—¡Dale duro! ¡Queremos ver sangre! ¡Dale, dale, dale, dale!

Los gritos retumbaban en mis oídos. La “piñata” en cuestión era yo. Tenía los ojos cerrados. Prefiero recibir los golpes así, concentrada en la respiración y sin distraerme con el mundo, pero era difícil ignorar los gritos exaltados que pedían sangre, mi sangre.

No es la primera vez que voy a una marcha del orgullo LGBTTTI (Lésbico, Transexual, Travesti, Transgénero e Intersexual) que se organiza en la Ciudad de México, pero sí que me sumo a un contingente. Vista así, la marcha es muy distinta. Cuando iba con mis amigos, por nuestra cuenta, teníamos libertad de movimiento. Podíamos ir con los osos, caminar junto a los geeks o apresurar el paso para llegar más rápido a Bellas Artes. Si teníamos hambre, nos deteníamos en los tacos de canasta o en alguna de las muchas tiendas de reforma.

Esta vez era distinto. Iba con la gente de Calabozo MX y eso implicaba estar a la hora convocada y hacer el recorrido con ellos. Adiós a la toma de fotografías desde distintos puntos de la marcha, a caminar al paso que quisiera o a almorzar en algún puesto ambulante. Debo decirlo: valió la pena.

Marcha orgullo gay 4

La cita para la marcha XXXVII era a las diez y llegamos poco después. Iba con mi amo y con C. Encontramos la plataforma unos metros después de la Diana. Saludamos a Marqués Alexander y nos sentamos en una banca aledaña. Disfrutaba ver los preparativo. Nuestro grupo tenía dos plataformas y en una de ella se estaban montando los muebles para jugar. Teníamos versiones encontradas en ese sentido, se supone que hasta la noche anterior nos habían pedido no hacer demostraciones BDSM en público, pero ese mismo día Marqués nos puso al tanto:

—Recibimos una carta, dicen que originalmente no, pero que ya saben que vamos a hacer lo que queramos así que…

Por las dudas, ese día sacamos a pasear algunos juguetes. Mi amo insistió en llevar el fuete. Además, preparamos una bolsa con un flogger pequeño, una carretilla para corte y confección, y varias máscaras para nuestros amigos que también irían con nosotros.

Según yo, mi atuendo era simple: tutú negro, medias de red de calavera, calcetas largas arcoíris, botas de UPIBG —tengo una recaída en una lesión que me tiene prohibido el uso de tacón, fue muy triste porque tengo unas botas fetish hermosas—, blusa con escote amplio —en espalda y busto, y abierta de las mangas, facilita mucho los azotes— y corsé negro corte halter. Digo que es simple porque el tema fetish se puede poner muy elaborado y en este caso el corsé ni siquiera me apretaba. Además, obviamente, del collar de restricción —que me encanta— y las muñequeras en las que se sostenían las cadenas.

Poco después saludamos a Krystal que, al igual que Marqués, iba y venía con globos y demás adornos para la marcha. Nos dio un par de collares con trozos de papel negro, blanco, rojo y azul. “Demasiado francés”, dijo M, el siguiente amigo que se unió a nuestro pequeño grupo y a quien rápidamente pusimos uno de los collares.

Marcha orgullo gay Fernanda y Sabrina

La plataforma de Calabozo MX fue patrocinada por Fernanda Tapia, así supe que tanto ella como Sabrina irían ahí arriba. Pasadas las doce, el camión se puso en marcha. Krystal me dijo que subiera, pero me negué. Sería un lugar con demasiada atención encima y yo quería participar de una forma menos visible. Iría a ras del suelo, así, además de ver la acción desde abajo, mi amo me podría pasear sin causar —demasiado— resquemor.

A esas alturas, ya tenía puesta la máscara, algo muy importante para mí. En estos años he aprendido a separar mi personalidad sumisa —o sumi—, que es la que tiene la máscara, de la otra mujer que todo el mundo conoce. Por eso era importante llevarla puesta al primer acto público en el que me reconozco como parte de la comunidad BDSM. Ya tenía mi cadena de paseo, así que estábamos listos para partir.

Originalmente estábamos en el lugar número 13 de la marcha y nos pasaron al 9 —después supe por Krystal que la asignación de lugares es por sorteo, aunque no me enteré de la razón del cambio—, es decir, estábamos en la primera mitad de la marcha, casi al principio, pues. ¿Saben de qué sirvió eso? No de mucho. A las 12 y media seguíamos parados exactamente en el mismo lugar.

Enfrente de nosotros iba una ama en una carreta jalada por varios sumis que se alternaban. También llevaba una sumi encadenada caminando a su lado y, cuando el sumi con cadenas en el pecho y calzón negro transparente dejaba de jalarla, también se ponía a su lado. Ese era el contingente a pie de Calabozo MX al empezar la marcha.

Marcha orgullo gay 1

El tramo de la Diana al Ángel se me antojó eterno. Estuvimos demasiado tiempo parados y lo único bueno de eso fue que al fin nos alcanzó R, el amigo que faltaba en mi grupo. Al parecer, el metro en el trayecto de Nezahualcóyotl a Zona Rosa era una locura.

