Fotos: Sonia Yáñez y Memo Bautista

La comida siempre ha sido una buena forma de celebración; es un pretexto para reunir a los nuestros en la mesa y recordar a los que ya no están. La comida en el día de muertos se puede encontrar principalmente en las ofrendas, compuestas de alimentos, bebidas, flores y luz. “Una de las ofrendas fundamentales es la comida que se brinda a las almas de los muertos. La idea central es ofrecer algunos de los alimentos preferidos por los muertos, de manera que encuentren un motivo de gusto al volver a la tierra y tomar el aroma de sus platillos favoritos”, escribe Héctor Zarauz, López en La fiesta del día de muertos (FCE, 2016).

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Hay tantas ofrendas como familias en México, cada una difiere de otra, ya sea por la decoración, tamaño, comida o disposición de los elementos. Pero hay ciertos alimentos que no pueden faltar: frutas y vegetales de temporada como calabazas, tejocotes, mandarinas, camote y cañas de azúcar, ya sean frescos o en almíbar; sal, para purificar; agua, para saciar la sed de los difuntos; pan de muerto, que además de azucarado los hay con ajonjolí o rellenos; y, claro, no pueden faltar los platillos favoritos de nuestros difuntos.

En mi familia existe el ritual de disponer poco a poco y días antes la ofrenda. Cada uno de los alimentos lleva una labor de búsqueda. Es bastante sencillo ir a un solo mercado y comprar todo, pero a nosotros nos gusta complicarnos la vida.

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Los dulces en almíbar son lo primero, no porque se vayan a acabar, sino porque son los que más nos gusta comer: camote en almíbar con leche simulando un cereal bañado con el lácteo —es un buen postre—. Los demás dulces se acaban poco a poco y se disponen unos cuantos en la ofrenda, debido al gusto que mis abuelos tenían por ellos.

Luego siguen los panes de muertos, los cuales compramos en la panadería de los Sosa. Está de más decirles que volvemos más de dos veces por charolas de pan, pues estos se terminan en los desayunos con un café.

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Al final dejamos la comida para nuestros difuntos: mole verde para mi abuela paterna, barbacoa para mi abuelo paterno, gorditas de chicharrón prensado para mi abuelo materno y capirotada para compartir pues todos son del mismo pueblo, Sombrerete, Zacatecas, en donde se come como postre.

Es curioso recordar lo que estos alimentos significan para mi familia. En el caso de mi padre su platillo favorito también es el mole verde y en esta fecha me doy cuenta por qué.

El caso de mi madre es diferente. No gusta de las gorditas de chicharrón prensado pero ella las cocinaba como desayuno a mi abuelo. Tal vez la comida favorita de mis abuelos era otra, pero el vinculo que tienen estos platillos y cómo recuerdan mis padres a sus padres es lo que hace especial la comida.

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La comida va más allá del sabor que ésta tiene. La relación afectiva que se le da a los alimentos y lo que nos recuerdan es al final lo que determina nuestros gustos y sabores favoritos. Como Marcel Proust con sus magdalenas, mi padre y su mole verde, mi madre y su camote con leche o yo y las gorditas de chicharrón.

El día de muertos y sus ofrendas representa algo diferente para cada mexicano y hoy más que nunca tenemos que recordar a los nuestros y celebrar la vida. Bien lo escribió Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad: “Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano en cambio la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja”.

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