La celebración de San Juditas, espejo de un país cercado por la pobreza y el tráfico de drogas, es una fiesta de jóvenes permeada por la búsqueda de una esoteria chilanga relacionada incluso con la Santa Muerte. Recuperamos esta crónica de Magali Tercero, publicada como libro: “San Judas Tadeo, santería y narcotráfico” (UAM, 2010),  título que forma parte de la colección de crónica “Los gatos sabrán” dirigida por Laura Emilia Pacheco.

Transbordo en San Lázaro, la estación equivocada, por ir mirando su elegante camisa blanca con un hermoso San Judas a escala humana estampado en la espalda. Una hora antes lo veo doblar en la esquina de Zarco y Reforma. Lleva entre los brazos un San Judas de bulto, de metro y pico de altura. Su destino es la iglesia de San Hipólito, fundada en memoria de la conquista de la Ciudad de México, el 13 de agosto de 1521, aunque algunos creen que primero fue la Ermita de los Mártires erigida junto a la antigua acequia de San Juan de Letrán, el pozo donde los aztecas acorralaron a los conquistadores durante la Noche Triste. El joven obrero no sabe que un poeta novohispano, el padre Arias de Villalobos, compuso en 1621 una “Canción a San Hipólito, Patrón de la Ciudad de México”, con versos donde cantaba gloria al poderío español y malquería a los vencidos:

“El indio pusilánime/ entre sus toscos árboles/ os erigió, de mármoles, pirámides egipcias y habitáculo;/ y para eternizar más vuestro oráculo,/ con fasto tutelar,/ en fiesta pública (la del Pendón),/ os adora por báculo/ de esta Curia de Dios, de esta República”.

Pero estábamos con el muchacho. Se acerca a las veladoras colocadas sobre la banqueta, muy cerca de la reja atrancada para impedir la entrada a los fieles. Junto hay estatuas del santo al que algunos, en una especie de guiño cómplice, pusieron tapabocas para tener a su San Juditas a tono con la contingencia de la influenza, el 28 de abril de 2009.

Una vela a San Juditas

Foto: Sonia Yáñez

Este día el templo está cerrado por única vez en años. Y vigilado por agentes policíacos con tapabocas azules. “Favor de retirarse. Es peligroso estar aquí”, resuena desde el altavoz. Ni una palabra sobre la influenza. Hay escasas 50 personas, y con ellas reza este muchacho cuyo San Judas estampado incluye también la parte posterior de los impecables pantalones blancos. Durante algunos minutos se queda de rodillas frente a su santo, con la vista baja, musitando oraciones con la mayor devoción, pidiendo acaso un trabajo imposible de encontrar en época de crisis. Resulta atractiva la estética rockera de su cabello rematado con una cresta de gallo teñida de amarillo oro. Su lisa piel morena parece iluminarse con este tono de cabello que es casi un sello entre ciertas tribus urbanas. Seguramente vive en las afueras de la Ciudad de México. Un dato paradójico, lector, es que durante el virreinato esta zona del Distrito Federal, hoy en el Centro Histórico, formó parte de la periferia de la antigua Ciudad de los Palacios.

San-Judas-1

Por eso, explica en entrevista el investigador Jesús Rodríguez Petlatalco, hay aquí tantos tesoros de la arquitectura colonial que un día fueron hospitales. Entre paréntesis, no podemos dejar de mencionar historia del siglo XIX que resulta muy curiosa. Según un relato de la época: “Un convaleciente de tifo del Hospital Juárez comenzó a sufrir accesos de enajenación mental, y fue remitido al Hospital de San Hipólito. En este Hospital se desarrolló una epidemia de tifo en el departamento donde estaba el convaleciente, y todos los atacados fueron remitidos para su curación al Hospital Juárez. Cesó de pronto la epidemia, la cual volvió a presentarse después de algunos días, cuando comenzaron a llegar los convalecientes del Hospital Juárez. Como se había practicado, por indicaciones del Consejo Superior de Salubridad, la limpia de los caños y comunes, y la desinfección de los departamentos donde se había presentado el tifo, se pudo ver claramente que la causa de la nueva invasión era debida á las ropas que llevaban los enfermos, y que eran las mismas que habían usado al ser remitidos al Hospital Juárez. Dispuso el Consejo de Salubridad, que para ser remitidos los convalecientes al Hospital de San Hipólito, se les administrase un baño y se desinfectasen convenientemente las ropas, cuyas medidas fueron coronadas del éxito más completo, pues ya no se presentó otro caso de tifo en San Hipólito”. También se sabe de un poeta joven que fue ingresado ahí durante un año, hasta que su madre fue a sacarlo.

