Víctor vio una patrulla a las afueras de la ciudad de Oaxaca, la última que encontraría en esos días. El reciente sol septembrino daba de pleno y alumbraba las calles tomadas por la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). Para él la escena era bellísima: anarquía total, pero no esa que habla de caos y desorden, sino aquella en la que el Estado está ausente, dejando todo en manos de la sociedad políticamente organizada.

Los 10 camiones llenos de estudiantes provenientes del Distrito Federal arribaron al lugar quieto y callado, envuelto en un aura de extraña paz. Llegaron hasta Ciudad Universitaria. La Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca fue la sede del primer Encuentro Nacional Estudiantil. Víctor iba con tres compañeros de lucha, un joven y querido amigo empeñado en documentar con su cámara todo lo que pasaba y un par de chicas. Al entrar a la escuela, dejaron su nombre, su historia y su vida, así lo obligaban las circunstancias. Entonces Víctor se convirtió en Francisco, un estudiante de Economía.

El encuentro estudiantil se llevó a cabo en septiembre de 2006. El lugar estaba lleno, acentuando el calor sofocante. Hubo muchas participaciones que le llamaron la atención. Al final, redactaron un manifiesto en el cual se pronunciaron por la desaparición de los poderes en Oaxaca y la salida de Ulises Ruiz, entonces gobernador del estado; a la par, reconocían a la APPO como una forma de gobierno popular. Sí, Víctor estaba siendo parte de su sueño y lo defendería, si era necesario, con la vida, como el resto de compañeros.

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Foto: 16-9clue Flickr

Durante el encuentro se dividieron las tareas por comisiones. Víctor, junto con sus amigos, se unió a la de seguridad. Se encerraron en un cuarto para planear la estrategia. Ahí reconoció a uno de los oradores por su elocuencia al tomar la palabra. Al final, cada quien se alistó para cumplir con las tareas encomendadas.

La ciudad tenía barricadas en algunas zonas, pero CU y, particularmente, la Facultad de Derecho estaba completamente resguardada, era una pequeña fortaleza defendida por jóvenes. Víctor, junto con una compañera y los perros, estaba encargado de dar “rondines” por las noches. Escuchaba pasar las camionetas desde las que brotaban ráfagas de balas que se incrustaban en todos lados. A lo lejos, veía las luces que provocaban los disparos, luciérnagas mortales cuyo sonido atronador le hacían vivir en tensión constante, pero no había mucho qué hacer, más que aguantar.

Así, aprendió el sistema de aviso con cohetones que sonaban cada hora. Uno significaba que todo estaba en orden. Dos, que prendieran el radio, porque se transmitiría un mensaje importante desde la radiodifusora, que también había sido tomada. Con tres se advertía una amenaza y tenían que estar listos y sin dormir para salir a defender, en caso de que fuera necesario. Cuatro estallidos era la señal de que el enfrentamiento ya se estaba dando y había que salir auxiliar a los compañeros.

Victor Rasta 2 El equipo de combate de Víctor consistía en un bóxer y una lámpara de halógeno. Eso era todo. Con su poco más de 1.60 de estatura y estampa delgada la situación se antojaba complicada en caso de enfrentamiento. Dormía espalda con espalda con su compañera de guardia. Se turbaban por horas. Era la única forma de mantenerse alerta y no dejarse vencer por el sueño.

Qué lejos estaban sus mañanas dominicales en las que iba a misa con su religiosa madre, su padre marino y sus seis hermanos, más grandes que él. También estaba muy lejos la primera vez que leyó el Manifiesto del Partido Comunista, en su primer año de secundaria. Y es que Víctor, a pesar de estar rodeado de militares y de crecer en un hogar profundamente católico, siempre había sentido que el mundo podía ser distinto, más justo, mejor. Por eso, cuando leyó en una revista juvenil una entrevista con Bob Marley supo que había encontrado su camino en la vida.

Decidió convertirse en rastafari. En casa, la noticia fue recibida con ligereza, era un adolescente, se esperaba que desafiara a sus figuras de autoridad. Pero pasaron los años y él se había dedicado a buscar y estudiar todo lo referente a los rastas y su empeño no cegó. A los 17 tomó el voto nazareo —como Sansón —, dejó de cortar y peinar su cabello para que las rastas se formaran naturalmente y se hizo vegetariano. Entonces los padres se alarmaron. Él respondió con calma todas sus dudas, resueltas por tantas horas de investigación y lectura.

