Hace tiempo vi el video de una jovencita que es perseguida por un montón de conejos en Japón, así supe de la existencia de Okunoshima, una isla que está en la prefectura de Hiroshima y a la que se puede ir desde el puerto de Tadanoumi.

Sucedió el verano pasado, me fui a Japón y agregué en mis lugares por visitar la isla de los conejos (Okunoshima) y la isla de los gatos (Aoshima). Tomé un tren bala que me llevó al sur de Japón. Allá supe que la isla Aoshima de la prefectura de Miyazaki era hermosa, pero no tenía gatos. La isla que yo buscaba estaba en la prefectura de Ehime, un lugar también en el sur, pero no tan al sur; fue algo así como querer ir a Veracruz y terminar en Quintana Roo. El error me condujo a felices aventuras pero una vez que retomé el camino, rearmé el itinerario: visitaría Hiroshima y ya estando ahí pasaría a Miyajima, y antes de arribar a la isla de los gatos iría a la isla de los conejos. Así cumpliría los caprichos adquiridos gracias a mi debilidad por las cosas que se publican en internet.

LEE: Aoshima: la isla de los gatos… a la que le hacen falta gatos

Para llegar a Tadanoumi, el lugar desde el que sale el bote rumbo a la isla de los conejos, hay que dejar la comodidad del tren bala y aventurarse a esa parte de Japón en la que más te vale saber algo de japonés o estás frito. En Mihara abordé el tren local. Una anciana pequeñita con pronunciada joroba y sombrero sonrió al verme y empezó a platicar conmigo como si fuéramos grandes amigas. Me preguntó a dónde iba y al escuchar mi respuesta se paró a ver el cartel que indica las estaciones de la línea, corroboró la información con la joven alta y delgada en uniforme escolar que estaba parada a su lado y me dijo dónde debía bajarme. Me sentí aliviada, todo estaba en kanjis —los símbolos utilizados en la escritura japonesa— y hasta ese momento yo no tenía idea de cuántas estaciones debían pasar para llegar a mi destino.

Al bajar del tren supe que estaba en el lugar correcto porque vi un cartel con un conejo sonriente que saludaba a los visitantes. Camine hacia una tienda de recuerdos con una máquina dispensadora de boletos. Ahí, el encargado me pidió 620 yenes (unos 100 pesos mexicanos) y tecleó algunas cosas en el tablero. La caja rectangular y alta hizo algunos ruidos y después escupió un papel y unas monedas que el hombre tomó y me dio en mano. La transacción había sido simple y rápida. Él me señaló un bote blanco con verde de cabina y asientos techados que estaba justo en el muelle de enfrente. Debía abordarlo en ese momento.

Isla conejos cartel

Entregué mi boleto a los jóvenes con chamarra rosa, que eran parte de la tripulación. Miré la hora, eran casi las cuatro de la tarde y yo todavía no tenía idea de dónde pasaría la noche. Descarté la idea de quedarme en la isla. La publicidad mostraba apetitosos platillos con costos que rondaban los 12 mil yenes (poco menos de 2 mil pesos mexicanos). Para mi reducido presupuesto eso era un dineral; si eso era la comida, no quería ni saber en cuánto salía una habitación en el hotel del lugar.

El trayecto me pareció corto, tal vez porque me puse a leer la lista de todo lo que no debes hacer en la isla: no perseguir ni cargar a los conejos, no tocar a los conejos, no poner los dedos cerca de la boca de los conejos, no darles comida para humanos, no dejar a tu mascota conejo en la isla… Estaba en eso cuando vi que el bote para una veintena de pasajeros nos dejó frente a un puente oxidado y chirriante. Pasando el puente esperaba un autobús. Las personas que habían cruzado conmigo tomaron sus maletas y abordaron el transporte terrestre. El chofer me miró desconcertado al ver que caminaba de largo. Me llamó y me dijo que era el único medio para llegar a la zona del hotel. Le respondí que no me quedaría. Se inclinó de hombros y me recordó que debía estar ahí mismo poco antes de las siete para tomar el último bote de regreso a Tadanoumi. Asentí y seguí caminando.

Me dirigí hacia una construcción abandonada que estaba a pocos metros del puente. Me asomé y vi el interior vacío. Cambié de dirección hacia el lado contrario. A lo lejos se veía un faro blanco. Vi varios conejos en el camino. Me sentí decepcionada. No era, ni cerca, el montón de conejos que había visto en el video; mucho menos me correteaban, sólo estaban ahí, siendo conejos y olisqueando la yerba.

