—Si tiembla, seguro me aplasta un árbol, porque la casa está pegada a un cerro —dijo Stephanie a manera de broma la primera que vez habló con Martha, su madre, una vez que se instaló en la casa que le daría cobijo el siguiente periodo escolar y que cursaría en la Universidad de Concepción, Chile.

La broma estudiantil dejó de tener gracia el sábado 27 de febrero de 2010, a las 3:38 de la madruga, hora en la que se registró el segundo sismo más fuerte de aquél país del Cono Sur y que le tocó padecer a la joven mexicana.

La semana que cambió todo

Stephanie cursaba la carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública en la Universidad Autónoma del Estado de México, pero ¿por qué quedarse ahí si podía hacer hasta un año en Chile? La joven estaba decidida, así que llevó a cabo todos los trámites que se requerían. Su madre sabía que cuando a la pequeña se le metían esas ideas, lo mejor era seguir con la corriente y hacer todo lo que estuviera a su alcance para apoyarla. Compró dos boletos de avión: uno de México a Santiago y otro de Santiago a Concepción. Quería evitarle molestias y escalas en autobús, sobre todo eso ya que se trataba de su primer viaje sola y fuera del país. Ambas estaban emocionadas y nerviosas.

Se arregló todo para que fuera recibida por una familia que le daría techo, comidas y servicios por cinco mil pesos mexicanos mensuales, con la ventaja adicional de estar a sólo cinco cuadras de Ciudad Universitaria.

Fany, como buena chica, atiborró dos maletas con todo lo que consideró necesario para su estancia: zapatos, abrigos, vestidos, pantalones, blusas, ropa interior, accesorios, muchos accesorios. Sí es una chica y de esas que gustan de estar impecables.

Viajó sin contratiempos y se instaló pronto en la habitación verde limón que sería su morada los próximos días. Disfrutaba particularmente la luz vespertina que entraba de lleno por la ventana y que se reflejaba en el edredón blanco, acentuando el verde de la estancia y alumbrando todo, como si un pequeño trozo de paraíso se hubiera colado al lugar.

el cuarto verde limón HD

Pronto se dio cuenta de que había una confusión entre los departamentos de Control Escolar de las instituciones pues llegó, por error, una semana antes de lo programado. Pero al menos serían días que usaría para reconocer el lugar y sus alrededores.

Ciudad Universitaria estaba vacía, aun así recorrió los prados, las facultades —incluida la de Química, que era una de la más cercanas— y el Campanil, símbolo de la universidad y de la ciudad de Concepción. Incluso ubicó los cajeros automáticos que podrían ser de gran ayuda cuando empezaran las clases. Salió a turistear, paseó por el Centro, lleno de vida, bares, centros comerciales y parques, todo lo que una joven en sus veintes necesita para divertirse. También acompañó a la familia que la acogió a visitar la casa de unos amigos.

Como le quedaban días libres, decidió ir al mar, en la población de Dichato, la cual queda a unos 40 minutos de viaje. Era una playa muy fría, llena de jóvenes que se entretenían prendiendo fogatas o jugando juegos de mesa. Nadie nadaba en las gélidas aguas.

Sus compañeros llegarían hasta el fin de semana, así que el viernes la sorprendió sola en casa. Pero la juventud no se conforma con el encierro, particularmente el primer fin de semana que pasa en un país lejano. Intentó ir al festival de Viña del Mar, sin éxito. Intentó también salir a los bares cercanos pero, una vez más, la expedición resultó un rotundo fracaso. Sin nada mejor qué hacer, regresó a casa y conversó con su madre por Skype. La nota alta de la noche era Ricardo Arjona que se presentaba en ese momento en el conocido festival. Martha, gran admiradora del cantautor guatemalteco, no paraba de hablar de él. Fany bromeaba con ella. Pasada la media noche, se despidieron.

