Metinides adora las películas de detectives y de gangsters. De tanto encontrarse con ellas su mirada se familiarizó con las escenas vistas en las inmensas pantallas e instintivamente, en su trabajo como fotógrafo, trató de emular el dramatismo y narrativas cinematográficas. Tal vez por eso nos rogó, al equipo del Museo del Estanquillo que le ayudáramos a conseguir una copia de “La banda del automóvil gris”.

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Conocí a Enrique Metinides apenas el viernes 10 de marzo de 2017, a las 15:30 horas, gracias a Trisha Ziff, directora del documental “El hombre que vio demasiado” (2015) –que habla sobre el trabajo de este fotoperiodista más que excepcional—, y a su asistente Isabel del Río. La reunión tenía por objetivo presentarles a Metinides y a la productora Berlín 212 lo que entonces era un proyecto expositivo: “Una crónica de la nota roja. De Posada a Metinides y del Tigre de Santa Julia al crimen organizado”, que desde el 6 de abril y al menos hasta el 11 de septiembre de este año estará en el Museo del Estanquillo/ Colecciones Carlos Monsiváis. Ahí estuvimos el equipo del museo: Rafael Barajas el Fisgón, curador de la muestra; Henoc de Santiago Dulché, director; Marcela Mena Barreto y yo, asistentes de pe a pa del Fisgón y encargadas de la investigación y registro de obra. Conocimos a Enrique Metinides, a su hija Mónica y a su nieto, un niño de unos ocho años, muy entretenido con un IPad, que solo escuchaba pero se le notaba tal vez demasiado familiarizado con las anécdotas de su abuelo.

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Foto: Memo Bautista

En 2002, vi por primera vez la obra de Metinides gracias a Ilya de Gortari un difunto gran amigo, quien me regaló el libro monográfico del fotoperiodista en cuestión, “El teatro de los hechos” (Instituto de Cultura de la Ciudad de México, 2000). Ilya me dijo “Este autor es muy importante. Tienes que conocerlo”. No recuerdo qué le contesté. Tal vez me intimidé ante su carácter fuerte y regañón y en lugar de ser sincera le dije gracias. La verdad es que el libro me horrorizó desde la portada y no quería verlo para nada. Me resultó muy violento. A pesar de que para esas fechas ya había concluido mis estudios de licenciatura en historia del arte, no estaba preparada para enfrentarme a estas obras. De hecho, puedo decir que apenas tiene unos meses que he asimilado el trabajo de Metinides y ha sido más por una cuestión emocional que por una preparación académica.

En 2004 tuve problemas económicos y traté de vender el libro. Me daban 10 pesos por él en una librería de viejo. Desalentada lo ofrecí a mis colegas del trabajo y nada. Mi amiga Livier Jara me dijo:
—Sé de alguien que le gustan estas cosas, si quieres le pregunto si desea comprártelo.
—Llévaselo —respondí— que alguien lo aproveche.
Livier ya no recuerda a quién se lo dio.

Ninguna de mis clases fue exclusiva para el análisis de la fotografía, ni menos de sus exponentes en el fotoperiodismo mexicano. He ido aprendiendo por mi cuenta, principalmente porque tengo el privilegio de que gran parte de mi trabajo consiste en estudiar la colección de Carlos Monsiváis que cuenta con más de 15 mil fotografías. El Estanquillo e iniciativas del Centro de la Imagen me llevaron a formar equipo con otro hombre increíble cuyos conocimientos de la fotografía son inmensos: Alfonso Morales el director editorial de Luna Córnea, cuyo cerebro funciona extremadamente rápido. Quien por cierto, apenas hace unos meses me vine enterando, fue responsable de hacer el prólogo y coordinar la investigación del libro que me regaló Ilya y del que me separé por pusilánime. Hoy “El teatro de los hechos” es imposible conseguir tanto en bibliotecas públicas como a la venta. En Amazon lo ofertan en 999 dólares. Así que aprovechando la confianza ganada con Alfonso, le pedí su ejemplar en préstamo y le conté mi aciaga anécdota con esta publicación. Las vueltas del destino me han llevado a que después de 15 años de haber rechazado el contacto con la obra de Metinides hoy soy parte del equipo que hace una exposición para rendirle homenaje.