A los 18 ya era rastafari y miembro activo de la Unión de la Juventud Revolucionaria de México (UJRM), el brazo juvenil del Partido Comunista de México; ya había viajado de mochilazo por el país y participado en la toma de instalaciones del CCH Vallejo, en diciembre del 2003, tras un altercado en el concierto de apoyo al movimiento zapatista, que se llevó a cabo en ese plantel. Incluso fue a ver al Subcomandante Marcos al zócalo capitalino en 2001, pero nada de eso lo había preparado para esquivar balas, hacer guardias y defenderse con nada más que un bóxer y su fiera convicción.

Ahí estaba Víctor, sentado en el piso, intentando dormir, recargado en la espalda de su compañera, con un miedo terrible. Entonces sonó un cuete, luego otro y otro y otro, 16 en total. Se quedó pasmado por el terror. Se escuchaban tantas cosas: que si ya iba a intervenir el ejército, que si la policía federal. Todas las especulaciones recrudecieron cuando se quedaron sin radio. La ciudad estaba incomunicada, sólo quedaban los cuetes, algunos radios de mano, teléfonos y, sobre todo, la viva voz. Era muy complicado enterarse de todo. Salió con su compañera a ver qué estaba pasando. Llegó una camioneta con integrantes de la APPO a reportar un enfrentamiento en el centro de la ciudad. Preguntaron quién estaba dispuesto a ir. Su amigo fotógrafo tomó la iniciativa:

—Tú quédate con ellas —le dijo—, yo voy porque tengo que documentarlo.

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Foto: Mark Notari Flickr

No dejó espacio para objeciones. Víctor aceptó y se quedó con sus compañeras. Fue una noche larga. Los disparos cesaron hasta el alba. Cada vez que se escuchaba que alguien quería cruzar las barricadas, respondían aventando cualquier objeto que tuvieran a la mano. La ventaja en número les ayudó y pudieron resistir. A las seis de la mañana regresó la camioneta que había llevado refuerzos al centro. Desesperado, buscó a su compa. Cuando lo vio, fue con él:

—¿Qué pasó? ¿Cómo estuvo?

—¿Te acuerdas de tal? —el elocuente orador, compañero de comisión.

Víctor asintió.

—Pues ya no regresó. Se quedó en la barricada. Murió a mi lado —dijo, casi en shock.

Después del incidente. Víctor se quedó un tiempo en la ciudad, pero con muchas ganas de irse. Todo tenía una bruma espesa que le daba una pesadez inusual, como si fuera una pesadilla, como si nada de eso estuviera pasando, como si él en realidad estuviera en cualquier otro viaje por la sierra, fumando ganja —así es como los rastafaris llaman a la marihuana— y viendo las estrellas. Pero no, estaba ahí, durmiendo en las mismas barricadas que eran baleadas, no por mártir, no por héroe, sino por esa irreductible responsabilidad moral que lo había llevado ahí en primer lugar.

Soportó como pudo los siguientes días, apoyando en el trabajo comunitario, comiendo pan y frijoles. Se regresó a la Ciudad de México en un camión tomado por estudiantes. Esa experiencia fue definitiva para él y sus amigos. Cada uno tomó su postura. No había lugar para medias tintas. Él se alejó por completo. Dejó de viajar. Hoy por hoy, Víctor sigue creyendo que una sociedad igualitaria es posible, que sin el Estado se vive mejor, pero también sabe que si tú estás jugando, ellos no. Ellos van a acabarte.

Aventura en busca del mar

Víctor esperaba afuera de un Oxxo a sus amigos que habían ido a comprar algunos suministros para pasar la noche en el Desierto de los Leones. Un tráiler se estacionó enfrente de él. No pudo quitar los ojos del imponente vehículo y la atractiva leyenda “Acapulco, Guerrero”. ¿Por qué no? El mar era mucho más atractivo que el Desierto de los Leones. No había apuro por ir o por regresar, sólo estaba la aventura que se posaba justo enfrente de él. Pero no querían ir a cualquier costa,Oaxaca era el destino elegido. Tenían que hacerlo.

rasta 02 Le pidieron aventón al chofer, quien aceptó aclarando que sólo podía llevar enfrente a dos personas, el resto tendría que viajar en la caja vacía. Un amigo y una compañera se subieron a la parte de enfrente. Él, junto con su novia budista y dos amigos más, se alistaron para viajar en la parte trasera.

