Fotos: Luis Enrique Torres

El domingo, mi último día en Buenos Aires, acudí a mi cita a San Telmo, ese barrio antiguo con tianguis cultural. Mi oído vibró ante la melancólica voz de Nacha Guevara. “No llores por mi Argentina/ mi vida entera te la dedico / más no te alejes / te necesito”. Sería muy estúpido pensar que fue una señal premonitoria de mi partida, pero aquella canción sonó justo el día que me iba y eso bastó para sentir una gran tristeza. Cuando era niña a mi hermana —culta y liberal— le gustaban esas canciones. Por ella conocí gran parte de la música de protesta que se gestó en los años 60 y 70. Violeta Parra, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Óscar Chávez, etc. Cuando ella se mudó de casa se llevó sus discos y no los volví a escuchar hasta que llegó el streaming a mi vida.

Curioso hablar del avance tecnológico cuando lo que prevalece en San Telmo son antigüedades. En este espacio cultural conviven tangueros, titiriteros, mimos, organilleros, bailarines, artistas callejeros y coleccionistas desde hace 35 años. La plaza está repleta de visitantes locales y extranjeros que son testigos del arte que se exhibe al aire libre; uno muy porteño que huele, entre muchas otras cosas, a mate y a bife.

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San Telmo coleccionista

Por los puestos se asoma la historia bonaerense y de la vieja Argentina a través de fotografías, películas, libros, discos. Pude encontrar un disco viejo de Vitillo (Víctor Manuel Ábalos), quien a sus 94 años todavía es recordado por crear sus propios instrumentos y liderar una banda de niños que anteriormente tocaban una batería hecha con botellones de plástico, violines armados con latas de yerba y panderetas con latas de membrillo. También vinilos del Movimiento del Nuevo Cancionero que en los años 60 y 70 formó parte de una corriente musical y literaria integrada por Mercedes Sosa, Manuel Oscar Matus –su ex esposo–, Armando Tejada Gómez, Eduardo Aragón, Tito Francia y Juan Carlos Sedero y que traspasó fronteras con la mezcla de géneros como el tango-folklore. De esta época salieron los álbumes Canciones con fundamento y Yo no canto por cantar y la emblemática canción Gracias a la vida, interpretada por Mercedes Sosa.

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Libros de poesía también recubren los anaqueles del barrio. Poetas como Oliverio Girondo, Juan Gelman, Silvina Ocampo, Julio Cortázar, Ramón de Almargo, Alfonsina Storni, ocupan un sitio privilegiado entre los puestos. “Y sentí Buenos Aires / Esta ciudad que yo creí mi pasado / mi provenir, mi presente”, dicta en Arrabal Jorge Luis Borges.

Una cuadra entera, empedrada con adoquines, exhibe las obras de pintores callejeros y en la periferia se observan galerías de arte establecidas. Los coleccionistas ofrecen desde anuncios de cervezas, de los años 30, hasta carteles pintados a mano con distintos textos para adornar las casas o negocios. Todo lo que se oferta tiene que ser antiguo porque este barrio es uno de los más viejos de la ciudad.

San Telmo 2

En sus inicios, San Telmo se pobló de trabajadores portuarios. El lugar estaba emplazado sobre una meseta así que también se le conocía con el nombre de El Alto. Con la epidemia de la fiebre amarilla en 1871 las familias enteras migraron al norte y alquilaron sus casas a inmigrantes europeos que llegaron instigados por una política beneficiosa del Gobierno Nacional. Trabajadores y familias se instalaron precariamente en lo que se llamó los conventillos, en donde convivían numerosas familias hacinadas en cuartos y compartiendo un único sector de servicios, mientras las clases altas construían sus nuevas mansiones en el Barrio Norte. En 1970 se creó la Plaza Dorrego dedicada a las antigüedades y con el objetivo de lograr que los porteños valorasen su patrimonio histórico.

En la esquina de Chile y Defensa del barrio de San Telmo está el monumento a Mafalda. De manera simbólica parte de mi vida estaba con la pequeña niña, quien vestida de verde; tenía una frondosa cabellera negra y un copete adornado con su característico moño. Los pies le colgaban de una banca. El encuentro fue enternecedor. Durante mi infancia todas sus historietas me acompañaron cada domingo, cuando podía escudriñar entre los libros de mi hermana. Mafalda fue para mi un remanso ante la claustrofobia que sentía cuando no me dejaban salir a jugar o cuando mis amigas se entretenían en convivios familiares. Mafalda era la niña reflexiva, respondona e inteligente que tenía frases mordaces, honestas y directas, a la que no le gustaba la sopa. Me tomé una fotografía abrazada a ella en señal simbólica de agradecimiento por todo aquello.

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Mafalda

Joaquín Lavado, Quino, su creador, vivió en esta calle y aquí comenzó a realizar sus primeros dibujos e historietas. En la inauguración del paseo de la historieta en 2009 Quino dijo: “El edificio está igual, la verdad no ha cambiado nada, pero el barrio era muy distinto. Mucho más barrio, pasaba el tranvía, era más lindo. Mafalda era de este barrio y no sólo Mafalda, el almacén de Don Manolo lo saqué de una panadería cerca, que era del papá de un amigo”.

Mi vuelo partía en tres horas, así que había que partir y dejar atrás a la niña, al tango, a la música en general con todo y sus recuerdos. De vez en cuando acudo a algún restaurante argentino a tomarme una cerveza Quilmes y comer algunos choripanes para sentir que regreso.

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