Teatro de los hechos

Ese 10 de marzo de 2017 las palabras de Metinides me dejaron pensando. Me sentí identificada con él. No por la cantidad de muertos o accidentes que he visto, tampoco por el periodismo y menos por la toma fotográfica. Me identifiqué con él porque habló de la intuición que poseía. No es que yo haya alcanzado sus niveles de premonición pero he experimentado esa sensación de que algo va a ocurrir y hasta de generar efímeras imágenes en mi mente de situaciones y lugares que nunca he visto o experimentado. De hecho los he llegado a conocer y son exactamente como las imaginé. La mayoría de las veces son sensaciones poco agradables. Frecuentemente son causa de ansiedad por no saber interpretar y manejar esos datos.

Metinides nos platicó que en algunas ocasiones había sentido cuándo iba a suceder algún accidente y hasta podía decir el lugar en el que iba a ocurrir. Una de sus anécdotas favoritas es aquella cuando a un colega que en ese momento conducía un auto, le advirtió que tomara el camino de Río Churubusco en lugar del de Viaducto porque ahí se iba a caer un avión. Y así fue. Minutos después él y su compañero se enteraron de lo ocurrido y se salvaron de la catástrofe. El fotógrafo se entretuvo detallándonos varios sucesos del tipo. Le encanta compartir las experiencias vividas y yo lo agradezco infinitamente, pues es así que pude captar con mayor claridad lo que va implícito en su obra.

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Foto cortesía Museo del Estanquillo

Antes de ir con Metinides expresé a mi equipo del Estanquillo con un tono harto: “¡Esta exposición sin duda es para que yo me insensibilice ante estas historias!”. Ocurrió al revés, sobre todo después de las pláticas con don Enrique, a quien no le gusta que le digan maestro, argumentando que no trabaja en una construcción.

Después de sus narraciones pude ver a un ser humano muy tierno, comprometido con una vocación-misión y que, “con todo el dolor de su corazón”, como él mismo lo expresa, vio morir a cientos de personas, muertes muy distintas, no por morbo, era periodismo, nota policiaca. Metinides hasta tomó cursos de paramédico, pues también quería ayudar a salvar vidas y así lo hizo. Trepó paredes para hacer la toma perfecta, se escondió, corría detrás de las llamas o para no ser alcanzado por el peligro. Suena a superhéroe, pero ¿de qué otra forma se podría hacer para conseguir las vistas tan impactantes como las que él capturó?

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Se sabe que Enrique Metinides ha coleccionado cientos de juguetes: aviones, ambulancias, camiones de bomberos, etcétera y los ha fotografiado usando algunas de sus propias fotos como escenarios. Aquí nuevamente vuelve a aparecer el sentido cinematográfico. Estas composiciones simulan la llegada de los bomberos a salvar a las personas, apagar el fuego y para que todo se resuelva bien.

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Foto cortesía Museo del Estanquillo

A pesar de lo sórdido de las historias que retrató, en Metinides hay un hombre de aguda sensibilidad. La obra de este autor, es en verdad un respiro de paz en relación con las imágenes de otros fotoperiodistas de este género. Su ojo no es la de un hombre ávido de sangre, sino el del que quiere hacer cine. Metinides orgullosamente cuenta que un señor de Hong Kong o de Corea se acercó a preguntarle de qué tamaño era su set para la filmación de sus películas.

Metinides llevaba consigo tres cámaras: una para tomar fotos para el periódico donde trabajaba, otra para su acervo personal y una para grabar video. Por cierto, el museo donde trabajo será el primero en exhibir sus grabaciones. Éstas deben verse como un material distinto. Su autor las puso a disposición del cuerpo de bomberos como material didáctico, para que comentaran los hechos y supieran cómo responder en situaciones parecidas. Sus fotos también eran útiles para que los policías resolvieran casos.

