Miyazaki, un regalo del destino Destinado a ser

—¡Nos vemos en Sydney! —dijo Keisuke, con su encantadora sonrisa.

—Claro que sí —respondí.

—¡Abrazo grupal! —gritó Keisuke emocionado.

Nobuko, Yu, Keisuke y yo nos abrazamos un rato, como para tratar de retener ese momento. Él se alejó, mientras nosotros tres nos encaminábamos al estacionamiento para regresar a Aoshima, Miyazaki.

Fui a Miyazaki por error. Estaba buscando la isla de los gatos y por ignorancia terminé en la Aoshima equivocada. El paraíso gatuno también se llama Aoshima pero se encuentra en la prefectura de Ehime, que aunque está en el sur de Japón, no es tan al sur como Miyazaki. El resultado de la equivocación fue mucho mejor de lo que esperaba, gracias a eso conocí uno de mis lugares favoritos en este país. Pero no adelantemos vísperas.

Cuando llegué a Aoshima encontré, sin buscar, una casa de huéspedes. Toshi, el encargado, me recibió con gusto. Más gusto le dio saber que era mexicana y hasta me mostró una película —no tengo idea de qué se trataba— que decía “México”. Me comentó que su esposa había vivido ahí y que sabía español.

Dejé mis cosas en lo de Toshi y fui a la isla. Ahí no había gatos, ni uno solo. Vi unas huellas pequeñas y eso fue todo. En su lugar, me encontré con una vista hermosa. Una formación rocosa hecha con arena y barro que se formó ahí desde hace millones de años. Luego vi el santuario que, a pesar de su sencillez, me cautivó por su belleza tropical. Me senté en la arena a disfrutar el paisaje.

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Empezó a oscurecer y me dio hambre, así que me levanté y caminé de regreso con rumbo al hostal, pensando en buscar una tienda de conveniencia para comprar una cena barata. Rebasé a una pareja que caminaba lentamente enfrente de mí. No sé por qué, miré de reojo hacia la orilla del mar y justo a la altura del puente había un par de botellas vacías. ¡No lo podía creer! ¡Basura en Japón!, y no sólo era Japón, ¡era en un santuario! No pude con eso y me regresé a recoger las botellas que amenazaban la belleza del lugar.

—Yo también pensé en recogerlas pero no sé por qué no lo hice —dijo una sonriente mujer muy delgada, de cabello largo y lacio.

—¿De dónde eres? —preguntó el japonés de cabello rizado.

—Mecsicou, México, Mekishiko kara kimashita —respondí oronda; después de cierto tiempo en ese país, aprendí que lo mejor era cubrir las tres posibilidades de idioma.

—¡México! —dijo el japonés, con pronunciación perfecta—, yo hablo español.

Me sorprendió que dos de los pocos japoneses que he conocido que saben decir “México” haya sido ese día, el otro fue Toshi.

Empezamos a conversar en español, como quien se encuentra a un viejo amigo en la calle y se quiere poner al corriente, frente a la mirada curiosa y amable de la mujer. Él joven de playera polo negra y chinos naranjas despeinados era Yu. La mujer de figura espigada y mirada profunda y tranquila se llamaba Nobuko. Él vive en Aburatsu, un lugar un poco más al sur. Ella, aunque japonesa, vive en Sydney, Australia. Todo eso lo supe en los primeros diez minutos de conversación. Caminamos juntos por el pasillo de tiendas de playeras de flores grandes y palmeras; después de todo, íbamos hacia el mismo rumbo, en esa dirección quedaba mi hostal y estaba su camioneta.

—¿Qué vas a hacer ahorita? —preguntó Nobuko.

—Cenar, supongo —respondí. Ya eran más de las seis y tenía mucha hambre.

—Ven a cenar con nosotros —dijo la mujer.