Fany comenzó a ver la película de Titanic. El apasionado y fallido amor entre Rose y Jack resultó el hado fatal de los días subsecuentes.

¿El principio del apocalipsis?

Fany se despertó cuando ya estaba en el quicio de la puerta, aunque no sabe cómo llegó ahí. Quizá la brusca sacudida la sacó de la cama y ella, entre sueños, recordó las medidas de emergencia que tanto le han dicho desde pequeña. Aquél mantra de “no corro, no grito, no empujo” que cada mexicano tiene troquelado en el subconsciente. Ella aún es joven y no sabía de temblores. Cuando sucedió la catástrofe de su país natal, en el 85, ella ni siquiera había nacido, pero sabía, instintivamente, que debía estar ahí.

Foto: Alagos Flick

Foto: Alagos Flickr

Todo se movía. Se rompieron los ventanales del baño que estaba junto a su cuarto. La casa se cimbraba. Las puertas se abrían y cerraban. Los objetos de los muebles se caían y hacían pedazos. Para ella, los minutos se hicieron eternos. Desde su lugar seguro, aferrada al marco, llamó en voz alta a la dueña de la casa y a su hija para saber cómo se encontraban. La mujer le respondió con gritos de miedo y rezos atropellados. Eso la puso todavía más nerviosa.

En cuanto el movimiento telúrico paró, corrió a su mesa de noche, tomó los lentes y el teléfono, y bajó por las escaleras. Ahí se encontró con la hija de quien le daba hospedaje y buscaron desesperadamente la llave de la puerta que, justo en ese momento, se negaba a aparecer. No sabe cómo lograron salir, los recuerdos de esos instantes se desvanecieron. Sólo sabe que de pronto ella estaba sentada en la banqueta, en pijama, descalza y envuelta en un edredón azul.

Los vecinos empezaron a gritarse entre ellos que cerraran las llaves del gas, los de enfrente también salieron a la calle y les preguntaron cómo estaban. Aparte del susto, las tejas caídas, el interior de la casa hecho trizas y la cocina sumida en un visible y reciente desnivel, ellas estaban bien.

Un ruido ensordecedor llenó todo el lugar. Desde ese momento, la ciudad se hundió en la penumbra. No hubo más luz, ni gas, ni agua, ni líneas telefónicas. Sólo miedo y caos.

Se prendieron las radios de los coches. Al principio había música, luego ruido blanco y después un señor dijo: “interrumpimos la transmisión para informar que ha habido un terremoto. Según los reportes preliminares, alcanzó una magnitud de 7,9…”. En realidad fue de 8,8, lo cual se confirmó después. Fany no escuchó más, se perdió en sus pensamientos. Era como aquella película de invasión alienígena, estelarizada por Tom Cruise, salvo que no era ficción y no tenía forma de escapar.

Cuando pudo recomponerse, fue a la casa de unos vecinos que tenían teléfono local para pedirles de favor que le dejaran llamar a su mamá, pero la línea ya estaba muerta. Regresó a la banqueta, se arropó con el edredón azul y esperó los primeros rayos de sol.

Sólo había pasado una hora desde el sismo y alrededor no había nada más que oscuridad, espanto, desconcierto e incertidumbre. Dieron las seis y las siete de la mañana, pero la impenetrable lobreguez no daba tregua. Fue el amanecer más largo de su vida. Recordó las enseñanzas de su madre, las señales del apocalipsis, la oscuridad total que duraría por días. ¿Acaso era lo que estaba viviendo? ¿La desgracia de ser atea y dejar a su madre le había costado enfrentarse a tan terrible profecía lejos de casa?

Cerca de las ocho de la mañana empezó a ver, al fin, los primeros rayos del sol. Volvió a casa, pero no a la habitación verde limón, sino al sillón. Ahí intentó dormir un poco, pero ante el más mínimo movimiento salía corriendo despavorida. Resignada, decidió cambiarse y alistarse ante alguna emergencia.