El contingente de los vaqueros estaba un par de sitios delante de nosotros, así que nos tocó soportar la espera entre mierda de caballo. En algún punto, me pareció interesante tomar una fotografía con perspectiva desde el piso así que —pese a mi malestar en la rodilla—, me agaché a tomar la foto. M no quiso desperdiciar la oportunidad de tenerme en el piso, así que me pidió que posara para tomarme una foto en cuatro patas. Lo hice. Al parecer, la escena le pareció atractiva a otros transeúntes porque me pidieron algunas fotos más así. De no haber estado mal de la pierna, me hubiera gustado hacer al menos un pequeño tramo así, el pet play tiene su encanto, pero esa sola acción ya implicaba una temeridad en mis circunstancia así que, como pude, me paré.

Como avanzábamos muy lentamente, en algún punto el chofer de la plataforma dejó de estar tras de nosotros y nos separamos por unos metros, entonces un grupo de ignoro qué decidió que ese espacio estaría bien aprovechado con ellos en medio. Metieron ahí una bandera arcoíris gigantesca y un montón de gente con pancartas que la verdad no alcancé a leer. Todo fue muy rápido. Krystal llegó en un santiamén a hablar con ellos y les explicó que nosotros estábamos en el mismo contingente que la plataforma de atrás, que si por favor podían moverse. Su respuesta fue inmediata, decidieron ¿por qué no? Pasar su inmensa bandera mojada y llena de caca de caballo sobre nosotros. Yo, automáticamente, doble el tronco hacia delante, mientras que mi amo, bastante más alto que yo, detenía la bandera sobre mí, para que no me ensuciara. Mis amigos no corrieron con la misma suerte. Uno de ellos terminó con mierda de caballo en la cabeza y huyó veloz al baño de Sanborns a lavarse. Esa embarrada de caca no fue consensual.

Marcha orgullo gay 5

A esas alturas, llegó la sumisa pelirroja a la que la espalda se le pone divinamente roja cuando la azotan. Me vio y me dijo:

—¡Se me olvidó mi cadena! ¡Así me va a ir al rato!

Lo solucionaron con un amarre de bondage en el torso y le amarraron las muñecas por atrás de la espalda. Me dio gusto no ser la única sumisa en circunstancias parecidas. Yo tenía movimiento restringido de manos pero al frente. Mi amo se negó a amarrarme por detrás porque no quería que me tropezara y cayera de bruces sin siquiera meter las manos. Por fortuna, no pasó.

Llegamos al Ángel hasta las dos y media, casi tres horas después de habernos puesto en marcha. He recorrido ese tramo numeras ocasiones y nunca me había parecido tan largo y cansado. Al llegar ahí, sentí que me sumergía en un carnaval o algo parecido pues si bien, en todo el tramo anterior pasaba gente y tomaba fotos, aquí había un denso tapón humano que miraba a quienes pasábamos por ahí.

Desde la espera, mi amo y yo empezamos a jugar, así como la sumi pelirroja y el suyo. Mi amo me daba golpecitos en los senos con el fuete. A veces, también lo hacía en la espalda, pero era más porque estaba probando un tema de tensión que nunca entendí. También había sacado la carretilla de corte y confección y la había probado en todo el grupo. Solo M tuvo serios problemas con la carretilla, decía que se sentía como si le caminaran insectos y la sensación le parecía molestísima. Mis amigos, debo advertir, son vainillas —aquellos que no son practicantes del BDSM—. Pero allá atrás, a nadie le importaba si jugábamos o no, aquí, en cambio, la sola imagen de la ama llevada por un sumiso causó conmoción. Si a eso le sumamos los azotes que le daban a la otra sumi y los fuetazos a mis senos, el ambiente se puso intenso.

Ahí empezaron los gritos:

—¡Dale duro! ¡Queremos ver sangre! ¡Dale, dale, dale!

Yo no me lo esperaba. Vaya no es como que vaya por la vida dejando que los demás vean cómo juego con mi amo, así que realmente no sabía qué esperar, pero lo que pasó me desconcertó demasiado. Era como si estuviéramos en el circo romano y la multitud clamara por mi cabeza.

Los gritos era genuinos, reales. La saña retumbaba en esa muchedumbre:

—¡Más duro! ¡Que le duela! ¡Que sangre!

Por fortuna, mi amo no sucumbe ante la presión social y los ignoró. Escuché lamentos de decepción conforme avanzábamos.

Marcha orgullo gay cuatro patas

Traté de entender qué pasaba y la reacción de quienes veían la marcha. Para empezar, las cervezas entre mochilas corrían de un lado a otro y era obvio que buena parte de los ahí presentes ya estaban ebrios; para continuar supongo que es el efecto de las masas y de estar en un ambiente en el que socialmente se aceptan conductas que de otra forma son reprochables. Esa era la razón y no otra por la que mi amo podía azotarme en público y también por la que algunos pedían sangre sin un gramo de piedad.