Isla de los conejos Puente chillon

Vi unos baños públicos, luego un templo y, más allá, el faro blanco. El acceso al faro estaba cerrado así que no pude más que mirarlo de lejos. Unos metros más allá, subí unas escaleras que conducían a un mirador desde el que pude apreciar la vista del atardecer: el mar quieto que rodeaba las islas aledañas, el cielo azul sin una sola nube alrededor, el sol amarillo naranja del ocaso que se perdía detrás de un montículo alargado. La vista era hermosa, con conejos o sin ellos.

Seguí caminando por los senderos, tratando de fotografiar algunos de los roedores que salían a mi paso, sin mucho éxito. Entonces me encontré con una cerca roja y una placa. Así supe que en ese lugar se había instalado un reflector (searchlight) en la Era Meiji, el periodo histórico de Japón que va de 1868 a 1912. El reflector estaba ubicado estratégicamente para detectar naves enemigas en la noche. La estación tenía una cubierta de iluminación (lighting deck) en la que se colocaba el reflector para su uso. Directamente debajo de la cubierta de iluminación había un faro en el que se almacenaba el reflector. Por medio de un ascensor o torno de mano movían el reflector que tenía un espejo de 90 centímetros de diámetro y alcanzaba hasta 6 kilómetros de distancia.

Isla de los conejos Faro placa

“Un momento”, pensé después de leer esa información, “¿eso qué tiene que ver con conejos?”. Entendí que mi monumental imprudencia me había llevado a un lugar fuera del confort turístico internacional por la mera emoción provocada al ver un video en internet pero prácticamente no sabía nada del lugar, más allá del hecho obvio de que tenía conejos.

Como ya no había marcha atrás, seguí caminando, buscando conejos. Algunos se me acercaban, me olisqueaban, se paraban como pidiendo comida y al ver que no tenía nada qué darles, se alejaban dando pasitos saltones. Como ellos no me seguían, empecé a seguirlos a ellos, fue entonces cuando vi el letrero que conducía al hotel. “¡Tan cerca!”, pensé un poco desilusionada.

Llegué a un terreno plano y verde muy amplio lleno de conejos. No lleno, lleno, de que puedes aplastarlos al caminar, sólo lleno de que los ves saltando por todos lados. Al fondo se erguía un edificio grande, con muchas ventanas. Era fácil adivinar que se trataba del hotel. Supuse que ahí venderían comida para los conejos y pensé en ir a preguntar pero la luz solar se estaba yendo y los conejos eran difíciles de fotografiar con mi teléfono. Llegué a la conclusión de que no valía la pena esa pérdida de tiempo y compra, y seguí caminando.

Isla de los conejos Museo gas

Museo del gas venenoso

Vi un sendero oscuro que conducía a un edificio abandonado. Mi deseo de aventura no era tanto, así que mejor caminé hacia lo que parecían unas oficinas. Al acercarme supe que en realidad se trataba del Museo del Gas Venenoso. “¿Por qué hay aquí un museo de gas venenoso?” me dije a mí misma. Estaba cerrado y comenzaba a oscurecer; no había nadie cerca, el lugar abandonado me había dado muy mala espina y después me encontraba un museo de gas venenoso.

Me puse nerviosa. Mi mente dada a la aventura mezcló la información de base militar, con gas venenoso y conejos, y el resultado no me gustó en lo absoluto. Recordé las películas gore japonesas que tanto me gustaban y de pronto me imaginé en una terrible escena en la que era víctima de experimentos con gases venenosos y mis compañeros de celda eran los tiernos conejitos que había visto. O peor, justo eran los conejos la carnada para atraer a turistas estúpidos como yo, y eso explicaba por qué no había visto a otras personas durante mi recorrido.

Caminé de prisa hacia el final del camino, tratando de calmarme. Llegué de nuevo al puente chirriante y oxidado que se mecía suavemente con el vaivén del mar. El ruido no ayudaba en mi reciente ataque de paranoia pero no había un lugar mejor donde ir. Me senté a ver el mar y recordé que en medio del frenesí del viaje había leído algo de la isla, algo relacionado con eso.

Isla de los conejos Atardecer

Okunoshima había sido el lugar en el que se fabricó el gas venenoso que los japoneses usaron contra China como arma química en la Segunda Guerra Mundial. En esos momentos yo estaba en la isla que había visto nacer armas biológicas que habían cobrado numerosas víctimas. Imaginé chinos muriendo de peste bubónica, cólera o carbunco. A la imagen se le sumó la vivisección, la tortura, el canibalismo… Atrocidades dignas de Guinea Pig, la serie de películas gore de los 80. Atrocidades que las personas que nos gusta Japón decidimos olvidar o ignorar porque es incómodo.

