Llegué a la estación de Aburatsu, Miyazaki, y me tomé mi tiempo acompañando con la mirada el tren blanco con azul que me había llevado ahí y que se alejaba lentamente. Era una de esas estaciones solitarias, rodeadas de naturaleza, con una sutil brisa marina que daba la bienvenida. A lo lejos, en la puerta de la estación, vi los chinos naranjas de Yu, que se mecían con el viento. Sonriendo, agitó la mano para saludarme. Me acerqué a él y nos abrazamos. Me ayudó a cargar mi mochila que dejamos en su camioneta blanca.

El día anterior había conocido a Yu en el puente de Aoshima, la isla por la que había decidido viajar hasta el sur de Japón. Todavía en el camino rumbo a Aburatsu tenía mis dudas sobre la excursión a Nichinan. Sin embargo, se disiparon pronto: el lugar me supo seducir con su belleza.

Justo en la salida de la estación hay una escultura de un atún en medio de unas olas. Lo miré con curiosidad, después de todo lo único que sabía de Aburatsu era que es un importante puerto pesquero, así que la escultura me pareció un buen detalle. Más tarde me enteraría, gracias a Yu, que en los últimos tres lustros Aburatsu se ha convertido también en un punto de comercio internacional porque tiene un muelle en el que hacen parada buques nacionales y extranjeros. Él aprovecha la llegada de los cruceros para ofrecer a los turistas kimonos y recuerdos de Japón.

Nichinan 1

Caminamos hacia el lado derecho, hasta un lugar llamado Sun Plage, que en esencia es un corredor comercial turístico que, por su estructura, me recordó al de Asakusa pero a diferencia de aquél en Tokyo, éste estaba vacío y tenía abiertos muy pocos locales. Así, la cúpula del techo alto combinado con la poca gente lo hacía lucir abandonado.

Después de cruzar el solitario pasillo comercial, caminamos entre calles angostas hasta llegar a un puente que comunicaba los dos lados de un canal largo que desembocaba al mar. Me quedé encantada viendo el paisaje: el agua, a ratos azul, a ratos verde, corría hasta el puerto. A los lados, casas con techos a dos aguas blancas y cafés acompañaban el puente que era adornado por un torii bermellón en el lado opuesto. Para mí era como una imagen de cuento de hadas.

—Es el canal Horikawa —dijo Yu—. Lo hicieron para transportar el cedro de las montañas al puerto. El canal fue construido en el periodo Edo, allá por finales del siglo XVII, por orden de un tal Ito Sukezane, quien era el señor de estas tierras en aquella época. ¿Qué te parece esa casa blanca, junto al puente?

Nichinan 2

La pregunta me sacó de los pensamientos que me habían remontado al periodo Edo en ese mismo lugar. Tal vez había notado mi especial interés en la zona. La casa blanca de dos pisos se veía abandonada pero agradable. Me imaginé ahí bebiendo una cerveza en la ventana, disfrutando el paisaje y me gustó la idea. Se lo hice saber.

—Podrías pescar desde la ventana —dijo sonriendo.

—Yo no pesco, pero me gusta la idea de que podría hacerlo —respondí, reímos los dos—. Oye, ¿y para qué querían el cedro? —pregunté.

—Para vendérselo a China —respondió.

—¿Neta? ¡Qué loco! —dije en español. Me gustaba poder hablar en español, aunque no me entendiera cuando usaba modismos. Era mejor que mi pobre inglés y peor japonés.

Seguimos caminando y vi una casa muy grande de ladrillo rojo. Lo que me llamó la atención fue justamente el ladrillo rojo porque no es un material muy común por esos rumbos.

—¿Y eso qué es? —dije con una sonrisa que enseñaba los dientes, como mazorca.

—Es el Akarenga-kan soko —seguramente hice cara de what porque me miró, sonrió y agregó— es the red brick warehouse.

