Apenas doy mis primeros pasos en el barrio francés o French Quarter de la ciudad de Nueva Orleans, Louisiana, me siento transportado a la época de las grandes plantaciones de algodón y caña de azúcar. Sus edificios de influencia francesa y española me dan la bienvenida con sus múltiples colores rosa, azul, verde, amarillo marrón y balcones de elaborados diseños de herrería que me invitan a recorrer sus calles por donde flotan en el aire la música y la magia.

Mi primera parada es para desayunar en uno de los restaurante con más tradición de la ciudad: Brennan’s, el cual se especializa en cocina de influencia francesa y criolla. Mi mesa se ubica en el gran salón de una antiguo edificio con vista a la terraza y un enorme candil colgante. Le doy un sorbo a mi mimosa y las burbujas del vino espumoso preparan mis papilas para disfrutar de deliciosos platillos, como los huevos portugués —huevos pochados servidos en un crujiente volován relleno de salsa portuguesa de tomate y bañados con una cremosa salsa holandesa—. Termino bastante satisfecho, y nada más para no quedarme con el antojo ordeno unos humeantes pastelitos de cangrejo con mayonesa. Y, bueno, no puedo marcharme de Brennan’s sin probar sus famosas Bannanas Foster, unos plátanos flameados con ron blanco, mantequilla y azúcar mascabado acompañados de helado de vainilla. Su preparación es un flameante espectáculo.

Tras curiosear por algunas de las muchas tiendas de antigüedades de la zona, me dirijo a la Plaza Jackson, donde me aguarda una de las vistas más famosas de Nueva Orleans: al fondo la Catedral de San Luis, en el centro de la plaza la estatua de bronce del General Andrew Jackson, mientras carruajes tirados por caballos recorren las calles y el imponente río Mississippi es surcado por réplicas de barcos de vapor. Es aquí donde encuentro el Museo del Cabildo, ideal para conocer algo de la historia del estado de Louisiana y de la ciudad, que recibió su nombre en honor a Felipe Duque de Orleans, y que fue fundada por los franceses en el año de 1718. Se dice que en el año de 1762 el rey Luis XV perdió el territorio en una apuesta ante su primo Carlos III de España y durante 40 años fue posesión española, hasta que en 1801 le fue devuelto a Francia. En 1803 Napoleón se lo vendió a los Estados Unidos.

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A mi salida del museo cruzo la plaza hacia el Café du Monde, para saborear unos crujientes beignets, panecillos fritos espolvoreados con azúcar glass, acompañados de un Café Au Lait, —café negro servido con leche al gusto—. Mientras disfruto de la vista inadvertidamente mis pies comienzan llevar el ritmo de una melodía familiar: “La marcha de los santos”, interpretada por uno de los tantos y talentosos grupos de músicos callejeros. Poco a poco los curiosos se reúne entorno a ellos y de pronto la audiencia pasa a formar parte del show cantando y bailando como si fuera un pequeño carnaval.

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Tarareando algunas de las canciones que acabo de escuchar, dejo atrás los edificios clásicos para visitar el sector de negocios de la ciudad, donde se encuentra el Museo del Desembarco de día D y aprender que Nueva Orleans jugó un papel crucial durante la Segunda Guerra Mundial, pues fue aquí donde se diseñaron, probaron y construyeron los vehículos anfibios que se utilizaron para el desembarco de las tropas aliadas en Normandía.

Llega la hora de la comida y emprendo rumbo hacia Gumbo Shop, en el barrio francés, donde a medida que me acerco los aromas de la comida cajun y criolla que ahí se sirve hacen que acelere el paso. Nueva Orleans es un paraíso para los amantes de la comida, pues es un crisol de culturas, como los acadianos, inmigrantes franceses exiliados de Canadá que llegaron para establecerse en las zonas pantanosas de Louisiana, quienes aprovecharon los recursos que la región les ofrecía para su cocina, la cual posteriormente se combinó con elementos de las culturas francesa, italiana, caribeña, irlandesa, los esclavos africanos y los nativos americanos Choctaw, entre otras, para dar vida a las tradicionales cocinas cajun y criolla.

En cuanto llegó ordeno uno de mis favoritos: el gumbo, una espesa sopa con especias cebollas, apio, camarones, cangrejo, trozos de tomate y okra ( un vegetal de origen africano con la apariencia de una vaina y sabor similar a la berenjena), y servida con arroz. Aunque esta sopa es casi una comida completa no puedo resistirme a pedir un jambalaya, un estofado a base de salchicha ahumada, camarones, pollo y una condimentada salsa cocinado con arroz.

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Cae la noche y me dispongo a salir para disfrutar el festivo ambiente de esta bella ciudad. Me interno en la multitud de gente que cualquier día de la semana recorre Bourbon Street, la calle principal de French Quarter y sede de la fiesta más famosa de Nueva Orleans: el carnaval o Mardi Gras. Por fortuna yo no debo esperar hasta el martes previo a la cuaresma, porqué en Bourbon cada noche es una fiesta donde la gente pierde todas sus inhibiciones entre la música, disfraces, bebidas, como los huracanes de Pat O’Briens y los famosos collares de cuentas, que cualquiera puede comprar, pero sólo las mujeres mas audaces los pueden recolectar en grandes cantidades al mostrar sus encantos delanteros, así como los hombres más intrépidos mostrando sus, muchas veces, no tan agraciados traseros.

Bourbon street va cambiando a lo largo del día. Desde la mañana hasta la tarde es ideal para caminar con la familia; al anochecer es mejor para recorrer con amigos los distintos bares y clubs. Ya más entrada la noche es tomada por aquellos que gustan de la fiesta un poco más intensa. En Nueva Orleans está prohibido beber alcohol en la vía publica, pero en la zona del French Quarter las autoridades son más tolerante. Debo decir que en Burbon a cualquier hora la atmósfera es de cordialidad y respeto y en todo momento uno se siente seguro ya que los agentes de la policía montada recorren el sector conviviendo cordialmente con los visitantes. Incluso parece que a sus caballos les agrada retratarse con los turistas.

French Quarter Bourbon Street at dusk with tourists

French Quarter Bourbon Street at dusk with tourists

La música es otro de los grandes atractivos de Nueva Orleans, que ha sido cuna de grandes exponentes de ritmos como el jazz, blues y zydeco. Es por eso que decido, cerrar el día visitando Snug Harbor Jazz Bistro, club que en opinión de muchos lugareños es uno de los mejores sitos para escuchar en vivo a los grandes del jazz. Para mi fortuna esa noche se presenta el maestro del trombón Delfeayo Marsalis y la Uptown Jazz Orchestra, quienes con unos cuantos acordes logran que todo el público comience al moverse al ritmo de piezas como “My feet can’t fail me now”, “Treme song” y el tema de Los Picapiedra, entre muchos otros. Así fluyen las horas y las cervezas de manera imperceptible hasta que las notas musicales se van disolviendo en la madrugada de esta alegre ciudad donde la fiesta parece nunca terminar.

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