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Foto: Todosnuestrosmuertos Flickr

Día 1

Desde temprano empezó a marcarle a su madre, sin lograr que saliera la llamada. Lo hizo instintivamente y por inercia una y otra vez. Por fin, después de mucho insistir, corrió con suerte. Se escuchó la voz de Martha al otro lado de la línea. Fany respondió temblando:

—Mamá, estoy bien. Estoy viva. No me pasó nada. Estoy muy asustada.

—Lo que vamos a hacer es… —dijo Martha decidida. Pero no pudo terminar la frase. La llamada se cortó. Desde ese momento, Fany no volvió a tener contacto con su madre durante su estancia en Chile.

Ese mismo día, llegó a la casa un matrimonio con su nuera y dos nietos, todos familiares de los dueños del lugar. Los niños y la nuera se unieron con Fany a la sala. Empezaron a platicar, ellos le contaban de su vida en Rancagua. También le contaron que habían pasado por Dichato, la playa en la que ella había estado algunos días antes, pero el tsunami, producto del terremoto, había arrasado con el lugar. Se inundaron 80 hectáreas del poblado y el agua había alcanzado hasta cuatro metros de altura. Ahí donde ella había visto casas y negocios, ahora había escombros y peces flotando.

Ante la falta de servicios y difícil situación, tuvieron que resolver los asuntos más urgentes. La toma de agua cercana estaba en la esquina, ahí, tanto ellos como los vecinos, iban a llenar sus garrafones para tener un poco del líquido. En la casa había un horno de leña, así que la comida de esos días consistió en pan recién horneado y restos de la despensa, aunque, a decir verdad, la congoja les arrebata el hambre.

Fany, otrora impoluta y elegante, tenía puesta la misma ropa y, ante la falta de agua, tuvo que empezar a limpiarse con toallas húmedas.

Se prepararon para la noche. A cada integrante de la familia, incluida la joven mexicana, se les dio una vela. Ella subió a su habitación verde limón. La luz seguía entrando de lleno y rebotaba contra el edredón blanco. Ahora la visión era espectral. Decidió que iba a escribir lo que estaba viviendo en esos momentos, tal vez su experiencia podría servir de algo… El intento falló. Al recordar todo y saberse ahí, tan vulnerable y sola, empezó a llorar. A Fany no le gusta llorar así que lo dejó.

Se reunió con la familia en la cocina, que escuchaba las noticias por el pequeño radio negro de pilas, hasta que se durmió.

Día 2

Salió a la calle y se sentó de nuevo en la banqueta. La mayoría de los adultos estaban tratando de recomponer lo destruido entre lamentos. Los niños, ajenos a todo, deambulaban por ahí. Fany los organizó para que se entretuvieran. Jugaron a las escondidillas y a las correteadas.

Foto: JanOSpixeles Flickr

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Su teléfono se estaba quedando sin pila. Por sugerencia de Vane, una de las personas con las que estaba, decidió salir. Recorrió de nuevo las instalaciones de Ciudad Universitaria. El panorama era muy distinto a los días anteriores. Todo estaba aún más vacío y el lugar, destruido. Vio la Facultad de Química quemada, supo entonces de dónde venía el espantoso estruendo que escuchó después del temblor. Los cajeros automáticos estaban inservibles. Sin electricidad, no había forma de usarlos.

Caminó de regreso y notó que la pequeña tienda casera que estaba a unos pasos se encontraba cerrada. No volvieron a abrir, al menos no mientras ella estuvo ahí. Lo que sí notó es que era la única casa de los alrededores que contaba con luz, debido a que tenían una planta que les surtía. Afuera había un letrero que decía “se conectan celulares”. Cada persona que acudía a ellos, pedía que le cargaran el teléfono móvil y así lo hacían por diez minutos, lo regresaban y recogían el siguiente.