Todo ese tramo fue caótico y confuso. Evité cerrar los ojos mientras sentía los fuetazos, para poder ver la reacción de la gente. Era un mar de emociones, desde las señoras cuarentonas visiblemente excitadas ante el espectáculo, hasta las que nos miraban con asco y desprecio. También había caras de sorpresa, de incredulidad y de reprobación. Nunca me había sentido tan juzgada como en ese momento.

Claro, también estaba los otros, los que sonreían con complacencia, los que se entusiasmaban y los que pedían que a ellos también los azotaran, por favor.

Cruzamos Insurgente y los ánimos se templaron de nuevo. Había mucho menos gente viendo en los laterales, aunque daban la impresión de estar un poco más ebrios. Mi amo aprovechó el tiempo y el espacio para darle a mis amigos una clase rápida de uso de flogger. Como la sumisa dispuesta para el ejercicio, me tocó levantar el culo para recibir los azotes, pero mi querido M tenía tanto miedo de lastimarme que con trabajos me acercaba el instrumento. Unos metros después y tras la insistencia de mi amo, M dio sus primeros golpes aceptables con flogger. R no necesitó tanta asesoría, tomó la bandera BDSM que le habían dado a mi amo y empezó a darle pequeños golpes a C que resistía pacientemente. Fue lindo tener la compañía de mis solidarios amigos vainilla en esos momentos.

Después vi a un jovencito orejón muy risueño. Me llamó la atención que su vestuario —o falta de él— no era ostentoso como tantos que se ven en la marcha, pero me pareció mucho más rebelde: camiseta blanca sin mangas y tenis. El resto de su ropa lo tenía en la mano. Tenía su miembro de fuera, sin inmutarse siquiera. Encontró mi mirada y se entusiasmó. Se levantó la camiseta para dejarme ver bien su miembro y lo empezó a agitar. Yo le saqué una foto, creo que era lo menos que podía hacer ante semejante despliegue de entusiasmo.

IMG-20150701-WA0042

Metros más adelante, nos encontramos con una pareja de amo y sumiso. El amo pidió que dejaran que su sumiso jalara unos cuantos metros la carreta en la que iba la ama de nuestro contingente. Así lo hizo hasta que el amo le ordenó que se detuviera. El sumiso que se encargó de casi todo el trayecto recibió de nuevo el vehículo y siguió jalando.

El tramo hasta el Caballito fue mucho más rápido que el anterior. Había menos gente y más espacio para moverse. Incluso el camión llegaba a presionarnos para avanzar más rápido. Yo no tenía problema, pero el grupo de la carreta sí. Después de todo, no es cosa fácil cargar a una persona o dos por varias horas, por kilómetros y sin nada más que la fuerza de los brazos.

Entonces nos paró un anciano ebrio del tipo “loca” que al ver la escena de la ama montada y del sumiso jalando se desquició. Le empezó a gritar sumamente enojando y ofendido:

—¡Bájate! ¡No seas huevona! ¡Camina!

Al no encontrar ni la más mínima respuesta en ella o en su sumiso, se volvió hacia mi amo que estaba blandiendo el fuete unos pasos atrás y le dijo:

—¡Pégale! ¡Bájate, reina! ¡Las suelas son para usarse! ¡Desgasta las suelas, mamacita!

Mi amo también lo ignoró y el contingente avanzó dejando a la loca vieja y ebria nadando en un caldo de bilis.

Ya pasaban de las cuatro y nosotros apenas estábamos dando la vuelta en el Caballito, dispuestos a la recta final. Ahí, la gente se empezaba a aglutinar y el tránsito se hacía pesado. M y R decidieron al fin usar las máscaras que les habíamos llevado y entonces un par de viejitos les pidieron fotografías. Tarde entendieron la importancia de la parafernalia si quieres un poco de reflector.

Miré las pantallas gigantes que estaban antes del Hemiciclo a Juárez. En ese momento Fernanda Tapia mostró sus senos, captados por la cámara. Me parece que son unos buenos senos.

Me acerqué al sumiso que cargaba a la ama desde hacía un buen rato. Le pregunté cómo le hacía para resistir:

—Soy diablero de La Merced —respondió sonriendo.

Marcha orgullo gay 2

Metros adelante nos encontramos con un viejito leather —con su emblemática indumentaria de cuero—. Le pedí una foto. Me dio gusto encontrar una mirada de empatía entre la muchedumbre. Fue un instante en el que la complicidad nos unió.

Justo enfrente de Bellas Artes el lugar estaba intransitable. Un mundo de gente estaba ahí detenido y no había forma de avanzar. Eran casi las cinco y yo sólo había desayunado unas galletas de avena y un yogurt bebible. Soy masoquista, pero detesto tener hambre. Miré a mi amo y a mis amigos y les dije:

—Ya estuvo. Hasta aquí. Vamos a comer.

Como pudimos, salimos de entre ese mundo de gente, nos quitamos los implementos y nos fuimos a comer. Como siempre, el collar de restricción hizo de las suyas y hasta el día de hoy tengo las marcas que lo prueban.

Comments

comments