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Yo dije que sí al instante. Me parecía un par de personas gentiles y, además, Yu era amigo de Toshi, el posadero, y no sé por qué eso me dio confianza. Llegamos al hostal y Toshi nos saludó. Le pedí que tirara las botellas que había recogido en la playa y que, de alguna forma, habían propiciado el encuentro. Él las tomó y nos despedimos.

Caminamos un poco más hasta la camioneta de Yu. Nobuko me pidió que me fuera enfrente en el lugar del copiloto —en Japón, el volante de los autos está del lado contrario a los vehículos en México—. Yo obedecí sin chistar. Antes de ir a cenar, Nobuko tenía que pasar a su hotel a registrarse. Mientras ella hacía el trámite, Yu y yo conversamos más, así supe que había tenido una novia venezolana y ella era la razón de que supiera español. Lo triste para él fue que esa relación había terminado y ella se casó con un italiano y se mudó a Florencia. Cuando Nobuko regresó al vehículo, nos encaminamos hacia Miyazaki.

—¿Y no te da miedo salir con extraños? —preguntó Yu, que manejaba sin apartar la vista del camino.

—No —respondí despreocupada—. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Que ustedes sean unos asesinos seriales o ladrones de órganos. O que me secuestren, me torturen y me maten, y es más probable que eso me pase en México a que me pase aquí. Si algo malo me pasa, puedo con eso. Pero si por miedo evito hablar con desconocidos, puedo perderme de grandes experiencias y amistades.

Yu río en voz alta y Nobuko sólo sonrió, mirándome complacida con esos ojos de mujer sabia. Ella cambió el tema y me comentó que cenaríamos con alguien más: Keisuke, un joven japonés que había conocido en Sidney.

—Mira, ahí vamos a cenar —dijo Yu, señalando hacia un restaurante de “todo lo que puedas comer”.

—Mmm, luce caro —dije un poco preocupada. Mi presupuesto no daba para lujos de ese tipo, pero ya estaba ahí y pensé que podía hacer una excepción por esa noche.

Al llegar al estacionamiento, Nobuko se acercó a mí, me tomó del brazo con ternura y me dijo que no me preocupara por el dinero, que esa noche corría por su cuenta. Agradecí apenada.

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Llegamos al punto de reunión con Keisuke. Al verse, Nobuko y él gritaron, se abrazaron y se besaron como si fueran amigos de la infancia. Para mi sorpresa, esa era la tercera vez que se veían en la vida. Y a Yu, con quien el trato también era bastante familiar, lo había conocido el día anterior. Era curioso cómo Nobuko podía lograr eso: reunir desconocidos y hacernos sentir cómodos en un ambiente armónico, como si tuviéramos una amistad de años. Yu y yo saludamos a Keisuke y caminamos hacia el restaurante caro.

Me senté junto a Keisuke y enfrente de Yu que tenía al lado a Nobuko. Empezamos con las preguntas básicas para romper el hielo, aunque ahí de hielo no había nada. Le dije a Keisuke que escribía y a él le encantó saberlo. Me dijo que quería escribir un libro sobre sus viajes a Inglaterra y a Australia, justo donde conoció a Nobuko.

La charla fue amena, Keisuke y Nobuko llevaban la batuta. Yo prestaba atención para entender lo más que pudiera porque estaban hablando en japonés. Yu sólo sonreía y participaba de vez en cuando, él fue quien ordenó la comida y las bebidas.

Lo primero que llevaron fue pollo jidori, la especialidad de la región. Se trataba de un pollo muy particular, era algo así como el equivalente avícola de la carne Kobe. Me dijeron que era una raza especial, hecha con experimentos agrícolas. Como resultado, la grasa de la carne es mínima y el sabor y la textura son de alta calidad; y es que además de ser una raza hecha a propósito, el cuidado que le dan a estas aves es muy distinto. Los pollos jidori se pasean en sus jaulas, reciben luz solar y están muy bien cuidados, nunca se les suministran hormonas de crecimiento ni antibióticos y hasta los dejan crecer un poco más que al resto de pollos del mundo. Después del breviario cultural, me dieron el primer bocado del pollo cocinado en un platillo llamado sumibiyaki que, para mí, se veía más como la molleja que venden en los restaurantes de cabrito: era carne en trozos presentada en un plato térmico, al parecer estaba asado a la parrilla, lo que le daba un color oscuro. Tomé un trozo y me lo llevé a la boca. Todos me miraron expectantes. La carne era jugosa y el gusto a pollo no era tan fuerte; era una carne blanda y sin nervios que se deshacía entre los dientes sin problema. Sabía exquisita. Tras mi “oishii” (delicioso), todos movieron la cabeza como aprobando la reacción y comenzaron a comer.

