La cita fue el 14 de septiembre a las 7 de la mañana en el quiosco del jardín municipal de Texcoco, en el Estado de México. Aquella mañana, en la víspera de la celebración patria, volvía a tener esa extraña y recurrente sensación de estar en un lugar que no me correspondía haciendo cosas que no me correspondían. Supongo que por eso me gusta la antropología.

Después de que el grupo se concentró, unas 20 personas, colocamos los insumos necesarios para el ascenso en las cajuelas de las camionetas todo terreno que prometían aventura. Las mochilas contenían breves desayunos, termos, agua, frutas secas, chocolates y ropa abrigadora extra por si el clima lo ameritaba. En las bolsas de plástico, en cambio, había flores de colores, semillas de todo tipo, hierbas aromáticas, velas, sahumadores con copal, y tlacoyos y tamales; cosas, pues, para ofrendar a Tláloc.

Nos disponemos a llegar a la cima del Monte Tláloc, donde se encuentran los vestigios de lo que fue la montaña ritual de mayor tamaño y altura en Mesoamérica, en la cual la élite de la Triple Alianza ofrecía niños en sacrificio al dios de las lluvias. 

El recorrido total en los vehículos duró aproximadamente dos horas. Suficiente tiempo para conocer, aunque sea un poco, a los acompañantes del viaje: que si un arqueólogo, que si un chavo al que sólo le gustan ese tipo de salidas, que si un grupo de danzantes de los denominados concheros, que si un maestro que quiere rescatar la gloria cultural de la región, que si una ama de casa que se escapó para conocer el sitio, en fin.

En general el camino es agreste, pero los 4×4 hicieron bien su trabajo. A punto de llegar hasta donde es posible llegar con vehículos, el arqueólogo director del proyecto Monte Tláloc–INAH, el doctor Víctor Manuel Arribalzaga Tobón, pide que las camionetas se detengan y que nos bajemos para apreciar tres grandes rocas que se encuentran al lado del camino: un cocodrilo, una rana y una tortuga. De acuerdo con él, hay indicios de que estas piedras fueron trabajadas con instrumentos y que no se trata de formas caprichosas de la naturaleza. Estos animales, nos explica, son acuáticos y por ello relacionados directamente con Tláloc.

De nueva cuenta avanzamos y los vehículos serpentean inmersos en la Sierra de Tláloc, que divide a los estados de México y Puebla. En medio de los escasos árboles que todavía crecen a esa altura, aproximadamente cuatro mil metros, se distinguen a lo lejos las lonas y las casas de campaña del campamento que el Instituto Nacional de Antropología e Historia ha montado para realizar los trabajos de intervención del sitio arqueológico, que por cierto pretende ser inaugurado con bombo y platillo el próximo 12 de octubre.

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En el campamento trabajan permanentemente unas 30 personas. Existe un área de preparación de alimentos, una bodega que contiene las piezas encontradas hasta el momento, entre las que destacan varias figurillas de piedra y un códice; un puesto de vigilancia operado por lugareños, que tienen “con qué dar amor” en caso de que algún extraño pretenda saquear el sitio; una oficina o base de operaciones, dos plantas generadoras de electricidad -una para los trabajos ordinarios y otra por si llegara a haber algún hallazgo importante que amerite trabajo nocturno-; un par de letrinas y hasta un proyector en el que frecuentemente ponen películas de terror, por aquello de permanecer alerta.

Los tubos de las estructuras que sostienen las lonas y las casas de campaña están reforzados, porque de lo contrario el hielo y la nieve que se acumula en los techos durante las temporadas de frío las haría venirse abajo. Una fogata encendida y café de olla en cantidades industriales son elementos imprescindibles. De hecho, no son pocos los que regulan la temperatura de su cuerpo comiendo de vez en vez chiles picosos en extremo.

Después de la breve escala en el campamento nos disponemos a llegar hasta la cima del Monte Tláloc, donde se encuentran los vestigios de lo que fue la montaña ritual de mayor tamaño y a mayor altura en toda Mesoamérica —tres mil metros cuadrados de construcción del sitio arqueológico a cuatro mil 125 metros sobre el nivel del mar— y a la cual acudía la clase gobernante de los reinos de Tenochtitlán, Texcoco, Tlacopan y Xochimilco, la Triple Alianza, para ofrecer niños en sacrificio al dios de las lluvias y solicitar su benevolencia para asegurar un año abundante de agua para los cultivos.

