Hacen tiempo soñé que estaba en Miyajima, una isla cercana a Hiroshima, Japón. En mi sueño, estaba en tierra, justo enfrente del gran torii “flotante” del santuario de Itsukushima, quizá una de las imágenes más famosas de ese país —los “torii” son los arcos angulares que están en las entradas de los santuarios sintoístas—. En la onírica visión, tenía una cámara profesional sobre un tripie y pasaba todo el día ahí parada tratando de esperar la luz perfecta para la foto. En mi cabeza, era por el atardecer, cuando el cielo dorado le daba un brillo adicional al inmenso torii bermellón. No recuerdo si conseguí la foto en el sueño o no, pero igual fui a Miyajima para ver al gigante que, aunque se supone que es bermellón, para mí es naranja.

Una vez que estuve justo enfrente de él, me di cuenta de que no importaba si esperaba todo el día, estaba nublado y aquel sol de mis sueños no se parecía en nada al clima grisáceo de ese momento. Además, no tengo cámara profesional así que las fotos que tomé con mi celular son francamente deprimentes.

El sueño no falló en algo: el torii es inmenso. Cuando lees que tiene un total de 16.6 metros de largo y que pesa 60 toneladas dices “pues sí, es grande”, pero cuando ves un kayak que está pasando por debajo y la embarcación parece de juguete a su lado es cuando notas realmente qué tan colosal es.
El día que yo fui la marea era alta y el torii sólo se podía ver desde lejos. Se supone que cuando la marea es baja se puede llegar a él caminando sobre la arena, pero a mí me gusta más así: flotante, lejano, inalcanzable. No por nada es el símbolo de la isla. Dicen los que saben que el original se construyó en 1168, a unos 200 metros de la costa. El actual no es el original, es la última de las ocho reconstrucciones de las que se tiene constancia. Está hecho con madera de alcanforero, de cedro y de ciprés, y la base no está fija en el suelo, sino que se aguanta sobre los pilares. Como todo torii, es la frontera entre el mundo espiritual y el humano, y su color bermellón mantiene alejados a los malos espíritus.

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Tal vez ajenos a todo eso, la gente desfilaba enfrente de él. Se sacaban muchas fotografías: de lado, solos, besándose… Incluso llegó un grupo de tres amigos que hicieron una pequeña pirámide, como las de las clases de gimnasia. La gente llegaba, tomaba fotos y se iba. No pasaban más de cinco minutos enfrente y, desde luego, pocos miraban el torii. Incluso yo lo vi poco. Estuve sentada delante de él como media hora, pero me puse a escribir y sólo lo veía cuando me detenía en la escritura o necesitaba hilar ideas. Eso sí, me tomé una fotografía con un ciervo que se fue a sentar justo a mi lado. Primero me olió, como tratando de encontrar comida, pero al ver que no tenía, sólo se echó.

Llegar a Miyajima desde Hiroshima fue fácil. Pasé al módulo de información turística que se encuentra en el Parque Conmemorativo de la Paz y ahí me dijeron cómo llegar y me dieron un par de mapas: uno de los buses de Hiroshima y otro de la isla por la que pregunté. Tomé el autobús en la estación Genbaku Dome-mae, que es la más cercana a la Cúpula de la Bomba Atómica, la construcción que a pesar de estar tan cerca del hipocentro de la explosión, todavía se mantiene en pie, y que era justo por donde yo estaba.

Luego de un trasbordo llegué al puerto donde sale el ferry con rumbo a la isla.. El viaje duró poco, acaso unos 10 minutos de los cuales pasé la mayor parte del tiempo tratando de tomar una buena foto del torii, sin lograrlo. Empecé el recorrido exactamente para el lado contrario al que iba el resto de turistas. Quería visitar los templos pequeños que marcaba el mapa que me dieron en la oficina de turismo, antes de llegar al gran torii. Así me topé con el shrine Nagahama, cuyo torii está en la playa, junto al mar, y es parecido al grande, excepto que es mucho menor en tamaño y ahí no hay turistas sacándose fotos.

