Mi tía María Elena tiene más de 10 operaciones en cada rodilla y, según los médicos, a estas alturas no debía caminar. Le han salido malas, creo yo, aunque ella lo asume de otra manera. Esa camagüeyana no solo camina, derechita, sino que baila, con un palo y una lata, en un ladrillo, como sea. “Genio y figura”, dice y va a ponerle alma a la fiesta, reunión familiar, caldosa de barrio o tarde del danzón.

Cuando todos pensamos que se dedicaría a tener las piernas en alto y controlar su diabetes, se afilió a un club danzonero. Y fíjese si es entusiasta que hasta la presidenta es hoy en día. Los domingos no se le puede llamar por teléfono, a menos que sea bien temprano.

Como ella, casi un centenar de de los habitantes de Camagüey, en la zona central de Cuba, dedican al menos un día a la semana a mover el cuerpo cadenciosamente, un pasito adelante, un pasito atrás, despacio, al compás de la orquesta de Enrique Jorrín o la Aragón. En Ciego de Ávila, a un ladito de Camagüey, suman menos, pero suman. En la Casa de Cultura José Inda Hernández, la orquesta Intermezzo acompaña el aleteo de los abanicos y la elegancia de las guayaberas, cuando va cayendo la tarde.

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Y todo esto transcurre, invariablemente, allá y acá, sin que las noticias recorran los 110 kilómetros, ida y vuelta. Hasta un sábado de complicidades en que una añeja Girón desafía las irregularidades de la carretera Central para traer hasta Las sombrillitas a un puñado de abuelos con espíritu de adolescentes.

Un sábado cualquiera se alinean los astros, entiéndase transporte y otras cuestiones organizativas, y se produce el encuentro de clubes entre dos provincias que comparten una historia filial, como de madre e hija, y se habla de tiempos en que todos los danzoneros eran camagüeyanos administrativamente, mas algunos eran avileños en la raíz. La música, sin embargo, desvanece el fantasma del regionalismo y como si de resortes estuvieran hechos, se ponen de pie mujeres y hombres para bailar en pareja.

Fundado en 1988, el club José Valdés Portela, de Ciego de Ávila, está integrado por 83 miembros. Para Miguel Ángel Castillo Lopeteguiz, su presidente, el movimiento danzonero en el territorio ha tenido sus altas y bajas, pero nunca se ha desintegrado o desaparecido. “En 2009 trajimos el primer lugar de CubaDanzón, y este año vamos tras esa meta”.

Foto: aniloracanilorac/VisualHunt

Foto: aniloracanilorac/VisualHunt

Sin mucha tutela institucional, apenas el asesoramiento metodológico por parte de Cultura Comunitaria, los afiliados se organizan, pagan su cotización, cumplen con su reglamento y defienden este espacio que les permite compartir y divertirse, al tiempo que salvaguardan el baile nacional de Cuba.

A Olga Zamora Loynaz, la presidenta provincial de los clubes en Camagüey le pregunté si el danzón es cosa de los abuelos y si es aburrido, y casi no me deja terminar. “Claro que no. Los niños son nuestros sucesores. Los insertamos en el movimiento para que aprendan el baile, su historia. ¿Aburrido?, quéee va. Además, no bailamos solo danzón, también el resto de los géneros de la música popular cubana; hacemos juegos de participación, celebramos fechas importantes. Se trata de disfrutar, de un esparcimiento sano”.

Olga dice que son varios los espacios para la promoción de este ritmo que nació en Matanzas, cuando Miguel Faílde se inspiró en las Alturas de Simpson. Desde 2011 desarrollan el Encuentro Provincial de Niños y Adolescentes Danzoneros y cada vez más los domingos acogen a adultos no tan mayores.

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De la velada entre avileños y camagüeyanos todo podría ser contado en positivo, pues tamaño entusiasmo es capaz de opacar cualquier obstáculo. Sin embargo, ni para ellos ni para otros que arrienden el local Cielo Avileño (Las sombrillitas) debía ser natural recibir un servicio tan pobre. Esa noche, la pista de baile estuvo prácticamente oscura, no hubo ofertas gastronómicas (según explicaron porque todas fueron destinadas a Las Parrandas) y el audio tuvo varias interrupciones. Aquí, y podría equivocarme, pero deberán demostrarlo, lo que faltó fueron ganas.

La suerte es que las rodillas desgastadas de mi tía María Elena y las del resto de los danzoneros no creen en boca de lobo ni en amplificador con catarro. Me fui sin que terminara la fiesta, pero sé que los camagüeyanos llegaron bien, tarde en la noche, algunos medio dormidos, pero con esa extraña tranquilidad en el ánimo como para poder gritar, ¡qué me quiten lo bailao!

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