Monte Tlaloc

Luego de una caminata en ascenso de unos 35 minutos, llegamos al sitio. A pesar de ser una distancia corta, la altura dificulta una adecuada oxigenación al cuerpo y por ende el trayecto se vuelve muy, muy cansado. El llamado “mal de montaña” cobra la factura a un par de chicas. Una tuvo que detener la marcha en el ascenso porque experimentó fatiga excesiva y ya no le dieron las piernas para continuar. Lástima, será para la siguiente. La otra sí logró subir hasta el centro ceremonial a paso lento, pero en el descenso se sintió muy débil y con un intenso dolor de cabeza. El esfuerzo físico es parte del sacrificio que se tiene que hacer para estar en el paraje sagrado.

Lo primero que se observa al llegar al sitio es la entrada de una gran calzada que se encuentra entre unos muros, que recientemente han sido reconstruidos de acuerdo a su altura y disposición originales. Al centro de esa entrada se ha colocado una piedra tallada que representa la imagen de Tláloc, aunque la figura es difícil de apreciar debido a la erosión que ha sufrido.

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Los más avanzados llegan primero y tienen que esperar al resto del grupo. Por respeto nadie debe entrar por su cuenta; tampoco nadie debe hacerlo sin pedir permiso a los moradores del lugar. Recordemos que estamos en el Tlalocan, el mítico paraíso de Tláloc y sus ayudantes. Así pues, se hacen gestos de reverencia, primero para agradecer la oportunidad de estar ahí y segundo para que todo esté bien y se tenga un buen descenso. Por si las dudas hay que cumplir con el protocolo. Enseguida viene la colocación de la ofrenda al pie de la figurilla de Tláloc. Cada quien sus insumos, cada quien sus creencias y cada quien sus pensamientos, pero ahí estamos todos en esa acción. Yo con granos de maíz de varios colores y tamales que compré en el mercado municipal de Texcoco la tarde del día anterior.

Después de caminar la gran calzada se llega a un patio rectangular de unos tres mil metros cuadrados donde, se dice, es la morada del señor del rayo y las tempestades, y donde ocurrían las fastuosas celebraciones de petición de lluvias. Han pasado más de 500 años y ahora “sabemos” bien, científicamente pues, cómo es que se produce la lluvia. Pero ni qué hablar, la emoción invade el cuerpo y se vive un sentimiento compartido de estar en un lugar especial.

Casi al centro del gran patio se encuentra un altar de piedras en cuya parte central se lee el nombre “Toñita”. De acuerdo al arqueólogo y guía, no hace muchos años una familia de lugareños acampó en el lugar y los mayores se embriagaron al grado de quedar inconscientes. Cuando se incorporaron, debido al intenso frío, se percataron que dos de los pequeños no habían soportado las bajas temperaturas y fallecieron. Como en antaño, se comentó entre los del grupo, Tláloc se había cobrado su ofrenda.

Altar a Tlaloc - Toñita

De hecho, entre los hallazgos de las excavaciones del sitio se han encontrado dos cráneos que pertenecieron a niños, sin que hasta la fecha se les hayan hecho estudios para determinar a qué época corresponden. Según el testimonio recogido por varios arqueólogos, el último sacrificio de infantes en el sitio se habría dado a finales del siglo XIX, periodo que coincide con el registro de una importante sequía en la región texcocana.

Más adelante, casi en una de las esquinas del patio, se encuentra una cavidad por la que, se piensa, descendían los sacerdotes con los niños vivos para ser sacrificados al interior del cerro. El guía comenta en este punto que el acceso a esta oquedad, casi vertical, se encuentra tapado con una piedra rectangular, y que luego de removerla se hicieron mediciones con un radar de resonancia magnética, descubriendo que a 26 metros de profundidad aún no se encuentra fondo alguno, por lo que se supone que el agujero es mucho más profundo y podría conducir a una serie de túneles al interior de la montaña.

Todavía con el asombro a flor de piel por los hallazgos revelados por el trabajo arqueológico, comenzamos el descenso. La neblina nos acompañó durante todo el trayecto e impidió disfrutar del magnífico paisaje que ofrece el sitio en días claros. Ni modo, ya hay pretexto para volver. Justo al comenzar a bajar vienen las primeras gotas y enseguida una lluvia moderada que nos acompaña hasta el campamento. Y uno no deja de pensar en Tláloc.

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