Cambió de dirección y sus pasos la llevaron al Centro. Una vinatería estaba prácticamente destrozada, los vidrios de los ventanales rotos y el interior había sido saqueado. El piso estaba cubierto por una capa espesa de líquidos mezclados y medio secos.

Divisó una pipa de agua. La gente se arremolinaba en torno a ella para obtener un poco. Detuvo la caminata, no tuvo ánimo ni corazón para continuar y regresó a la casa de la habitación verde limón.

Día 3

Los ánimos en la casa de sus anfitriones no mejoraban y eso la irritaba un poco. La hija de la dueña tenía una casa de huéspedes de niñas, así que se fue con ella para que no estuviera sola.

Tomó fuerzas para salir de nuevo a las calles. Lo que vio le sorprendió aún más. Al lado había una casa en la que se reparaban electrodomésticos. Unos tipos en una camioneta sacaban todos los aparatos y los ponían en el interior. Pensaba que tal vez eran los dueños, pero ¿qué tipo de dueños tendrían tanta prisa y se irían sin siquiera bajar la cortina?

Foto: Diario de Flo Flickr

Foto: Diario de Flo Flickr

Apuró el paso y vio una casa de tabique rojo con jardín, ahí había un militar y una niña bajo los escombros. La imagen la perturbó y se alejó. Después, al ver el súper, las cosas no mejoraban. También estaban elementos del cuerpo marcial pero, al parecer, llegaron tarde, pues los ventanales estaban rotos y los productos habían desaparecido por completo. Los anaqueles vacíos gemían la desesperación de la gente.

Cuando llegó al Centro, el corazón casi se le salió de la boca. Lo que antes era espléndido y bello ahora estaba hecho trizas y rayoneado. Incluso en el piso había partes de uno de los monumentos. La gente peleaba. La fuerza pública detenía a los que robaban medicamento. La gente pasaba corriendo, empujando carritos repletos de pantalones de mezclilla y televisores. Todo era caos.

Sorpresivamente, su teléfono celular sonó. Al otro lado de la línea, un amigo y compatriota suyo le preguntó si estaba bien.

—Estoy muy asustada, pero bien. Por favor, avísale a mi familia que hablaste conmigo.

El amigo le ofreció mandarle dinero. Es inútil explicarle en esos momentos a alguien que no está ahí que eso no serviría de nada porque los cajeros no funcionan. Uno, en su desesperación e impotencia piensa que mandar dinero puede ser una ayuda o una solución. Ella declinó la oferta y colgó.

En su recorrido, acompañada por Vane y un joven conocido, buscó un sitio para conectar el móvil y lo encontró. Era una cabinita, como los puestos de lotería que se ven en México, pero negra y estaba justo en la esquina, al lado de un edificio de cristales. Conectó el teléfono y en ese momento todo se empezó a mover. Era una de las muchas réplicas que habían seguido al terremoto inicial. El edificio de cristal se mecía como si fuera de papel.

Resistió tanto como pudo, con tal de que el aparato tuviera energía para seguir funcionando. De nada sirvió, pues no pudo comunicarse con su madre.

Regresó a casa. La expedición la había agotado. Por la noche, a la hora de la cena, el representante de la embajada de México dio un comunicado por radio. Proporcionó un par de direcciones para que sus compatriotas acudieran al lugar por auxilio. Le dio gusto saber que uno de los sitios mencionados estaba a cinco casas de donde se encontraba, pero ya era demasiado tarde para salir.

Se quedó allí, sumida en sus pensamientos. La casa también estaba hecha añicos, todo se encontraba en el piso y roto. Se sorprendió por la cantidad de luz que había, a pesar de que era de noche. Fue a la otra habitación y entendió el motivo. En el techo había un boquete por el que se colaba la luz de la luna llena. Se quedó parada mirando el satélite. Siempre le había gustado observarla, le daba tranquilidad, la llenaba de energía, incluso la ponía románica. Pero esta vez la veía en medio de la tragedia, ¿cómo sentirse romántica así?

