Estas eran algunas escenas en la Ciudad de México cuando iniciaba el Siglo XX: una corrida de toros para vitorear a Rodolfo Gaona, un borracho detenido en la Comisaría (hoy Ministerio Público), un pleito entre comadres, un circo de barrio, un par de serenateros, una función de títeres de Rosete-Aranda, un San Lunes lleno de crudos, gente arremolinada ante un fonógrafo, personajes populares como lagartijos y pollas, en fin, un sinnúmero de escenas cotidianas que casi nunca captaron las lentes de los fotógrafos —y los había en gran cantidad—. La verdad es que la industria fotográfica y los medios impresos por lo general no se ocupaban del pueblo, del llamado peladaje; sin embargo han llegado hasta nuestros días algunos testimonios gráficos que muestran el lado no turístico de la ciudad, al mostrar paisajes de barrios y alrededores de la capital, así como la vestimenta de sus humildes habitantes.

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Pero lo interesante es que hubo cuatro personajes —mezcla de actor, cantante y crítico social— que a través de los discos y cilindros fonográficos retrataron las escenas cotidianas de una capital que se ufanaba de contar con calles adoquinadas, drenaje, alumbrado eléctrico y transporte que no requería tracción animal. Una capital que ni siquiera apuntaba a convertirse en la selva de asfalto que hoy es. Sus nombres: Jesús Ábrego, Leopoldo Picazo, Maximiano Rosales y Rafael Herrera Robinsón. Hoy nadie sabe nada de ellos, aunque quizá anden por ahí sus tataranietos; no existe mención alguna en periódicos y revistas, ni siquiera de su tiempo, a pesar de que sus discos se vendían como pan caliente; esto es triste, ya que estos cuatro señorones hicieron una valiosa crónica de las costumbres y el habla popular del porfiriato. Grabaron una gran cantidad de discos y cilindros con “cuadros costumbristas” haciendo tres o cuatro voces diferentes para encarnar a los peladitos, las garbanceras, los cuicos, los valedores y toda aquella fauna urbana que no aparecía en los semanarios y periódicos de su tiempo, como “La moda ilustrada”, “El Mundo” y “El Imparcial”.

Retratos-1La naciente industria fonográfica, haciéndose eso de algún estudio de mercado (supongo), tuvo a bien captar decenas de grabaciones con los siguientes títulos: “Un paseo en Santa Anita”, “Casamiento de indios”, “La canción de los zapateros”, “Las coplas de don Simón”, “Proceso de un borrachito en la comisaría”, “Chismes de vecindad” y muchos otros que suponemos tuvieron altas ventas, ya que al mismo tiempo los publicaron las empresas Victor, Odeón, Columbia y Edison. En otras palabras, nuestros cuatro personajes tuvieron chamba de sobra durante diez años por lo menos.

A veces con dos guitarras y en ocasiones con banda de viento, las “puestas en escena” se escuchan impecables, sin equivocaciones, casi perfectas. Las voces se alternan con la música y no faltan gritos, porras y a veces desmadre; el resultado es una escena de gran ingenio y comicidad que desternillaba de risa a los escuchas, por las frases jocosas y, en algunos casos, por los gruesos albures y el doble sentido.

Me pregunto por qué se grabaron discos albureros a principios del Siglo XX; es probable que los agentes artísticos de las empresas mencionadas no comprendieran el doble sentido de frases como:

“Aquí está el curado blanco, ¿cuántos litros le echo a la niña?” o “¿tiene frijoles? écheme tres kilos”

El caso es que, a partir del momento en que se grabaron estos fonogramas —de 1902 a 1912, aproximadamente—, los duetos Rosales y Robinsón y Ábrego y Picazo llegaron a todos los hogares de México y del extranjero, ya que hemos encontrado ejemplares en Cuba, Estados Unidos de América e incluso en Argentina. Las reediciones de los sellos nos indican que hacia 1930 estos discos continuaban vendiéndose profusamente.

Es muy probable que  el maestro Chava Flores escuchó estos viejos discos para inspirarse en su labor de cronista musical de la Ciudad de México. Y si no lo hizo, por lo menos sí tuvo noticia de este valioso material.

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Pero no todo fue comicidad. Rosales-Robinsón y Ábrego-Picazo también se dieron a la tarea de grabar el repertorio popular del porfiriato y de tiempo atrás. En el catálogo de sus registros aparecen canciones de los tiempos de Maximiliano como “Las tres cartas”, así como jarabes y sonecitos de la tierra que provenían de tiempo inmemorial, lo mismo que danzas, corridos y valses. Por si fuera poco, en 1907 Ábrego y Picazo granaron el primer bolero en tierras mexicanas, titulado “Un beso”.

Se fue don Porfirio, llegó Madero al poder y después, el chacal Huerta. A partir de 1913 se perdió la huella de estos dos duetos de leyenda. El terror político provocó que las empresas fonográficas huyeran con sus plantas de grabación a los Estados Unidos de América, su país de origen. Desde allá se enviaron nuevos discos a nuestro país, pero ahora con corridos de moda, danzas románticas y nacientes danzones; nuevos intérpretes inundaron el mercado.

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En algunos hogares de nuestros tatarabuelos se guardaron en un baúl aquellos viejos discos de Ábrego-Picazo y Rosales-Robinsón, del sello Victor o Columbia y, en la mayoría de los casos, fueron a dar al camión de basura. Así pasa con muchas entidades de nuestra cultura.

Esto crónica fue publicada originalmente en noviembre de 2014

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