El silencio se sentía como una penitencia porque dolía. Era la representación de La Pasión, solo que en lugar de cruces sobre sus espaldas portaban el gran peso de una fotografía en el pecho, cerca del corazón. “Porque aquí se siente”, decía la viuda de un localizado. Otros levantaban imágenes de los ausentes. Las miradas, algunas empáticas y otras hasta críticas, de quienes los veían pasar, complementaban el escenario del rechazo a este fenómeno de violencia que se vive en la zona norte de Sinaloa: las desapaciones forzadas.

Se prepararon con anticipación desde semanas antes, pero a veces las cosas no salen. Por ejemplo, Amanda ordenó un banner para llevarlo ese día y cuando fue por él le dijeron que no estaba listo. Como ya no había tiempo tuvo que improvisar y sobre un pedazo de cartón pegó la pesquisa de Nacho. En cambio, Mirna Medina les hizo saber con tiempo que algunos irían vestidos con camisetas color verde y el resto de blanco, para distinguirse entre ellos, lo cual también sirvió para organizar los contingentes. Quienes vestían de blanco tenían al menos a un familiar desaparecido y los de camisetas verdes, que encabezaban la caminata silenciosa, representaban la esperanza de encontrar a los aún perdidos. Era el contingente menos numeroso, el de los tesoros encontrados, tal como el grupo Las Rastreadoras de El Fuerte ha llamado a los hijos que les fueron arrebatados, pero que ya desenterraron de fosas excavadas por ellas mismas ante su desesperación.

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Tenían programado salir a las 9:00 horas de la oficina que se encuentra en un pequeño local dentro de una plaza de la zona centro de Los Mochis. Caminarían desde la entrada de la cabecera municipal de El Fuerte hacia el palacio municipal. Sin embargo, las participantes no estaban. Antes de la hora de salida entraron mensajes de texto de los miembros al grupo en Whatsapp: “Espérenme, ya casi llego”, “no me dejen, ya voy llegando”, “no se vayan sin mí”, “Mirna aún no llega”. Transcurrieron poco más de 60 minutos de (des)espera para que varios vehículos recogieran a algunas de las personas que participarían en la tercera marcha pacífica de Las Rastreadoras de Desaparecidos de El Fuerte, el grupo que inició como un colectivo pequeño de madres buscando a sus hijos, víctimas la mayoría de desaparición forzada. A tres años de comenzar la búsqueda de Roberto, el hijo mayor de Mirna, la líder del grupo, y otros levantados, se ha convertido en una agrupación con más de cien integrantes entre hombres y mujeres.

En las cajas de las camionetas iban hasta seis personas bien sujetas o sentadas en el piso, sin confiarse de la velocidad, de los baches o de alguna otra incidencia. Algunos llevaban cubiertos sus rostros con capuchas, trapos, lentes, no precisamente por miedo, aunque en el fondo viven con él, sino por el intenso calor y la fuerza de los rayos del sol sobre la piel. El viento no mitigaba la sensación, ni las nubes que de cuando en cuando cubrían sus cabezas. El calor era tan aplastante como la poca esperanza de encontrar con vida a sus hijos e hijas, hermanos, nietos, tíos, familia y amigos. Pero el clima no podía detenerlos ahora.

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Hace un año salieron a marchar rumbo al palacio municipal desde el mismo sitio: una gasolinera, la misma que recuerda a Mirna Medina por qué nacieron Las Rastreadoras de Desaparecidos de El Fuerte. El 14 de Julio de 2014 Roberto Corrales Medina, su hijo de 18 años, dedicado a la venta de CDs de música, memorias y cargadores en dicho establecimiento de combustible, fue obligado a subir a un vehículo. No lo volvieron a ver con vida. El 14 de julio 2017, el grupo realizó una exploración en un cerro del lugar conocido como Ocolome, en el municipio de El Fuerte. Ahí encontraron unos huesos. En el fondo, Mirna sabía que eran los restos de su hijo. El ADN lo confirmó.

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Una marcha diferente

Esta marcha sería distinta a las anteriores por varios aspectos. Hasta el 12 de septiembre, el día de la marcha, se tienen localizados casi cien cuerpos solamente por el trabajo del grupo, con una cifra de 98 osamentas. Se localizó, entregó y sepultó los restos del hijo de la líder después de tres años de su desaparición. El año pasado gritaban consigas como: “Devuélvanme a mi hijo”, “¿Dónde están, dónde están nuestros hijos…”. En esta ocasión el silencio fue la manifestación más fuerte del dolor contenido, atrapado en la incertidumbre. Aunque acallaron su voz era imposible retener las lágrimas, que eran arrolladas por las pisadas de los que venían detrás. El silencio se sentía como una penitencia porque dolía.

