir camaroncín, es tu camaroncín, pero no que alguien más venga y te diga que se llama así. Tú ya sabes que es el clítoris, que tiene una función específica y si tú lo quieres relacionar con camaroncín o con frijolito o perlita o como le quieras decir, pues es tu perlita, frijolito o camaroncín”. Así los niños se van identificando con su cuerpo y su sexualidad.

Un adulto puede reconstruir sus códigos para enseñarle a los hijos el nombre correcto de los genitales o entender la necesidad de autoexploración, pero ¿qué pasa cuando la exploración la hace con otro niño?

Sexo con Ka 7 —Cuando cachas a tu hijo “jugando al doctor”, tocándose con otro niño hay que reaccionar como en un temblor: ¡no entres en pánico!, ah —una vez más, la vocal ronca relaja el hipotético escenario y le da un giro divertido— y tampoco lo regañes. No hay que regañar a los niños y a las niñas por estar explorando su sexualidad, porque al fin y al cabo es eso, una exploración. Lo que hay que considerar es qué edad tienen. Si estamos hablando de preescolar o primaria, es una exploración. Si es en secundaria tiene una concepción más abstracta del erotismo, ya están teniendo cambios hormonales, físicos y demás. Pero si estamos hablando de infantes, no es regañarlos, no hacer un gran drama, no hacerlo grande, no alarmarse. Se están explorando y así como un niño o una niña se tocan solos, va a querer saber cómo siente la otra persona y cómo es el género opuesto. Son juegos que van a ayudar a su sexualidad en un futuro. Y tampoco hay que verlo con malicia. A lo mejor nada más lo hacen una vez. Ahora que si están repitiendo algo, es un foco rojo y es porque algo pasó, entonces lo más conveniente sería acudir con un especialista y ver porqué un niño está repitiendo constantemente algo con respecto a la sexualidad: tocándose mucho o rozándose con algo en específico o haciéndolo con tal niño o niña. Pero ya estamos hablando de un exceso que tú digas ¡qué bárbaro! Lo importante es que los papás conozcan a sus hijos para diferenciar una exploración de una actitud que indique abuso sexual. Pero si no, tranquilos que también ustedes lo hicieron, ¡no se hagan! ¡También se rozaban con la esquina de la cama y jugaban al doctor! —las últimas frases las dice en un tono jocoso y de complicidad, como quien descubre a su amigo en una situación embarazosa—.

El debate en torno a la educación sexual en niños es acalorado. Los detractores arguyen que se despierta el libido y se promueve la promiscuidad. Para Ka, esto no es así. Se trata de darles las herramientas necesarias para que puedan decidir responsablemente y de manera informada cuando se encuentren en una situación de esta índole. Los padres no pueden estar vigilando a los hijos todo el tiempo, pero sí pueden enseñarles que existen consecuencias ante las decisiones que se toman. Por eso, cuando se presentan situaciones como las “fiestas arcoíris” —reuniones de adolescentes en las cuales las mujeres se pintan los labios de diferente color y dan sexo oral a los hombres—, es muestra de falta de educación sexual.

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—Sin duda es desinformación, porque tener sexo oral sin protección también puede generar infecciones de trasmisión sexual y más así, tan deliberadamente. A lo mejor tú ya tienes una pareja estable y ya la conoces y se hacen estudios; pero así, en masivo, está cabrón. Eso a mí me suena a desinformación total y desinterés de los papás, por supuesto. Hay que dar información desde muy pequeños para que puedan reaccionar, porque no vamos a estar todo el tiempo cuidándolos o tras ellos, ni amarraros, ni encerrarlos o ponerles un cinturón de castidad.

La sexualidad es divertida.

Si bien, la conversación se centró en los niños, particularmente por el trabajo de divulgación que ella realiza, no se podía dejar fuera al resto de las personas. Y es que, a pesar de que uno cree que sabe, siempre hay piedras en el camino que demuestran lo contrario.

Ka hizo un par de observaciones al respecto. Por ejemplo, así como se niega la sexualidad de los niños, se hace con los adultos mayores, tanto por ellos mismos como por los demás. Olvidando que no dejamos de ser sexuales hasta que nos morimos. Por eso, habrá que entender y respetar a los adultos mayores quienes, ciertamente, no tienen una respuesta física como en su juventud, pero ello no merma el disfrute que pudieren tener.

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Entre churro y churro, Ka comentó que hace poco había estado en Xel-há, el parque ecológico en Quintana Roo, y que había prestado especial atención a las diferentes formas del cuerpo, encontrando a sólo unos pocos poseedores de un cuerpo escultural, labrado en el gimnasio. El resto, mostraba sus defectos sin mayor turbación.

—Te tiene que valer el mundo para decir: éste es mi cuerpo y si traigo este traje de baño es porque me gusta cómo se me ve, que si me veo más chichona, más nalgona, más el paquete, lo que sea. Lo estereotipos de belleza están en los medios y nada más. Los mortales como nosotros tenemos celulitis, estrías, el gordito, la chaparrera, barritos, la cana, la panza chelera… Tenemos que partir de ahí, de empezar a aceptarnos a nosotros mismos y a comunicarnos con las parejas con las que nos vamos a relacionar eróticamente, ya después hay que encontrarle lo divertido a la sexualidad.

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Pero ¿qué es eso de encontrarle lo divertido a la sexualidad? Hacia el final de la charla, después de los churros y el chocolate caliente, con los oídos atentos de los comensales aledaños, Ka dejó la semillita:

—No se trata de meter y sacar, me vine y ya. Incluso hoy en día muchas mujeres no sienten orgasmos. Estamos cargados de mucha mierda que tenemos que ir dejando para aprender a disfrutar. Por eso existen los juguetes eróticos, los disfraces, los juegos sexuales; por eso hay gente swinger, o que les gusta el bondage y el sado masoquismo; los travestis, los transexuales… La diversidad es infinita y la sexualidad también es infinita. Entonces es eso, dejarte llevar por lo que vas sintiendo y por el juego, siempre y cuando sea consensuado. Esto último es fundamental, si una persona dice no, ya no quiero, no por ahí, no así, no eso, no me gusta. No es no. Hay que respetar a la otra persona. No hay más clave que eso: tener sexo consensuado y sin dañar a alguien.

Hablar de la sexualidad es cuento de nunca acabar, pero la tarde amenazaba con terminar, junto con los churros. Era el momento de la despedida. Ka dio un abrazo y se fue. Aun ahora recuerdo su “ah” ronco y sonrío. No cabe duda que todavía queda mucho por aprender.

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