En la esquina de Avenida Revolución y Avenida Molinos el pavimento, el ruido y el flujo vehicular parecen sepultar la historia. Pero Mixcoac tiene memoria de rio, de serpiente, de nube. Se niega a morir. “Me acuerdo, no me acuerdo…”, entre los pasillos del mercado cada día se libra una batalla contra el desierto de la desmemoria. Por los puestos deambulan anécdotas, imágenes, decires, remembranzas.

El actual mercado data de 1955, es uno de los más de 150 mercados edificados durante la década de los cincuenta en la Ciudad de México, como parte de los planes del reordenamiento urbano impulsados por Ernesto P. Uruchurtu, ‘El regente de hierro’. El edificio no es bonito, todo lo contrario: es una masa de concreto, es gris, es anodino. Por si fuera poco las obras de la línea 12 del Metro, el distribuidor vial y el deprimido Mixcoac han contribuido al deterioro de la zona. Desde su levantamiento han pasado por aquí tres generaciones de locatarios; son ellos quienes dan color y vida a este lugar. Sin embargo, pocos recuerdan que antes hubo otros mercados en el mismo sitio y que incluso en la actualidad Mixcoac es varios mercados en uno solo.

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La invasión de Ameyalco

“Mi mamá me platicaba que mi abuelita vino aquí cuando comenzó el mercado. Antes era una tienda de unos españoles, con cuatro entradas. Ella vio cómo estaba; al otro día fue a Jamaica, compró un costal de verduras y se sentó a vender ahí afuera. Pero le daba miedo que el español la fuera a quitar, entonces cuando veía que el español iba a salir, levantaba sus mercancías y se pasaba a la otra puerta y luego a la otra y así. En una ocasión el español la encontró y le dijo: ‘¿Por qué te escondes María? ‘Pues es que como estoy vendiendo’. ‘No, no te preocupes, vende lo que quieras’. ¡Uy!, pues ella luego luego fue a su pueblo, a San Miguel de Ameyalco, y trajo a su hermano, a su hermana, a no sé cuántos familiares más. Ahí comenzó el mercado. Los puestos estaban afuera de la tienda”.

La historia es referida por Lilia Aguilar, locataria de tercera generación. Ella afirma que, según le contaron, el actual sería el tercer mercado ubicado en el mismo lugar. Antes había uno de madera, luego otro hecho con tejabanes y finalmente el actual. El relato explica también la proliferación de personas originarias de San Miguel de Ameyalco en Mixcoac. Inicialmente más de la mitad de los locatarios provenían de dicho barrio, ubicado cerca del municipio de Lerma, en el Estado de México. Muestra de ello era que cada 29 de septiembre, fecha de la fiesta patronal de San Miguel Arcángel en Ameyalco, el mercado parecía abandonado. Actualmente ya son pocos los locatarios originarios de ahí, aunque muchos aún tienen conexiones familiares allá.

Además de los locatarios, otros personajes que son parte de la vida diaria del mercado también son oriundos de Ameyalco. Una chica canta y pide dinero junto al puesto de Gorditas Mixcoac. No canta mal las rancheras, literal. Cuando termina, incluso el señor que atiende el local reconoce su voz y le regala una gordita. Un tipo que vende discos clones apaga su bocina y levanta las cejas sorprendido al escucharla. Después de terminar la joven se sienta a comer mientras platica con una señora. Esta le pregunta si ha cantado ante un público mayor. “Sí”, afirma ella orgullosa, “el año pasado cante en la fiesta de mi pueblo, en San Miguel…”.

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El antiguo mercado de Mixcoac

En el área de las fondas del mercado actual hay una que sobresale por un muro adornado con una pintura. En ella se observa un edificio blanco de arquitectura porfiriana, se pueden apreciar las puertas de varios locales con sus letreros con nombres ingeniosos, como “el disloque”. La puerta principal sobresale por un arco con relieves y detalles que hacen recordar otras edificaciones de inicios del siglo XX. Se aprecia también unas vías que corren al costado del edificio y algunas personas con sombrero que caminan por ahí. La obra tiene por título “Antiguo mercado de Mixcoac” y está firmada por “Don Porfirio”.

En algunos libros y en internet es posible encontrar una fotografía que data de 1920 y muestra exactamente la misma escena. Aunque no hay referencia exacta sobre la fecha de su construcción, se sabe que estaba en el mismo lugar del mercado actual y que formó parte de las multitudinarias obras desarrolladas para el Centenario de la Independencia a inicios del siglo XX. Conforme el comercio en la zona creció se construyeron locales de madera en las afueras del edificio.

Algunos locatarios actuales tienen vagos recuerdos de este mercado. Mencionan, por ejemplo, los puestos de madera y una pileta de agua al centro del mismo. Otros, como Doña Porfi, recuerdan con nostalgia el río que aún corría a un costado. Se colocaban algunos puestos entre la entrada y la orilla del cauce, había también locales de comida aire libre. “Era más bonito”, sentencia.

