Ese día Joel salió del trabajo y le marcó a su esposa. Venía manejando y empezó a hablar:

– Es que sucedió esto… –Ya no pudo más, se le vinieron las lágrimas.

Hasta la fecha le ocurre, lo rememora y no puede contener la emoción, los ojos se colorean de rojo y se llenan de agua, pero no escurre el hilo inconfundible del llanto, se queda ahí, atorado en su mirada. Un intento de carcajada quiere tapar el sentimiento pero no es posible.

–Es que eso le pegó mucho –dice su esposa, como queriendo salir al quite para que Joel se reponga.

–Sí, más que ver los cuerpos despedazados. Cada que me acuerdo, te lo juro, me acuerdo y me siento mal, siento feo. ¿Cómo alguien se quiere aventar o se quiere suicidar?

Y mientras pronuncia estas palabras mueve la cabeza de un lado a otro. Está consternado. No lo puede creer. Uno no espera tal sensibilidad de este hombre de cuerpo voluminoso, muchos centímetros más alto que el promedio de los mexicanos, cara rechoncha alfombrada con una barba y que usa playera negra con el nombre de un grupo de heavy metal en letras góticas; sobre todo porque una de las actividades que más disfruta de su trabajo, como parte de los elementos de Protección Civil del Sistema de Trasporte Colectivo (STC) Metro de la Ciudad de México, es sacar los restos humanos de la gente que es arrollada por algún convoy. También le divierte adoptar el nombre de Joel, como el director del Metro, Joel Ortega, y decir que así se llama, aunque no sea verdad.

LEE: Margarito, el enojón del metro

Metro 2

A los muertos les agarró el gusto desde la primera vez, hace como unos tres años, cuando recibió en la oficina de avenida Chapultepec 104, el edificio que está a la salida de la estación Cuauhtémoc, una llamada de emergencia: un hombre –un “masculino” como se dice en la jerga de todos lo que se dedican a la seguridad– acababa de ser arrollado en el metro Revolución. Joel iba emocionado, como un niño que va a conocer a los Reyes Magos.

– ¡Chin! Es mi primer arrollado, ¿cómo voy a hacerle? –se preguntaba con esa sensación de alegría y nerviosismo al mismo tiempo.

En cuanto arribó con sus compañeros al lugar se dio cuenta que habían llegado tarde. La estación de bomberos “Comandante Eulalio Mujica Pérez” está a pocas cuadras, sobre Insurgentes Centro, en la colonia San Rafael, ahí donde estuvo el bar Lobohombo, que desapareció bajo las llamas. Los combatientes del fuego aprovecharon su ventaja y arribaron antes que nadie al siniestro. Sí, la cercanía fue un factor, pero también la camioneta en la que Joel y sus compañeros se transportaban: sin luces, sin torreta, sin nada que la identificara como un vehículo de emergencia. ¿Cómo le hacían para llegar en una unidad así? Ni él ni nadie tiene idea. Pero de que llegaban, llegaban. Eso sí, siempre después del ERUM –el Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas de la Secretaria de Seguridad Pública del Distrito Federal–, los bomberos o la Cruz Roja.

Cuando entró a Revolución los “traga fuego” ya estaban terminando de recolectar los restos. Pero lo que sí le tocó fue recoger el cuerpo.

–¿Ya estuvo, compañeros?

Esa noche apenas se iba a sentar a cenar cuando le hablaron por radio –ese aparato que se ha convertido en una extensión de su cuerpo, jamás lo deja, y si lo apaga mientras está con su familia es porque su mujer lo obliga a hacerlo, pero, aún así, nunca se despega de él.

Tras la respuesta afirmativa le pasaron el cuerpo en una bolsa. No. Más bien era una bolsota negra, de esas que se utilizan para la basura, llena de restos humanos. Ya ni la quiso abrir. Estaba un tanto decepcionado. Se la llevó directo al lugar donde se hizo el resguardo, que regularmente es el baño o uno de los locales médicos con los que cuentan las estaciones.

