–¿Qué, nos bajamos en Insurgentes o Sevilla? –pregunta una chica al grupo de seis jóvenes que abordaron el vagón en la estación Pino Suárez.

–Yo creo que en Insurgentes, está más cerca del Ángel –contesta un muchacho de playera blanca que destaca por su altura. Los demás asienten con la cabeza–.

Al lado de ellos, recargados en la puerta que da a las vías, una pareja, también de estudiantes, se abrazan, se cuchichean cosas, se besuquean. Ella pronto bajará, en Balderas, para ir a su casa. El novio le da la mochila, no quiere que se vaya. Cuando el convoy llega a la estación, el anden está atiborrado. Pero no se ven los rostros de trabajadores de las oficinas de gobierno, ni la demostradora de la tienda de autoservicio, ni la telefonista que atiende en el telemaketing. No. Son cientos de caras jóvenes, algunos con mochila en los hombros y otros con cartulinas en las manos, que se amontonan en la entrada del carro para ingresar. En cuanto se abre la puerta la novia trata de bajar pero una ola de gente, como diría Rockdrigo, la regreso a los brazos del chico.

–¡Psicología adentro, psicología adentro! –suena una voz que organiza.

Los muchachos entran. No empujan a nadie. Uno lleva en la mano un reclamo en hoja carta para que lo vean los que puedan. Lo extiende para sujetarse mejor del tubo y no caer con el movimiento. La palabra “Ayotzinapa” destaca en rojo; también “TODOS” escrita así, con mayúsculas, como si fuera un grito.

Marcha Nocturna 1

En Insurgentes baja un nutrido grupo de jóvenes, pero la gran mayoría, los de la Facultad de Psicología de la UNAM, desciende en Sevilla. Ahí fueron citados. En cuanto ponen un pie fuera del vagón comienza el grito de identificación, el famoso Goya. En seguida una chica coloca sus manos, una a cada lado de su boca, y grita:

¡Porque vivos se los llevaron…

Y el resto contesta:

…vivos los queremos!

La gente que espera el metro para ir a su hogar los mira extrañados, con precaución, algunos con miedo.

¡No somos porros, somos estudiantes!

Gritan los jóvenes para que la gente se calme. No marcan el metro con aerosol, ni una pinta de protesta. Nada. De hecho salen en orden casi formados, pero nunca se callan:

¡Usuario consciente, se une al contingente!

Y los pasajeros del metro levantan el puño en señal de apoyo.

Marcha Nocturna 2

Todos van hacia la columna del Ángel de la Independencia. Es el punto de partida para estudiantes, maestros, activistas y demás gente que marchará por la avenida Reforma hacia el Zócalo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, como reclamo para que aparezcan con vida los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, que fueron detenidos por policías y entregados al crimen organizado el 26 de septiembre en Iguala, Guerrero.

La marcha empezó al rededor de las seis de la tarde ese 22 de octubre de 2014, con los familiares de los normalistas desaparecidos al frente. Pero el contingente de la Facultad de Psicología llegó a las 6:30. No importó. Tanta gente se congregó que una hora después el Ángel seguía lleno. Ahí estaban todas las facultades de Ciudad Universitaria y las que están diseminadas al rededor del Distrito Federal: Acatlán, Aragón, Zaragoza. Estaban los estudiantes del Politécnico, que dejaron por unas horas su lucha para que no les quiten el derecho a ser licenciados o ingenieros. La UNAM gritaba “goyas” al Poli, y el Politécnico “huelums” a la Universidad. Las banderas guinda y blanco y azul y oro, que se enfrentan cuando hay un partido de futbol americano, esta vez ondeaban juntas. Lo hacía, además, la de México en negro, de luto.

Marcha Nocturna 3

Estaban también los alumnos de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, siempre solidarios en la lucha. Estaba la Alma Mater de este caminante urbano, la UAM; los chicos tenían cierto brillo en los ojos, de indignación, de coraje y esperanza, algo que pocas veces vi en mis compañeros de generación.

Marcha Nocturna 4

No faltaron sindicatos, frentes populares y demás organizaciones por el estilo que quisieron sumarse, sacar raja política, dicen algunos.

Todos se organizaron por grupos. Cada uno se rodeaba con lazos blancos, de esos que se utilizan para amarrar cajas, o con cinta amarilla estampada con la leyenda de “precaución”, para impedir que se infiltrara algún alborotador. Si no había lazo o cinta, los muchachos en la orilla cerraban el perímetro tomándose de las manos.

Comenzamos a caminar y comenzaron los gritos:

¡Ayotzi vive, la lucha sigue!

Un sujeto caminaba a mi lado. No decía nada, sólo sostenía una pequeña manta con los rostros y nombres de los estudiantes desaparecidos. Su reclamo estaba marcado en rojo: “¡Con vida los queremos ya!”.

