Su sarcástica sonrisa me hizo que deseara gritar y salir del protocolo, pero la falta de reacción de su anfitrión tumbó mi indignación. Me hizo sentir indefenso. ¡Ah!, qué rabia la mía cuando finalmente vi que se marchaban por una de las puertas laterales del salón Adolfo López Mateos de la Residencia Oficial de Los Pinos.

A esta altura ya saben que me refiero a la conferencia de prensa conjunta que ofrecieron el presidente de México, Enrique Peña Nieto, y el aspirante republicano a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump. Tenía rato que no acudía a Los Pinos, sólo para presenciar lo que, a mi juicio, ha sido uno de los errores políticos más grandes del primer mandatario mexicano.

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Cuando me enteré que el señor Peña había invitado a nuestro país a este personaje con pelos de estropajo, y que lo recibiría en Los Pinos, pensé que se trataba de un chiste, de un meme, de alguna clase de broma de mis amigos, y no quise creerlo. Hasta que chequé personalmente la cuenta de twitter del presidente. Por eso decidí, al recibir la invitación a la conferencia, asistir.

Bajaba del taxi cuando oí el arribo de un helicóptero. Eran las 13:41 del jueves 31 de agosto de 2016. Creo que nunca olvidaré la fecha. Me formé para recibir el sticker que me permitiría ingresar a la casa presidencial. Caminé hasta el recinto, y saludé, en un salón contiguo a aquel en el donde se llevaría a cabo el evento, a varios de mis compañeros periodistas.

Aproximadamente a las 14:30 horas nos invitaron a pasar al salón López Mateos. Esperé al final de la fila y me acomodé en una silla detrás de la caja multicontactos en la que podría conectar mi grabadora, y detrás del pool de periodistas norteamericanos. Saludé a otros compañeros con quienes cubrí la fuente de presidencia en el sexenio de Felipe Calderón. Esperé.

Pasadas las 15 horas, finalmente entraron al salón. Ambos personajes vestidos de elegantes trajes en azul y camisa blanca. Peña Nieto con corbata en azul y verde, y el magnate con corbata azul cielo y finas franjas blancas. El mandatario mexicano fijó su postura, pero no escuchamos lo que creíamos iba decir. Todos, cerca de 150 periodistas de México y Estados Unidos ahí presentes, pensábamos que expresaría el mismo enojo del pueblo mexicano ante las injurias emitidas en repetidas ocasiones por el candidato republicano, en las que llamó delincuentes, violadores y narcotraficantes a todos los mexicanos que hemos cruzado legal o ilegalmente la frontera; que manifestaría que la idea de construir un muro físico entre las dos naciones era un acto retrógrada, insensible y estúpido, y que lo menos que podría hacer, era ofrecer una disculpa, como la que el propio Peña Nieto ofreció por el asunto de la llamada Casa Blanca. No repetiré lo que dijo. En ese momento yo no quería seguir escuchándolo; parecía estar de antemano, disculpando a su invitado.

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Luego vino el turno del “gringo”. En ese momento la expresión encarnaba el mismo sentido que cuando ocurrió la invasión norteamericana a nuestro país. Dijo querer mucho a los Estados Unidos y a los mexico-americanos de segunda y tercera generación, pero nunca mencionó a los mexicanos recién llegados, olvidando la contribución que, incluso los ilegales, generan en tierras estadounidenses. Fijó una agenda de colaboración de cinco puntos, asegurándose de dejar en claro que la construcción de “una barrera física o muro” en la frontera común, sería de beneficio para ambos países, y que además era un derecho soberano de cualquier Nación.

Se nos había dicho, antes de entrar al salón, que no habría sesión de preguntas y respuestas, pero “el gringo” tomó el control de la conferencia de prensa, y cedió la palabra a los periodistas estadounidenses, sin siquiera mirar a los mexicanos, aunque más de uno se levantó de su asiento y quiso preguntar.

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Uno de los compañeros norteamericanos, de nombre John, le preguntó si habían hablado del muro y quién pagaría por su construcción, a lo que Trump respondió con una gran y socarrona sonrisa: “No lo discutimos, no lo discutimos… quién iba a pagar por el muro, no lo discutimos”.

Ante la insistencia, reiteró lo dicho: “Yo empezaré, es una pregunta muy fácil de responder. No lo discutimos, no hablamos sobre el pago del muro, esto sería para una fecha posterior, fue una reunión muy preliminar..”.

Observé al presidente de México, quien apoyado en su atril miraba a su invitado. Parecía no entender de qué estaba hablando, y lo confirmamos cuando el propio Trump le cedió la palabra.

“…le hice también notar y sentir la gran responsabilidad que tengo como presidente de México de defender al pueblo de México, de defender a las y los mexicanos aquí, y que están fuera de México. Que había habido mal interpretaciones o afirmaciones que lamentablemente habían lastimado y afectado a los mexicanos en la percepción que él viene haciendo de su candidatura, y de la cual soy absolutamente respetuoso. Que el pueblo de México se había sentido agraviado por comentarios que se habían formulado, pero que yo estaba seguro que su interés genuino es por construir una relación que nos lleve a darle a nuestras sociedades condiciones de mayor bienestar”.

¿Era esa su forma de exigirle una disculpa? ¿Y del muro? ¿Qué no escuchó lo que dijo del muro? ¿Para eso lo trajo a México? ¿Para que volviera descaradamente a burlarse de nosotros?

Concluyó la conferencia y Mr. Trump invitó cortésmente a Peña Nieto a abandonar el lugar, y pareció agradecerle su apoyo con una palmadita en la espalda. Mis vecinos de silla y yo nos miramos, movimos la cabeza y sólo atinamos a decir… bueno, prefiero no repetirlo. Aunque sí debo reconocer que, si bien como reportero tengo la obligación de ser imparcial y objetivo, esa tarde en Los Pinos tuve deseos de perder las formas y abandonar la ética y el protocolo

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Foto portada: Notimex

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