Foto: Alagos Flickr

Foto: Alagos Flickr

Día 4

Lo primero que hizo fue ir al lugar que había indicado el aviso de la embajada . Era una especie de convento pequeño, pero a esa hora estaba vacío. Regresó cabizbaja a la casa y se encontró con la novedad de que a partir de ese día habría toque de queda, pero no sólo eso. Corría el rumor de que unos presos habían escapado de la prisión cercana, sembrando pánico y desconcierto entre los vecinos.

Empezó un incendio en la tienda departamental cercana, la misma que había sido saqueada antes.

Regresó a donde la embajada y le dijeron que preparara sus cosas porque se iban pasado mañana en un avión que habían mandado desde México con provisiones para los damnificados. Le dieron una despensa: una bolsa de arroz, latas de atún, chile y tortillas. Sobra decir que no tenía forma de cocinar el arroz, tampoco tenía abre latas —pero que las buenas intensiones del gobierno mexicano, siempre con una despensa por delante, no se pongan en tela de juicio—. Dejo el paquete en la casa que la acogió.

Recibió otra llamada, esta vez de una prima a quien también le pidió que avisara en su casa que estaba bien y que los de la embajada ya le habían dicho que saldría en el avión que llevaba suministros. Colgó.

De regreso a casa, encontró una reunión de vecinos consternados ante la noticia de la fuga de reos. Los de “arriba”, es decir, la gente humilde que vivía en el cerro, y los de abajo, el fraccionamiento, dejaban viejas querellas de clase y se unían en pos de un bien común: defenderse de la posible amenaza. El sistema de alerta que se instrumentó fue a través de sartenazos, así, si veían algún sospechoso, todos empezarían a pegarle a los sartenes para, con el ruido, avisar a los demás. Se armaron con palos y pidieron que montaran guardias para vigilancia. Pusieron una barricada a la entrada de la calle, justo enfrente de la casa donde ella se quedaba.

El arma de Fany era un palo de madera, al cual se aferró toda la noche. En la madrugada empezaron a escucharse los sartenazos. “Alguien” había visto “algo” en la Universidad. El pánico se extendió rápidamente. Empezaron a hacer rondas, auxiliados con lámparas y velas. Al final, nada hallaron y el ruido cesó tras media hora. Para la joven mexicana fue imposible dormir. No dejaba de temblar de miedo y de incertidumbre. Una cosa era sobrevivir a un terremoto y otra cosa muy distinta era hacerlo a un montón de presos.

Por fortuna, nada pasó.

Día 5

Al amanecer, el primer anuncio de la embajada fue que salían ese día a la una. Fany regresó entonces a la casa de la habitación verde limón por sus cosas. Cuando llegó, nadie respondía así que tuvo que brincarse la puerta del zaguán.

Foto: Luis Ferrada

Foto: Luis Ferrada

Subió corriendo al cuarto y metió todo lo que pudo, como pudo, en las maletas. En ese momento ya poco le importaba los accesorios y la ropa. Quería irse y no mirar atrás.

Bajó las escaleras y agradeció a los anfitriones. Regresó a la casa del boquete en el techo y se despidió de la joven a la que acompañaba. Llegó a la casa de la embajada y ahí conoció a dos jóvenes de León, que se encontraban en circunstancias similares. A ellos también les habían dado una despensa con arroz, atún, chile y tortillas. No. Tampoco tenían abre latas, pero tenían mucha hambre y, ante eso, la nimiedad de la falta de instrumento no los detuvo. Como pudieron, destaparon los chiles y el atún y comieron tacos de atún con chile.