Pero la vida siempre da revanchas, y de qué manera. Un año después, el jueves 7 de junio de 2012, Joel y otros compañeros estaban en la oficina cuando sonó el teléfono. La voz al otro lado del auricular los activó. No se trataba de una persona que se hubiera caído en las escaleras, una fuga de agua o de gas en algún puesto de comida a las afueras de las instalaciones del Metro; tampoco era un corto circuito, el rescate de algún perro o un gato, un simulacro o cualquier otra de las emergencias que atiende la Coordinación de Protección Civil.

– Tenemos dos arrollados en la estación Insurgentes. Son dos femeninas –alertaba la voz en tono monoaural.

Ya lo habían planeado. Seguramente durante días lo platicaron para mutuamente hacerse un lavado de cerebro y llevar a cabo su macabro plan. A lo mejor la situación económica era muy, muy mala y se llenaron de desesperación; o se enamoraron del mismo hombre que terminó por dejarlas a las dos; o simplemente ya estaban cansadas de esta vida que no vale nada, como canta José Alfredo Jiménez. Lo que sí pasó es que las dos mujeres, madre e hija, se tomaron de la mano y cumplieron su pacto suicida: se aventaron al mismo tiempo mientras pasaba el convoy con dirección a la terminal Observatorio.

Por fin llegó la oportunidad para Joel. Esta vez las cosas fueron diferentes. El equipo tenía la ventaja de la cercanía, además que la vieja camioneta, con toda la voluntad de estos hombres y parte de su sueldo, fue convertida en una Unidad de Rescate Urbano, algo así como una ambulancia: ellos mismos la mandaron a balizar, le colocaron logotipos y demás señales que la distinguen como una unidad de emergencia; la sirena la puso un compañero que trabajaba con los bomberos, el teclado de códigos lo donó otro que trabajó alguna vez en la Policía Federal, y la torreta se las regaló una empresa que le vendió al Metro una de las camionetas. La bautizaron PC01. Ahí se trepó Joel con otros seis sujetos y se dirigieron al lugar del accidente.

Ahora sí llegaron a tiempo y enseguida cuatro compañeros comenzaron a desalojar la estación. Con radio en la mano y voz firme ordenaban a todos los pasajeros que tenían que evacuar.

–Por favor, señores, hay que desalojar el convoy, tenemos una emergencia –y la gente salía apresurada de los vagones y las instalaciones.

En un par de minutos Insurgentes quedó vacía y cerrada al público en general. Entonces entraron en acción los paramédicos del ERUM –a veces también lo hacen los de la Cruz Roja; el que llegue primero–. Miraron los cuerpos y aunque era evidente que estaban sin vida hubo que comprobar si tenían pulso. Una vez que determinaron que las mujeres estaban muertas, Joel y otros dos elementos de Protección Civil bajaron a las vías a levantar cachitos: que un dedo, un trozo del muslo, algo que parecía un pie, porque los cuerpos quedaron muy despedazados.

– Mira, qué buenas chichis –dice uno de ellos de forma irónica.

Los demás lo secundan y ríen. Así, con ese humor negro es como logran bloquear el dolor. Saben que si piensan que están recogiendo lo que alguna vez fue una persona se la pasarían llorando todo el día, soñarían muerte todos los días, no comerían. Sí, se necesita gusto por este trabajo, pero también estómago.

Joel subió un cadáver a una camilla, recogió pedazos humanos y los puso en una bolsa de basura –no se puede hacer otra cosa, es el material que les dan para trabajar; alguna vez les prometieron que utilizarían unos envoltorios hechos para ese tipo de accidentes, como los que usan en la morgue, muy parecidos a los portatrajes pero de cuerpo completo, hasta unas muestras les llevaron, pero ahí quedó todo–, los trasladó al anden, regresó y realizó la misma acción con el otro cuerpo. Luego, un par de compañeros se llevaron todo a resguardo, donde esperaron la llegada del Ministerio Público, alejados de las cámaras de celular de los curiosos y morbosos, aunque nunca falta el Policía Auxiliar que tome fotos y video, los suba al face y de ahí la prensa jale las imágenes para publicarlas más tarde.

