En cuanto supe que iba a Japón, puse a Nikko, una pequeña ciudad al norte de Tokyo, entre los lugares a visitar. ¿Por qué? Por los monos sabios, esa conocida tríada de primates en la que uno se tapa la boca; otro, los ojos; uno más, las orejas. Está labrado en un establo del Toshogu Shrine, un templo muy famoso que se encuentra en este pueblo japonés.

Llegué a la estación de Nikko y pedí informes para ir a la famosa zona de templos. Los de la oficina turística me dijeron que tenía que cruzar la calle y caminar derecho una media hora. Salí, vi el anuncio de “Welcome to Nikko World Heritage site” y caminé derecho. Tenían razón, no demoré en ver el puente sagrado, pero me desilusioné un poco cuando vi que su encanto fotográfico era efecto del encuadre. Ahí, en vivo, sólo era un puente rojo con calles transitadas a los lados.

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Me adentré al cerro que cobija el conjunto de templos. Las escaleras de piedra se bifurcan al principio. Yo tomé la de la derecha que me llevó a un primer conjunto de edificaciones. Cruce el torii de piedra y me encontré con un altar rojo, de esos que parecen casa. Atrás había un pequeño templo de estilo tradicional japonés, también rojo, con puertas de color oscuro con placas doradas de adorno, muy parecidas a las del templo Sensoji de Asakusa, y unas escaleras teñidas de verde musgo, fruto de la humedad del lugar. Al fondo vi una pagoda de tres pisos y, al lado, un montón de altares pequeños de piedra y varias esculturas también llenas de musgo.

Quise continuar el recorrido por una calle aledaña pero me encontré rodeada de casas. Me pareció extraño que gente viviera ahí. Imaginé un diálogo como: “¿dónde vives? En el segundo templo a la derecha”, pero así es Japón, con casas entre lugares sagrados y máquinas expendedoras de bebidas en la punta del Fuji. Estaba entre una tienda de conveniencia, un estacionamiento y varias casas. No tenía idea para dónde seguía el recorrido y no había cartel que me ayudara a orientar. Me acerqué a un guardia de seguridad para preguntarle por el templo Rinnoji y me señaló un edificio que más que templo parecía museo. Me acerqué a verlo con un poco de escepticismo. Tenía que pagar para entrar y yo me había prometido que sólo pagaría en los templos verdaderamente importantes porque hay un montón que puedo ver gratis. Me acerqué resignada a la cabaña de cobro, supuse que era uno de esos casos en los que valía la pena pagar. Di 900 yenes (unos 130 pesos mexicanos) a cambio de una entrada combinada para ese templo y el Taiyuin.

En cuanto crucé el umbral me arrepentí. No había templo. Era más bien una exposición de las cosas que tiene en su interior cuando no es el rompecabezas que es ahora. Está en remodelación. Seguro se verá muy bonito en el 2020 pero de momento debes contentarte con algunos Budas a los que ni siquiera les puedes sacar foto.

Salí del no templo empezando a dudar seriamente si valdría la pena pagar para entrar al Toshogu. Primero encontré la pagoda de cinco pisos, que está pintada del mismo rojo que la de tres, pero ésta tiene la parte interna del techo decorado con maderas verde y azules que daban la ilusión óptica de un tejido. También cobraban para entrar a verla. Creo que desde afuera se ve suficientemente bonita.

Subí los escalones que conducen al Toshogu Shrine para tratar de obtener más información y saber si valía la pena pagar o no. No la conseguí y pensé que, después de todo, había ido a Nikko justo para ver el establo de los monos, así que tomé aire, me forme atrás de varias decenas de personas y pagué más de mil yenes para entrar.

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Con sólo cruzar la puerta supe que había válido la pena. Es un conjunto de varios templos y edificaciones de vistosos colores y bellamente decorados. Si existe el barroco asiático este lugar es, sin duda, un claro ejemplo. Al frente había un templo largo del mismo rojo de la pagoda de cinco pisos y adornos similares en el techo. Las tres puertas de un café oscuro con remaches dorados y marcos verdes a manera de ventana estaban cerradas.