Al fin, los llevaron a la terminal de Concepción y los dejaron en el autobús. El trayecto que normalmente se hace en cuatro horas duró 13. La carretera estaba en un estado lamentable, parecía más un rompecabezas que luchaba por mantenerse unido. Las maniobras que tenía que hacer el autobús eran de una complejidad apabullante. A lo lejos, Fany vio dos puentes colapsados y los cables caídos. Quizá fue hasta ese momento que entendió a cabalidad la magnitud de la tragedia.

No recuerda cómo llegó al hangar militar, pero fue un alivio. Por primera vez en mucho tiempo, pudo cambiarse de ropa. Uno de los chicos que iban con ella, se llenaba la boca presumiendo que su primo trabajaba en Aeroméxico y que seguramente iría por él. Nada más ajeno que eso, los aviones de Aeroméxico sólo sacaron a los funcionarios y a sus familias.

Se les informó que los que habían estado en Concepción tenían prioridad para evacuar, así que les pidieron que levantaran la mano. Fany obedeció y un joven de traje se le acercó y le preguntó:

—¿Stephanie?

—Sí —respondió extrañada.

—Tú vas primero.

Fany vio la lista que tenía el hombre en la mano. Hasta arriba, en primer lugar, en negritas, subrayado, con letra de puntaje mayor y, extrañamente, bien escrito, estaba su nombre —casi siempre lo escriben mal—. Ella no entendió por qué. Después de todo, ningún pariente suyo trabajaba en Aeroméxico. Pasaron la noche o, mejor dicho, lo que quedaba de madrugada ahí.

Día 6

Como a las siete de la mañana, poco antes de abordar, una mujer elegante llegó con su hijo en una camioneta, exigiendo un lugar en el avión. Los militares la detuvieron y le explicaron que los de Concepción tenía prioridad y que la nave ya estaba llena. Ella replicó con la consabida sarta de amenazas y bufas de una persona “influyente”. Nada de eso importó. El cupo ya estaba agotado.

Antes de partir, se sacaron una foto con el capitán, que los recibió personalmente antes de subir al avión. Tomaron lugar en uno de los asientos, divididos en seis líneas. El resto de la enorme aeronave parecía una inmensa bodega. No había nada más y el ruido adentro resonaba con eco, sobre todo en el tramo en el que hubo una tormenta eléctrica.

Fueron 14 horas de vuelos con escalas. La primera en Lima, donde los recibieron con comida y periódicos. Después en Cali, la escala más larga, les dejaron bajar a la pista, pero sólo pegados a la escalera del avión. La tercera escala ya fue en tierra mexicana. El pueblo chiapaneco les ofreció pizza y refresco. Poco después, por fin, llegaron al hangar militar de Santa Lucía, en el Distrito Federal.

Antes de llevarlos al aeropuerto, donde los esperaban los medios y sus familiares, un hombre de traje les preguntó si querían dar entrevistas. Ella se negó rotundamente. El joven del primo de Aeroméxico, por el contrario, se sentía irremediablemente atraído hacia los reflectores.

Los llevaron en un camión pequeño desde el hangar al aeropuerto. Al llegar, los medios corrieron hacia ellos. Los familiares del joven que sería rescatado por su primo le llevaron mariachi y todos temblaban de emoción. Ella se escabulló y logró librarse de la arrebatadora escena. Sin embargo, un joven de Televisa Toluca se acercó a ella y le hizo un par de preguntas. Respondió sin ganas, sin falsos humos de heroísmo. Ella no había hecho nada más que sobrevivir y no le veía el mérito. No había pasado hambre, ni frío. Ni siquiera sabía lo terrible que habían sido las cosas, hasta que las vio en los medios. Se alejó y encontró a su madre, se abrazaron por un rato, mientras Martha lloraba a mares en su hombro. Después vio a sus abuelos.

Al fin estaba en casa.

Los rescatados 2

Mientras tanto, en México

Martha se despidió de Fany después de intercambiar opiniones sobre Ricardo Arjona. A las siete de la mañana recibió una llamada de su hermano.

—¿Dónde estás?

—Durmiendo en mi cama —respondió molesta.