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En la mesa había miso —pasta hecha con soja, básica en la cocina japonesa—, éste también era especial de la prefectura, más fuerte que el regular y además condimentado. Tenía un muy buen sabor con los bastones de pepinos que nos pusieron para acompañar. Keisuke me enseñó a comerlo así y yo casi termino con todo. También comimos el pollo jidori pero estilo namban, que consiste en freír la carne y agregarle salsa tártara, otra chulada de la comida regional; además, ensaladas, pescados, berenjenas al horno, arroz y bebidas de mango, todo un festín.

A la cena suculenta y abundante le acompañó la charla amena. Keisuke era un joven encantador, de esos que hablan con tanto entusiasmo que contagia. Después de cada una de sus historias, volteaba y me decía:

—Estás autorizada para escribirla —me tocaba el hombro, afirmaba con la cabeza, tomaba un trago a su bebida y seguía conversando.

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Recuerdo particularmente una. Él estaba trabajando en la recepción de un hotel en Australia. Su jefa era una mujer japonesa, educada en los altísimos estándares de hospitalidad nipones. Un día, un australiano llegó a la recepción y les dijo muchísimas cosas, a todas luces se veía molesto y hablaba con un inglés rápido y nativo, que suele ser un tanto diferente en la pronunciación. Keisuke no sabía qué hacer pues no tenía idea de lo que el tipo estaba diciendo. La mujer japonesa, ecuánime y servicial, respondía que sí a cada señalamiento del sujeto, con una pequeña reverencia y sin perder la sonrisa. Al final, el hombre quedó satisfecho y se fue. Una vez que lo perdieron de vista, Keisuke miró contrariado a su jefa y le pregunto “¿le entendiste?”, ella respondió con la misma sonrisa y sin cambiar siquiera una fracción del gesto: “por supuesto que no, querido, y no importa que tú tampoco, sólo diles que sí”.

Tras las risas, la mesera —de apellido “Contreras” aunque era japonesa— pidió nuestros nombres para darnos una tarjeta de clientes y me preguntó de dónde era y cómo había llegado ahí. Traté de darme a entender en japonés y ella fingió que entendió. Keisuke propuso que nos volviéramos a reunir, pero esta vez en un café de Sidney que le gustaba mucho. La idea me pareció fabulosa, aunque poco probable. Yo acepté porque me gusta pensar que podría ser. Nosotros le contamos sobre nuestro peculiar encuentro por unas botellas de PET, en donde todo se había conjugado para que sucediera:

—Estaba destinado a ser —dijo Nobuko con una alegre sonrisa. La sentencia en sus labios sonó tan fuerte y real que parecía ser pronunciada por una pitonisa.

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Antes de salir del lugar, Nobuko le dijo a Yu que al día siguiente me llevara a conocer Nichinan, una zona al sur de donde nos encontrábamos. Yu y yo nos miramos desconcertados por un momento. Él reaccionó primero y dijo que sí pero sin sonar convencido. Nos pusimos de acuerdo. Él revisó los horarios del tren de Aoshima a Aburatsu y me dijo a qué hora tomarlo, asegurando que me recogería en la estación.

—Sólo te esperaré dos horas y si no llegas me voy —le dije a Yu sonriendo.

—¿Dos horas? ¿Por qué dos horas? —me preguntó frunciendo el entrecejo.