La planta de la isla fue construida a finales de la década de los 20 y alojó una fábrica que produjo gas mostaza y gas lacrimógeno. Como Japón había firmado el Protocolo de Ginebra, no podía hacer armas químicas, así que todo lo que pasaba por esa época en Okunoshima se debía mantener en secreto, tanto que incluso se llegó a borrar su registro de algunos mapas.

Pero ahora yo estaba ahí, en una isla llena de conejos y secretos militares que eran revelados en un museo. Recordé esa mañana en el Museo de la Paz, en Hiroshima. Lo expuesto me perturbó tanto que terminé llorando casi al final del recorrido. Entendí porqué hacen eso, porqué no borran para siempre un pasado tan atroz: para recordar y para advertir las cosas terribles que hace la humanidad durante la guerra.

Un grupo de jóvenes risueños me distrajo de mis cavilaciones. Eran tres parejas que se sentaron a esperar el último barco del día. Más tranquila, lamenté que el Museo del Gas Venenoso ya estuviera cerrado. Me hubiera gustado visitarlo y averiguar si los conejos tenían algo que ver con el pasado siniestro en materia militar o si se trataba de una feliz coincidencia. No tuve suerte. Resolví mi duda mucho después, vía internet. Al parecer, los conejos actuales no tienen nada que ver con los experimentos que se hicieron en ese entonces, aunque algunos no piensan lo mismo.

Isla de los conejos conejo

Eran las seis y cuarto y ya había recorrido una parte de la isla. Me pareció pequeña, 3.4 kilómetros, según “San Google”. Me quedaban a deber la imagen idílica de ser perseguida por un montón de felpudos conejos que, finalmente, me tumbarían al piso y se me abalanzarían con sus mullidos cuerpos. Pensé que tal vez más allá del hotel, el museo y la construcción abandonada, había muchísimo más isla con numerosos conejos. Quise entonces darle una oportunidad al lugar y regresé al hotel para preguntar el costo de la habitación por una noche. Total, nada perdía con averiguar.

La recepción del hotel era amplia y estaba muy iluminada. Tenía figuras de conejos por todos lados. En un extremo, se veía una cafetería; en el otro, un restaurante bastante concurrido. Después de una espera infinita porque estaba al teléfono, el sujeto regordete de la recepción me informó que esa noche no tenía vacantes. Suspiré resignada. Estaba decidido, regresaría a tierra firme y seguiría mi viaje.

Isla de los conejos Faro

Consulté la tabla de trenes y vi que, con buena suerte, podía alcanzar el penúltimo tren rumbo a Matsuyama, mi siguiente destino (la isla de los gatos); con no tan buena fortuna, abordaría el último tren.

Abordé el último barco de regreso a Tadanoumi. Llegué corriendo a la estación sólo para ver, con un poco de sobresalto, que acababa de partir el tren que quería tomar. El siguiente pasaba casi una hora después y sólo me dejaba la opción de llegar a Matsuyama en el último tren de la noche, pasadas la una de la mañana.

Fui a la tienda de conveniencia por algo para comer. Regresé y cené, muy a mi pesar, en las bancas de la estación. A las 7:55 se abrió la puerta del tren que abordé sin ganas. Llegué a tiempo a Mihabara, estación en la que tomé de nuevo el tren bala. Adormilada, bajé en Okayama para tomar el exprés a Matsuyama. Estaba tan soñolienta que no daba con el andén. Pensé que lo perdería, pero no. Subí al último tren del día. Había sido un dia muy ajetreado: Museo de la Paz en Hiroshima, zona de templos con torii a la orilla del mar en Miyajima, isla de los conejos. Estaba cansada y lo único que quería era llegar a la estación. Sólo entonces me permitiría pensar dónde pasaría lo que quedaba de noche.

Llegué a la estación y, como pude, me arrastré al baño. Era de los típicos japoneses, esos de piso; en mi estado (me había caído en Miyajima y tenía la rodilla lastimada) fue difícil maniobrar, pero no era como que alguien me esperara así que me tomé mi tiempo. Salí y fui a lavarme las manos. Tenía una excelente luz cenital que aproveché para lavarme la cara, con la esperanza de reanimarme con el agua fresca. Salí del baño arrastrando los pies y me dirigí rumbo a la salida pero, ¡oh, sorpresa!, la estación estaba cerrada, silenciosa y vacía, las puertas, inamovibles.

¿Por qué eso no salía en los videos que circulan por Facebook? ¿Por qué hay un video de “mujer perseguida por cientos de conejos en una isla japonesa” pero no uno que diga “mujer atrapada en estación japonesa cerrada”? ¿Por qué soy tan impresionable y tan estúpida como para cruzar medio Japón para ir a islas llenas de conejos o gatos? Supongo que es parte del encanto de viajar a la aventura.

Fotos de la autora

Comments

comments