San-Judas-2-templo

Campesinos apunkados y rubíes románticos

Pero volvamos al chavo de elegancia a medias campesina a medias punk, a quien dejo inmerso en el desespero de su oración para dirigirme al metro. Hay pocos vendedores ambulantes, sólo algunos exhiben en sus puestos los collares y pulseras de moda, hechos con cuentas verdes y blancas, colores de la vestimenta de San Judas. Cuando por fin llego al vagón estoy bajo cierto estado de ensoñación –me habrá sugestionado la idea del solvente inhalable oculto en el puño– y comienzo a extrañar a las multitudes de otras ocasiones, los cientos de devotos con sus santos en andas y sus exuberantes ramos de rosas rojas en peregrinación por esta nuestra ciudad alterna del transporte bajo tierra.

San-Judas-3-vendedor

La estación del Metro Hidalgo tiene un atractivo inexplicable para mí. Me imanta y me hipnotiza desde hace tiempo. En meses de desempleo, en 2004 y 2005, incrédula como soy, me dio por pasearme por esos rumbos, leer furtivamente el cuaderno de peticiones a San Judas en San Hipólito y hasta pedirle un favor firmado sólo con mis iniciales, debajo de otras demandas:

“San Juditas, por fa, no permitas que muera mi esposo Javier. Lo amo para siempre. Sánalo, házme el milagro”; o “Mucho te agradezco santo de mi corazón por salvar a mi hija mayor después de la operación”; o bien “Comprende que si me he hecho ratero no es por gusto, es necesidad. Consígueme un trabajo mi Juditas Tadeo y dejo el robo y también mi otro vicio del alcohol”.

Además del cuaderno, en Internet se puede seguir la ruta de esta devoción y leer mensajes como el de una joven –acaso prostituta de la zona– pidiendo “házme crecer el busto a la talla 34 C. No sabes cómo sufro de no tenerlo”. O el de un señor anónimo: “San Juditas Tadeo, llevaré a cabo la promesa que te acabo de hacer hoy 5 de marzo de 2009 a las 18:51 horas. ¡Lo juro!”. Por supuesto, también hay quienes cuentan milagros: “San Juditas es nuestro santo y un día Itza y Fer vieron como movía su boca y sus ojos”, se lee a una lado del video donde dos chicas conversan frente una figura de pasta con el principal atributo del santo, la flama en la cabeza.

–Ya lo vi.

–¿Dónde?

–Mira los ojos, se le pusieron amarillos, ¡y la boca!

Esta crónica me hace acordar del día en que me volví atea y salí corriendo de la iglesia. No pude azotar la puerta pero durante el camino a casa repetí una palabra recién aprendida (“padre pendejo, padre pendejo”). Tenía 12 años y no volví a pisar un templo hasta que se casó mi mejor amiga:

–¿Niña o niño? –me había preguntado el sacerdote desde la rejilla del confesionario.

–Niña, es que me vine aquí porque había mucha cola, –dije con un hilo de voz.

–¿Pues qué haces condenada escuincla? ¡Vete de inmediato a la fila que te corresponde!, –me ordenó el santo varón con dedo flamígero sobre quien supe, años después, que manejaba un Mustang rojo con guapísimas chicas al lado. Y así salí del templo rezumando ira infantil.

Aquí San Judas tiene lugar de honor junto al altar. Desplazó a San Hipólito hace unos 20 años cuando los fieles comenzaron a llenar una de las capillas. Es el santo de los desesperados. Y tiene fama de convocar rateros y prostitutas.

–Por eso vendemos menos. Algunos vienen a robar carteras o a tocar a las muchachas. Los devotos se salen acabando la misa y se van para su casa, –cuenta un viejo vendedor de estampas, pulseras, camisetas y veladoras, todos con la imagen santa.

Pero estábamos en que hace cinco años comencé mis recorridos por los alrededores del Metro Hidalgo. Caminaba por el jardín del cementerio de San Fernando donde están los grandes liberales del siglo XIX, el mismo que Rodríguez llama el “rubí del romanticismo mexicano”, imaginando a Benito Juárez y a Francisco Zarco revolviéndose en sus tumbas, todos espantados porque afuerita de la reja del panteón duermen, a diario, unos 12 o 15 niños de la calle desposeídos de todo. Sonreía irónica (¿cínica?) y me iba a echar un horrible café en el Trevi, restaurante tradicional de los 50 convertido en una fonda de “comida corrida”, como llamamos al menú económico consistente en caldo de pollo o sopa de pasta, arroz rojo o spaghetti a la crema y carne asada con chilaquiles o pescado empanizado con ensalada. Para mi economía de entonces los 60 pesos dolían. Sin embargo garabateaba mucho en la libreta presintiendo que mi ocio y desempleo me regalarían un proyecto de crónica más seductor que un escritorio con sueldo seguro.

