El mole de don Julián

—Uy, ¿que si no? A mi marido le gustaba comer un montón. El mole, ese era su favorito. Yo se lo preparaba. Pero ahorita nomás le voy a poner un sanwichito de jamón para que se le espante el hambre, mañana le ponemos su molito.

Doña María y su hija adornan la tumba de su esposo, don Julián, que murió hace un año. A primera vista parece que el sepulcro está abierto pues no está a ras del piso como el resto. Es una cuenca rectangular con poco más de medio metro de profundidad, a la que se le ven la lozas de concreto que cubren los ataúdes cubiertos de tierra. En unos meses será una especia de capilla pues se ven las columnas de las esquinas desnudas, en obra negra. Las mujeres han puesto en la tumba ahuecada una cruz con flores de cempasúchil y mano de león, que casi todos conocemos como de terciopelo. Las paredes cubiertas con papel picado blanco y anaranjado y unos escalones con cañas, naranja, plátano. Más parece un sitio donde se celebrará una posada y no el lugar de reposo de un muerto.

Las mujeres están sentadas a un costado de la tumba apenas abrigadas por un suéter ligero, una, y un chaleco, la otra. La noche está fresca pero no llega a ser fría. Ellas miran el retrato de don Julián, a la cabeza de la fosa, custodiado por dos crucifijos. Don Julian mira hacia la izquierda, a donde están su mujer y su hija, vigilante. Doña María está satisfecha. Ya adornó la casa para que llegue hoy su “viejo”, como sigue llamando a don Julián, a saborear el molito que traerán para desayunar al día siguiente.

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Una ofrenda oaxaqueña

—Mi papá murió en el 77 y mi mamá en 1990. Aquí están los dos enterrados. Y yo hoy extiendo un poco hacia afuera la tumba para que en lugar de nomás adornar y ya, mejor hacer una ofrenda. Ellos eran de Oaxaca, de Etla ¿sí conoces? Ándale, a una media hora de Oaxaca Centro. Me voy uno 15 días antes para conseguir los chapulines, el queso, el chocolate, el pan de yema. Aquí está caro. Un pan de estos, grandote, aquí cuestas 200 pesos. En el pueblo está en 60 y para mí es uno de los mejores que hay en todo el estado. No, las tlayudas si las compro aquí, en Santísima, allá en La Merced. Es que las que traigo del pueblo nos las comemos, no aguantan dos semanas. Es más grande el antojo.

Isaac Merino ríe, como quien hace una travesura. La tumba de sus papás huele a fruta, a cítrico, a copal.

—A ellos les gustaba comer su fruta, los duraznos, el jugo de naranja y toronja todas la mañanas. Mira nomás que bonito nos quedó. Que ellos se coman la esencia, ya después nosotros nos comemos el resto.

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Don Alberto, el cocinero

—Pues a mi esposo más que comer algo, le gustaba cocinar. Uy, nos cocinaba de todo.

La viuda de Alberto González se cubre con un chal mientras termina de poner el papel picado en la tumba de quien fuera su compañera de vida.

—Pero ¿sabes que era lo que más le gustaba preparar? Las mojarras fritas, ¿te acuerdas hija? —y la doña pasa su lengua por los labios—. No, no era de la costa. De aquí, del DF, pero le quedaba tan rico. Y los mariscos, el coctelito de camarón. Nos íbamos a La Viga a comprar. Que rico nos preparaba…

La mujer que rebasa los 60 años por un momento pierde la sonrisa y aparece una mueca de dolor. Escurren dos lágrimas por sus mejillas y deja escapar un lamento, pequeño, fugaz. No quiere perder la compostura. Saca un papel y se limpia los ojos sin quitarse las gafas.

—Sí, lo extraño. Hace seis años se me fue. Pero para allá vamos todos. Hoy venimos a acompañarlo un ratito para que no esté solito.

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