Al lado de esos edificios, el establo de los monos sabios lucía desangelado. Era de un sencillo café madera natural y tenía unos cuantos retablos con primates, pero para mí eran lo más hermoso que había visto hasta ese momento. Contemplé unos diez minutos a los monos que se tapan los ojos, la boca y las orejas y también a varias personas que pasaban por ahí y se sacaban fotos imitando los gestos.

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Cuando estuve satisfecha, continúe con el recorrido. El lavatorio adornadísimo fue la advertencia de lo que estaba por venir. El techo tenía placas doradas que sobresalían por lo alto. En lo que hacía las veces de frontón había un par de dragones verdes custodiando el lugar. Los pilares también tenían placas doradas que contrastaban con el gris de la piedra. La cara interna del techo era una composición simétrica entre placas doradas, maderas café oscuro que sobresalían y fondo rojo. Sólo la pileta de piedra gris tenía el mismo estilo sobrio de todas las que había visto hasta ese momento.

A partir de ahí, internar describir el resto de estructuras sería una tarea complicadísima. Sólo diré que, al contrario del puente sagrado, todas las fotografías que había visto del lugar no le hacen justicia. Es que son tantos y tan abrumadores detalles los que hay que ver que una sola imagen general no es suficiente. Abundaban los rojos, adornados con verdes y azules, las puertas con placas doradas y las ventanas con vivos verdes. Entre estos colores, en edificio principal destacaba por falta de ellos. Los tonos neutros en negro y blanco eran perfectos para la cantidad de relieves que tenía y los detalles dorados que predominan en la fachada.

Dude para entrar al templo principal porque te tienes que quitar los zapatos y hacer eso en público me molesta un poco. Lo hice y no me arrepentí. El lugar es de una belleza inenarrable. Adentro no se pueden sacar fotografías pero personal del lugar te recibe y da una explicación en japonés. Cuando salí, fui al templo del dragón, en donde la dinámica es similar, y, satisfecha, salí del Toshogu Shrine cuatro horas después de que entré y eso que según la señorita del módulo de turismo el recorrido por todos los templos es de dos horas.

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Pasaban de las cinco cuando salí de la famosa zona de templos de Nikko. Todavía tenía que caminar casi seis kilómetros hasta la pensión en la que me quedaba y no había comido, así que apuré el paso y miré de reojo el puente rojo rodeado de coches.

El olvido

Fui de nuevo al módulo de turismo para ver qué más se podía hacer en Nikko. Me dieron un mapa con dos rutas históricas para recorrer a pie. Una ya la había hecho casi en su totalidad. Decidí intentar la otra, según el mapa incluía un templo, varios jizos (figuras de piedra a las que se les suele poner gorros y baberos rojos, esperando protección a cambio) y monumentos.

Encontrar el templo Jokoji se convirtió en una misión imposible. No había señalamientos, el mapa no era claro y la gente me traía de aquí para allá, sin lograr nada. Así que decidí empezar al revés e ir primero al parque imperial, que al fin para ir ahí sí había indicaciones claras y, al parecer, en el camino podía ver otras cosas interesantes.

Tomé la calle principal como eje y empecé a andar, a mi derecha se abrió un pasillo largo y oscuro con escaleras. Era una especie de nicho enclavado en la montaña y para entrar tenías que pasar dos torii y una penumbra inquietante, fruto de la densa vegetación y altos árboles que rodeaban el lugar. Lucía tenebroso, aun así, dirigí mis pasos hacia allá. Atravesé los torii y miré el montículo que se erigía ante mí. La piedra era de un verde musgoso y había un par de esculturas de leones a los costados que servían de guardias. Subí las escaleras. El altar, una construcción roja con techo a dos aguas y puerta cerrada, era similar a todos los demás, salvo que en este caso la bruma soltaría le daba un toque fantasmagórico. En mi cabeza, alguien podría matarme ahí y nadie lo notaría. Al lado, un pequeño torii rojo, como de juguete, enmarcaba un altar pequeño que no pasaba del medio metro de dimensiones, como emulando al grande que estaba junto a él. Algo, no sé si la soledad o la oscuridad, me puso nerviosa, bajé las escaleras y salí rápidamente de ahí, entonces vi y leí la placa que estaba a pie de calle: “Kanaya Samurái Residente”.

