Cuando en marzo se canceló la pasada versión del Festival Hell & Heaven muchos supusimos que jamás habría una reunión metalera en la Cuidad de México. Algunos de los artistas se fueron molestos, hasta hablando pestes del país, ¡vamos, Rob Zombie canceló todas su presentaciones en México! Todo parecía perdido, pero los organizadores no se dieron por vencidos y después de hacer un pacto con el diablo, lograron colocar el festival de nuevo en la escena musical del país, sólo que con una versión más light, por haber bandas menos metaleras. Sin embargo, el cartel logró convocar a suficientes grupos de muy alta calidad de la escena, lo que llamó a la fanaticada que se aprestó a disfrutar un día de metal.

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Desde las diez de la mañana se abrieron las puertas del Foro Sol, y la banda metalera empezó a llegar de a poco. Sin embargo, se notaba algo de falta de planeación: primero el pandemonio que sufrieron los reporteros para obtener su acreditación, seguido del largo y tortuoso camino desde la puerta cinco de la Magdalena Mixuca hasta la zona de los escenarios, ¿Por qué no habilitar las entradas de Churubusco y Añil?

Tal vez la razón sea el control de la gente, porque la otra cosa a notar enseguida es la extrema seguridad que hay; aunque es común ver granaderos en algunos conciertos masivos, esta vez la cantidad es mayor, un poco, pero más que de costumbre, además de que los uniformados llevan puesto sus trajes antimotín. También se ve un destacamento de la policía montada y justo a la entrada policías auxiliares y bancarios se encargan del obligatorio cateo y revisión de los que vamos entrando. Está bien que la gente que acude a un evento de metal sea un poco más explosiva pero parece que las autoridades exageraron. Muy pocos notan el gran numero de polis. Un chico comenta la situación a su compañero, pero éste no se deja amedrentar:

–Me vale verga, carnal, yo vengo al metal y a chelear, pasarla chido y sin pedos. Qué se pudran los de azul.

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Justo después del último punto de revisión estaban los puestos del Tianguis del Chopo, todos exhibiendo su parafernalia alusiva al metal: posters, camisetas, máscaras, discos de vinil –ahora tan de moda– y hasta ropa de bebé con estampados satánicos y cráneos.

Mi acompañante y yo nos detenemos en un puesto donde compramos un souvenir, el señor que nos atiende nos comenta que ya hacía falta un evento metalero así en la ciudad. Está contento, las ventas pintan para ser buenas, y cómo no, mucha banda no tiene la oportunidad de lanzarse al Chopo, o de plano no lo conocen (claro si vives fuera del D.F. o debajo de una piedra). Las tarjetas de los puestos pasan de mano en mano y los locatarios esperan haber ganado un cliente nuevo.

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El tono que abunda es el negro: camisetas con estampados de grupos de rock, chamarras de cuero y el típico chaleco de mezclilla entre los chicos, y las chicas con sus medias de red oscuras, sus shorts o faldas del mismo matiz y maquillaje en tonos sombríos. Se antoja que alguna de estas sexys vampiresas lo ataque a uno.

La mayoría del público parece ser mayor de 30 años, se entiende porque muchas de las agrupaciones vieron sus mejores tiempos hace dos décadas o más. Hay padres de familia con sus peques, así como muchos chavos que van a conocer a los grupos que recién descubrieron. Abunda otro tipo de maquillaje, el que imita el de Kiss, la mayoría de los asistentes esperan con ansias la presentación de la banda neoyorkina, al igual que los seguidores de Limp Biskit, que son fácilmente identificables por las gorras de beisbol de los Yankees.

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Al principio la fanaticada se dispersó por toda el área del festival, algunos buscando apaciguar el calor con una chela, otros queriendo calmar el hambre en los tan de moda food trucks y unos más hacia las atracciones extras, como el show medieval de Crystal y Acero, el espectáculo de motociclistas y el de peleadores de artes marciales mixtas y lucha libre. La variedad no faltó, pero, otra vez se notó la falta de logística. Durante el evento de las motocicletas algunos de los rockeros exclamaron “qué chafa”, lo mismo para el ring de lucha.

Conforme la tarde cae la banda se separa, están los que buscan metal del bueno, tradicional, los que son más fanáticos de la escena oscura y quienes van a ver a los grupos principales. Entre estos últimos se pueden ver a los seudofans, a los que van sólo por la foto para sus redes sociales, que no saben qué onda con la escena metalera pero quieren presumir que vieron a Kiss bien cerca, aunque sólo se sepan el coro de una canción. Y así como hay fans de fachada, los hay también de hueso colorado, chicos y chicas que se colocan hasta enfrente de un escenario con tal de ver a su estrella favorita de cerca, a pesar del calor, el polvo y el cansancio.

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Al llegar el día a su fin y mientras el metal sigue sonando por aquí y acullá, la presencia policiaca parece diluirse, como que se dan cuenta que la banda metalera podrá ser energética pero no violenta. Se les nota, como cuando bailan slam, si cae alguien enseguida se acercan dos o más compañeros a levantarlo, las pertenencias que rodaron son devueltas a sus dueños y al terminar todos salen juntos a buscar una chela.

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Los grupos terminan sus presentaciones y es hora de volver a casa. El Festival deja un sabor agridulce: todas las banda se rifaron, otorgaron buenas presentaciones, sin embargo, la logística y contratiempos con el sonido en algunos escenarios hacen que muchos fans salgan molestos, pero son contados. La mayoría ya especula sobre quiénes estarán presentes en la siguiente edición, que se ve próxima, sin los problemas con los que se enfrentó a principio de año en Texcoco. Así que podemos decir que hay Hell & Heaven para rato.

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