Hewlett-Packard

Una de las raras jardineras piramidales que dividen la circulación sobre Reforma reclamaba: “No somos todos nos faltan 43”. Aunque una señora con un pequeño cartel decía que eran más: “22,322 + 43: que aparezcan todos”.

Marcha Nocturna 5

Más adelante un grupo de muchachos de la Escuela de Música de la UNAM entonaban aquella canción de Fito Páez que hiciera muy suya Mercedes Sosa:

¿Quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y es que el ambiente no era como en otras manifestaciones, donde se expone al ridículo la figura del político, donde con tono jocoso se marcha para protestar. No. Esta vez se respiraba un poco de desolación, también de rabia y de frustración. Es que esto no era una manifestación: era una marcha fúnebre. Y ahí se levantaba una pregunta simple en miles de gargantas, pero que resumía el sentir de la congregación de tanta gente:

¿Por qué nos asesinan?

Lo decía el muchacho de 20 años de la facultad de medicina, también el de 23 de la carrera de comunicación de la UAM. Lo decían las más de 50 mil personas –según la cifra oficial– que marcharon durante más de tres horas. Era una pregunta ante el discurso politiquero que exalta a la juventud como el futuro del país, del continente, del mundo: ¿Por qué nos asesinan?

Pasando el monumento a Cuauhtémoc, en el cruce de Reforma e Insurgentes, la noche se dejó caer. Fue entonces que aparecieron las velas y veladoras, cuya flama a veces sucumbía ante el viento citadino. Había que iluminar el camino, darle una luz a las almas. Un chico se quita la playera, la enrolla en el pequeño mástil de madera con el que ondeaba su bandera. Le vacía un poco de thiner y prende fuego. Otros hacen lo mismo. Reforma se ilumina con antorchas.

Hewlett-Packard

La oscuridad es entonces aprovechada por los encapuchados, algunos escriben su protesta con aerosol sobre los cristales de un banco, otros en las plataformas que sostienen las 77 estatuas que bordean la avenida que mandó a construir Maximiliano en 1864. Un estudiante se da cuenta y les grita con ironía:

–Nombre, qué chida tu protesta. Me llegó tu “anarquía”.

A la altura de la sede del Senado de la República alguien pasó dando una indicación:

–Pasando el semáforo todos en silencio –y todos pasaban la voz–:

–Pasando el semáforo, en silencio.

Parecía imposible, las consignas no dejaban de sonar. Por un momento se escucharon más fuerte. Pero una vez llegado al punto, en la calle de Milán, todos permanecieron callados, con el puño en alto unos, o con la “V”, formada por los dedos índice y mayor, otros. Y así caminaron, sólo escuchando sus pasos iluminados por la flama de las veladoras. Era un grito de dolor, mudo, ahogado. Pero era muy potente. Mucho más que las frases pronunciadas durante la protesta.

De pronto se escuchó a lo lejos un murmullo –1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10…–, que se hizo más fuerte conforme los demás sumaban sus voces –…11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20…–. Era como una ola que revuelca al que muy confiado se acuesta a la orilla del mar –…21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30…–. Era tan potente que uno no podía escuchar su propia voz –…31, 32, 33, 34, 35, 36, 37, 38, 39, 40…–. Era imposible de detenerlo. –…41, 42, 43. ¡Justicia!– Y todos volvieron a enmudecer. No corrió ni una voz más. Lo único que corrían eran lagrimas.

Hewlett-Packard

Pero los jóvenes y su ímpetu –ay, bendita juventud– no pudieron controlarse más. Llegando a Bucareli se rompió el silencio:

¡Alerta, alerta que camina. La lucha estudiantil por América Latina!

Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos.

Ya por la calle 5 de mayo, de nuevo se convocó al silencio. Así se hizo, pero está vez mientras avanzaban los estudiantes golpeaban las plantas de sus pies con el piso, como si estuvieran marchando. Lo dicho: una marcha fúnebre.

Al llegar al Zócalo algunos se retiraban de inmediato, otros se acercaban al templete para escuchar a los oradores y los demás a una de las esquinas de la plaza cívica más importante del país. Ahí en unas letras pintadas en blanco depositaban la veladora encendida. A nivel de piso no se alcanzaba a apreciar qué decía la frase. Había que subir a uno de los hoteles cercanos para leer: “Fue el Estado”.

Marcha Nocturna 7

En otro punto de la plancha un grupo de muchachos lanzaron 43 globos de cantolla, tal vez era una plegaria para que aparezcan los compañeros con vida. A las 10 de la noche todavía seguía llegando gente al Zócalo.

–Parece que vamos a dar el grito –dice una chica a su compañera–.

–Sí –contesta la otra– Pero esta vez todos venimos sin torta y sin refresco.

Comments

comments