Esto me recuerda un dato más proporcionado por el fotógrafo. A lo que hoy conocemos como nota roja antes se le llamaba nota policiaca. Cambia mucho el sentido, pues hoy lo que parecer enfatizar los periódicos es el color de la sangre. Cuando Metinides pudo tomar fotos en color le pidieron que no retratara sangre. Cuestión que en el tipo de escenas que enfrentaba era prácticamente imposible. Sin embargo, los periódicos hacían labor de edición de manera artesanal para disimular lo dramático de la sangre. ¡Igualito que lo hace el periódico El Gráfico hoy!

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Foto cortesía Museo del Estanquillo

Conforme le mostrábamos las piezas de la colección de Carlos Monsiváis, que forman parte de la exposición, Metinides soltaba recuerdos respecto a la creación de esas fotografías. Este entusiasmo supongo que es el que nos ha hecho merecedores de que nos haya visitado varias veces en el museo.

Entre los recuerdos desatados están su relación con Carlos Lazo y sus hijos, pasando por el contacto con celebridades tales como Sofía Álvarez, que cayó desmayada en sus brazos al ver el cadáver de Javier Solís; cómo lo tuteaba Fernando Soler y otros actores; o cuando fue protegido del asesino serial José Ortiz Muñoz, el Sapo. Metinides iba frecuentemente a Lecumberri, la penitenciaría de la Ciudad, desde muy joven. Conocía sus pasillos, las crujías del polígono con amplitud. Los encarcelados le robaban sus llaves, sus lápices y otras pertenencias para conseguir herramientas con las cuales intentar escapar. Pero él denunció con las autoridades del Palacio Negro esta situación. Así que un día reunieron a los reos y presentaron a Metinides. Lo encomendaron a El Sapo, más que a los guardias. El maleante amenazó: “¡Quien se meta con el Niño (así apodaban a Metinides por la temprana edad en la que se hizo fotoperiodista. A los 9 años ya tomaba fotos profesionalmente), se las verá conmigo!”. También conoció a Durazo y hasta recibió favores suyos. Son tantas la experiencias que podrían hacerse otras películas sobre él. Trisha sin duda tuvo buen ojo para llevar a cabo su proyecto.

En dos horas Enrique Metinides nos contó todo lo que pudo. Quería decir más. Se emocionó al ver sus fotos y su hija se preocupó porque él tuviera una reproducción de lo que le mostramos, pues además de servirle para identificar si eran obras suyas o no, le encantaría tener copia de su propio trabajo para recordar los lugares en los que estuvo, las situaciones por las qué pasó.

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Foto: Memo Bautista

Metinides sabe mucho sobre algunos sucesos que le toco cubrir. Una cosa es lo que se publicó y otra la que realmente paso. El ejemplo por antonomasia es el de Tlatelolco, en 1968. La versión oficial está lejos de ser la que experimentó Metinides. Sin embargo prefiere no hablar de ello, no quiere correr riesgos. Asimismo sabe acerca del crimen de Colosio y otras historias de las que no puede hablar. Cuenta lo que puede y lo que su persona ávida de compartir cae en la tentación de narrar. Todo esto nos conduce a la consciencia de la edición y de la interpretación. La foto no lo es todo. Necesitamos, además de leer las notas periodísticas, ser las orejas de los autores como Metinides para consignar todas estas ideas e historias que hay detrás de los reportajes.

Cómo retratar un cadáver era un tema que no había que pasar por alto y que encamina a varias reflexiones no solo en torno al trabajo de Metinides. En nuestra sociedad moderna—o posmoderna— que consigna “hasta no ver no creer”, los muertos se esconden. Entonces hay dudas sobre la veracidad del asunto. Las mujeres “viudas” de Javier Solís se agolparon hasta tirar las puertas de la funeraria para confirmar que el cuerpo que yacía en el féretro era el de su amante. A Metinides le tocó vivir estos eventos. Su oficio era traducirlos en tomas fotográficas. Parece que él debía estar ahí, para hacer más poéticos esos momentos y, por ello, también más perdurables.

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