No bebí ni me drogué durante la realización de esta crónica, pero debí hacerlo (la referencia a Hunter Thomson es gratuita). Ser observador electoral es una experiencia somnífera, casi equiparable con mirar el Canal del Congreso un sábado a las once de la noche, sin cerveza. No se lo deseo a nadie.

Recibí la invitación, por parte de un conocido de cuyo nombre no quiero ni acodarme, para participar como observador electoral el pasado 5 de junio en las elecciones para integrar la Asamblea Constituyente en la Ciudad de México. No pronunciaré el partido del cual fui representante, basta decir que su logotipo es amarillo y es un hijo bastardo del PRI.

Foto: INE

Foto: INE

No milito en ningún partido, aclaro. Me dijeron que el domingo 6 de junio necesitaban personas para ser observadores en las elecciones y que al final de la jornada nos darían una retribución económica (mil pesos). Lo vi como un trabajo, no sentí comprometido mi voto ni mi ideología, además tenía curiosidad por saber si este submundo era realmente tan deforme como había escuchado. Lo es.

Se supone que debí asistir a un curso de capacitación, pero no fui. Aun así me mantuvieron en la lista de candidatos para ser observadores, la cual se redujo a veinte a once personas un día antes de la elección, el sábado 4 de junio. Esa tarde me citaron en el balcón de una tienda Extra ubicada en uno de los bajo puentes por la zona de Mixcoac. Mi conocido nos comentó que la reducción de la lista había sido por un sorteo que realizó el INE, pero nos proponían un acuerdo para que quienes no aparecieran en esta lista no se quedaran sin ‘apoyo’. Así descubrí la variedad retórica del lenguaje político para nombrar el dinero.

Minutos después llegó el operador del partido. Era un tipo moreno, de complexión gruesa, camisa abierta hasta el tercer botón, cadena de oro, Rolex brillante en la mano izquierda, mirada chispeante, gesto adusto. El prototipo del político mexicano, tantas veces caricaturizado, estaba ahí, frente a mis ojos, real, de carne y hueso. No es un mito.

Foto: Notimex /Hugo Borges

Foto: Notimex /Hugo Borges

El tipo en cuestión nos explicó que quienes habíamos quedado en la lista seríamos observadores del partido al día siguiente y al final de la jornada recibiríamos ‘lo acordado’, para los ‘chicles’. Eso dijo. Resultó que en el argot político eso valen los chicles: mil pesos. Es poco o casi nada para ellos, es como comprar un dulce.

El mismo sujeto explicó el acuerdo para quienes estaban fuera de la lista: “Si votan por el partido recibirían un apoyo” (quinientos pesos). La forma de operar sería la siguiente: él proporcionaría un número telefónico al cual las personas interesadas debían mandar una foto de su boleta con el voto emitido a favor del partido; después tendrían que esperar a que se acercara un hombre vestido completamente de mezclilla, quien les entregaría su ‘compensación’.

“¿Y esto será dentro de las casillas?”, pregunté ingenuamente para tentar al diablo. “¡Nooo! Cómo creen”, aseveró el fulano y resolvió en ese instante que lo mejor sería que las personas interesadas en recibir ese apoyo acudieran, después de votar y mandar su mensaje, a la misma tienda Extra donde nos encontrábamos, en el bajo puente. Ahí pasaría el tipo de mezclilla a dejarles un ‘recado’.

Se subrayó que no se estaba obligando a nadie a votar por un partido en específico, era únicamente una pequeña ‘ayuda’, opcional, para quienes quisieran recibirla. Aquí nadie está comprando votos, ¡carajo!, que nadie se confunda. En la misma reunión se planteó si era posible para otras personas que no estaban en la misma lista recibir ese mismo ‘apoyo’. El operador político resolvió en ese instante que sí, pero no podría ser el mismo, serían cuatrocientos pesos. Entre los concurrentes alguien dijo que el PAN daba entre mil y cuatro mil pesos por voto en la Delegación Coyoacán. Hay niveles.