El camino fue una verdadera prueba de voluntad. Siempre había padecido ante la oscuridad y los espacios cerrados. Por fortuna, su novia budista le ayudó a superar el miedo. Le tomó de las manos y le ayudó con ejercicios de meditación. Al final, sólo se quedó en paz, a oscuras, sintiendo las vibraciones del tráiler en la carretera.

Llegaron a Chilpancingo y el chofer les pidió que bajaran porque tenía que hacer algunas diligencias y no podían quedarse ahí. Ellos decidieron continuar por su cuenta. Después de todo, el destino era el mar en Oaxaca. Caminaron por el lugar hasta llegar al centro, tomado por maestros. Los recibieron con los brazos abiertos, como viejos amigos. Los unían las causas y el credo. Les dieron cobijas que Víctor y compañía usaron para poner en el piso y dormir así, los seis juntos, al amparo de los arcos del Palacio de Gobierno. También les dieron de comer y algunos libros para llevar. A Víctor podían faltarle alimentos y dinero para los viajes, pero nunca los libros.

Al día siguiente, se levantaron, se despidieron y fueron en busca de más víveres. Empezaron a viajar con quien les diera aventón. La idea era llegar al mar, pero si se desviaban por la promesa de una cascada u otra aventura, no lo lamentaban. Iban en un camión de redilas cuando de pronto pararon el vehículo.

La puerta se abrió y unos militares los miraron fijo. La pinta no ayudó. Víctor, delgado y de tez bronceada, cubría sus rastas con el tam —gorro que usan los rastafaris—; sus compañeras, ambas enjutas, morenas y con cabello largo y trenzado; su novia budista incluso podía pasar fácilmente como extranjera por sus rasgos suaves y delicados. La primera impresión para la tropa marcial es que se trataba de ilegales viajando al norte para cruzar la frontera, o más les valía que lo fueran porque la otra opción era que fueran guerrilleros del Ejército Popular Revolucionario (EPR), que en aquél borrascoso 2006 amenazaba con tomar fuerzas en el rumbo.

El numeroso grupo de soldados los hizo bajar y les quitó las mochilas. Ellos se recargaron en el camión. Empezó el interrogatorio: ¿A dónde van? ¿Con quién? ¿Qué hacen aquí? Era difícil explicar que originalmente iban a acampar al Desierto de los Leones, pero que habían visto un tráiler y se les ocurrió ir al mar. Que no iban a ningún lugar en especial, sólo a donde los llevaran, que no iban a ver a nadie y, sobre todo, que no tenían consignas de guerrilla.

Víctor tenía mucho miedo, pues si bien estaba ahí de manera circunstancial, sabía que el material que llevaba podía ser su perdición. Les confiscaron un poco de ganja que tenían repartidas en las mochilas, libros —entre los que figuraba uno de anarcosindicalismo de Kropotkin, ejemplar demasiado retador, particularmente en ese contexto— y algunos panfletos de la UJRM. Sin embargo, la visible ingenuidad del grupo se antepuso al escepticismo inicial y los dejaron ir.

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Una vez que fueron liberados, lograron llegar cerca de un pueblo nahua perdido entre las montañas. Les cayó la noche en la sierra donde montaron su casa de campaña. El clima era bondadoso, les permitía estar echados en el pasto sin pensar en nada que no fuera la inmensidad del cielo estrellado que los cobijaba en ese instante. Fumaron la ganja que les quedó. Una sensación plácida inundó a Víctor. Era una noche de película. Estaba ahí, en medio de la naturaleza, sin más ropa que la puesta y, sin embargo, sintiendo el calor de la bondadosa tierra, perdido en lontananza, fumando, sintiéndose vivo. La mejor noche de su vida.