Esa información tampoco ayudó a despejar mi duda así que Yu, sonriendo de nuevo y moviendo la cabeza de un lado a otro, como maestro que se divierte con la ignorancia de sus alumnos agregó:

—La construyó un comerciante en 1921 o 22, algo así. Era un almacén de barriles de petróleo. Después de la segunda guerra mundial, el edificio se empezó a deteriorar. En la década de los 90 los herederos del comerciante decidieron subastar la casa y como no le alcanzaba a una sola persona, se juntaron varios ciudadanos de Aburatsu y la compraron entre todos y lo convirtieron en museo. ¿Mejor?

Nichinan 3

Sus ojos rasgados brillaron al mirarme. Supongo que le gustaba contarme esas cosas porque cada vez que hablada de su pueblo lo hacía con una sonrisa y la mirada se le iluminaba.

Para saciar mi curiosidad, recorrimos un poco del interior. Yo le vi más cara de biblioteca minimalista porque tenía una habitación amplia con mesas de madera y sillas negras; al centro, sillones también negros. Según me dijo Yu es un espacio para que se reúna la gente para trabajo creativo o negocios. Salimos por un pasillo que daba a un jardín, que tenía una mesa con folletería del lugar.

Los pasos nos condujeron de nuevo al lado del canal. Conforme nos acercábamos al puerto, a las casas blancas con techos inclinados se le sumaban lanchas también blancas amarradas a la orilla. Nos dirigimos hacia un pasillo techado con una estructura de madera construida con ese estilo particular como de ensamblaje para no usar clavos, en cual atravesamos para ir de regreso a la estación por la camioneta blanca del joven japonés.

Él tenía hambre y sugirió ir por ramen. Acepté con gusto porque yo también estaba hambrienta. Después del almuerzo me preguntó:

—¿Qué prefieres, un santuario junto al mar o un castillo en las montañas?

Ambas opciones eran tentadoras, pero no hay forma de que me le resista al océano, así que esa fue mi decisión. Abordamos la camioneta blanca y Yu manejó rumbo a Udo-jingū, el santuario a la orilla del mar.

Lo primero que vi fue el torii bermellón que, a diferencia del de Miyajima, no era impresionante. Lo pasé de largo sin prestarle mucha atención. Preferí ver la puerta de madera con adornos dorados del portón de entrada, flaqueado por los guardianes Niō Agyō y Niō Ungyō, esos seres musculosos y mal encarados que custodian la entrada de la mayoría de templos budistas, a quienes yo prefiero llamar “Dame tacos” y “No te doy tacos”.

Nichinan 4

Pasando el portón, seguía un camino que era delimitado del lado del mar con una cerca naranja encendido. Ese barandal era una especie de guía que te llevaba hasta el edificio principal. Pero antes, ondenando a todo lo alto, la bandera de Japón. Fue extraño, ha sido el único santuario en el que vi una bandera nacional. Poco después de la bandera había otra puerta de entrada pero en este caso sin guardianes y con una gran ema —placa de madera en la que se escriben deseos— con una oveja. Me pareció un lugar atractivo para asomarme al mar, ya que desde ahí se apreciaba mejor que en la senda que comunica ambas puertas.

El mar cerúleo de Miyazaki, que se estrellaba contra las rocas de la orilla, contrastaba con el barandal naranja que conducía al templo, la vegetación tropical y las lámparas de piedra del camino. Al mismo tiempo, hacía juego con el cielo de un azul que hace honor al nombre, separados por una ligerísima franja de nubes casi imperceptibles.

A los lados del camino, además de faroles de piedra, había varios conejos. Caminé sobre un puente que me llevó a un marco con ema en forma de conejo y a una de esa especie de casitas en las que venden tanto esas tablillas como demás objetos de peticiones a los kami y amuletos. Ahí también tenían varios conejos. Pregunté la razón y la mujer que atendía me dijo que los conejos son los mensajeros de los kami que se adoran en ese templo, así que cuando llegué al abrevadero de purificación —chōzuya o temizuya, son los lugares para lavarse las manos y enjuagar la boca antes de entrar— y vi las instrucciones ilustradas con conejos, ya no me extrañó.