7-samurai-Miedo

Seguí el camino sólo para dar con un lugar aún más solitario, brumoso, inquietante y desesperanzador: el Shaka-do y las tumbas de las autoinmolaciones. Si desde la banqueta mirabas al lado veías cómo se abría un pasillo oscuro de vegetación que te conducía varios metros adentro. Tenías que pasar un gran torii de piedra y una especie de puerta sobrepuesta que te conducía a un jardín. El cielo de Nikko estaba cubierto por nubes y justo en ese momento estaba lloviendo. Un gran árbol filtraba la entrada del Shaka-do, el cual era una estructura con techo a dos aguas de color rojo, con un par de pilares del mismo color al frente y un escalón que conducía a una puerta cerrada. Si era tan parecido a las demás estructuras, ¿qué le daba ese aire atemorizante? En primer lugar, el silencio sólo interrumpido por las gotas de lluvia; luego, la luz apagada y grisácea; además, la base del edificio no era sólida como las que había visto, sino que eran unos cuadros de madera que revelaban un interior oscurísimo, si es que cabe el adjetivo. Mi imaginación pronto lo asoció a películas de terror y fue fácil poner la imagen mental de atormentadas almas que moraban bajo el suelo del lugar.

Al lado, sólo separado por unos metros de césped, estaban las lápidas de los inmolados. El terreno estaba elevado con respecto al jardín del Shaka-do y rodeado de árboles altos que oscurecían el interior. Las lápidas se erguían tan imponentes y pesadas que ni siquiera quise caminar entre ellas. Había unos escalones que comunicaban ambos lugares, mismos que me negué a subir. Ya había visto muchos cementerios, pero este era especial. Sólo eran las lápidas altas y visiblemente pesadas, dando un aire de solemnidad, no había pequeños altares con forma de casa o columnas cuadradas llenas de kanjis. Miré poco. Estar ahí me incomodaba así que regresé por la puerta principal.

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Continué caminando por la calle principal para llegar a una escuela en la que hay una piedra con un haiku grabado. Llegué a la escuela y a la piedra por mera casualidad. Estaba tratando de leer el plano para ubicarme y la fotografía del lugar en el mapa turístico era parecida a la que tenía enfrente. Traté de leer lo que decía y no pude, entonces miré un poco los alrededores. Era una escuela muy similar a las que salen en los animes: los pisos, los pasillos, hasta el reloj en el edificio central. Al lado había un terreno muy grande que en el mapa turístico que definía como “pocket park”. Se trataba de una alberca que de tan abandonada daba pena. Llena de agua verde y por techo una estructura de metal sin nada que la cubriera. Al lado, unas canchas de fútbol lodosas que hacían lucir más amplio y triste el lugar. A lo lejos, algunos juegos de parque, de esos para trepar. Tal vez lo vi tan desolado porque el día estaba completamente gris y las nubes cargadas se vaciaban de a poco sobre Nikko.

Traté de encontrar otra piedra con un haiku grabado que se supone estaba en el pocket park. No es que me gusten los haikus en piedra, pero ya había caminado hasta allá (poco más de dos kilómetros), de menos quería ver todo lo que decía la guía turística.Le pregunté a un señor que estaba rondando por el área de juegos, el único ser humano que vi en muchos metros a la redonda. Se disculpó y me dijo que no sabía pero me condujo a un camino interesante y le agradecí.

El camino en cuestión llevaba a una zona de jizos que estaba a la orilla del río Daiya, con vista al puente Dainichi, una construcción gris y sobria, como el resto del lugar. Aunque era un sitio apartado y solitario, como las piedras de los inmolados, no me dio miedo, al contrario, me gustó tanto que atravesé varias telarañas y maleza que era casi tan alta como yo (¿o debo decir “baja”?, pues mido 1.57) sólo para ver mejor el río y el puente.

9-Jizoz

Como soy muy necia, me regresé al parque y a la escuela a buscar el mentado haiku, recorrí cada tramo solitario y nada hallé. En su lugar, encontré un refugio para turistas perdidos o atrevidos. Tenía baños públicos y una salita para descascar, equipada con varios sillones, una mesa y una libreta para comentarios en la que, obviamente, me quejé amargamente por falta de indicaciones para encontrar el chingado haiku. Después de comer una manzana y un par de galletas que había comprado en el centro comercial cercano a la escuela, decidí seguir mi camino y olvidar el tema.

