Diciembre se llama nostalgia. El frío, las fiestas, la melancolía, el alcohol barato, todo llama al recuerdo. Me acuerdo, no me acuerdo; finjo demencia para plagiar el inicio de una reconocida novela corta. Rememoro a medias, una vez, en Buenos Aires, en el verano porteño, cuando conocí a Santa Claus.

Era el 2004, en ese entonces Santa Claus vivía en Buenos Aires y se hacía llamar Yanketruz. Apenas ahora, en pleno ocaso del 2015, me entero de su verdadero nombre: Tito Sormani. Pero eso ya no importa, él fue y será siempre en mi memoria Yanketruz, el trovador. Lo conocí en una cafetería ubicada en los sótanos de la facultad de letras de la Universidad de Buenos Aires, en el barrio porteño de Caballito. Era un hombre robusto, con una barba blanca descuidada, sucia, con rastros de comida y vino entre el pelambre. Usaba lentes de fondo de botella, pegados en el centro con montones de cinta adhesiva.

Fue él quien se acercó. Me distinguió diferente entre los montones de alumnos, clientes cotidianos de la cafetería. Estaba formado adelante de mí en la caja, escuchó cuando pedí un café, esperó a que me diera la vuelta después de pagar para lanzarme directamente una certeza y una pregunta: “Vos no sos de aquí, hablás diferente. ¿De dónde sos, qué hacés aquí?” Yo mexicano y chilango, efectivamente sobresalía entre el habla cotidiana del porteño. Le expliqué en tres frases qué hacía yo en Bueno Aires; después nos sentamos en la misma mesa y él me contó su historia.

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Yanketruz 3

Su aliento era fuerte, como su personalidad, imponente, desgarbado, pasional. Comenzó por explicarme que él era un artista, un músico, que había recorrido todo el mundo durante las décadas de los 60 y 70. Cargaba siempre con una carpeta llena de recortes para respaldar su historia. Eran viejos pedazos de periódico amarillo en los cuales se podía leer sobre sus presentaciones en Madrid, Praga, Roma, París. Supe después que cargaba constantemente esa carpeta para asediar turistas a las afueras del Café Tortoni, la Casa Rosada u otros puntos estratégicos, en los cuales se paraba a esperar algún extranjero, para hablarle de sus viajes, mostrarle los recortes y terminar vendiéndole un disco con una grabación de sus recitales. De eso vivía.

Entre sus recortes destacaba un artículo escrito por Jean Paul Sartre para el diario Liberation en 1978, sobre un recital de Yanketruz. “…Una voz grave, de una intensidad rara, una voz cargada de emoción y fraternidad humana. Canto apasionado, el canto de Yanketruz es el de un testigo agudo y de un rebelde que cuenta, evoca, denuncia, con la fuga y el humor corrosivo que los opresores han siempre, a pesar de ellos, suscitado en sus víctimas”. Este fragmento estaba incluido en la contraparte de la portada en uno de sus discos. Bastó para comprarlo.

Con el tiempo y una media docena más de encuentros, supe algunas otras cosas sobre Yanketruz: era hijo de un pintor, quiso ser músico desde que escuchó en la radio a Atahualpa Yupanqui, estudió piano a los nueve años pero después su papá no lo dejo estudiar música porque pensaba que eso era de ‘putos’. Su tío le sugirió más tarde que si quería ser payador —como se le llama en el extremo sur del continente al cantor popular— debía viajar por todo el país para aprender a tocar la guitarra. Y eso hizo. Ingenió un método inusual para sacar ‘guita’: tocaba de casa en casa, como quien vende Biblias o naranjas, para ofrecer su música. Así llegó a Chile, donde hizo amistad con Pablo Neruda.

Ese mismo día, cuando lo conocí, me invitó a subir hasta el último piso de la Facultad, donde había un salón con un viejo piano de cola. Él tenía la llave, colgaba de un cordel viejo, oculto bajo su camisa desgarbada. Abajo del piano guardaba un poco de vino en tetrapack; dio un trago, carraspeo y comenzó a tocar mientras me hablaba sobre compositores y música clásica. Yo callaba, no sabía nada, era un pendejo, en la acepción argentina y mexicana de la palabra. Mejor era callar.

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Yanketruz 1

La música llamó la atención de un joven estudiante de filosofía, un clásico porteño, sobrado de sí mismo. Entró al salón sin pedir permiso. Vio tocar a Yanketruz y aplaudió lentamente; luego pidió permiso para tocar y quiso impresionarnos con “El vuelo del moscardón”. La ejecución fue perfecta en técnica, como señaló el propio Yanketruz, pero era fría, no tenía alma. Estos comentarios provocaron una discusión, la cual creció en tono y terminó con el joven burlándose de los ideales románticos del viejo barbón; se mofó señalando si acaso en sus tiempos el viejo había aprendido a tocar el piano en medio del bosque, rodeado de ardillas y pajaritos.