Nichinan 5

Justo cuando estaba con la mujer que atendía la tienda, Yu se me acercó con un vaso y me dijo:

—Ten, toma esta agua. Es especial —y me estiró un vaso blanco de papel.

Yo me lo tomé sin prestar mucha atención, estaba más intrigada por el tema de los conejos.

Después del rito de purificación avancé hacia otro puente, pero esta vez más grande, que desembocaba en una pronunciada escalera. Desde ahí, la vista del mar y las rocas se hacía aún más imponente. También vi un techo verde afianzado a la pared rocosa en la que terminaba el sendero, lo cual supuse que era el templo.

Nichinan 6

Bajé las escaleras para encontrar que estaba equivocada. El templo se encontraba cobijado por la pared rocosa, en una especie de cueva alta. El lugar era húmedo y fresco, lo que lo hacía particularmente conveniente para reposar la caminata bajo el sol. Yo estaba recuperando el aliento —literal y figurado: literal porque bajar las escaleras me había hecho jadear un poco y figurado porque no esperaba encontrar un templo incrustado en una cueva a la orilla del mar, grata sorpresa, dicho sea de paso— cuando Yu se acercó y me presentó a uno de los jóvenes que trabajan en el templo, quien era su amigo desde la infancia.

El joven me llevó al templo principal y me dijo que estaba dedicado a Ugayafukiaezu —en realidad dijo una versión más larga del nombre, pero con ésta vale—, un kami de la mitología japonesa que se supone es el padre de Jinmu, el primer emperador de Japón. El lugar también alberga a Amaterasu —uno de los principales kami del sintoísmo— y a otros cuatro. Se supone que la deidad que se encuentra ahí es guardián de los pescadores y los marineros, pero también se pide por un parto seguro y el cuidado de los hijos. Esa parte me intrigó, ¿por qué un dios de pescadores y padre del primer emperador también protegía a las mujeres que van a dar a luz? Me quedé con la duda y seguí a los hombres que me guiaban, mientras veía más emas en forma de conejo.

Yu y su amigo me llevaron atrás del templo y me pidieron que me parara justo donde estaban unas huellas pintadas. Lo hice. Luego Yu me dijo que viera hacia enfrente. Justamente desde donde estaba parada parece que a lo lejos hay unos senos, sí, senos, chichis, mamas, pechos de mujer. Y de esos pechos de piedra escurre agua, la misma de la que me había dado Yu cuando pregunté por los conejos en la tienda del templo. A eso se le llama Ochichi-iwa Faith y se supone que son unos senos primigenios que dan leche, por eso ahí también se pide por los hijos y por partos seguros. Y por eso la gente bebe su agua, se supone que es especial.

Nichinan 7

Para tratar de quitarme de la cabeza de dónde había salido el agua que había tomado sin reparos, seguí caminando hasta salir de la cueva. Me asomé de nuevo hacia el mar y vi que una de las rocas tenía una especie de hoyo en el centro. Todos juran que tiene forma de tortuga pero yo jamás la vi. El amigo de Yu se acercó a mí y me dio cinco pequeñas piedras con una inscripción japonesa en el centro. Entre los dos me dijeron que se llaman undama y tenía que lanzarlas con la mano derecha para tratar de atinarle al hoyo de la piedra, lo cual se supone que me daría suerte. Mi puntería es terrible así que sobra decir que fallé los cinco intentos, aunque no me importó, yo ya era una chica afortunada o si no ¿cómo se explicaba que estuviera ahí en esos momentos? Intenté pagarle el undama al amigo de Yu pero no aceptó porque era un obsequio.

Nos despedimos del joven y salimos del Udo Jingu. Yu me llevó entonces a tomar té con dulces tradicionales japoneses. Una vez que estábamos recuperados de la caminata, me llevó, ahora sí, al castillo entre montañas.