La caminata hacia el palacio municipal empezó. La prensa se avalanzaba hacia el frente para pescar el primer paso del contingente. El segundo paso para la transmisión en vivo porque queremos que todos vean, porque queremos audiencia, más vistas, más likes; para captar la mejor foto, la auténtica imagen de la vulnerabilidad de las madres, de los abuelos, de las esposas ante los estragos que lograban el calor, el dolor, el miedo, la falta de sueño y de esperanzas. Todo junto.

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La marcha recorrió la calle principal y otras avenidas del Pueblo Mágico de El Fuerte, hasta que frente al contingente quedó el palacio municipal y la plazuela, listos para recibir a los turistas locales y extranjeros durante las celebraciones por las fiestas patrias y la ceremonia del grito por la Independencia de México. “Deberían poner retenes para ubicar a la gente armada”, comentaba un anciano. Pero “es Pueblo Mágico, hacer eso ahuyenta a los visitantes”, le respondían. Es preferible continuar escondiendo a los desaparecidos, que no afecte el turismo, “así es la indolencia de las autoridades ante la odisea de los familiares de las miles de víctimas”, un conflicto de intereses.

Al llegar a la plazuela, con pasos apresurados, los manifestantes se dirigieron hacia la sombra de los árboles, con el silencio roto por la solicitud de aprobación para detenerse ahí, de preguntar ahora hacia dónde, con el calor sofocante que hacía rogar por agua fresca, o de lluvia, para tomar; refrescos, helados, sueros para los deshidratados; algo frío porque estaban a punto del colapso del termostato natural del cuerpo. Y mientras, otro numeroso grupo de personas frente a palacio se manifestaban, gritaban, exigían. Eran los Antorchistas que tenían la entrada cubierta.

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Mirna no vio ningún problema. Resolvió entrar al patio interior, a la explanada de construcción colonial con cientos de años de antigüedad por una puerta lateral, casi a modo de invasión. Una vez avisados los miembros del grupo, a la voz de síganme, penetraron el fresco recinto del H. Ayuntamiento de El Fuerte al servicio de los fortenses. La estrategia generó frases de alivio, de gratitud y provocó, bastante, la atención de los representantes del pueblo que se presentaron pronto ante Las Rastreadoras para escuchar sus peticiones.

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Testimonios

Solo un par de mujeres quisieron contar frente a todos su lamentable experiencia; algunas otras, pocas, desde la protección que sentían al estar entre la multitud, expresaban la desconfianza total hacia el sistema de seguridad pública al que responsabilizan de haberles arrebatado a sus desaparecidos. Incluso no todos entraron al palacio, “por temor a represalias”. Mientras los abuelos decían: “ya nosotros qué podemos perder. Pero hay otros que sí”.

Entre las peticiones del grupo se solicitó que se trabaje en los casos. Se mencionó además la desaparición de dos jóvenes originarios de la comunidad de Tres Garantías, municipio de El Fuerte, que fueron entregados a la policía de la sindicatura de Mochicahui acusados de asalto. Al no hallarles prueba, supuestamente fueron puestos en libertad a medianoche, porque ellos querían presentarse a trabajar al día siguiente. Uno firmó y el otro solo dejó plasmada su huella digital en la hoja de liberados. “Mi hijo sabe escribir”, me aclara su madre. Desde el 21 de junio no se sabe dónde están.

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Hubo colapsos, lágrimas desparramadas y pastillas para la presión tiradas en el patio del palacio, donde la alcaldesa Nubia Ramos no se encontraba. Su secretario, Fabián Cota, estuvo para escuchar y atender. Hubo compromiso del recién llegado director de Seguridad Pública, Jaime David Silva García —el cuarto en solo un año— de revisar los casos, de ser sensibles y no indolentes, de atender las denuncias de hallazgos de cuerpos y no omitirlos, “porque no es posible que Las Rastreadoras sí puedan ir dónde la policía dice que no se puede ir”.

Después de ser atendido, el contingente se organizó de nuevo: había que regresar. Nadie se fue sintiéndose solo en su dolor. La familia, como se llaman los que buscan a sus desaparecidos, fue construida con el dolor de la pérdida, donde las búsquedas son terapias, donde las discusiones son catarsis, donde las lágrimas de uno son sostenidas por una pala encajada en la tierra de fosas, en El Fuerte, Pueblo mágico, en la zona norte de Sinaloa. Solo un detalle los hizo esperar antes de emprender el regreso: hacía hambre. Una voz se elevó: “Quienes tengan para el pollo asado saquen pa´la coperacha. El que no traiga, no le hace, véngase”. Esa tarde nadie se fue con el estómago vacío.

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Fotos de la autora. Lee más del trabajo de Graciela Tapia en Diario del Noreste

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