No fue la única vez que vi discutir a Yanketruz. Era de mecha corta y hablar pronunciado. Escupía palabras, se encrespaba cual gallo de pelea, se hacía grande, neceaba y los ojos le chispeaban. En una ocasión, mientras tomábamos un café en el barrio de Caballito, un hombre de otra mesa alcanzó a escuchar como Yanketruz me hablaba sobre Buenos Aires. El tipo quiso lucirse, se levantó y alzo la voz para exclamar que estaba yo en el mejor país del mundo. El trovador se levantó también, las venas del cuello hinchadas, para recordarle al tipo aquel, una por una, las desgracias, reales, palpables, actuales e históricas de esa “grandiosa Argentina”.

Otro día, mientras cenábamos en una churrasquería en Palermo Viejo, Yanketruz me habló sobre las atrocidades que vivió en Chile tras el golpe de Pinochet. Me refirió como quemaban la carne de los hombres vivos con metal ardiente, para marcarlos de por vida. Era un lugar chico, acogedor. Una mujer de la mese del lado le reclamo por hablar sobre esas cosas mientras todos comían. Pobre mujer, más le hubiera valido no hablar. Yanketruz recitó una serie aún más grotesca de torturas, para alegrarle la cena a la buena dama.

Yanketruz siempre olía a vino corriente, de cartón. Caminaba lentamente, recorría con la mirada alrededor y me hablaba de Cuba. Ahí, afirmaba, no había cartoneros ni niños en la calle, como si se podían ver en Buenos Aires y todos los países latinos. Era un socialista recalcitrante, duro de roer. De esos que pintan como monstruos, de eso que comen niños, diría el Mastuerzo. Desde la primera vez, cuando supo que yo era de México, me habló de la ocasión que conoció al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, a quien admiraba profundamente. A veces me preguntaba sobre la izquierda en México, pero yo no sabía qué decirle, inventaba cualquier cosa o cambiaba de tema. Era un pendejo, repito.

La última vez que lo vi, Yanketruz me mandó al diablo. Nos desvelamos toda la noche, de café en café, entre vino y vino, recorrimos grandes tramos de la nocturna Buenos Aires. Ya de madrugada encontramos un pintor con el cual él discutió sobre policía y sociedad. Yo permanecía callado la mayor parte del tiempo, intentando entender, borracho y cansado. Pero el pintor quiso saber mi pensar, insistió en conocer el punto de vista de un joven. Yo estaba embriagado de vino y ciudad, de política y causas perdidas. Despotriqué contra todo, la derecha, la izquierda, incluyendo Cuba, el Socialismo y los ideales de los 60, “rancios”, creo que dije.

Yanketruz no me lo perdonó. Mientras se tambaleaba al borde de la banqueta me llamó traidor, reaccionario, burgués y cosas peores. Amanecía de apoco y me escupió su odio de gallo rojo, dijo no querer volver a verme nunca más. Así fue. No recuerdo si me sentí decepcionado, frustrado o simplemente imbécil. Era diciembre, faltaba menos de un mes para mi regreso a México. Aquello no tenía remedio.

Yanketruz 4

Diciembre se llama nostalgia. Cada año me acuerdo de Yanketruz por estas fechas y busco sus discos y los escucho. A veces rastreo en internet su nombre, por saber si acaso algo con él ha pasado. Este año encontré una nota sobre su muerte, ocurrida en Junio de 2014, hace un año (http://www.laopinionsemanario.com.ar/noticia/yanquetruz-el-bohemio-que-volvi-al-pueblo-para-sus-ltimos-d-36107).

En uno de los discos que le compré la primera vez, Yanketruz me hizo un regalo. Escribió en la parte de atrás un acróstico con mi nombre:

Este es el mundo de todas las disputas,
Dudas, amores, odios, sin sabores de la patria:
Gran Buenos Aires y Buenos Aires misma,
Acumulan todo el poder de todo el maltratado territorio argentino.
Recuerda siempre cuando estés en la Argentina, que aquí en Buenos Aires, se conoció desde siempre la desgracia

Si ahora él leyera esta crónica volvería a encabronarse conmigo, por compararlo con Santa Claus. Quiero recordarlo así, encabronado, escupiendo fuego por la boca, con sus manos grandes apaleando el aire. Mientras terminó estas líneas escuchó cantar a Yanketruz: “He visto morirse tus sueños, en una tempestad. Te vi llorar tu suerte… Y volver a empezar”.

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