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De rutas y comercio

Don Lupe es locatario de primera generación. Llegó al barrio a mediados del siglo pasado y desde 1957, dos años después de la inauguración del mercado actual, vende frutas y verduras. Antes de la ampliación tuvo un puesto en la parte posterior del inmueble, donde se ubicaba un tianguis, en “el corral”, como él llama al área. Luego estuvo un tiempo con un puesto afuera del mercado y finalmente llegó a donde está. Tiene más de 40 años en el puesto de frutas que ocupa actualmente. Es difícil encontrarlo, lo traen sus hijos cuando pueden y la salud de él se los permite. Se sienta a un costado de su local en una silla alta, mira a la gente pasar y a su familia hacerse cargo del puesto. Le gusta venir al mercado. Dice que ya se le olvidan las cosas, pero le gusta recordar, ¿A quién no?

No está seguro de cómo era el mercado anterior, pero sí de que existía antes de que se construyera el actual, al cual él arribó por recomendación de un amigo. Antes los locatarios se surtían en la Merced o en diversas calles aledañas. Los comerciantes viajaban en tranvía desde el centro y se bajaban en la estación que estaba en la Glorita de Goya. Era más fácil llegar. Además, confiesa, disfrutaba ir al centro todos los días. Ahora todo se compra en la Central de Abastos, en Iztapalapa, “y está requeté lejos”.

Don Luis es locatario de tercera generación, atiende desde hace más de 30 años una carnicería. Su padre era de Ameyalco y él vivió desde niño en el interior del mercado, se escondía debajo de los jacales para jugar. En su caso el lugar para surtirse era el rastro de Ferrería, ubicado en Azcapotzalco, el cual dejó de funcionar como matadero en 1992. Actualmente Don Luis prefiere hacer sus transacciones por teléfono y recibir la carne en su local, por eso todos los días su labor comienza desde las seis de la mañana.

Sus abuelos, sus tíos y sus padres fueron locatarios en este mercado. Recuerda que su abuela tenía un puesto de frutas y verduras en el viejo mercado, en la parte de afuera. Siendo niño Dos Luis no tenía muchos juguetes, solo una bicicleta, gracias a esta comenzó a trabajar como mandadero en diversos puestos, entre estos una carnicería. Fue así como aprendió el oficio que hoy ejerce.

Doña Porfi es locataria de primera generación. Nació aquí, en la calle de Guillain, una cuadra atrás del mercado. Su madre vendía frutas y verduras en el antiguo mercado y ella también comenzó del mismo modo. Pero después decidió cambiar de giro, se dedicó a hacer aguas frescas. Desde hace 40 años las aguas de Doña Porfi son uno de los secretos mejor guardados del mercado de Mixcoac.

Su puesto estuvo por muchos años en el anexo, pero ahora está nuevamente en la nave principal. Ella, cómo la mayoría de los comerciantes con mucho tiempo aquí, ha pasado por varios locales dentro y fuera del mercado.

Doña Lilia es locataria de tercera generación. Ocupa un puesto de verduras desde hace 30 años, el cual heredó de su mamá, a quien se lo dieron cuando se inauguró el mercado. Su abuela fue pionera en el mercado antiguo, vendía únicamente alfalfa y elotes; su madre incorporó posteriormente otras verduras. Inicialmente compraban sus mercancías en el Mercado de Jamaica, a veces en la Merced. Hoy, como casi todos, se surten en la Central de Abastos.

Durante la década de los 80 y 90 el mercado de Mixcoac cobró fama por sus restaurantes de mariscos. Entre los locales destacan La Playa y La Rocca, por tener ambos más de medio siglo de antigüedad. En sus mejores tiempos llegaron a ser punto de reunión de políticos, deportistas y celebridades de la televisión. Las complicaciones viales para llegar a la zona, debido a las obras del segundo piso, fueron solo el inicio del declive para estos restaurantes.

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La ampliación

El 26 de abril de 1967 el presidente Adolfo López Mateos y el regente Ernesto P. Uruchurtu inauguraron la ampliación del mercado de Mixcoac. Así lo constata una placa de metal colocada lejos de las miradas, en la parte posterior del área de fondas. Anteriormente en esta sección se ubicaba un tianguis al aire libre, muchos de los comerciantes se instalaron en los alrededores del mercado durante la ampliación y finalmente se integraron a la nave principal o a la nueva.

En esta sección se encuentran locales que ofrecen servicios diferentes al mercado tradicional: hay sastrería, peluquería, yerbería, tortillería, disfraces e incluso un puesto de discos de acetatos antiguos. En la acera del mercado que da a la avenida Molinos destaca la zona de flores, donde en temporadas de alta demanda ofrecen ramos y arreglos incluso a altas horas de la noche.