Lo primero que me llamó la atención fue que por la puerta del Castillo Obi salían varios grupos de niños, cargando mochilas, jugando y riendo. Yo supuse que se trataba de una excursión escolar o algo así pero Yu me sacó del error. Dentro del castillo también hay una escuela y justo era la hora de la salida, por eso había un montón de chicos pasando a nuestro lado en sentido contrario. Los envidié un poco, debe ser interesante que tu escuela esté dentro de un castillo feudal.

Al entrar, lo primero que vi de frente fue una pared alta y medio inclinada de piedra, sobre la cual había un muro blanco techado con orificios circulares y rectangulares.

—En las batallas, cuando entraban los enemigos eran recibidos por flechas que disparaban los arqueros por esos agujeros —dijo Yu, señalando hacía la pared que teníamos al frente.

Nichinan 10

Con sus palabras y la vista, era fácil imaginar las batallas entre el clan Shimazu y el clan Itō, que se disputaron esos dominios en el siglo XVI. Cruzamos la puerta principal, restaurada en la década de 1970 con cedro de 100 años, y seguíamos viendo niños con gorras blancas y grandes mochilas a los hombros. Adentro vi el señalamiento que conducía al museo pero era un poco tarde para eso, así que preferimos seguir caminando, viendo el interior.

Adentro vi lo que a mis ojos era una casa con techo tradicional japonés a dos aguas pero no, es el recinto Matsuo, que trata de replicar lo que era parte del palacio. También vi la escuela elemental de Obi, justo en una gran planicie. La estructura cuadrada gris y de tres pisos no tenía nada que ver con la arquitectura del entorno. Era como si hubiera caído de la nada y se hubiera instalado ahí por azar.

Después vi un campanario en una esquina del edificio blanco antiguo más grande. Más adelante, Yu me mostró cómo era la parte de atrás de las paredes con agujeros, ahí donde hay una especie de escalitana, coronada por un espacio suficientemente ancho como para que los arqueros pudieran maniobrar. También me dijo que las bases de piedra estaban inclinadas así que para que nadie pudiera trepar por ahí. Para comprobarlo, trató él mismo de escalarla, agarrando algunas partes con pies y manos, resbalando tras cada intento.

Nichinan 8

Salimos por un lugar con muchos cedros y llegamos a una calle con varias casas de estilo japonés antiguo. De acuerdo con Yu, era la zona residencial Samurai, por eso a toda esa parte se le conoce como el “pequeño Kyoto” de Kyūshū y el gobierno japonés lo tiene considerado como un distrito de preservación de edificios tradicionales.

—¿Te gustaría quedarte aquí en lugar de la casa del canal? —preguntó el joven de chinos.

—No —respondí resuelta—, aquí está bonito pero no se compara con la vista de allá. Además, aquí no puedo pescar —ambos reímos y así Yu dio por finalizado el recorrido cultural por Nichinan. La tarde seguía avanzando y nosotros teníamos una fiesta pendiente un poco más al sur. Esa noche me tocaba preparar guacamole para todos, así que debíamos darnos prisa para llegar a tiempo. Regresamos a Aburatsu, a la casa de Yu. Mientras él se alistaba, me dejó viendo algunos videos del lugar. Los miré entusiasmada. Después de todo, la excursión al sur había valido la pena.

Recordé que cuando estuvimos en el Castillo Obi, Yu me llevó a una esquina en la que había cuatro cedros altísimos custodiando cada rincón. Me dijo entonces que ese lugar se llamaba “Shiawase-sugi”, que significa felicidad, así que si me paraba en medio de los cuatro cedros, me iban a compartir de su felicidad. Me paré en el centro de los cedros, cerré los ojos y traté de poner mi mente en blanco, una vez que estuve satisfecha con el ejercicio, continué el camino. Tal vez sí sirvió porque hasta la fecha soy muy feliz.

Comments

comments