El hermano colgó. Martha no entendió su actitud, así que se dispuso a dormir de nuevo. La intensión fue interrumpida por una nueva llamada. Esta vez era su hermana la que le preguntaba dónde estaba.

—¡En mi casa! ¿Dónde más quieren que esté a estas horas?

—Prende la televisión —es todo lo que su hermana le dijo.

Martha prendió el aparato y puso el canal de noticias CNN. La primera imagen que vio fue la de un edificio derrumbado. Atónita, aventó el teléfono y corrió con sus papás. Entonces empezó a marcarle a Fany, pero no respondió.

Todo se hizo brumoso, llegaban familiares y amigos a preguntarle cómo estaba o a ofrecerle su ayuda. Incluso el padre de Fany, con quien hablaba poco, fue a verla y le dijo que estuviera tranquila, que él ya estaba viendo con algunos funcionarios para que les apoyaran para rescatarla.

Recibió una breve llamada de Fany. Sólo alcanzó a escuchar “estoy bien” y luego se cortó. Al menos así es como ella lo recuerda.

Desde ese día, no dejó de ver CNN. Fueron cuatro días de mal dormir pegada al teléfono, con la laptop a su lado y la televisión de fondo. La angustia era inefable. No hay palabras que alcancen para explicar el dolor y el sobresalto de saber que ahí, en medio del desastre, estaba su hija.

Las imágenes danzaban macabras frente a sus ojos. Vio la playa de Dichato destrozada, la misma desde la que Fany le había mandado una foto días antes. Lo mismo sucedió con los puentes derrumbados y los centros comerciales y unidades habitaciones entre escombros. Ahí, en algún lugar, también estaba su pequeña.

Fueron días de llamar a la embajada, sin resultado. Un joven le habló y le dijo que se había logrado comunicar con su hija. Martha, desesperada, también ofreció mandar dinero. Es la impotencia la que nos nubla el juicio en situaciones así y no nos permite ver que la medida no sirve de nada.

Conforme el joven reportero de CNN dejaba el traje y empezaba a demacrarse al incursionar en el epicentro del desastre, Martha se iba doliendo más del corazón.

Desesperada, vendió su automóvil. Estaba resuelta a ir a buscar a Fany. “Soy reportera, no me pierdo”, respondía a todo aquel que la quería disuadir diciendo que era una locura.

Estaba en la redacción del periódico en el que trabaja cuando recibió la llamada de Meli, su sobrina, para informarle que había hablado con Fany, que estaba bien y que pronto estaría de regreso.

Además de los favores que el padre había pedido a algunos amigos, la jefa de Martha hizo lo propio para pedirle apoyo a una senadora. El trabajo de cabildeo tuvo resultados. Pronto fueron notificados de que Fany era la primera en la lista y que ya estaba a bordo del avión.

La noticia se recibió con regocijo en la redacción del periódico. Todos habían acompañado a Martha en su dolor y, al saber la nueva, aplaudieron emocionados.

Un amigo comunicador le mandó una camioneta para que fuera a recibir a Fany al aeropuerto. En ella iba Martha con sus padres.

La espera en el aeropuerto se le hizo eterna, pero soportable gracias a que Fany se comunicó con ella en las escalas que hicieron en Cali y Chiapas —aunque la joven no lo recuerda—. Al fin, alguien gritó: ¡Ya llegaron!, y los camarógrafos se echaron a correr.

Martha se subió a la camioneta de Televisa Toluca, en donde trabaja un amigo suyo —el mismo que entrevistó a Fany—.

Cuando las personas evacuadas llegaron, Martha estaba en primera fila. Ella no recuerda mariachis ni cámaras, ella sólo tiene fija la imagen de su hija viva, caminando hacia ella, con una chamarra negra, un suéter café y peinada de coleta. No pudo más y la abrazó y, si acaso lloró, no lo recuerda y no le importa.

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