Me acerqué al puente, lo vi por abajo y subí unas escaleras para llegar al extremo cercano. Tenía dos opciones: regresar por la calle principal ya conocida (aburrido) o cruzar y aventurarme al otro lado en el cual sólo se veía montaña y vegetación. Crucé el puente porque además de temeraria así lo señalaba el recorrido en el mapa turístico. Claro que en toda esa zona el único ser humano era yo.

Del otro lado había un camino de tierra pequeño, oscuro y solitario. Lo seguí puntualmente. Cada vez que hallaba una senda, la tomaba hasta que llegaba a un punto en el que ya no podía avanzar. Eran instalaciones hidroeléctricas oxidadas y más solas que cajero automático a fin de quincena, con un letrero de prohibido pasar. Entonces regresaba por donde había entrado y seguía por el sendero de tierra. Hice eso unas tres veces hasta que llegué a un lugar en el que el río (y, por consecuencia, las instalaciones) daban vuelta. Bajé unas escaleras que me llevaron directo a un pasillo cerca de la orilla del río y muchos árboles al rededor. Del lado del cerro, había una centena de jizos que miraban fijamente el río. Sus gorros rojos le daban al pasillo un toque de color especial. Todos esos jizos juntos mirando hacia el río tienen un no sé qué te obliga a, por lo menos, sacarte varias fotos. Fue hasta ese momento que empecé a ver turistas. Me alegró dejar el camino solitario y tener la compañía de al menos unos pocos visitantes.

11-río

Vi un techo cerca del río. Me acerqué a él. Pensé que era un mirador. Tenía una suerte de cazuela de cemento en medio con un montón de monedas. No me extrañó. Ahí a todo le ponen monedas: a los jizos, a los templos, a los altares. ¿Por qué no a un mirador? Pensé. Después de descansar y tomar un par de fotos, miré el mapa para ver qué seguía en el recorrido, entonces me enteré que estaba parada en el Reihi-kaku divine tower, una especie de oratorio para pedir por la paz mundial. Eso explicaba lo de las monedas.

Seguí caminando porque según el mapa ya iba a llegar al templo que no había encontrado al principio. Atravesé un marco de puerta que me gustó porque del lado de los jizos se veía muy oscuro y del otro lado había un jardín muy verde y bien iluminado. Crucé el parque de piedra y, según el mapa y yo, debería salir al templo.

Pues no. Llegué a un camino con un sendero que llevaba a algo así como un monumento al trasero mal hecho. Lo miré extrañada, me encogí de hombros y regresé al camino principal, más adelante vi la placa en la que se decía que el monumento en cuestión era por la hidroeléctrica.

Crucé un puente que comparado con el Dainichi era muy simplón y en lugar de encontrar el templo encontré unas calles que ya había caminado sin éxito. Me quedé parada tratando de decidir si desistía de la búsqueda del templo o no. Una pareja de turistas que venía caminando por una pequeña calle ascendente resolvió mi duda.

—¿Para allá queda el templo? —pregunté.

Respondieron afirmativamente con la cabeza.

Buda-MEME

Subí y paré en una esquina que tenía, ¡al fin!, un letrero que señalaba la dirección del templo. Caminé hacia allá y encontré que era igual o más simplón que muchos de los que ya había visto. Lo único que me llamó la atención fue una cabezota de jizo que se llama Kanman-oya-jizo-on-kubi. También me llamó la atención un Buda que tiene una pose que bien podría servir para meme de “¿y eso cómo te hace sentir?” el cual ni siquiera figura en el mapa de turistas. Ya que estaba ahí, vi el resto de atracciones: Bonsho, la campana más antigua de Nikko; Michibiki jizo, que son tres jizos en una casita de madera (pero después de ver 100 formados, tres no tienen gracia, con todo y casita de madera), y Sugegasa hirigi jizo, que se supone que es muy especial y milagroso porque tiene un sombrero japonés pero yo ya había visto uno así en Tokyo y sin tanta publicidad; como ya estaba ahí le pedí un deseo, por las dudas

Salí de Nikko con la sensación de tener una telaraña pegada al cuerpo. No supe si fue por la lluvia, el cansancio o la soledad.

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