En la parte superior de esta zona se ubicó por muchos años una guardería CENDI, pensada inicialmente para hijos de locatarios, pero que posteriormente se abrió también para hijos de madres trabajadoras. Recientemente, en 2010, fue clausurada por considerarse riesgosa su ubicación, cercana a unos tanques de gas.

Este temor tiene su antecedente en los años 80. En 1983 el mercado sufrió un accidente debido a una explosión generada por unos tanques de gas en un local de alimentos. El siniestro dejó un centenar de heridos. Desde la inauguración del recinto está ha sido la única ocasión en la que ha permanecido cerrado, aunque solamente fue por cuatro días.

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Temporada otoño invierno

Pasan los meses, el clima cambia, baja la temperatura y sube la calidez en los mercados. Apenas terminan las lluvias de agosto comienza a respirarse otro ambiente. Se avecina la temporada de romerías. Nadie sabe exactamente cuándo o cómo comenzó esta tradición. No parece haber surgido en un momento específico, se fue configurando con el tiempo hasta convertirse en una de las zonas de romerías más populares en la delegación Benito Juárez.

“Desde que yo tengo uso de razón ya existían, pero solo eran en tiempos de difuntos, las posadas y los reyes”, recuerda Don Luis. Actualmente le época de romerías comienza con las fiestas patrias, se junta con el aniversario del mercado, sigue con el día de muertos, navidad, día de reyes, la candelaria y culmina con el 14 de febrero.

Durante septiembre se venden banderas, listones, trajes típicos para los bailables y antojitos mexicanos. A finales de octubre es el aniversario del mercado. La señora Lilia Aguilar, quien es parte de la mesa directiva del mercado, explica que usualmente se contrata un grupo musical, se hace una misa dentro de las instalaciones y los locatarios hacen regalos a sus clientes. En ocasiones también se han realizados funciones de lucha libre o bailes en las afueras, sobre la calle de Tiziano.

El sincretismo, rasgo esencial de nuestro ser mexicano, se vive al máximo durante los últimos días de octubre y los primeros de noviembre. Durante esta época se venden calaveritas de azúcar, papel picado, máscaras, disfraces, flores, pan de muerto y otros utensilios para las ofrendas. La tradicional festividad del día de muertos se fusiona con el Halloween. Cientos de niños pintados de catrines, de calacas o caracterizados como personajes de películas de terror, transitan por los pasillos y las afueras del mercado para pedir su calaverita.

“Antes no había tantos niños pidiendo. En tiempo de los difuntos, incluso yo de chico, andábamos pidiendo con una cajita de cartón de zapatos nuestra calaverita, te daban un diez un veinte, qué se yo, de ese tiempo. Ahora ya salen parvadas de niños por todos lados. Cada quien compra sus dulces, el que quiere dar. Yo compró 7-8 kilos de dulce y aun así no me alcanza. Cuando más te piden es el día de los niños, de los santos difuntos, el 1 de noviembre”, comenta Don Luis.

El ambiente cambian en esta época, muchos locatarios adornan sus puestos cada mes, primero con motivos patrios, luego del día de muertos y finalmente de navidad. El espíritu navideño invade el mercado, se respira más camaradería, “todo en ti crece”, afirma Don Luis. La romería de navidad es la más grande, se colocan más de 200 puestos que permaneces desde el 20 de noviembre hasta el 24 de diciembre. Se venden esferas, árboles de navidad, luces de colores, nacimientos, heno, nochebuenas, piñatas y regalos. En esta época los puestos de la romería permanecen abiertos por la noche, aunque el mercado ya haya cerrado. Las calles de Tiziano y Miguel Ángel se vuelven un bazar nocturno donde es posible encontrar de todo. Lo mismo ocurre con la siguiente festividad, el de día de reyes.

Finalmente destaca la romería de la candelaria, una tradición que parece en extinción. Para estas fechas son pocos los puestos que se colocan, pero en ellos es posible encontrar a gente dedicada a vestir y reparar niños dioses.

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Un mercado, un hogar, una universidad

“Es como mi casa este mercado, esta es mi casa; mis compañeros mi familia, mi clientela es también mi familia, es con la gente que convivo todos los días”, Don Luis habla convencido de sus palabras, no trata de convencer a nadie ni de vender nada, ya no. Son casi las seis de la tarde y está por cerrar su local. Mientras plática no deja de trabajar: saca pedazos de carne del mostrador para guardarlos en un refrigerador ubicado en la parte trasera; limpia los cuchillos, guarda en una bolsa un pedido que debe entregar personalmente. Una señora mayor se acerca para preguntar si aún tiene servicio. “No, madre, ya terminamos. Vengase mañana más tempranito”, le responde con familiaridad.

