Faltan algunos minutos para las siete de la mañana. Entre el follaje de los árboles sube el humo que emana del incensario y que se mezcla con los haces matutinos de luz para conformar una atmósfera enigmática. Es lunes 2 de marzo y los pobladores ya comienzan con la limpieza del manantial y de los apantli o acequias que conducen el agua hasta las casas y sembradíos.

Es la fiesta del Apantla, que cada año se realiza en Santa Catarina del Monte, una comunidad del oriente del Estado de México, situada en lo que alguna vez fuera el Señorío de Texcoco. En la dimensión práctica, esta fiesta se realiza antes de que comience la temporada de siembra, y consiste en limpiar los canales de riego que llevarán el agua hasta las parcelas. En la dimensión simbólica, la celebración se realiza en honor a los “dioses del agua”, para agradecerles por el líquido.

Dioses del agua 1 Arturo Zepeda

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El retumbar del teponaztle —el tambor prehispánico— marca la solemnidad de la labor. Un ejército espontáneo con palas, bielgos y escobas, retiran las piedras, la basura y la hojarasca acumulada en los lugares donde “nace” el agua y también en los canales por donde “corre”. Alrededor de las nueve de la mañana, los hombres, mujeres y niños encargados de la limpieza terminan y se repliegan, luego se dirigen a la casa del aguador, quien les ofrece un generoso desayuno.

La fiesta del Apantla es organizada por las autoridades civiles del pueblo: delegados, presidentes de bienes comunales, del comité de vigilancia y del comité de agua del manantial, y el aguador, éste último encargado de repartir el agua en la comunidad y de vigilar su buen aprovechamiento. Pero también participan activamente las autoridades religiosas: fiscales y mayordomos de la iglesia.

Dioses del agua 3 Arisbel López

Repuestas las fuerzas y las calorías, el contingente se dirige de nueva cuenta al manantial y a los cuerpos de agua, pero ahora con las cruces de color azul, que simbolizan a las deidades de la lluvia y la fertilidad. Como sucede en los días de fiesta patronal cuando se le cambia el vestuario al “santito”, el día del Apantla se le cambia la vestidura a las cruces: se pintan nuevamente y se adornan con flores y listones de colores.

El objetivo ritual de la jornada festiva es uno: agasajar a los “dioses del agua” y a los ayudantes de éstos, conocidos comúnmente como teochis o duendes. Otras personas también los conocen como aires. La lógica que fundamenta esta festividad es la siguiente: los duendes son los vigilantes de los manantiales y del agua, y tienen la capacidad de encantar o agarrar a la gente que la toma sin pedirles permiso o sin ofrecerles algo a cambio.

Dioses del agua 4 Arisbel López

Al pie de la montaña, en los parajes donde nace el manantial y en lugares donde hay depósitos de agua o presas, se entregan las ofrendas: alimentos, flores, rezos, cohetes, incienso y música. Como se piensa que los teochis son seres pequeños —quien los ha llegado a ver dice que parecen charros diminutos—, las ofrendas también son en pequeño: pancitos caseros de trigo, frutas chicas como plátanos dominicos, uvas, ciruelas y flores minúsculas también.

Esta práctica ritual sin igual, evidencia una serie de relaciones de reciprocidad entre los habitantes de esta comunidad y las divinidades del agua, independientemente que se trate de las del panteón prehispánico o de las de la tradición católica. En esta concepción simbólica del agua encontramos muchas correspondencias con la que tenían los antiguos mexicanos de tiempos precolombinos. Para muestra un botón. La siguiente es una narración de Fray Bernardino de Sahagún registrada en su Historia general de las cosas de Nueva España:

“Nos consta que vuestros antepasados adoraron y tuvieron por dios a un diablo que ellos llaman Tláloc o Tlaloque Tlamacazqui. A este diablo con muchos otros sus compañeros llamados Tlaloque atribuían vuestros antepasados falsamente la lluvia, los truenos, rayos y granizo, y todas las cosas de mantenimiento que se crían sobre la tierra, diciendo que este diablo, con los demás sus compañeros, lo criaban y daban a los hombres para sustentar la vida. A honra de este diablo y sus compañeros hacían gran fiesta el primero día del año, cada un año, que era segundo día de febrero, en el cual día mataban innumerables niños sobre todos los montes eminentes”.

Regresando a la fiesta. Una de las acciones más emotivas y asombrosas es el momento en que la gente ofrenda ceremonialmente pétalos de rosas en los depósitos de agua y canales que la conducen. Acaso es el instante por excelencia donde se materializa la concepción de dar para recibir. Y esto a uno como citadino le produce un quiebre: allá en Santa Catarina, para sus pobladores el agua no es un servicio público que brinda el Estado a cambio del pago de un recibo; es una bendición otorgada por una divinidad a la que hay que ofrendarle constantemente para seguir obteniendo su benevolencia.

Fotos: Arisbel López

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