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Decidí continuar con mi ruta, sin éxito. Los templos estaban marcados en el mapa, pero en la calle no había letreros que condujeran hacía ellos. El mapa en cuestión era más bien ilustrativo y poco preciso, así que fue necesario preguntarle a un par de locales por ellos. Llegué al Tokujuji sólo para ver que estaba cerrado. Busqué el Shinkoji y ni siquiera lo encontré. Me di por vencida, no estaba con humor para perderme.Decidí hacer el recorrido como el resto de turistas.

Crucé la calle Omotesando, llena de tiendas de comida deliciosa y recuerditos que podrían dejar sin dinero a los turistas. Me felicité por cruzar sin comprar siquiera un helado. Llegué entonces a la zona del famoso torii, tomé unas fotos y me senté a escribir, después de todo, fui a Miyajima justo a ver ese torii.
Después de un tiempo sentada ahí, me di cuenta por qué los ciervos de la isla son tranquilos y se dejan fotografiar: los fotógrafos del lugar los domesticaron para ser parte del escenario perfecto de las fotografías que sacan a los turistas. Los turistas posan frente al torii y colocan un ciervo al lado. Los fotógrafos hacen ruidos para atraer la atención del ciervo y así logran que pose para la foto. Al fin pude tener mi selfie con un ciervo. Lo malo es que el ciervo está tan acostumbrado a la presencia de humanos, que fue un par de veces a mi lugar para intentar quitarme el mapa.

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Camino al santuario libré una batalla interior entre mi principio de no pagar por ver templos y la obviedad de lo ridículo que resultaba ir hasta allá sólo para ver el torii y no el resto del santuario. Decidí que dependería del precio, si eran más de 500 yenes —poco más de cuatro dólares— lo dejaría ir. La entrada costó 300 yenes que pagué sin miramientos y entré. Es un conjunto de edificios de un piso que se extienden sobre el Mar Interior de Seto. La base de las paredes es blanca, que ayuda a resaltar el naranja brillante de trabes y adornos.

Miré hacia la plataforma para las ceremonias Hirabutai que da justo frente al torii, un fotógrafo le tomaban fotos a una pareja bellamente ataviada, con el torii de fondo: ellos solos, con una señora, con una pareja madura. Supuse que eran los novios de una boda sintoísta. Saliendo del templo en dirección contraria al flujo turístico, había varias personas muy emperifolladas. Ellos, con relucientes trajes negros. Ellas, con kimonos elegantes, con obis —esa especie de cinturón de tela— ricamente adornados con pinturas a mano. “Han de ser los invitados”, pensé.

Por casualidad, los novios pasaron a mi lado cuando salían del templo. Un sujeto con un paraguas rojo les abría camino, yo les tomé unas fotos, nada más por el puro morbo. Cuando se fueron, todo volvió a la rutina turística habitual.

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Me forme en la zona más alejada de la plataforma que daba justo frente al torii, había una fila de ocho personas antes que yo. Se paraban en la orilla con el torii a sus espaldas, igual que los novios minutos atrás, y se tomaban fotografías. Ese lugar es el mejor del santuario para tomarse una fotocon el torii de fondo, por eso pensé que tal vez desde ahí podría tomar buenas fotos pero me equivoqué. El sitio era perfecto y se podrían lograr buenas tomas con el equipo fotográfico adecuado, pero yo no lo llevaba, sólo tenía un teléfono celular que se pixelea ante el menor acercamiento. Tras varios intentos infructuosos, sentí las miradas pesadas de los japoneses que estaban formados atrás de mí en la fila. Sabía que no importaba cuánto me esforzara, no iba a lograr una fotografía decente, así que decidí seguir caminando.

Salí del templo y vi la hora: poco más de las dos y media. Eso me dio gusto. Podría irme en ese momento y, con suerte, pasaría la tarde en Okunoshima, la isla de los conejos. Empecé a caminar hacia la calle que me llevaba de regreso a la estación pero vi la pagoda de cinco pisos Gojūnotō tan linda que decidí acercarme para verla mejor. Después de todo, ya la había visto y fotografiado a lo lejos durante el recorrido y nada me quitaría acercarme para contemplarla mejor. Cambié el rumbo, dispuesta a ver la pagoda. Empecé a subir las escaleras que me llevarían ahí pero estaba distraída. La distracción fue tanta que no me fijé en un descanso de escalón, tropecé y caí de bruces. Alcancé a meter las manos para salvaguardar mi cara, las rodillas no corrieron con tanta suerte. Fueron las que recibieron el impacto en pleno. Pensé en la rodilla derecha, resentida por una lesión mal atendida, pero el problema central fue en la izquierda, esa que tiene tremendo hoyo debido a una caída en bicicleta en Shinshiro. La piel en la zona de la otrora infectada herida era demasiado frágil y no aguantó el impacto.

