—Ándale, vamos, te prometo que no te vas a arrepentir.

Le repetía una y otra vez a mi amiga mientras la saliva comenzaba a inundar mi boca. Y cómo no hacerlo, si con solo con recordar la untuosidad del aguacate, lo acidito del limón, lo crujiente del chicharrón y lo fresco del jitomate y la col, una no puede más que llenarse de antojo.

En Chihuahua se le llama chilindrina, en Monterrey durito, en Durango duro, en Puebla chicharrín y en la Ciudad de México chicharrón preparado. No importa el nombre que le pongan ni los pequeños cambios que le hagan, según la región donde lo encuentres, siempre es un verdadero placer a los sentidos el disfrutar de estos coloridos manjares.

Si he de ser sincera, esta asombrosa botana la descubrí no hace mucho tiempo, justo cuando los años universitarios me tenían en la pobreza extrema y con un horario muy limitado para alimentarme. Y me cayeron de perlas, pues a mi parecer son un súper alimento ya que pude encontrar en ellos los elementos necesarios para una nutrición balanceada.

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Para comenzar están los carbohidratos de la harina del chicharrón, después las verduras representadas por el jitomate y la col, luego aparecen las grasas con el aguacate, que hace una mancuerna perfecta con lo ácido de la vitamina C del limón y el chilito de la salsa, para finalmente cerrar con las proteínas de la crema y los cueritos. ¡Ah , verdad, no me creías!

Caminábamos por la avenida México hacia el centro de Coyoacán. Calle tras calle nos acercábamos más a nuestro destino, y mis pies lo sabían, así que apretaban el paso para llegar lo más pronto posible.

Ya en la plaza había un montonal de opciones, las calles que la rodeaban parecían tener aretes; el cauce vehicular era ataviado por ambos lados de diferentes toldos y sombrillas de colores, las cuales le daban un marco alegre a la gris cara de concreto.

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Pero entre tanto colorido y diversidad los vi: los deliciosos chicharrones preparados. Y no estaban solos, los acompañaba un muchacho modesto, de sudadera negra y mandil blanco. Aunque su cara parecía la de alguien mayor, Hugo Casiano es un joven de apenas 22 años, quien a pesar de su corta edad ha trabajado en el mundo de la albañilería y de los restaurantes.

Hugo lleva alrededor de tres años vendiendo estas exquisiteces. Me cuenta que son de las botanas preferidas por la personas que visitan su carrito, pues ni los crujientes nidos de churros, ni el universo de frituras de harina o los novedosos dorilocos han podido comparárseles en ventas.

Y si en algún momento llegué a pensar que por ser botanas sería un trabajo fácil, al preguntarle a Hugo, que recorre todos los días aproximadamente tres kilómetros de ida y otro tramo igual de regreso, ocupando entre 45 y 60 minutos en cada recorrido, empujando el carrito de papas y chicharrones hasta su vivienda, me di cuenta que estaba muy equivocada.

A pesar de que el carrito no es suyo le guarda mucho respeto a su oficio y le imprime una gran cantidad de trabajo y compromiso. Todos los días prepara los ingredientes que utiliza en el puestito: fríe lo chicharrones, pica y desinfecta la verdura y rellena las botellas de salsas. Todo ello para que sus clientes disfruten de un buen sabor; aunque algunos insumos, como los chicharrones, los pueda encontrar hechos, él prefiere trabajar un poco más pero cuidar la calidad de su producto.

Las plazas mexicanas, con sus personajes de innumerables oficios también son México. Un México que a veces olvidamos por los centros comerciales y la terrible comida de cadena, perdiéndonos el tesoro que encierra nuestra cocina y abandonado a tantas personas que viven de ello.

Desde la esquina que forman Caballocalco e Higuera, este joven espera pacientemente la llegada de sus clientes, pues a pesar de tener tanta competencia, me dice con cara sonriente que sale para todos. Su horario de trabajo en la plaza comienza a las once de la mañana, cuando los primeros paseantes hacen su aparición, y termina entre nueve y diez de la noche entre semana, y se alarga a veces hasta medianoche los fines de semana.

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—Ay, ya pruébalo. Le das una mordida y si no te gusta me lo das —volví a insistir a mi amiga.

Ya estábamos listas, sentadas en una banca del jardín plaza Hidalgo. No pude imaginar un mejor lugar para que mi amiga probara uno de mis alimentos favoritos.

Primero sólo pude escuchar un crunch, luego una mirada de extrañeza iluminó su cara. Masticó lentamente y seguía sin entender por completo lo que sucedía en su boca. Tragó, pasó la lengua por sus dientes y finalmente una sonrisa me indicó que lo había logrado. Inicié en tan bello ritual a una de mis mejores amigas, ahora una aliada, que sin duda me acompañará a disfrutar de esa ambrosía culinaria y joya urbana.

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