¡Sí vivos se los llevaron, vivos los queremos!

Ese ha sido el grito de lucha de los mexicanos en los últimos días. Atrás ha quedado la época en que todos miraban los problemas de reojo. Cada día hay más y más personas que no se callan y alzan la voz, porque lo que hoy le sucede a México sobre pasa cualquier evento.

¡Ayotzinapa vive! La lucha sigue y sigue…

Era la tarde del 5 de noviembre. En las calles de la Ciudad de México ya se habían convocado algunas movilizaciones en días anteriores, pero la de esa fecha era especial: las familias de los normalistas estarían al frente del contingente. En mis años como reportera cubrir manifestaciones es el pan de cada día, pero lo que mis ojos vieron esa jornada fue distinto. Yo lo llamo tristeza.

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Con la mirada hacia la nada las mamás tomaron la fotografía de sus hijos —del del tamaño de una cartulina— y la aferraban a su cuerpo. Son mujeres que ya no tienen nada más que perder, la ilusión se fue el día en que sus muchachos subieron a esos autobuses. Alrededor de ellas había una cadena humana que me impidió acercarme a conversar, pero me vieron y con esos ojos que ya no tienen brillo me hicieron saber que no dirán nada —al menos no frente a mi cámara—.

La caminata dio inicio y la sorpresa para todos ellos fue ver las muestras de solidaridad de los capitalinos. Cada metro, cada cuadra, cada semáforo sumaban más y más personas que se han cansado del sistema político mexicano. Las pancartas lo decían todo:

¿Y si tu hijo fuera el 44?

Alto a la represión

Matan a estudiantes y les temen a los narcos

Y es justo en una parada de la marcha que encuentro a los compañeros de clase de los 43 desaparecidos. Con una manta que representaba a la escuela normal rural es como se identificaba el contingente:

Compañeros, Ayotzinapa los espera hasta que regresen

Me acerco a ellos y un tímido joven vestido de forma sencilla responde mi llamado. No quiso dar su nombre. No hizo falta.

—¿Los conociste?

—Sí, éramos compañeros de primer año —responde con la voz entrecortada—. Todos éramos camaradas. No somos malas personas, somos campesinos y lo hemos demostrado en la escuela. Sabemos lo que les hicieron, pero queremos que el gobierno diga la verdad.

—¿Qué dice el gobierno?

—Pues que ellos estaban relacionados con el narco. Pero no, nosotros somos campesinos —y en ese momento sus ojos de llenaron de lágrimas.

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El sol seguía iluminando la tarde como si esa luz los guiara y así continuó la caminata. Mi objetivo era claro, tener aunque sea una pequeña charla con los papás. Me acerqué a la cadena humana y justo en ese momento uno de ellos me ve y acepta platicar.

—Con todo respeto ¿cómo van las cosas? ¿Cómo se sienten?

—Ay, señorita, si yo le dijera. ¿Usted tiene hijos? Imagínese que tiene uno y que no llega y sabe del crimen que cometieron con otros seis que viajaban con él. Que lo desaparecieron de manera forzada y que fue la misma autoridad —responde con el rostro lleno de coraje y desesperación—. ¡En Guerrero estamos hartos y desesperados de la inseguridad en la que vivimos! —Su voz se quiebra y sus ojos se llenan de lágrimas—. ¡Voy a luchar hasta lo último, es mi hijo! Y ya no le puedo decir más. Muchas gracias.

RESISTE-AYOTZINAPA-2Y así siguió caminando, cansado, con unas chanclitas en los pies que estaban dando las últimas. Esa es nuestra gente del campo, gente que trabaja y que les han cambiado la vida.

Y los aplausos se escuchaban por doquier y los autos pitaban a favor aunque el tránsito estuviera detenido

La noche nos alcanzó frente al Palacio de las Bellas Artes, la marcha se había convertido en un verdadero mar de gente —pero con olas gigantes de indignación y resentimiento hacia las autoridades— y ahí más personas los esperaban. En el Hemiciclo a Juárez un performance, con muñecos tipo marionetas del presidente Enrique Peña Nieto y del secretario de gobernación Miguel Ángel Osorio Chong, daban un verdadero show con parodias de discursos políticos y chistes como el “epidemiologo”. El tema era lo de menos porque las reacciones lo decía todo .

—Esos títeres son mejores, estos cabrones en la vida real son peores.

Un grupo de jóvenes se unió a estás muestras y montaron un tapete con flores de cempasúchil y veladoras con la frase:

Los desaparecidos nos faltan a todos

El objetivo final de esta movilización era llegar al Zócalo y ahí dar un discurso. Y lo hicieron. En un templete se sentaron estos hombres y mujeres, padres de familia, con las fotografías de sus hijos por delante. Sentados sin decir una palabra —sólo se escuchaba a su representante legal— esperaban. Pero eso, la espera ha sido lo peor; es algo que con el pasar de los días se ha ido esfumando.

Pero más allá de eso se logró lo que pocas veces: tener a poco más de 100 mil mexicanos apoyando, gritando fuerte, luchando hombro con hombro y pidiendo rendición de cuentas. Hoy la sociedad está más despierta que nunca y sólo dicen una cosa:

¡Resiste Ayotzinapa!

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