—Por favor, fue tan sólo un minuto, de verdad, le juro que no vuelve a pasar. Es que tenía mucha hambre. Bueno ¿qué quería, que muriera de hambre?

Así me encontraba esa horrible tarde de viernes, suplicándole y lloriqueándole a un pequeño señor de chaleco azul y verde, de cara inconmovible y corazón de piedra; y a esa señora de uniforme azul marino, de mirada aguda y mueca burlona. Es verdad, aún podía saborear el especiado gusto de esa deliciosa carne. Y claro, mi panza sentía ese placer que da un caldito caliente. Pero bueno, creo que me estoy adelantando demasiado.

Alrededor del medio día llegué a la colonia Roma en busca de algunas mezcalerías y tiendas donde venden este aguardiente. Después de unas cuantas vueltas encontré un buen lugar para dejar el coche y salir a recorrer el barrio. Una hora y media pagué de parquímetro, al fin que tampoco iba a tardarme tanto.

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Después de unos cuantos locales cerrados me di cuenta que no era el horario idóneo para visitar ese tipo de establecimientos. Mientras caminaba por la calle de Jalapa sentí que mis adentros hacían un ruido bien conocido, ya saben, como de rugido: hambre, moría de hambre y aún estaba lejos de volver a casa. Tampoco llevaba mucho dinero. No pasó nada de tiempo antes de encontrar a un señor con un carrito de fruta fresca.

—Déme un vasito de papaya con mango —¡Mmm!, qué rico estaba. Tenía mucho limón y chilito.

Llegué al coche, abrí la puerta y justo mientras me sentaba un olor seductor enloqueció mis sentidos. Era de carne, pero también de chiles, había un toque de especias y por un segundo cerré los ojos y recordé el pasado, así tipo Ratatouille, la película de Disney .

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Iba en la preparatoria y mi novio de ese entonces estaba en una escuela en la calle de Pomona. Él era un glotón empedernido y yo tenía un metabolismo envidiable. Cada salida era un reto, pues él no podía aceptar que a pesar de ser una chica que pesaba veinte kilos menos y era veinte centímetros más pequeñita, lo vencía sin piedad a la hora de sentarnos a la mesa.

—Échese siete con todo, jefe.

—¿Y pa la güerita?

—También —contestaba él con tono de burla.

—¿Algo más joven?

—No, así está bien.

—Yo si señor, quiero otros tres. Y ¿no decía que había consomé gratis? —contestaba la güerita.

Si, esa güerita. era yo.

Regresé al presente y una sonrisa iluminó mi rostro. Hacía años que para mí se había vuelto invisible ese local, y vaya que he pasado de largo innumerables veces desde entonces, pero la velocidad con que avanza la vida borra algunos lugares a pesar de que siguen ahí.

Le eché un ojo al boleto del parquímetro. Aún quedaban 15 minutos. No lo dudé ni por un segundo. Aventé al asiento del copiloto el vaso de fruta con un gesto de desdén, me bajé presurosa y me dirigí al delicioso encuentro.

Todo era igual que antes. De un sólo golpe me topé con ollas vaporosas llenas de un espeso caldo rojo, una plancha con hoyitos donde se mantiene caliente la carne, como en una vaporera; varios recipientes con cebolla morada picada y chiles manzanos en vinagre, así como salseras que contenían un delicioso líquido color ocre, más espeso que el caldo, y con un sabor y olor ahumado.

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—Buenas tardes ¿Me da dos tacos por favor? —¡Si, sólo dos! Ya no tengo ese asombroso metabolismo.

—¿Y quiere su consomé en jarrito o plato?

—En jarrito —bueno, ¿qué tanto es tantito?

De pronto vi mucho movimiento por donde estaba mi coche, así que me apuré. A pesar de la preocupación cerraba los ojos en cada mordida al taco y en cada sorbo al consomé. De verdad que lo estaba disfrutando. Esa carne jugosa, con su intensa salsita y el caldo bien calientito y sazonado giraba por mi boca. Pagué una verdadera bicoca por tan sublime placer, y de un trago largo me terminé el contenido del jarrito. Entonces corrí hacia mi auto.

—Por favor, fue tan sólo un minuto, de verdad, le juro que no vuelve a pasar. Es que tenía mucha hambre. Bueno ¿qué quería, que muriera de hambre?

—Uy, señorita es que ya se la puse, no se la puedo quitar

—Pero fue sólo un minuto, no seas así, sólo fui por un taquito

—Tenga señorita —me dijo una policía de transito que estaba a mis espaldas—. Aquí tiene su multa, y tiene dos horas para pagar o viene la grúa por su coche y le va a salir más caro.

Se dieron la vuelta y entre sonrisas de complicidad me dejaron en una obscuridad absoluta.

No lo podía creer. Eso me pasa por golosa. Había llegado justo a tiempo. ¡Sólo fue un minuto!

Y así, mientras los suculentos pecados se amargaban en mi estómago por la rabia y la impotencia, lloré en una banca de Alvaro Obregón a la espera de mi ángel salvador, aquella que pagaría la multa y secaría mis lágrimas, y a quién como recompensa quizá llevaría a probar los deliciosos tacos que esa tarde fueron mi perdición.

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