“Soy muy afortunado porque toda mi clientela me busca, cuando no vengo preguntan por mí, cuando estoy mal de salud me mandan una oración. No sé. Soy muy afortunado por ese lado, soy uno de los pocos que se identifica mucho con su clientela. Incluso cuando tengo algún cliente que falleció y me conocen, pues ahí estoy. Son parte de mi familia”. Lo interrumpe una chica de otra carnicería, para preguntarle sobre un cuchillo. “No, pues ese ya ni corta, son re weyes para afilar”.

Sin embargo, don Luis reconoce que ahora hay menos camaradería que antes, hay menos unión entre los locatarios. “Ya cada quien está por su cuenta, antes había asamblea, había reuniones y todos participaban y ya no, todo eso se acabó, ya no hay forma de volver, las cosas son diferentes”.

“Pasamos más tiempo aquí en el mercado que en nuestra casa, a nuestra casa vamos solo a dormir”, afirma la señora Lilia mientras atiende su puesto de verduras. Aunque ella no comienza su jornada tan temprano, si es de las últimas en irse, a las siete de la noche, la misma hora en que cierra oficialmente todo el mercado.

Para nadie es un secreto, los mercados públicos están en decadencia, ya no se vende como antes. “Todavía cuando llegué aquí se vendía muy bien”, recuerda doña Lilia; sin embargo, el auge de las tiendas departamentales fue un duro golpe para ellos. En 1962, Gigante inauguró su primera tienda, ubicada justo en los límites de Mixcoac y San Antonio, donde hoy se ubica un Soriana. Años después se abrió un Sumesa en la esquina de Insurgente y Felix Cuevas (hoy un restaurante Toks), más tarde se construyó sobre Revolución una Comercial Mexicana y un Walmart cruzando Periférico. La competencia es desigual, los prejuicios sobre la inseguridad o la insalubridad han alejado a muchas personas de los mercados públicos.

“Afectan también los tianguis y los mercados sobre ruedas. Estamos rodeados por estos tianguis y esto nos afecta”, menciona Lilia y enumera al menos media docena de tianguis ubicados en los alrededores del barrio. A pesar de esto ella no es fatalista y reconoce el valor del lugar donde trabaja.

“Pero aun así, bendito mercado, bendito puesto del mercado, porque aunque sea algo, pero saca uno. Hay gente que dice: ‘no, ya me voy de este mercado porque no se vende’, y hasta dicen majaderías con respecto al mercado y a los puestos. Pero no, si no la hicieron fue por tontos, por aunque sea un centavo, aquí le sacan”.

Doña Lilia y don Luis tiene otra cosa en común, además de ser locatarios de tercera generación: ambos son conscientes de que con ellos termina la tradición de su familia en el negocio del mercado. Sus hijos ya se dedican a otra cosa. Cada uno asume el inminente fin de su legado de forma diferente.

“No me da nostalgia, mejor que se dediquen a otra cosa. Es muy bonito y socorrido, pero de mi parte mejor que se dediquen a otra cosa”, dice sin chistar la señora Lilia. En contraste Don Luis reconoce la tristeza que esto le causa. “No, a ellos ya no les interesó seguir con el negocio. Muchas veces se siente uno decepcionado, te sacas de onda, porque lo haces por los hijos, pero luego te das cuenta de que el equivocado es uno, uno es el que se hace ilusiones, los hijos ya piensan otra cosa. Esto es muy esclavizado, definitivo”. Con ellos dos se cierra un ciclo, en su caso no habrá cuarta generación de locatarios.

A pesar de esto don Luis es entusiasta, esté enamorado de su mercado, mira a los puestos de su alrededor mientras habla e improvisa una metáfora: “El mercado es como una Universidad. De joven aquí puedes elegir la carrera que quieras, puedes ser carnicero, pollero, verdulero. Con la ventaja de que aquí, cuando terminas de aprender además ya tienes experiencia y un trabajo. No que luego te la pasas años quemándote las pestañas para que al final tengas un sueldito o ni siquiera encuentres trabajo”.

Los sábados don Luis cierra un poco más temprano, confiesa, porque sale a bailar. Pero antes pasa a darse su “manita de gato”, le gusta ir a los ‘Baños Catalina’, ubicados sobre Leonardo Da Vinci, a dos cuadras del mercado, un local de tradición en el barrio, data de 1958.

“Me acuerdo, no me acuerdo…”, la batalla con la memoria parece perdida. Son pocos los locatarios de primera generación que aún hay en el mercado de Mixcoac y ni siquiera ellos tienen certezas. Hay fechas, referencias y descripciones confusas. No hay una historia oficial. Hay un conjunto de anécdotas, decires, imágenes que acuden y se agolpan como gotas de agua en una mixtli (nube). El cielo luce nublado. Se avecina una tormenta.

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