—Porque es el tiempo que me parece prudente —rematé, manteniendo la sonrisa amable.

Mi sentencia, aunque grave, era un gesto cordial. Trataba de hacerle ver que entendía sus dudas, que si no quería hacerlo, estaba bien. Después de todo, teníamos sólo tres horas de conocernos y una cosa era cenar con una desconocida y otra muy distinta pasar con ella un par de días, haciendo el papel de guía de turistas.

Él, un poco turbado, insistió en que estaría ahí sin falta a la hora señalada. Yo sonreí y me encogí de hombros. La mesera interrumpió la charla para entregarnos un plato con cuatro cuadros pequeños de gelatina, con un mensaje escrito en chocolate que decía: Welcome Tusukada —el nombre del restaurante— from Yu, Katya, Keisuke y Nobuko. Was Japan fun? I wait for Katya to com to Japan to play for pleasure by Asuka (sic) —Asuka es un pueblo histórico en la prefectura de Nara que prácticamente se convirtió en mi hogar en ese país—. Al parecer, eso fue lo que me entendió la mesera cuando me preguntó de dónde era. En ese momento entendí la curiosidad. Antes de irnos, nos entregó una tarjeta y una muestra del miso de la casa.

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Salimos juntos, platicando y riendo, como un grupo de jóvenes estudiantes. En menos de una hora habíamos pasado de desconocidos a mejores amigos por siempre. Después del abrazo grupal y de despedirnos de Keisuke, regresamos a la camioneta blanca y dejamos a Nobuko en el hotel.

—¿Te volveré a ver? —le pregunté a Nobuko al despedirnos. Sabía que la probabilidad era remota. Ella ya había dicho que al día siguiente debía trabajar y después partir con su familia, y el encuentro en Sidney, bueno, era tentador pero lejano.

—¡Claro! —afirmó sonriendo y dándome un fuerte abrazo.

—¿Está destinado a ser? —insistí, aferrándome a ella. No sé por qué pero estar en sus brazos me inspiraba un alivio y una paz muy particular.

Ella sólo me sonrió y afirmó con la cabeza. Se despidió también de Yu y se alejó agitando la mano.

Yu me dejó en la puerta del hostal y nos despedimos con un “te veo mañana”. Entré al lugar y me fui directo a la cama.

Al día siguiente preparé mis cosas para partir a la hora acordada. Me despedí de Toshi, después de preguntarle su opinión de Yu. Respondió justo igual que el joven de los chinos un día antes:

—Es mi amigo.

Supuse que eso era una buena referencia entre japoneses. Justo en la puerta me encontré con la esposa de Toshi quien, efectivamente, hablaba un poco de español. Él ya le había comentado de mí así que tuvimos una breve charla. Su español estaba ligeramente oxidado pero me encantó que dijera “¿qué onda?”. Hubiera seguido conversando con ella de no ser porque tenía una cita con el destino.

Apurada, llegué a la estación de Aoshima para tomar el tren que me había dicho Yu. Abordé el vehículo pequeño, viejo y chirriante con rumbo a Aburatsu. Me senté del lado izquierdo, como me había sugerido Keisuke un día antes:

—¡La vista es preciosa! —dijo abriendo los ojos y sonriendo.

Efectivamente, la vista era preciosa. El tren corría paralelo al mar, desde la ventanilla podía ver cómo rompían las olas cerúleas en esas piedras ancestrales de arena, bajo un cielo claro e iluminado. Me perdí en la visión de postal mientras pensaba en todas las cosas que se habían conjugado para estar ese día en el puente de Aoshima justo en el mismo momento que Nobuko y Yu. Si yo no me hubiera equivocado de isla, si no hubiera esperado hasta la tarde, si no hubiera recogido unas botellas de PET, me habría privado de visitar un lugar hermoso, conocer a gente maravillosa y comer platillos exquisitos.

“Tal vez después de todo sí estaba destinado a ser”, pensé mientras el tren que iba hacia el sur me mecía suavemente.

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