Cuando amaneció entraron al pueblo. Ayudaron a limpiar una pequeña iglesia y a arriar algunas cabras que se habían desperdigado, a cambio de cobijo y comida. Un anciano, con un náhuatl muy golpeado, les contó que ellos eran de Xochimilco, pero que habían salido huyendo, empujados cada vez más al sur, hasta que llegaron ahí, su último refugio. Lo contaba como si hubiera sido ayer y no hace más de 500 años. En su percepción el mundo se terminaba ahí, ya no había más.

Pero el grupo sabía que había más, que estaba el mar de Oaxaca al cual querían llegar. Víctor ya no tuvo fuerzas. Un malestar general y fiebre constante se apoderaron del escuálido cuerpo. Tenían que tomar una decisión. El grupo propuso regresar al Distrito Federal, pero eso era renunciar al sueño. Víctor no podía permitirlo. Pidió que lo dejaran con su novia y que ellos siguieran el camino. Y lo siguieron.

Víctor y su novia pernoctaron ahí porque tenían que esperar la combi que pasaba por el pueblo una vez al día, a las ocho de la mañana. A las ocho en punto, sin un peso en la bolsa, se alistaron en la combi que les dio aventón a Tlapa, la ciudad más cercana desde la que salían camiones al centro del país.

Llegaron como a las 10:30. Ahí pidieron dinero para comprar el pasaje de regreso a casa. En ese estado, Víctor podía hacer poco, en cambio, su agraciada novia, con tono suave y presencia angelical, logró el cometido en poco más de una hora y media. A medio día abordaron el camión que los traería de regreso a la selva de asfalto. Fue un viaje tortuoso y largo. El dolor y la fiebre eran insoportables. La familia de Víctor fue avisada en Tlapa de la situación y se prepararon para recibirlo.

Pasadas las ocho de la noche llegaron por fin a la Ciudad de México. Todavía se hicieron un par de horas hasta el aledaño municipio de Nezahualcóyotl, donde vivía con sus padres. Lo recibió su tío médico con un regimiento de fármacos. Tras la auscultación, el galeno llegó a la conclusión de que si el joven rasta tardaba más en volver, hubiera perdido el sentido del oído y, tal vez, el habla, debido a la voraz infección que empezó en el conducto auricular, mudó a la garganta, al estómago y al aparato urinario.

Luego de unas inyecciones dolorosísimas con consistencia gelatinosa, más bien parecida a la masilla, y el cuidado de su novia y familia, pudo recuperarse y volver al camino… hasta unos meses después, en aquél agitado septiembre de 2006 en Oaxaca, que puso fin definitivo a su errabunda vida.

El rasta y el mercado

Víctor decidió que sería rastafari a los 13 años, pero ¿qué era eso? La idea del mundo, que poco o nada sabe de eso, piensa que son personas que no se bañan, se drogan con marihuana y escuchan reggae. Para los rastas, los últimos dos atributos no tienen que ver con ellos, sino con los reggae man. Víctor sí se baña, nunca ha dejado de hacerlo, sólo que al tomar el voto nazareo y no peinar el cabello, se enreda naturalmente y crece así. Para él, rasta es más que “un hombre bueno”, es un movimiento espiritual y, cada vez más, de acción social, que procura vivir bajo los preceptos de enseñanzas antiguas, sí, como la Biblia, pero también y particularmente el texto épico nacional etíope Kebra Nagast, de ahí su fortísima inclinación panafricanista.

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Pero todo lo que él sabía y practicaba estaba en libros, en revistas, en las cosas que investigaba a profundidad. Así fue hasta los 17 años. Era domingo y salió al tianguis que se ponía cerca de la casa de sus padres. Su mirada se posó en un hombre con rastas que mostraba con orgullo un medallón panafricanista. Se sintió atraído irremediablemente hacia él, tenía que hablarle y eso hizo. Le preguntó la razón por la que tenía puesto ese medallón. Él respondió que porque era rasta.

El mundo de Víctor se abrió. Al fin, después de tantos años, conocía a un rasta de verdad. A pesar de que el sujeto sólo tenía un par de años más, su formación rastafari con ancianos chilenos le aventajaba por mucho. Era un hombre íntegro y amable. No sólo habló con él y le compartió muchas enseñanzas, también lo llevó a su primera celebración nyahbinghi, en donde se reunió con más rastas, tocaron el tambor y compartieron cantos antiguos de enseñanzas de los ancianos. A partir de ahí, empezó a congregarse, cada vez más, con sus pares.