Una vez que los cuerpos fueron rescatados, el tren se movió hacia atrás para que Joel y sus compañeros verificaran que no quedaban partes de cuerpo en la vía. Tomaron dos extintores y vaciaron el polvo químico sobre rieles y durmientes para evitar olores y borrar rastros de sangre. Hecho esto avisaron al jefe de estación para que abriera la puerta. Después de 30 minutos Insurgentes reanudó el servicio.

LEE: Con los calzones bien puestos. Viaje en metro sin pantalones

Metro Insurgentes

Esa noche, ya en su casa, apenas se iba a sentar a cenar cuando le hablaron por radio –ese aparato que se ha convertido en una extensión de su cuerpo, jamás lo deja, y si lo apaga mientras está con su familia es porque su mujer lo obliga a hacerlo, pero, aún así, nunca se despega de él:

–Vete, porque aquí en Lomas Estrella hay otra señora que se aventó –escuchó la indicación del aparato de comunicación.

El deber lo llamaba, pero también la adrenalina. Se despidió de su esposa y en pocos minutos ya estaba en el sitio. La cercanía con su hogar le ayudó a llegar rápido. Cuando entró a la estación otros compañeros ya habían sacado a la mujer. Sin embargo, Joel sentía esa emoción del debutante. En su primer día bajando a las vías le tocó recoger tres cuerpos, tres mujeres. ¡Qué gran estreno! Y de ahí pa´l real, como dice la frase mexicana.

Hace casi seis años Joel logró colarse a las filas del Metro como vigilante, pero en vez de hacerle al guardia de seguridad pidió que lo dejaran participar en acciones de protección civil, porque lo suyo, lo suyo es la atención de emergencias, desde que estaba en el DIF, donde descubrió su vocación. Sí, le gusta meter las manos en su chamba, es como un mecánico que se tiene que llenar de grasa para reparar un auto, sólo que a él le quedan rojas y no negras. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio.

Ya ni recuerda cuántos cuerpos ha sacado en más de tres años de los fierros que componen la maquinaria de los convoyes del Metro. Pero sí rebasan los 25 entre hombres, mujeres, ancianos y… un niño. Sí, apenas fue el año pasado, el 24 de diciembre de 2013. Fecha cruel, pero así se las gasta la vida.

Joel y otros compañeros estaban de guardia, ya casi se iban a recibir la Navidad con sus familias. “Ya mero es hora de salir”, dijo un compañero; “¿Qué van a cenar en tu casa?”, preguntaba otro. Al rededor de las nueve de la noche los radios no dejaban de emitir voces.

–Vigilancia, vigilancia, preséntese en estación Ciudad Azteca; vigilancia, preséntese en estación Ciudad Azteca.

La joven había estado con unos amigos. Algo le hicieron, tal vez la violaron. Traía aliento alcohólico.

Había una emergencia, era evidente, pero el operador no decía por qué tenían que trasladarse hasta Ecatepec, en el Estado de México. Era extraño. El teléfono de Joel emitió un breve sonido. En un mensaje por Whats App su jefe le preguntaba: “¿Qué hay en Ciudad Azteca? ¿Por qué nos están pidiendo apoyo?

Ya era mucho hermetismo, así que Joel llamó al puesto central de monitoreo:

– Oye, ¿qué tienes en Ciudad Azteca? No dices nada.

– Es que un chavito se cayó a zona de vías y lo arrolló el tren.

– Pues es que dígannos, no somos adivinos –replicó Joel un tanto consternado.

El equipo se fue entonces a Ecatepec. En el Distrito Federal, cuando alguien se avienta a zona de vías, Protección Civil tiene la autorización de bajar, rescatar a la persona, ya sea viva o muerta, y liberar el paso del convoy para que siga circulando. En el Estado de México no es así. Ahí tiene que llegar primero el Ministerio Público –que no se distingue por atender de manera inmediata este tipo de accidentes–, tomar las fotos para el peritaje y dar autorización para mover el cuerpo, lo que provoca que la vía se reactive, en promedio, dos horas después del incidente. Así que Joel llegó a tiempo.