A los que seríamos observadores se nos dijo también que al día siguiente, lunes 6 de junio, podríamos pasar por la oficina delegacional del partido para recibir una compensación de doscientos pesos. “Cuando vayan ahí no digan nada de los mil que ya recibieron”, nos aclararon, pues según afirmaron esos recursos (los mil pesos) no los estaba dando el partido. ¿Entonces quién?

Ilustración: Pixabay

Ilustración: Pixabay

Mi conocido me explicó que los observadores no estábamos obligados a votar por el partido que representábamos, pero obviamente se esperaba que así fuera. Yo le resté importancia a este comentario; a la hora de votar anulé mi voto. En medio de la jornada por un momento tuve miedo de que en mi casilla nadie más votara por el partido, entonces se sabría de mi alta traición. Yo, simple perro, mordía la mano de quien me dio de comer. El temor no era injustificado: de quinientas dieciséis boletas dispuestas en la casilla correspondiente, solo se usaron ciento trece (menos del veinticinco por ciento). Además me encontraba en la Benito Juárez, delegación predominantemente panista. Afortunadamente hubo tres incautos que sí votaron por el partido.

Entre quienes fuimos observadores predominaban jóvenes y amas de casas, personas que usualmente carecen de un ingreso fijo y tienen tiempo suficiente para ocupar en este tipo de actividades, además de necesidad de ganar un poco de dinero. Porque mil pesos son, para la mayoría de los mexicanos, algo más que unos pinches chicles.

Sobre la jornada electoral no hay mucho que contar. Fue Aburrida, así, con mayúscula, poca afluencia y una labor monótona: contar los votos, verificar que coincidan con los conteos finales, vigilar que no haya irregularidades. Nada que no pueda hacer cualquiera con tres dedos de frente. Incluso la presencia de observadores electorales de otros partidos fue escasa. Además de nosotros, llegaron de Morena, Encuentro Social y Nueva Alianza. En breves acercamientos con ellos, todos juraban no recibir ningún tipo de ‘compensación’ por ser observadores. Estaban bien instruidos. Nadie hace esto de gratis, lo sé de cierto. Pero en este universo político la verdad no existe, todo es supuesto, es apariencia.

Foto: INE

Foto: INE

Lo más destacable fue leer los votos nulos. “Es lo más divertido de las votaciones”, dijo el representante de Morena, un tipo que se esforzaba tanto por ser simpático que resultaba todo lo contrario. Entre quienes anularon su voto destacó uno: “todos son un asco, no le creo a nadie, voto por el señor unicornio”. El mensaje era acompañado por el dibujo infantil de un unicornio en medio de la boleta. Es una lástima que no se permita tomar fotos.

Durante la jornada solo recibí un desayuno, a la una de la tarde, y una comida, a las ocho de la noche. Esta última la recogí en la “oficina”, el bajo puente de Mixcoac, y me fui sin probarla. Sólo quería mi dinero e irme a descasar a casa.

Se supone que al día siguiente podíamos recoger nuestros doscientos pesos extras en las oficinas del partido en la delegación, de siete a once de la mañana. Pasé por ahí poco antes de las diez, la oficina se encontraba cerrada y había algunas personas esperando desde hacía más de una hora. Ya les habían avisado que entregarían la ‘compensación’ después de las once de la mañana. Me sorprendió un poco lo que la gentes es capaz de hacer por pinches doscientos pesos, pero para muchos esto alcanza para más que ‘chicles’.

Yo no quise esperar, estaba cansado de la desorganización, informalidad, supuestos, decires y métodos del partido. Aunque, según pude informarme, ninguno se salva de este tipo de formas. Así es como funciona la política en nuestro país. Ya lo sabía, pero nunca lo había vivido en carne propia. Ahora lo vi, los toque, lo olí. Y me dio asco.

Al final no quería saber nada de política. Recordé un ensayo que escribí hace como 10 años para un concurso titulado: “¿Por qué los jóvenes no participan en la política?”. Entonces era joven, con la puerilidad de esa edad llegué a una conclusión socarrona. Hoy, con más de tres décadas en mi espalda, recuerdo mi ocurrencia de entonces y pienso que quizá aún es vigente: prefiero las porno.

Este texto fue publicado el 20 de junio de 2016

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