Eso lo supe hasta que el gentil señor que atendía la tienda de recuerdos cercana se aproximó a mí preguntando si estaba bien. Dije que sí pero sabía que no, por eso dejé que me ayudara a ponerme de pie, me llevara a su tienda y me sentara en el tatami más cercano. Se agachó a la altura de mis rodillas y me pidió que me descubriera las partes afectadas para revisar los daños. Levanté con cuidado la mezclilla del pantalón del lado derecho, vimos que no había daño, nos miramos y suspiramos aliviados. Regresé el pantalón a su lugar e hice lo mismo con el lado izquierdo. Con el puro movimiento supe que ese lado había sido afectado porque me dolió. No me equivoqué. Ahí donde debería haber una cicatriz mal curada había de nuevo un gajo de carne colgando, mezclado con sangre. El anciano frunció el ceño, como abuelito preocupado, me miró a los ojos y me preguntó si me dolía. Yo asentí con la cabeza.

Mientras tanto, su esposa caminó entre los dulces y las postales de la isla para ir al fondo de la tienda por el botiquín. Cuando se acercó, el señor estaba lavando mi herida con agua de la llave que estaba convenientemente enfrente de nosotros. Ella me puso una especie de gasa, quería detenerla con unos curitas pero le pareció mejor buscar un poco de cinta para curaciones. Regresó al interior de la tienda.

El anciano me preguntó de dónde era, cuánto tiempo tenía en Japón y si iba sola, le respondí todo con una sonrisa, tratando de corresponder a la suya. La mujer regresó con la cinta y terminó la curación. Se sumó a la conversación y me preguntó que dónde había aprendido japonés. Mientras ellos insistían en que hablaba bien su idioma y yo apenada y nerviosa respondía que sabía muy poco, regresé el pantalón a su lugar y cargué de nuevo mi mochila. La señora me dío una gasa nueva como repuesto y cuatro banditas. Apenada y con una risa nerviosa agradecí con tantas reverencias como pude. Ellos me despidieron con la mano y me pidieron que me cuidara, sólo entonces continué mi camino.

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Llegué a la base de la pagoda de cinco pisos y noté que algo me lastimaba los ojos: era el sol que al fin de había dignado a salir. Con el sol aprecié mejor la pagoda y el templo aledaño. La pagoda era de color blanco con naranja, como el santuario del torii, y tenía un techo café que hacía buen contraste con el cuerpo. A su lado, el templo lucía más bien triste. Todo de madera café, sin más variación de tono que el natural. Los turistas podían entrar a él, para ello debían descalzarse y subir una escalinata corta pero empinada. No quise arriesgarme con la rodilla herida. Así que sólo me quedé ahí, mirando la pagoda y el templo desde fuera.

Decidí parar de nuevo para intentar nuevas tomas. Tal vez no saldrían como las de mi sueño, pero estaba segura de que la luz del sol ayudaría un poco. Hice algunos intentos. Según yo, estuvieron mejores que todo lo anterior, aunque cuando vi las fotos noté que fue una percepción errada. Ciertamente, la tenue luz del sol alumbró un poco la zona, pero no fue suficiente como para recrear, ya no digamos la escena de mis sueños, sino al menos una de las tantas fotografías que había visto del torii.
Caminé hacia el puerto. Esta vez, la fila para abordar el barco era muy larga.

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Cuando llegó el transbordador, todos subimos en orden. Me aposté de nuevo en la parte superior que ofrecía una vista panorámica sin vidrios de por medio. Desde ahí, vi cómo Miyajima y el inmenso torii se hacían pequeños otra vez, mientras el sol se ocultaba de nuevo.

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