El tren hacia la terminal Buenavista estaba a punto de partir, por lo que el conductor hizo sonar el timbre. Las puertas ya iban a cerrar, quedaban cinco segundos. Los que venían bajando las escaleras hacia el anden apresuraron el paso. La mayoría corrió. También lo hizo una señora con sus dos hijos, uno de nueve y el otro de cinco. Seguramente les gritó que se apuraran, que corrieran, que los iba a dejar el metro. Tal vez los hermanos iban tomados de la mano y ella sólo sujetaba la del mayor; entró primero al vagón y jaló el brazo del niño. Sólo ella sabrá. Lo cierto es que cuando cerraron las puertas se dio cuenta que únicamente estaba ahí el hijo mayor. Al menor no lo vio afuera: se había caído en el espacio que hay entre vagones. Desesperada gritó, el hermano jaló la palanca roja de emergencia. El tren entonces se asentó: una llanta y la pieza de rodamiento prensaron al niño de cinco años que, además, tocó la barra guía, la barra de corriente eléctrica. La mujer quiso golpear al hijo mayor. Lo culpó por haber soltado al hermanito o tal vez haberlo aventado.

Metro Niños

Cuando Joel llegó ya estaban el ERUM y la Cruz Roja. Era un espacio complicado para hacer el rescate, ya era de noche y apenas si se podía ver con lamparas. Además el Ministerio Público necesitaba tomar fotos para dar parte de los hechos. Había que mover el tren para sacar el cuerpo. Entonces, al soltar la corriente, se escuchó un sonido parecido al del aceite cuando cae en el carbón al rojo vivo, el espacio se comenzó a llenar de humo y un fuerte olor a carne quemada invadió las narices de todos los que estaban cerca. El cuerpecillo comenzó a chamuscarse debido a la electricidad expulsada por la barra guia.

Después de casi dos horas de maniobras Joel y sus compañeros ya iban de regreso a la oficina. Pero esta vez no reinaba el ambiente de camaradería, la broma caminera, el albur al que no pone atención a lo que dice. Esa noche todos iban en silencio, calladitos, calladitos, calladitos. Fue una noche muy mala. Cuando Joel llegó a casa de su mamá, donde pasarían él y su familia la Noche Buena, no tenía ganas de celebrar. Lo único que quería era abrazar a su hijo de nueve años.

Lo peor que ha visto Joel no es el cuerpo de un niño arrollado por un tren y quemado por la barra guía. Hace un tiempo estaba en la estación Cuauhtémoc, se dirigía hacia Taxqueña, había un cable de luz que estaba haciendo corto. Joel y otro de sus compañero decidieron transportarse por metro, en los primeros vagones, los destinados sólo a mujeres después de las seis de la tarde. Mientras esperaban el tren, su acompañante se recargó en la pared con las manos entrelazadas en la espalda; Joel se colocó al nivel de la línea amarilla de seguridad, la que indica hasta dónde pueden llegar los usuarios sin correr el riesgo de caer a las vías o ser golpeados por el convoy al arribar al anden –la misma que todos ignoran–. Ahí le gusta estar a este hombre de 37 años para ver a la gente y llamarle la atención si están muy cerca de la orilla.

Metro 3

Una chavita de unos 18 o 19 años entró al anden. Su maquillaje estaba arruinado: el rimel escurrido por las lágrimas, los ojos hinchadísimos, las mejillas enrojecidas por el esfuerzo que provoca el llanto profundo. No podía dejar de llorar. Se colocó en la orilla, rebasando la línea de seguridad.

–Señorita, atrás de la línea amarilla, por favor.

Pero Joel no escuchó la esperada mentada de madre por llamarle la atención, el prepotente “no me estés chingando”, o el inmaduro “déjame, es mi vida”. Tampoco vio que diera un paso hacia atrás obedeciendo la indicación. En realidad no hubo ninguna reacción. El hombre volvió a insistir.

–Señorita, atrás de la línea amarilla, por favor.

Nuevamente no hubo respuesta. La chica estaba ausente. Joel dirigió la mirada a su compañero y le hizo una seña levantando levemente la mano y moviendo repetidamente los dedos hacia adelante:

– Arrímate, güey.