San-Judas-4-ventas

San Judas, dame chance de entrevistar a la presa más famosa

El segundo encuentro con el obrero punk del San Judas estampado ocurre en el pasillo que conduce al andén rotulado como Ciudad Azteca. De pronto vuelvo a ver su figura blanca. Camina de prisa y apenas tengo tiempo de pedirle a su San Judas estampado: “déjame entrevistar por fin a la que el diario español El País nombró la presa más famosa de México, a la reclusa que lleva 20 años declarándose inocente y a quien pedí cita hace mucho. Teme las entrevistas, me han dicho, porque antes y después de ser sentenciada a más de 600 años la prensa la trató mal. Por eso escribió Me dicen la narcosatánica, un best seller con diez mil ejemplares vendidos. Leí que presuntamente ella es la líder del tráfico negro de medicinas en Santa Martha. Eso amenazó su liberación por buena conducta, y ella suspendió las entrevistas.

Pero el reportaje sólo contenía testimonios anónimos, ninguna prueba. La historia de este personaje secundario inspiró tres películas: Narcosatánicos asesinos –churro mexicano–, Borderland –churro gringo–, y la interesante Perdita Durango de Alex de la Iglesia, basada en la novela del mismo nombre de Barry Gifford. Es Sara Aldrete, algún día una atractiva joven de cuerpo atlético, rubia cabellera L’Oreal y ojos a medio camino entre el verde y el amarillo, los tonos de las cuentas de la nueva pulsera de moda en San Hipólito con los colores de la santería, culto al que habría pertenecido el líder de la secta conocida como Los Narcosatánicos, el cubano-americano Adolfo de Jesús Constanzo, por cuyos crímenes ella cumple sentencia como presunta cómplice. Será la época, será la crisis de confianza en la iglesia católica, será la cultura de la droga, pero en todas partes surgen sincretismos como esa extraña mezcla de santería, palo mayombe y estética del video que reveló Constanzo en los numerosos sacrificios humanos que realizó, en sus amuletos, hechos con las vértebras de las víctimas a quienes arrancaba cerebro y corazón para hervirlos en un caldero y tomarse su brebaje de poder.

En Cuba –porque allá también la devoción se practica el 28 de octubre, cuando nació el Judas “bueno”, en varios países de América Latina–, San Judas ha desplazado a San Norberto, u Olofi entre santeros. Tania Quintero, periodista habanera, informa que muchos “ya decidieron incluir al patrón de los casos imposibles, entre sus santos preferidos”. Aún no se conoce su contraparte en el panteón yoruba, y asombra saber que la devoción creció casi al mismo tiempo en ambos países. Aquí convoca multitudes festivas una vez por mes. Y si en Cuba desplaza a San Norberto, aquí “está al tú por tú con la Virgen de Guadalupe y con la Santa Muerte”, según cuenta Óscar, autor de variadas imágenes de San Judas, y, por raro que suene, de la Santa Muerte, cada día más venerada en México. Pregunto cómo logra que sus dijes brillen tanto. No hay truco. Este artesano y vendedor ambulante les aplica un baño leve de níquel blanco. Menciona un aspecto novedoso para mí:

–Tengo un pariente que juró dejar la droga cuando nació su primer hijo.

La ceremonia se realiza dos veces al día en San Hipólito. Consiste en presentar al sacerdote una estampa bendita donde cada quien escribe su nombre y su promesa:

“San Judas Tadeo, me pesa de todo corazón haber ofendido a Dios con mis pecados. Pido que a través de ti pueda alejarme de la droga. Yo, Juan Bermúdez, con la gracia de Dios y tu ayuda, me propongo firmemente cumplir con este juramento durante un año”.

Debajo firman un testigo y el propio sacerdote.

San-Judas-6-salsa

Cuenta un taxista, el que me regresó a casa el último 28 de junio, cómo dejó de beber:

–En ocasiones especiales el padre me da permiso de beber un tequila, lo menos malo para mi diabetes. San Judas ayuda mucho.

Lo confirma la mujer de facciones armoniosas y ojos brillantes que trabaja hace cinco años en el mostrador de información del templo.

–Pasaba por una depresión cuando una vecina me ofreció venir aquí. Había jóvenes preparadas pero me quedé yo. Yo me había alejado de mi devoción pero San Judas me llamó. Él fue primo de Jesucristo, por eso es una historia muy bonita. Tengo artritis pero aquí olvido los dolores.

Dice mi entrevistada que aquí hay fieles con SIDA, niños de la calle que buscan dejar la droga, ancianos desempleados. El primer año ella los aconsejaba mucho, sufría por los fieles y se enfermó:

–El padre me regañó y me enseñó a tomar distancia y ser muy práctica en mis consejos.

También trabajan ahí voluntarios. Ayudan a empacar las donaciones y a repartir despensas, además de impartir pláticas sobre adicciones.