Una vez que dejó de viajar, Víctor entró a la Escuela Nacional de Antropología e Historia y, al mismo tiempo decidió ceder al sistema y entró a trabajar nada más y nada menos que como asesor financiero en una oficina. En la mañana estaba en la escuela y a las tres de la tarde entraba a laborar. El joven otrora comunista y liado entre balas ahora le decía a la gente en qué le convenía invertir. Su pinta le daba un aire internacional al lugar, era algo así como el visitador extranjero.

A los 21 dejó la escuela, la casa de sus padres y la oficina. Se mudó a vivir con su pareja actual y pusieron un cibercafé. Fueron dos años de relativa calma, en los que tuvieron a su primera hija. Tal vez hubieran continuado así de no ser porque un día, al llegar al negocio, lo encontraron vacío. La arrendataria les permitió cerrar el contrato sin mayor dilación. El problema real era el medio de sustento. Después de todo, no estaban solos.

Recurrió al oficio que aprendió de su hermano y entró a trabajar en otra oficina, esta vez reparando computadoras. Una hija más fue recibida en el seno de la pareja rastafari. Así pasaron los siguientes dos años hasta que se cayó un servidor de la compañía. Él levantó el reporte, pero no lo arregló y alguna cabeza debía rodar. Obviamente fue la suya. Salió del trabajo con un mes de salario y una pequeña liquidación que sumados no eran ni ocho mil pesos.

A las dos semanas, con un par de hijas y varias deudas, la cuenta del banco tocó fondo. Sólo les quedaban 300 pesos. Víctor estaba al borde, una de las mayores pruebas de entereza en su vida.

Victor Rasta Recordó aquella vez que habían vendido tortas veganas en un concierto de reggae, cuyos fondos fueron para el apoyo de algunas causas sociales. El éxito de aquél entonces se vislumbraba prometedor. Como fuera, tenía que intentarlo y arriesgarse.

Con cincuenta pesos compró suministros en el súper. Haría hamburguesas veganas. La cátsup y la mostaza salieron de su despensa. Era su última apuesta. Salió de casa con la esperanza puesta en 10 hamburguesas.

Fue a la FES Aragón, pero después de tres horas, sólo había vendido cuatro. Recordó aquél fin de semana que compró comida vegana en el Tianguis Cultural del Chopo. No era sábado o domingo y no abría tanta gente como en el tianguis cultural, pero la biblioteca Vasconcelos lucía como una buena locación. Así fue, en 15 minutos, el resto de las hamburguesas se habían vendido.

Lo intentó al día siguiente y al siguiente. A la cuarta semana ya llevaba 40 y todas se vendían. Cambió el producto por tortas de pastor y de milanesa de amaranto. Invitó a una pareja, amigos rastas suyos, a sumarse con él, así como a un chef, una nutrióloga y una joven que prepara deliciosos panqués veganos de plátano con cocoa. Así surgió la cooperativa rastafari I-Tal Runners, que ahora tiene seis miembros activos y uno más de reciente ingreso.

Hoy además de vender cada día 90 tortas y 30 panqués, acuden con sus productos a algunas actividades de vocación compartida, como sucede esta semana con el 1º Encuentro Internacional de las Artes Afrodescendientes. Paralelamente imparten talleres en torno a la dieta vegetariana y vegana, las ganancias de un día al mes son donadas a los ancianos.

Cuando uno pasa entre semana por la biblioteca Vasconcelos, a eso de las dos y hasta las seis de la tarde, se escucha la alegre voz de Víctor: “una torta al pastor vegetariano o milanesa de amaranto, 15 pesos; panqués veganos, 10 pesos. Gracias”.

Víctor respira y sonríe satisfecho, encontró la forma de mantener a su familia, seguir sus principios y ayudar a los demás. Le gusta pensar que está redireccionando el mercado hacia algo que les hace bien, aunque sigue sin entender porqué para vender sus hamburguesas veganas en la Feria Ambiental que se puso en la Condesa, las tuvo que dar a 40 pesos.

—¡¿Qué sería de nosotros sin los hipsters?! —dice divertido.

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