Se colocaron a la espalda de la joven, que estaba tan sumida en sus pensamientos que no se percató de la acción de los dos sujetos. De pronto del oscuro túnel se asomó una luz tímida que fue creciendo hasta alcanzar todo su esplendor. El tren llegó al andén. Recorría los últimos metros cuando la chica dejó ir su cuerpo hacia adelante. Y antes de que sus pies dejaran de tocar el piso, Joel y su compañero la alcanzaron a sujetar y la jalaron hacia atrás, a la pared. No hubo intercambio de palabras entre los rescatadores y la suicida en potencia. Ella los veía con sorpresa, con los ojos grandes, grandes, muy abiertos. Así pasaron unos cinco segundos hasta que reaccionó, empezó a mover el cuerpo para librarse de las manos de los dos sujetos y comenzó a gritar:

– ¡Suéltenme, suéltenme! ¡Yo ya me quiero ir! ¡Me quiero ir!

El tren abrió las puertas y la mujer ingresó al vagón. Detrás de ella Joel y su compañero. En la siguiente parada, Balderas, la chica se bajó y caminó hacia la Línea 3, la que corre de Indios Verdes a Universidad. Parecía celebridad: a su espalda iban los dos elementos de Protección Civil, pero no se daba cuenta, tampoco se percató que al cuerpo de protección se unieron otros tres vigilantes que hacían su labor en esa estación. En cuanto llegó al andén se volvió a perder en sus pensamientos, miró que el tren se acercaba, aflojó el cuerpo y se dejó ir hacia adelante. Pero no pasó nada. Las manos de Joel y su acompañante impidieron nuevamente que se lanzara.

– ¡Suéltenme, suéltenme! ¡No me toquen! –gritó la chica alterada.

El temor ahora se hizo presente en Joel y sus compañeros. Ellos no pueden tocar a una mujer, ni siquiera en una situación como la que estaban viviendo. Ella los puede acusar de tocamiento, agresión sexual y física. Estaba en riesgo no sólo su trabajo, también su libertad.

– ¡Suéltenme, suéltenme! ¡No me toquen! –gritaba la joven. Pero las demás usuarias habían visto toda la acción.

– ¡No la dejen, no la suelten! –alzó la voz una señora.

Entonces entre los tres vigilantes y los dos elementos de Protección Civil rodearon a la chica para evitar que se moviera.

– Lánzate en chinga. Por favor, tráeme a una “femenina” –pidió Joel a un policía que también se acercó a ver lo que sucedía.

Llegó en pocos segundos una mujer de la Policía Auxiliar, sometió a la muchacha y la llevó al cubículo de seguridad de la estación.

La joven había estado con unos amigos. Algo le hicieron, tal vez la violaron. Traía aliento alcohólico.

– Ya me quiero ir. Ya me quiero ir – era todo lo que repetía entre sollozos y un rostro descompuesto.

Metro Chica

Ese día Joel salió del trabajo y le marcó a su esposa. Sabía que acababa de salvar una vida pero tenía una sensación extraña. Algo se acumulaba en su garganta, el famoso nudo, que le llaman. Estaba manejando y empezó a hablar:

– Es que sucedió esto…–Ya no pudo más, se le vinieron las lágrimas.

Hasta la fecha le ocurre, lo rememora y no puede contener la emoción, los ojos se colorean de rojo y se llenan de agua, pero no escurre el hilo inconfundible del llanto, se queda ahí, atorado en su mirada. Un intento de carcajada quiere tapar el sentimiento pero no es posible.

–Es que eso le pegó mucho –dice su esposa como queriendo salir al quite para que Joel se reponga.

–Sí, más que ver los cuerpos despedazados. Cada que me acuerdo, te lo juro, me acuerdo y me siento mal, siento feo. ¿Cómo alguien se quiere aventar o se quiere suicidar?

Y entonces mira a su hija, que no rebasa los 15 años. Mira también a su esposa y a su hijo menor.

Luego de tres años y medio está más que acostumbrado a ver muertos, sangre, cuerpos mutilados, quemados por la corriente eléctrica que expulsa la barra guía en las vías. Alguna vez alguien le preguntó si no le daba asco o miedo. Pero Joel es uno de esos hombres que ama su trabajo: le gusta tanto que pide más, siempre más.

Comments

comments