Esotería chilanga y solventes para festejar

–Ésta es mi primera vez en San Judas –la gente empieza a llamar así a la iglesia–. Me invitaron mis compas. En activo –solventes inhalables– pero aquí estoy, –cuenta Iván, de suave tez canela, coletita muy peinada y un montón de collares de cuentitas de colores.

Como decenas de adolescentes devotos, esconde en el puño cerrado un pedacito de tela con solvente. Lo inhala a hurtadillas. La celebración de San Judas se ha convertido en una fiesta de jóvenes permeada por la cultura de la droga, por la alegre búsqueda de la esoteria chilanga. Emergen del metro en grupos de 20, 30 y hasta 40 adolescentes adornados en todo el cuerpo. Colas de pato, crestas de gallo de colores, mechas rojas y azules, tatuajes efímeros de San Juditas en las mejillas, collares multicolores, pulseras de diverso grosor… Ellos van enfundados en jeans y camisetas estampadas. Ellas visten minifaldas o pantalones entallados de mezclilla o algodón y blusas escotadas al uso.

–Se ven muy bonitos, tienen el esplendor único de la juventud, –comenta Mónica Espinosa, de la Coordinación Ejecutiva del Palacio de la Escuela de Medicina. Ella es la responsable, entre otras actividades, de las pláticas sobre el Centro Histórico. Con ella visitamos San Hipólito, este 28 de junio, para que el investigador Jesús Rodríguez, uno de los conferencistas, nos platicara la historia y leyendas del templo.

San-Judas-7-la-banda

Muchos jóvenes vienen de la periferia de la ciudad, desde todos los puntos cardinales: Iztapalapa, Tláhuac, Zaragoza, Ecatepec… donde sus padres son obreros y sus madres, al menos muchas de ellas, venden comida en puestos callejeros. Cada mes llegan en oleadas a las misas celebradas entre siete de la mañana y diez de la noche. Un conocido fotógrafo, Francisco Mata Rosas, me ha dicho que en una placita cercana se venden, a cinco pesos, pequeñas dosis de solventes. Ha descubierto una parte del submundo oculto detrás de la devoción. Hoy sólo resta mencionar que en Internet pueden verse videos de grupos norteños cantando corridos dedicados a San Judas y la droga, a capos famosos:

“En mi pecho un San Juditas y en mi nariz de la buena (el cantante hace snif aludiendo a la cocaína). Me cansé de andar de pobre y de andar de agricultor… Yo anduve de piojoso hasta que encontré a un amigo… Ahí le va un cuerno de chivo, véngase pa’ Sinaloa donde tiene sus amigos. Mire lo que son las cosas… Y si me bajan la merca traigo a mi raza maciza … Le voy a dar una feria cuando me pase el perico, si me quieren conocer les voy a dar unas señas…”.

También hay corridos sobre “cabrones asados”, auténticas víctimas humanas de ritos satánicos, según me dice un escritor norteño después del homenaje en Bellas Artes a José Emilio Pacheco, este último 28 de junio.

mazahuacholoskatopunk

Foto: Federico Gama

La moda del santo es ya una tradición mazahua-skato-punk diría el fotógrafo Federico Gama. Su culto es un espejo de la dinámica turbulenta de un México cercado por la pobreza y el narcotráfico, un México donde la descomposición social fue tan visible aquella espeluznante primavera de 1989 en que Los Narcosatánicos y sus cadáveres sodomizados y torturados, en seudo rituales de magia negra, fueron descubiertos en un rancho fronterizo de Matamoros. Hace unas horas vi en la televisión la imagen de una niña asesinada. El guionista de CSI, la serie policíaca de tv, decidió que el pequeño cuerpo llevara al pecho un escapulario de San Judas. Saturada de noticias sobre decapitados acabé viendo más de lo mismo: un programa donde se detalla el cómo y el porqué de crímenes atroces. El contenido es ficticio pero verosímil. Tal vez los escritores pidieron asesoría de algún genial investigador del FBI, como sucedió con el thriller psicolóogico El silencio de los corderos. En teoría, cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia, aunque otro taxista adornado con vistosos collares y pulseras, autodefinido como “santero y ‘rayado’ en honor a Lucero o Satán conforme al palo mayombe”, me haya dicho hace poco que las coincidencias no existen.

–No preocuparse por favor. San Juditas nos cuida. Por eso le rezan en Cuba y Perú, incluso en el barrio mexicano de San Francisco. ¿No les digo que su nombre estaba preciosamente rotulado al frente de un viejo camión blanco que pasó frente a Jardines del Recuerdo, el cementerio donde sepultamos hace diez días al hermano menor de mi padre? Descansa en paz querido tío. No verás ni un episodio más sobre la truculenta descomposición de nuestro tejido social. Pobre de tu México querido. Pobrecito México.

Próxima entrega: 28 de noviembre.
Fotos: Memo Bautista. 

Comments

comments